INICIAR SESIÓNAaaaaaa, no alcance a hacer los 3, pero este quedo largo jeje espero que les guste.
CatalinaEl ruido es lo primero que desaparece.No sé en qué momento exacto deja de haber gritos, órdenes, sirenas, pasos apresurados y armas levantadas, pero cuando logro volver a respirar con normalidad, el mundo parece haberse reducido a una sola imagen.Julián está en el suelo.El tiempo se detiene.Está tendido de lado, con la camisa empapada de rojo, los ojos abiertos mirando a ningún lugar en específico. Hay gente alrededor, policías, paramédicos, pero yo apenas los registro. Mi mente retrocede sin permiso a otros recuerdos: su risa falsa, su obsesión, su forma de mirarme como si yo fuera una posesión… y aun así, cuatro años de mi vida.Cuatro años que no puedo borrar como si nunca hubieran existido.Samuel llora contra mi pecho. Lo tengo apretado con tanta fuerza que temo estar haciéndole daño, pero no puedo soltarlo. Mis manos tiemblan. Todo mi cuerpo tiembla.Doy un paso hacia Julián sin darme cuenta.No porque lo ame. No porque lo perdone. Sino porque, en el instante más o
El tiempo se rompe en pedazos.No hay estrategia, no hay órdenes, no hay policías ni protocolos cuando escucho ese sonido seco, brutal, que no debería existir dentro de una casa: un disparo.Todo se vuelve ruido blanco.—¡Muévanse, muévanse! —grita alguien a mi espalda.Pero ya no escucho.Mis piernas se mueven solas.La puerta cede con un golpe y entro.El aire huele a pólvora, a humedad, a miedo viejo. La escena frente a mí es un infierno detenido en el tiempo: Catalina está siendo arrastrada del cabello, sus manos aferradas a Samuel, que grita con un llanto desgarrado; Julián lo sostiene por el brazo, nervioso, fuera de control; y Elena… Elena tiene el arma en la mano y los ojos completamente vacíos.—¡SUELTA A MI MUJER AHORA MISMO! —mi voz sale rota, salvaje.Catalina levanta la mirada y me ve.El mundo se reduce a un solo punto cuando veo el cañón del arma levantarse.Samuel.Todo ocurre en un segundo, pero mi mente lo estira como si el tiempo se negara a avanzar. El grito de Cata
GabrielEl reloj del tablero marca las 01:47.Han pasado casi dos horas desde la llamada.Dos horas eternas.Estoy dentro del auto, sentado en el asiento trasero, con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que siento los nudillos arder. El vehículo avanza por una carretera secundaria, escoltado por otras dos unidades sin distintivos. Las luces están apagadas. Todo es discreto. Todo es tenso.El detective va a mi lado.—Ya sabes lo que tienes que hacer —dice, sin mirarme.Gruño, pasándome una mano por el rostro.—Joder, ya lo sé. Ya lo sé —respondo, con la voz rota—. Pero no es nada fácil.Me mira entonces. Sus ojos son firmes, cansados.—Nunca lo es —contesta—. Pero tienes que hacerlo si quieres recuperar a tu familia.Aprieto los dientes.Todo esto es una actuación. Una mentira necesaria. Un maldito juego psicológico.La llamada anterior nos dio lo que necesitábamos. El rastreo fue limpio. La ubicación coincid
CatalinaEl silencio pesa más que el miedo.Es un silencio espeso, incómodo, como si las paredes respiraran con nosotras. Samuel está sentado a mi lado, con las rodillas recogidas contra el pecho y los ojitos enrojecidos de tanto llorar. Lo tengo abrazado, balanceándolo despacio, como hacía cuando era un bebé y el mundo todavía no se había vuelto este lugar oscuro y cruel.—Shhh… —le susurro—. Tranquilo, mi amor. Respira conmigo.Lo hace, aunque a trompicones. Su pequeño cuerpo tiembla cada vez que un ruido llega desde afuera. Cada crujido de la madera, cada paso, cada puerta que se abre o se cierra.Nadie nos va a encontrar aquí, vuelve a repetirse en mi cabeza, y tengo que morderme el labio para no gritar.La puerta se abre de golpe.Levanto la mirada de inmediato, protegiendo a Samuel con todo mi cuerpo.Es ella.Elena entra como si fuera dueña del mundo, con el rostro desencajado, los ojos brillantes de una furia que ya no intenta ocultar. Camina de un lado a otro de la habitación
GabrielEl papel sigue ahí, sobre la mesa de la cocina, como si se burlara de mí.Empieza el juego.Dos palabras escritas con una letra que reconozco demasiado bien. Dos palabras que me parten el pecho en dos. Siento que el aire no me alcanza, que cada respiración raspa, quema, duele.Catalina no está.Samuel no está.Y yo… yo no estaba.Me paso las manos por el rostro con violencia, caminando de un lado a otro del apartamento como un animal enjaulado. El lugar está lleno de gente, pero me siento completamente solo. Policías, agentes de seguridad, un detective que habla por teléfono en voz baja, Nathalie sentada en el sofá con los ojos hinchados de tanto llorar. Iván camina de un lado a otro, revisando su celular sin parar.Mi padre está aquí también. Salió del hospital en contra de toda recomendación médica. Está sentado, encorvado, con las manos entrelazadas frente a la boca, la mirada perdida en el suelo.Todo esto es mi culpa.La idea no me suelta. Me taladra la cabeza.No debí ir
Doblo la última camiseta de Samuel con cuidado y la dejo dentro de la maleta pequeña. No quiero hacer ruido, como si el silencio pudiera protegernos. El apartamento está en calma, una calma extraña, artificial, que no termina de tranquilizarme.Samuel está sentado en el suelo, rodeado de sus juguetes, observándome con el ceño fruncido. No juega. Me mira.—Nani… —dice al fin, con esa vocecita que siempre logra romperme por dentro—. ¿Pa’ dónde vamos?Me agacho frente a él y le acomodo un mechón rebelde del cabello.—Vamos a salir unos días, mi amor. Unas vacaciones pequeñitas.Sus ojitos se iluminan de inmediato.—¿Vacaciones? ¿Con piscina?Sonrío, aunque el pecho me aprieta.—Tal vez. Y helado. Mucho helado.Él ríe, pero luego su expresión cambia. Se pone serio. Demasiado serio para alguien de su edad.—¿Y el príncipe? —pregunta—. ¿Papi Briel va a ir?Trago saliva.—Sí —le respondo con suavidad—. El príncipe va a estar con nosotros. Siempre.—¿Entonces por qué no se viene ya? —insiste,







