INICIAR SESIÓNMi mejor amiga murió un sábado. El martes, un notario me dijo que ya era madre. Y que tendría que casarme con el hermano del hombre que la mató. Alison me recogió del suelo cuando tenía quince años y nadie más me quería. Ahora está bajo tierra y me ha dejado a su hija de once meses. Solo hay un problema: la tutela es compartida. Con Damián Vidal. Catorce hoteles. Doce portadas de escándalo. Y una cita a ciegas, hace tres años, a la que llegó tarde y sin una explicación que yo pudiera aceptar. La abuela de Emma ya ha contratado abogados para llevársela al otro lado del océano. No va a atacarlo a él: va a atacarme a mí, porque soy la grieta. Una pastelera con once mil euros de deuda, sin apellido, sin ahorros, sin nada que un juez respete. Damián no me propuso nada. Me puso doce páginas grapadas sobre la mesa. Un año de matrimonio falso. Mis deudas borradas. Una casa que no es de ninguno de los dos, llena de fotografías de muertos. Y una cláusula sobre dormir en la misma habitación cuando venga la trabajadora social. Firmé porque no tenía nada. Me quedé por otra cosa. Porque el contrato no dice qué hacer cuando lo oyes llorar a las tres de la mañana con la ropa de su hermano en las manos. Ni qué hacer cuando entiendes que eres la única persona en el mundo que sabe exactamente cuánto le duele. —Puedes odiarme todo lo que quieras. Pero mientras esa niña duerma aquí, eres mía delante de todos.
Ver másPOV Camila
¿Voy a criar a una hija con este mujeriego?
Es lo único que me cabe en la cabeza mientras el notario deja de hablar. Ni una idea más. Ni una completa. Solo esa, dando tumbos como una moneda dentro de una lavadora.
—Repítalo.
Efraín Rueda me mira por encima de las gafas. Sesenta y muchos, chaqueta de pana, una planta en la esquina a la que nadie riega desde hace dos semanas. Cuento las hojas secas. Once. Cuento cosas cuando no quiero pensar.
—Tutela conjunta —repite, con una paciencia que me da ganas de romper algo—. Los otorgantes designan dos tutores legales para la menor. La señorita Camila Arriaga y el señor Damián Vidal.
Y entonces, desde el otro lado del despacho, Damián se ríe.
No es una tos mal disimulada. Es una carcajada corta, de las que se sueltan en un bar cuando alguien cuenta un chiste malísimo, y rebota contra las paredes llenas de diplomas.
Emma se remueve en el cochecito. Once meses. Duerme con la boca abierta y el mordedor azul aplastado contra la mejilla; ayer le compré uno rosa y lo tiró al suelo dos veces, así que hemos vuelto al azul.
Ayer estuvo cuarenta minutos llorando contra mi cuello. No era hambre, ni sueño, ni el pañal; esos los aprendí en el suelo de la cocina de Alison, las dos con el pelo hecho un desastre y un manual de crianza abierto que ninguna llegó a leer. Era el llanto de una niña que lleva tres días en brazos de gente que huele distinto.
Una tía abuela de Peter intentó quitármela.
—Dámela, cariño, se te va a arruinar el vestido.
—Está bien así.
—Pero si pesa un mundo…
—Está bien así.
El vestido me lo regaló Alison. Me lo puso delante en su cama y me dijo que toda mujer necesita uno negro para las bodas, los funerales y las noches en que hay que arruinarle la vida a alguien. Nos reímos como idiotas. Es la única prenda decente que tengo y ayer me la puse para enterrarla a ella.
Dos ataúdes al fondo de la sala, cerrados los dos, gracias a Dios. La carretera de la costa, las tres y treinta y siete de la madrugada, y su marido al volante después de cenar en casa de los Vidal. Eso es todo lo que sé y todo lo que quiero saber.
Alison me recogió del suelo cuando yo tenía quince años y mi madre no volvió a casa. Me hizo un sitio en su cuarto y me dijo que desde entonces su familia era yo. Fue verdad durante catorce años.
Y ahora un hombre con chaqueta de pana me dice que su hija es mía. A medias.
—Perdón —dice Damián, sin dirigirse a mí—. Es absurdo.
—Es una disposición perfectamente válida.
—Es absurdo.
Lo miro por primera vez desde que entró.
Ha llegado ocho minutos tarde, lo cual en él es puntualidad. Traje sin corbata, camisa abierta en el cuello, recién afeitado. Eso es lo que más me irrita, y sé que suena ridículo: que haya tenido cabeza para pasarse una cuchilla por la cara. Yo llevo la ropa de ayer porque no he tenido cabeza para lavar nada. Se ha sentado en la silla más lejana a la mía, con una butaca vacía en medio, y no ha mirado el cochecito ni una vez.
Damián Vidal. Catorce hoteles, un reloj que suelta destellos cada vez que mueve la muñeca, y el hombre que hace tres años apareció en nuestra cita a ciegas cuarenta minutos tarde, con una mujer pagada esperándolo dentro del coche. Delante de la cristalera. Con el restaurante entero mirando.
Ya llegaré a eso. Hoy no.
—Debe de haber un error.
—¿Un error?
—Administrativo. Un formulario. —me oigo hablar demasiado rápido y no consigo frenarme—. Peter firmó una plantilla, o marcaron la casilla del familiar más cercano, yo qué sé. Mire, yo no entiendo de esto. Pero Alison me lo habría dicho. Hablábamos todos los días. Me contaba lo que desayunaba. No me habría escondido que le dejaba a su hija a un hombre que no la visitaba.
—La visité.
—Dos veces.
—Tres. —Damián se mira los nudillos—. La segunda vez me abriste tú la puerta. Con harina en el pelo.
Se me seca la boca. No pensaba que se acordara de mí. Yo sí me acuerdo de él, y llevo tres años fingiendo que no.
—Enhorabuena por la memoria.
Rueda levanta una mano, muy despacio, como se hace delante de dos perros.
—Señorita Arriaga. Le pido que escuche el resto del documento antes de calificarlo.
—¿Hay más?
—Hay bastante más. —pasa una hoja, y no la lee: la aparta—. Y le agradecería que sea hoy. La señora Serrano ha llamado dos veces esta mañana. Tiene abogado.
Ofelia. La madre de Alison, que se marchó del cementerio antes de que acabaran de echar la tierra y no se ha acercado a ver a su nieta ni una vez.
Miro el cochecito. Le puse la manta mal, con una esquina metida debajo del brazo, y se la coloco bien, y mientras lo hago pienso una cosa que no voy a decir en esta habitación: que llevo tres días esperando que alguien entre por esa puerta y me diga qué hago con esta niña. Que en once meses yo nunca la tuve más de cuatro horas seguidas, porque siempre había una madre en el cuarto de al lado.
Ya no hay nadie en el cuarto de al lado. Hay un hombre con un reloj caro riéndose a tres metros.
—Yo sé cuidarla —digo, y no sé a quién se lo estoy diciendo.
—Nadie ha dicho lo contrario.
Levanto la cabeza. Damián me está mirando por fin, con los codos en los muslos. No hay burla. Hay algo peor, algo que se parece a llevar tres días sin dormir.
—Relájate, Arriaga. —se recuesta y se afloja el cuello de la camisa—. No pienso tocar a la niña.
Y después, con la vista puesta en la mía:
—Ni a ti.
POV CamilaNueve y media de la noche.Hago listas cuando el mundo se me sale de las manos. Llevo tres páginas de una libreta de espiral llenas de cosas que no importan: el inventario de harina, los días que faltan para pagar la luz, los turnos de Renata.La puerta principal se abre y se cierra. Pasos en el pasillo de madera.Damián entra en la cocina. Viene sin la chaqueta del traje y con los dos primeros botones de la camisa abiertos. No dice buenas noches. Camina directo a la mesa, saca un papel doblado del bolsillo del pantalón y lo deja caer sobre mi libreta.—Léelo.Es una copia de un correo electrónico interno. Arriba lleva el logo negro del Grupo Vidal. Abajo, dos líneas de texto firmadas por un tal Álvarez, el director de la cartera nacional.Botoneras once. Revocada orden de no renovación. El inmueble pasa a patrimonio inmovilizado con fecha de hoy. Se notificará a la arrendataria la extensión automática del contrato.Leo el correo tres veces.Él salvó mi local a las diez de
POV DamiánLa silla a la derecha de mi padre está vacía.Es de cuero negro, igual que las otras catorce de la sala de juntas, pero nadie ha hecho el intento de ocuparla.Ignacio Vidal abre la sesión a las diez en punto. No hay un minuto de silencio. No hay menciones a la carretera de la costa. Mi padre enciende el micrófono de la mesa y pasa directamente al punto cuatro del orden del día.—Sucesión de derechos de voto. —entrelaza las manos sobre el tapete verde—. El fideicomiso de la menor Emma Vidal Serrano no está habilitado. El artículo noveno del testamento exige tutores legalmente casados. Al no cumplirse la condición, procede aplicar el acuerdo de 2009.Vargas, el abogado corporativo, asiente desde el otro extremo.—La administración de la participación íntegra de Peter Vidal pasa a Ignacio Vidal —dice Vargas—. Y por la cláusula cruzada, la participación de Damián Vidal se agrupa bajo el mismo control.Mi padre me mira.Es una mirada rápida. Una confirmación de victoria.Abro lo
POV CamilaLunes, siete y cuarto de la mañana.La vida de Damián Vidal pesa seiscientos gramos. Lo sé porque el mensajero que trajo la carpeta de su abogado de familia me hizo firmar el albarán de entrega ayer, con el peso exacto impreso en la pegatina.Seiscientos gramos de anexos. Declaraciones de la renta, escrituras de catorce hoteles, un ático en el puerto y participaciones en tres sociedades. Papel de alto gramaje, encuadernado con tapas de plástico transparente.Mi vida cabe en tres folios grapados.Estoy sentada en la mesa del comedor con un bolígrafo azul, rellenando el cuestionario previo para el informe socioeconómico. El abogado de la familia lo necesita para armar la defensa contra Ofelia Serrano.Leo la primera línea. Nombre completo. Camila Arriaga.Domicilio actual. Dejo el bolígrafo sobre el mantel. Si escribo calle Botoneras once, un perito leerá que el contrato de ese piso vence el treinta de junio, porque la gestoría de Damián ordenó mi desahucio. Y si escribo la d
POV CamilaA las cinco menos veinte bajo con el abrigo puesto y me lo encuentro despierto en la cocina, sin afeitar, con Emma en el brazo y un biberón medido en la encimera.—No has dormido.—Tú tampoco. —cambia a la niña de lado—. Dijiste a las cinco. Son menos veinte.—Es el día de la caja.—Ya. Vete.Y no me voy, porque anoche le hice una pregunta en el vestíbulo y él subió las escaleras sin contestarla, y llevo seis horas en la cama mirando el techo de la habitación de Alison.—Por quién firmaste.Deja el biberón. Se sienta con la niña encima, y esa es la única razón por la que le sale la voz normal: porque no puede levantarla.—Por las dos cosas.—Dilas.—Por Emma. Y porque si el fideicomiso no se habilita, en dieciocho meses mi padre se queda con mi voto. —una pausa—. Las dos son verdad. Y la segunda no deja de serlo porque yo prefiera la primera.—Cuándo pensabas contármelo.—El lunes. Después del consejo.—¿Por qué el lunes?—Porque el lunes ya no sonaría a que te lo cuento pa












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