INICIAR SESIÓNAna Paula Lago
A mi espalda escuché unas voces graves que retumbaban en el amplio vestíbulo. Giré lentamente, y ahí estaba él. El mismo hombre al que había visto en televisión apenas unas horas antes: Arturo Abad Rocamonte. Se erguía con una autoridad natural, alto, impecable, dando órdenes secas al vigilante de la entrada. Su semblante irradiaba enojo, y aun así, imponía respeto.
Respiré hondo, reuniendo valor, y avancé hacia él con paso firme, aunque mis piernas temblaban.
—Señor Arturo Abad —pronuncié, con la voz quebrada por el llanto contenido, intentando sonar clara sin conseguirlo del todo.
Él giró despacio la cabeza. Sus cejas se arquearon, y sus ojos oscuros, profundos como un abismo, se clavaron en los míos. Sentí cómo un escalofrío me recorría la piel.
—¿Quién es usted? —preguntó con frialdad, con un tono seco que me desgarró por dentro.
Tragué saliva, obligándome a sostenerle la mirada.
—Ana Lago… la prometida del arquitecto Carlos Alcázar.
La forma en que apreté esas palabras fue casi un reto.
Él relajó los hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón, con una calma calculada que solo me hizo sentir más diminuta.
—Ya he llegado a un acuerdo con los padres del arquitecto Alcázar. Así que le agradecería que se retirara de inmediato de mis instalaciones.
Su voz, grave y profunda, me estremeció. Era un tono que no pedía, ordenaba. Y, sin embargo, había algo en él… algo que me oprimía el pecho más allá del miedo.
Lo vi darse la vuelta, como si mi presencia no tuviera el menor peso. Como si mi dolor fuera irrelevante. La rabia me explotó por dentro.
—Ustedes, los “empresarios”… —escupí, con los puños apretados— creen que todo se resuelve con dinero. Le importa muy poco si uno de sus trabajadores muere bajo los escombros, como si fueran simples piezas reemplazables. Pero mi prometido no era una pieza, ¡era mi vida! Carlos debería estar ahora en casa conmigo… no bajo tierra.
Mi voz se quebró y las lágrimas me nublaron la vista, pero no me detuve.
—Ojalá nunca tenga que sufrir la pérdida de un ser amado, señor Rocamonte. Porque entonces comprenderá… el infierno que yo estoy viviendo.
Él se detuvo en seco. Su mandíbula se tensó, endureciendo aún más sus facciones. Sus ojos se oscurecieron con una furia contenida que me heló la sangre.
—Es usted una insolente. Ahora mismo podría ordenar a mis guardias que la saquen de aquí de la peor manera.
Dio un paso hacia mí. Yo retrocedí instintivamente, el corazón golpeándome en las costillas. Había algo en su presencia… peligro y poder, pero también un magnetismo imposible de ignorar.
—Señor… —intervino un hombre de traje, acercándose con gesto conciliador—, la señorita está alterada. No sabe lo que dice.
—¿Y por eso debo permitir que me falte al respeto? —rugió, sin apartar la mirada de mí.
Mi cuerpo empezó a temblar. La visión se me nublaba, el aire me faltaba. Sentí un escalofrío, recorrerme entera. Ya ni siquiera podía escuchar con claridad lo que ellos discutían; las voces se desvanecían, lejanas, mientras todo a mi alrededor giraba.
Y entonces, la oscuridad me envolvió.
Arturo Abad Rocamonte
La vi tambalearse, sus labios temblando en un intento fallido de sostener las palabras que me lanzaba con tanta rabia segundos antes. Y de pronto… cayó. Su cuerpo se desplomó frente a mí como una flor quebrada bajo una tormenta.
Sin pensarlo, corrí hacia ella y la alcé en brazos. Ligera, frágil… demasiado frágil.
—¡Samuel! —tronó mi voz, áspera, con un dejo de urgencia que rara vez dejaba escapar—. Llama a un doctor, ahora mismo.No esperé respuesta. Me dirigí al ascensor con ella sujeta contra mi pecho, cada paso era un latido más acelerado. Su rostro, pálido, se apoyaba en mi hombro y yo solo pensaba en lo inoportuno de la situación: no podía permitirme un escándalo más, no en medio de esta crisis. El mundo entero estaba observando a Grupo Rocamonte y lo último que necesitaba era una mujer desmayada en la entrada de mi empresa.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, caminé directo hasta mi oficina. La recosté con cuidado en el sofá de la sala de estar, un lugar donde se habían firmado contratos millonarios, y ahora servía de lecho improvisado para una mujer rota.
Me aparté un instante para observarla. El cabello revuelto, las ojeras hundidas, el rastro del llanto aún fresco en su rostro. Nada en ella coincidía con la descripción cruel que los Alcázar me habían dado de “la mujerzuela que manipuló a su hijo”. No. Ella no parecía eso. No con esa expresión de dolor puro, devastador.
“Tan bonita… y marcada por la desgracia de tener suegros que la odian incluso en medio del duelo.”
Ese pensamiento me atravesó como una daga, y me descubrí llevándome la mano al cuello, nervioso. ¿Por qué demonios me estaba deteniendo en su belleza, en su vulnerabilidad? Esto no era asunto mío. Yo debía ser frío, calcular movimientos, no… sentir.
Aparté la mirada, cerrando los puños. No debía dejarme arrastrar.
—Samuel… ¿Dónde diablos estás? —murmuré con furia contenida, esperando que regresara pronto con el médico.…
—¿Qué pasó? Me dijeron que subiste a alguien desmayado a tu oficina —escuché la voz de mi hermano. Giré el rostro para verlo entrar y señalé a la mujer con un gesto cansado.
Él frunció el ceño, confundido, y se inclinó a revisar el pulso de la joven. Rodé los ojos, irritado. Obviamente estaba viva.
—¿Quién es ella? —preguntó, como si fuera un misterio insondable.—La prometida de Alcázar —respondí, con voz dura—. Vino a reclamarme por el derrumbe, apenas alcanzó a hablar y se desplomó. Samuel todavía no llega con el doctor y yo tengo cosas más urgentes que atender. Hoy es el cumpleaños de Lisa y le prometí que estaría en casa temprano.
—Vete, yo me quedo con ella. Más tarde paso a felicitar a Lisa —me ofreció mi hermano.
Asentí con desgano, pero lo miré fijo, advirtiendo:
—Solo no cometas el error de prometerle algo. Alcázar está muerto y con sus padres ya llegué a un acuerdo, lo único que quieren es que la chica no sepa donde enterrarán a su hijo, ni que asista al funeral. Lo que haga esta mujer ya me tiene sin cuidado.Le lancé un último vistazo antes de salir. El rostro de ella, pálido y demacrado, quedó grabado en mi mente mientras cruzaba el pasillo y me topaba con Samuel y el médico de la empresa. Les ordené que la atendieran y que después se aseguraran de llevarla a su casa.
Cuando tomé el volante de mi auto, sus palabras me golpearon de nuevo: “Ojalá nunca sienta lo que es perder a un ser querido”. Si supiera…
La imagen de Clara irrumpió como un fantasma que jamás logro desterrar. He intentado enterrarla en el rincón más oscuro de mi memoria, pero sigue viva en cada silencio, en cada sombra. A pesar de su traición, aún me duele la manera en que se fue. Lo peor no fue perderla, sino ver a Lisa crecer con esa ausencia que jamás debió existir. Mi hija la necesita. Yo también la necesité, aunque nunca lo admitiría en voz alta.
Después de Clara dejé de ser el hombre que fui. Antes, mi mundo estaba lleno de metas, de proyectos, de amor verdadero. Amaba a mi esposa, adoraba a mi hija. Todo parecía perfecto. Pero el día que me confesó que tenía un amante… ese día mi mundo se desplomó como un edificio mal cimentado. Recuerdo su frialdad cuando dijo que regresaría por Lisa. ¡Mi propia hija!
Jamás hubiera permitido que la arrancara de mis brazos. Primero sobre mi cadáver.
Lisa es lo único que me queda. Ella cumple seis años hoy, y mi deber es estar a su lado. Le prometí una fiesta sencilla en casa de los abuelos, y esa promesa no pienso romperla.
Apreté con fuerza el volante. Aunque mi vida se haya vuelto un campo de ruinas, aunque me haya convertido en un hombre frío y calculador, ella es mi razón para seguir respirando.
…
—¡Papi, si viniste! —la voz emocionada de mi hija me sacudió apenas crucé el área del jardín.
Sonreí al verla correr hacia mí, sus pequeñas piernas agitadas, los ojos brillaron como si yo fuera el regalo más esperado de la tarde. Miré a mi alrededor: los invitados apenas comenzaban a llegar, y agradecí en silencio haber cumplido mi promesa. Al menos esta vez, estaba a tiempo para ella.
Mi madre había hecho un trabajo impecable. El jardín de su casa parecía salido de un sueño infantil: unicornios en cada mesa, globos de tonos pasteles flotando al viento, arreglos que desprendían un aire de magia inocente. Lisa adoraba los unicornios. Todo aquel despliegue no era más que un reflejo de la devoción que despertaba en quienes la rodeaban.
Y entonces la vi. Mi pequeña, en medio de aquel escenario, lucía un vestido blanco con rayas de colores que formaban la silueta alegre de un unicornio. El cabello recogido en dos coletas, de las que caían listones multicolores, le daba un aire de fantasía. Era como si la vida, tan cruel conmigo en tantas cosas, me regalara en ella un destello de esperanza.
La alcé en brazos, como solía hacerlo cuando era apenas un bebé. Sentir su cuerpecito aferrado a mí me devolvía fuerzas que creía agotadas.
—¿Te gusta mi look, papi? —preguntó con esa sonrisa traviesa, acercando su carita a la mía, exigiendo una respuesta que no admitía demora.Se me estrujó el corazón. Clara debería estar aquí, contemplando esto. Ella amaba planear estos momentos, hablar de los vestidos, imaginar cómo sería ver crecer a su hija. Pero en lugar de eso, solo quedaba yo, intentando llenar un vacío imposible.
—Claro que sí, mi princesa… eres la niña más hermosa de todo el mundo —respondí, dándole una suave palmadita en el pecho para ocultar la emoción que me nublaba la voz.
Lisa sonrió satisfecha, como si mi respuesta fuera la confirmación de una verdad absoluta. La bajé con cuidado y ella salió corriendo hacia sus amigos del colegio, el vestido ondeando al compás de sus risas.
Me quedé de pie, observándola, con el alma partida. Por fuera, todo era celebración; por dentro, la ausencia de Clara seguía pesando como una losa. Pero mientras Lisa corriera, mientras su risa llenara mis silencios, yo tendría un motivo para resistir.
Ana Paula LagoEl aire olía a tierra húmeda y a flores recién cortadas cuando entré al cementerio. Octubre siempre traía ese frío suave que se colaba por la ropa, pero aun así me gustaba venir con el amanecer. Me daba la sensación de que Carlos me escuchaba mejor cuando el mundo todavía estaba en silencio.Caminé entre las lápidas hasta llegar a la suya. Aquel mármol claro que tantas veces había acariciado. Me arrodillé frente a él, dejando que mis rodillas tocaran el borde helado de la base. Coloqué las flores a un costado y exhalé, sintiendo cómo un nudo se deshacía lentamente en mi pecho.—Hola… —susurré, con esa timidez que nunca se me quitaba cuando venía aquí—. Siempre que vengo a verte me dan los mismos nervios, como si realmente te fuera a ver de pie, frente a mí.Toqué el borde de la lápida con la punta de los dedos.—Feliz cumpleaños, Carlos. Como cada año, traje tus flores. Y quiero que sepas que mientras siga viva… cada fecha especial vendré a verte. Es mi promesa para ti.
Lilian CaballeroDos años después.Terminé de vestir a mi pequeño. Supe que no se quedaría quieto ni medio minuto, pero aun así intenté acomodarle el cuello de la camisa azul pastel que Roberto había elegido para él. Mi hijo me miró con esos ojos oscuros que eran exactamente los de su padre, con la misma intensidad y esa pequeña arruga en el ceño que hacía cuando algo no le parecía.—¿Sabes que eres igualito a tu papá? —le dije mientras le hacía cosquillas debajo de la barbilla.Él soltó una risita dulce, de esas que me desarmaban, y estiró los bracitos para que lo cargara.Lo levanté sin esfuerzo y lo acerqué a mi pecho.—Mi bebé hermoso… mi príncipe azul —le susurré, dejando un beso en su mejilla redonda y tibia.Caminé con él en brazos hacia el balcón. Desde ahí podía ver el jardín decorado con guirnaldas, cintas azules y una mesa larga llena de globos. Todo estaba listo para celebrar su primer cumpleaños. A veces no podía creer que ese pequeño milagro existiera… y que hubiera sali
Arturo Abad Rocamonte Cuando terminé mi desayuno, reuní el valor para buscar a mi padre. No quería esperar más; llevaba días dándole vueltas a esa conversación, como si las palabras se atoraran en mi garganta cada vez que intentaba practicarlas mentalmente. Caminé hasta su despacho despacio, apoyándome ligeramente en el marco de la puerta antes de tocar.—¿Padre? —pregunté asomando la cabeza.Él levantó la vista de unos documentos, frunciendo el ceño como si lo hubiera interrumpido de algo de suma importancia, aunque sabía que no era así.—Pasa —dijo, señalando con la mano el interior.Cerré la puerta detrás de mí. El despacho siempre olía a madera antigua y a ese perfume discreto que él usaba desde que yo era niño. Me senté frente a él, pero no supe cómo empezar. Me aclaré la garganta.—Quiero hablar contigo… de Roberto.El ceño de mi padre se profundizó, como si mi hermano fuera un tema incompatible con su paciencia.—¿Qué pasa con Roberto? —preguntó con frialdad.Tragué saliva.—Q
Roberto Abad RocamonteAbrí la puerta de mi departamento con Lily en brazos, como si no pesara nada. Su risa suave vibró contra mi pecho y, por un instante, me olvidé de todo lo que pasamos en los últimos días. —Roberto, no tenías que cargarme —se burló, divertida, su voz dulce raspándome por dentro.La miré de reojo sin detener mis pasos.—Quería hacerlo —respondí—. Además… aún no puedo creer que aceptaras venirte a quedar conmigo unos días.Ella frunció los labios, ese gesto siempre me volvía loco.—Mis padres son demasiado controladores —explicó—. No quería tenerlos encima vigilando cada movimiento mientras me recupero. Y Ana estaría con Arturo en la residencia de sus padres, así que mi departamento iba a estar vacío. —Se encogió un poco de hombros—. Podríamos aprovechar estos días que vamos a vivir juntos… para ver si realmente nos llevábamos bien.Sonreí. Una sonrisa lenta terminó dibujándose en mis labios. Porque sabía exactamente lo que quería decir… y me encantó.Ella me habí
Roberto Abad RocamonteLlevaba ya más de tres horas desde que salí del hospital. Tres horas que se habían sentido como tres malditas eternidades.El sol había bajado por completo, hundiéndose tras los edificios como si también quisiera evitar mirar la tragedia que aún latía entre los escombros. La oscuridad comenzaba a cubrirlo todo, y con ella un pensamiento que no me dejaba respirar: ya habían pasado demasiadas horas desde el derrumbe.Y cada maldita hora que transcurría sin noticias…Era una sentencia.Las luces portátiles formaban sombras largas y deformes, moviéndose como fantasmas entre las columnas partidas. No podía controlar nada. Ni siquiera el temblor de mis manos al no saber si seguían con vida.Me estaba volviendo loco.El hombre encargado del dispositivo de escucha se acercó, sosteniendo aquella máquina. Lo había visto trabajar sin descanso. Yo mismo le había pedido, suplicado, que no se moviera del lugar, que cada tantos minutos volviera a encenderlo.Lo escuché inhala
Ana Paula Lago El leve quejido de Arturo me atravesó como una punzada. Hasta ese instante, no sabía si volvería a escucharlo. Sus respiraciones eran cortas e irregulares, y podía sentir cómo todo su cuerpo intentaba reaccionar a la oscuridad que nos envolvía.—Ana… —murmuró con voz ronca, desorientado. Se esforzó por moverse, pero el espacio era tan angosto que apenas pudo girar un poco el rostro hacia mí—. Ana…El sonido de mi nombre en sus labios me quebró. Extendí mi mano entre la oscuridad, palpando concreto, polvo, algún pedazo de metal… hasta que finalmente encontré sus dedos. Los entrelacé con los míos y apreté con fuerza, buscando transmitirle seguridad, aunque yo misma estuviera temblando.—Estoy aquí —susurré, sintiendo mis ojos humedecerse de inmediato, consciente de lo frágil de nuestra situación—. Fue un milagro que sobreviviéramos.Lo dije para darle ánimo… pero también para convencerme a mí misma.Arturo respiraba con dificultad. De pronto, sentí cómo pasaba su brazo n







