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Episodio 3

Author: Dalex Hache
last update Petsa ng paglalathala: 2025-11-12 08:19:45

El día del evento amaneció con un aire distinto. Desde muy temprano, la empresa Kan Group estaba envuelta en una atmósfera de celebración contenida. Las secretarias corrían de un lado a otro, las decoradoras ajustaban los últimos arreglos florales, y en el centro del amplio salón de conferencias relucía el emblema dorado del grupo empresarial. Todo debía ser perfecto. Era un día “importante”, decían.

Daniela caminó por el pasillo con su carpeta de siempre abrazada al pecho, intentando ignorar las voces, las risas, las cámaras que ya empezaban a instalarse. Había pasado tres días sin dirigirle una palabra a Alejandro, aunque trabajaban en el mismo edificio. Lo evitaba como si cada mirada pudiera partirla en dos. Dormía poco, comía apenas, y las lágrimas que juró no volver a derramar seguían apareciendo cada noche, tercas, como heridas sin cerrar.

Aun así, esa mañana, se obligó a lucir impecable. Su blusa blanca estaba perfectamente planchada, la falda lápiz se ceñía a su figura y el cabello, recogido con un moño, dejaba su cuello expuesto y elegante. Nadie debía sospechar nada. Nadie debía saber que estaba rota.

—Buenos días, Daniela —le dijo Laura Kan al verla entrar en la oficina—. Hoy todo debe salir impecable. Es un día muy especial para mi familia… y para la empresa.

—Por supuesto, señorita Kan —respondió ella con una sonrisa forzada.

Pero por dentro, el nombre “Kan” ya le sabía amargo.

Durante la mañana, el ritmo fue incesante. Invitados confirmando su asistencia, fotógrafos entrando y saliendo, empleados vistiendo uniformes nuevos. Daniela se movía de un sitio a otro, entregando documentos, revisando detalles, como si su cuerpo funcionara en automático mientras su mente permanecía suspendida en una sola imagen: el rostro de Alejandro el día en que se atrevió a decirle que su traición era “por el bien de ambos”.

La frase aún la quemaba.

“Por nuestro futuro.”

¿Qué clase de amor se construía sobre una mentira así?

A las cinco en punto de la tarde, el evento dio inicio. El salón estaba repleto: socios, empleados, periodistas, y una fila de fotógrafos que esperaban ansiosos el momento del anuncio. En el centro del escenario, Thomas Kan, el magnate del grupo, lucía imponente con su traje oscuro y mirada de acero. A su lado, Laura, resplandeciente, con un vestido color marfil que realzaba su elegancia natural.

Y junto a ella… Alejandro.

Daniela sintió cómo su cuerpo se tensaba. Sus manos temblaron ligeramente, pero las escondió tras la carpeta que sostenía. Se obligó a tragar saliva, despacio, con el corazón palpitando tan fuerte que temió que alguien pudiera escucharlo.

Él la buscó con la mirada. Lo sintió. Lo supo. Desde el estrado, Alejandro recorrió el salón con los ojos hasta encontrarla entre los empleados, de pie, cerca de las escaleras. La reconoció al instante, con ese brillo contenido en la mirada, esa mezcla de tristeza y fuerza que siempre había amado.

Sus miradas se cruzaron apenas un segundo. Bastó para que todo el ruido se desvaneciera.

Pero Thomas habló, rompiendo el silencio que a ella le había parecido eterno.

—Hoy celebramos la unión de dos almas que no solo representan el futuro de nuestra familia, sino también el futuro del Grupo Kan —anunció con voz firme—. Mi hermana, Laura Kan, y el talentoso de mi sobrino de ley Alejandro Ortega han decidido comprometerse.

El salón estalló en aplausos.

Daniela sintió cómo el mundo se le caía encima.

Su respiración se volvió pesada, el pecho le ardía y por un instante creyó que se desmayaría. Miró a Laura, sonriendo con el rostro iluminado, mostrando el anillo que Daniela había visto días atrás. Miró a Alejandro, que intentaba sonreír, pero en su mirada había algo que solo ella podía reconocer: culpa.

Los flashes, las risas, las copas chocando llenaron el ambiente. Alejandro tomó la mano de Laura y posó los labios sobre su piel mientras todos aplaudían. Daniela sintió cómo las lágrimas le ardían en los ojos, pero se negó a dejarlas caer. No frente a ellos. No frente a ese hombre que había jugado con su vida como si fuese una pieza de ajedrez.

Cuando la multitud comenzó a dispersarse, ella se retiró del salón con pasos rápidos. Entró en el baño más cercano, cerró la puerta con fuerza y apoyó ambas manos sobre el lavamanos. Su reflejo en el espejo la observaba con una mezcla de rabia y desolación.

—No vas a llorar —se dijo a sí misma, apretando los dientes—. No más.

Pero la voz se quebró. Las lágrimas brotaron, silenciosas, como si llevasen días esperando permiso. Se cubrió la boca con una mano para no dejar escapar un sollozo, el maquillaje comenzó a correrse y el corazón le dolió tanto que pensó que se le rompería de verdad.

En ese instante, la puerta del baño se abrió.

Alejandro estaba ahí.

—Dani…

—No —susurró ella, girándose con furia—. No te atrevas.

Él dio un paso al frente, con el rostro tenso, los ojos enrojecidos.

—Solo quiero explicarte.

—¿Explicarme qué? ¿Que me engañaste durante meses? ¿Que me mentiste mientras me jurabas amor cada noche? —gritó, empujándolo en el pecho—. ¿Qué parte de eso crees que puede explicarse?

Alejandro cerró los ojos un segundo, buscando palabras.

—No lo entiendes… Thomas me ofreció una oportunidad que no podía rechazar. Esto es por nosotros, por nuestro futuro. Si yo…

—¡Cállate! —lo interrumpió ella, llorando ya sin control—. ¡No me uses para justificar tu ambición! No hay un “nosotros”, Alejandro. ¡No más!

Intentó alejarse, pero él la sujetó de la muñeca, desesperado.

—Por favor, escúchame.

—¡Suéltame! —gritó, forcejeando—. ¡No quiero saber nada más de ti!

La tensión en el aire era casi insoportable. Finalmente, él la soltó, respirando con dificultad. Daniela se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, temblando, y lo miró con los ojos llenos de desprecio.

—Disfruta tu compromiso —dijo con voz rota—. Ojalá algún día tengas el valor de mirar lo que destruiste.

Y salió del baño sin mirar atrás, dejando a Alejandro solo, hundido en el eco de su propia culpa.

Afuera, las luces seguían brillando, las risas continuaban, y los aplausos aún resonaban por la unión perfecta que todos aplaudían… menos ella.

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