La esposa que mi hermano me dejó en el testamento

La esposa que mi hermano me dejó en el testamento

last updateÚltima actualización : 2026-09-04
Por:  ARGrimánActualizado ahora
Idioma: Spanish
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Mi mejor amiga murió un sábado. El martes, un notario me dijo que ya era madre. Y que tendría que casarme con el hermano del hombre que la mató. Alison me recogió del suelo cuando tenía quince años y nadie más me quería. Ahora está bajo tierra y me ha dejado a su hija de once meses. Solo hay un problema: la tutela es compartida. Con Damián Vidal. Catorce hoteles. Doce portadas de escándalo. Y una cita a ciegas, hace tres años, a la que llegó tarde y sin una explicación que yo pudiera aceptar. La abuela de Emma ya ha contratado abogados para llevársela al otro lado del océano. No va a atacarlo a él: va a atacarme a mí, porque soy la grieta. Una pastelera con once mil euros de deuda, sin apellido, sin ahorros, sin nada que un juez respete. Damián no me propuso nada. Me puso doce páginas grapadas sobre la mesa. Un año de matrimonio falso. Mis deudas borradas. Una casa que no es de ninguno de los dos, llena de fotografías de muertos. Y una cláusula sobre dormir en la misma habitación cuando venga la trabajadora social. Firmé porque no tenía nada. Me quedé por otra cosa. Porque el contrato no dice qué hacer cuando lo oyes llorar a las tres de la mañana con la ropa de su hermano en las manos. Ni qué hacer cuando entiendes que eres la única persona en el mundo que sabe exactamente cuánto le duele. —Puedes odiarme todo lo que quieras. Pero mientras esa niña duerma aquí, eres mía delante de todos.

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Capítulo 1

El apellido equivocado

POV Camila

¿Voy a criar a una hija con este mujeriego?

Es lo único que me cabe en la cabeza mientras el notario deja de hablar. Ni una idea más. Ni una completa. Solo esa, dando tumbos como una moneda dentro de una lavadora.

—Repítalo.

Efraín Rueda me mira por encima de las gafas. Sesenta y muchos, chaqueta de pana, una planta en la esquina a la que nadie riega desde hace dos semanas. Cuento las hojas secas. Once. Cuento cosas cuando no quiero pensar.

—Tutela conjunta —repite, con una paciencia que me da ganas de romper algo—. Los otorgantes designan dos tutores legales para la menor. La señorita Camila Arriaga y el señor Damián Vidal.

Y entonces, desde el otro lado del despacho, Damián se ríe.

No es una tos mal disimulada. Es una carcajada corta, de las que se sueltan en un bar cuando alguien cuenta un chiste malísimo, y rebota contra las paredes llenas de diplomas.

Emma se remueve en el cochecito. Once meses. Duerme con la boca abierta y el mordedor azul aplastado contra la mejilla; ayer le compré uno rosa y lo tiró al suelo dos veces, así que hemos vuelto al azul.

Ayer estuvo cuarenta minutos llorando contra mi cuello. No era hambre, ni sueño, ni el pañal; esos los aprendí en el suelo de la cocina de Alison, las dos con el pelo hecho un desastre y un manual de crianza abierto que ninguna llegó a leer. Era el llanto de una niña que lleva tres días en brazos de gente que huele distinto.

Una tía abuela de Peter intentó quitármela.

—Dámela, cariño, se te va a arruinar el vestido.

—Está bien así.

—Pero si pesa un mundo…

—Está bien así.

El vestido me lo regaló Alison. Me lo puso delante en su cama y me dijo que toda mujer necesita uno negro para las bodas, los funerales y las noches en que hay que arruinarle la vida a alguien. Nos reímos como idiotas. Es la única prenda decente que tengo y ayer me la puse para enterrarla a ella.

Dos ataúdes al fondo de la sala, cerrados los dos, gracias a Dios. La carretera de la costa, las tres y treinta y siete de la madrugada, y su marido al volante después de cenar en casa de los Vidal. Eso es todo lo que sé y todo lo que quiero saber.

Alison me recogió del suelo cuando yo tenía quince años y mi madre no volvió a casa. Me hizo un sitio en su cuarto y me dijo que desde entonces su familia era yo. Fue verdad durante catorce años.

Y ahora un hombre con chaqueta de pana me dice que su hija es mía. A medias.

—Perdón —dice Damián, sin dirigirse a mí—. Es absurdo.

—Es una disposición perfectamente válida.

—Es absurdo.

Lo miro por primera vez desde que entró.

Ha llegado ocho minutos tarde, lo cual en él es puntualidad. Traje sin corbata, camisa abierta en el cuello, recién afeitado. Eso es lo que más me irrita, y sé que suena ridículo: que haya tenido cabeza para pasarse una cuchilla por la cara. Yo llevo la ropa de ayer porque no he tenido cabeza para lavar nada. Se ha sentado en la silla más lejana a la mía, con una butaca vacía en medio, y no ha mirado el cochecito ni una vez.

Damián Vidal. Catorce hoteles, un reloj que suelta destellos cada vez que mueve la muñeca, y el hombre que hace tres años apareció en nuestra cita a ciegas cuarenta minutos tarde, con una mujer pagada esperándolo dentro del coche. Delante de la cristalera. Con el restaurante entero mirando.

Ya llegaré a eso. Hoy no.

—Debe de haber un error.

—¿Un error?

—Administrativo. Un formulario. —me oigo hablar demasiado rápido y no consigo frenarme—. Peter firmó una plantilla, o marcaron la casilla del familiar más cercano, yo qué sé. Mire, yo no entiendo de esto. Pero Alison me lo habría dicho. Hablábamos todos los días. Me contaba lo que desayunaba. No me habría escondido que le dejaba a su hija a un hombre que no la visitaba.

—La visité.

—Dos veces.

—Tres. —Damián se mira los nudillos—. La segunda vez me abriste tú la puerta. Con harina en el pelo.

Se me seca la boca. No pensaba que se acordara de mí. Yo sí me acuerdo de él, y llevo tres años fingiendo que no.

—Enhorabuena por la memoria.

Rueda levanta una mano, muy despacio, como se hace delante de dos perros.

—Señorita Arriaga. Le pido que escuche el resto del documento antes de calificarlo.

—¿Hay más?

—Hay bastante más. —pasa una hoja, y no la lee: la aparta—. Y le agradecería que sea hoy. La señora Serrano ha llamado dos veces esta mañana. Tiene abogado.

Ofelia. La madre de Alison, que se marchó del cementerio antes de que acabaran de echar la tierra y no se ha acercado a ver a su nieta ni una vez.

Miro el cochecito. Le puse la manta mal, con una esquina metida debajo del brazo, y se la coloco bien, y mientras lo hago pienso una cosa que no voy a decir en esta habitación: que llevo tres días esperando que alguien entre por esa puerta y me diga qué hago con esta niña. Que en once meses yo nunca la tuve más de cuatro horas seguidas, porque siempre había una madre en el cuarto de al lado.

Ya no hay nadie en el cuarto de al lado. Hay un hombre con un reloj caro riéndose a tres metros.

—Yo sé cuidarla —digo, y no sé a quién se lo estoy diciendo.

—Nadie ha dicho lo contrario.

Levanto la cabeza. Damián me está mirando por fin, con los codos en los muslos. No hay burla. Hay algo peor, algo que se parece a llevar tres días sin dormir.

—Relájate, Arriaga. —se recuesta y se afloja el cuello de la camisa—. No pienso tocar a la niña.

Y después, con la vista puesta en la mía:

—Ni a ti.

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