FAZER LOGINLos días siguientes se convirtieron en un suplicio diario. Mariana no era solo un nombre en un contrato; era una presencia constante y asfixiante en la planta de presidencia.
Llegaba casi todas las tardes con esa elegancia natural, saludando al personal con una amabilidad sincera que hacía todo aún más doloroso. Ver a Damián levantarse de su sillón para recibirla, tomarla de la mano frente a todos o rozarle la cintura mientras caminaban hacia el ascensor, me destruía por dentro. Yo me obligaba a mantener la cabeza agachada y la mirada fija en el monitor. Apretaba los dientes hasta que me dolía la mandíbula, repitiéndome que podía soportarlo, que era una profesional y que no le daría a Damián la satisfacción de verme caer. Pero la costumbre es un enemigo traicionero. Ocurrió a última hora de la tarde. Tenía en las manos una carpeta con los estados financieros urgentísimos que requerían la firma de Damián antes de que cerrara el sistema corporativo. Llevaba más de un año entrando a su despacho sin pedir permiso, con la soltura de quien conocía cada rincón de ese espacio y de su vida. Mi mente, agotada y en automático, traicionó mi propio juicio. Giré el pomo de la puerta de roble y la empujé sin llamar. La voz se me congeló en la garganta antes de poder emitir un solo sonido. Mariana estaba sentada sobre las piernas de Damián, de espaldas a la entrada. Tenía los brazos enredados en su cuello y las manos de él la sujetaban con posesividad por la cintura, manteniéndola pegada a su pecho mientras se besaban. El sonido de la puerta los interrumpió. Mariana se sobresaltó, rompiendo el beso y soltando una pequeña risa avergonzada mientras se acomodaba la falda. Damián levantó la vista despacio. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una calma exasperante, sin mostrar la menor prisa por apartar la mano del muslo de su prometida. —Disculpen... yo... lo siento mucho —balbuceé con la voz rota y las manos temblándome violentamente. Retrocedí dos pasos a toda prisa y jalé la puerta para cerrarla de golpe. Jalé la puerta para cerrarla de golpe y me giré a toda prisa para huir de allí, ciega por las lágrimas que amenazaban con desbordarse. No alcancé a dar dos pasos cuando choqué de frente contra un cuerpo firme. El impacto me hizo perder el equilibrio, pero antes de que cayera al suelo, dos manos fuertes me sujetaron con firmeza por los hombros, sosteniéndome en el aire. —Cuidado... ¿estás bien, Camila? —escuché la voz profunda y serena de Adrián Voss, el hermano de Damián. Levanté la vista un segundo, encontrándome con los ojos atentos de Adrián, que me observaba con evidente preocupación. Incapaz de articular una sola palabra por el nudo que me ahogaba la garganta, me limité a asentir rápidamente. Me zafé con brusquedad pero con delicadeza de su agarre y eché a correr hacia mi escritorio, sintiendo cómo las piernas me temblaban a cada paso antes de colapsar sobre mi silla. Apoyé los codos sobre el escritorio y me cubrí el rostro con las manos, intentando contener la respiración. El pecho me dolía con un peso físico, sofocante. Unos segundos después, el crujido de unos pasos pausados me hizo levantar la vista. Era Adrián. Sostenía un vaso con agua y me miraba con una preocupación sincera que jamás había visto en el rostro de su hermano. —Toma un poco de agua, Camila. Estás pálida —dijo con voz suave, dejando el vaso a mi lado y apoyando una mano tibia sobre mi hombro para darme firmeza. —Gracias, Adrián... de verdad, no es nada —intenté articular, pero en cuanto estiré la mano para tomar el vaso, una ola repentina de náuseas me revolvió el estómago por completo. El salón pareció inclinarse sobre su propio eje. El mareo me golpeó con una fuerza tan brusca que tuve que afianzarme del borde de la mesa para evitar caerme de la silla. —Oye, no estás bien para nada —insistió Adrián, inclinándose un poco más hacia mí para sujetarme con cuidado del brazo. En ese preciso instante, la puerta de la presidencia se abrió. Damián salió al pasillo acomodándose el saco, con Mariana prendida de su brazo. La escena se congeló. Los ojos de Damián se clavaron de inmediato en la mano de su hermano sobre mi hombro. Su rostro se endureció en un segundo y una chispa de posesividad peligrosa cruzó su mirada, apretando la quijada con rabia contenida. Ver su reacción me provocó un escalofrío amargo. El contraste era grotesco: Adrián mostrándome una humanidad genuina, mientras Damián solo reaccionaba por mero instinto de propiedad, molesto porque alguien más tocara algo que en su mente aún le pertenecía. —Nos vemos mañana, Camila —solt, sosteniéndole la mirada a su hermano antes de guiar a Mariana hacia los ascensores. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, intenté regular el ritmo de mi corazón. Le di un pequeño trago al agua, disculpándome con Adrián y echándole la culpa a la migraña y a no haber comido en todo el día. Él asintió no muy convencido, me pidió que me fuera a casa a descansar y se despidió con amabilidad antes de caminar hacia su oficina. En cuanto me quedé sola en la planta, una sospecha helada me atravesó la espina dorsal. Tomé mi teléfono con dedos temblorosos y abrí la aplicación del calendario. Conté los días una, dos, tres veces, sintiendo cómo el piso parecía desaparecer bajo mis pies. Tenía un retraso de más de dos semanas. Y aquellas náuseas no eran por el estrés. Guardé mis cosas con manos temblorosas y salí de la oficina casi huyendo. El trayecto hasta la farmacia más cercana fue una nebulosa de angustia. Entré intentando mantener la cabeza baja, compré la pequeña caja con la prueba y la guardé en el fondo de mi bolso como si fuera algo prohibido. Llegué al departamento, cerré la puerta con doble llave y me encerré de inmediato en el baño. Los tres minutos de espera se sintieron como una eternidad agonizante, escuchando únicamente el eco sordo de mi propio corazón latiendo en mis oídos. Cuando finalmente me armé de valor para voltear el pequeño dispositivo sobre el lavabo, el aire se me congeló en la garganta. Dos líneas rojas, nítidas e inconfundibles, brillaban con crueldad. Apoyé las manos contra el borde del mueble mientras las lágrimas silenciosas comenzaban a nublarme la vista. El pánico y una desesperación absoluta me invadieron en olas heladas. Mis peores temores se habían hecho realidad. Estaba embarazada del hombre que pretendía tenerme como su secreto, el mismo que en un par de meses estaría parado en un altar jurándole la vida a otra mujer.PoV CamilaEl silencio dentro del auto era denso, lleno de una tensión eléctrica que amenazaba con hacer estallar el cristal.Mis suegros se habían llevado a Darián y a Valentina a su casa un par de horas antes, cuando los niños empezaron a bostezar entre el ajetreo de la recepción. Sabía que estaban en las mejores manos, cenados y listos para dormir, lo que nos dejaba a Damián y a mí un terreno peligroso: la noche entera sin interrupciones.Apoyé el codo en la ventanilla, observando el perfil de Damián mientras conducía hacia el hotel. Mantenía una mano firme en el volante y esa maldita sonrisa socarrona dibujada en la comisura de los labios.—Si sigues mirándome así, voy a pensar que te arrepentiste de no haberme devorado frente a la barra —soltó él sin quitar la vista de la carretera.—Sigue soñando —respondí, acomodándome la falda del vestido—. Solo estaba pensando en lo rápido que se te olvida que estamos divorciados cada vez que una cualquiera te sonríe.Damián soltó una carcaja
Pov DamianLentamente, forzándome a una tortuosa disciplina, retrocedí casi por completo, sintiendo cómo ella se estremecía ante la ausencia, para luego empujar de nuevo hacia adentro en una embestida agonizante y controlada, extremadamente lenta.Camila ahogó un gemido que sonó casi como un sollozo, apretándome con fuerza mientras la voz de una de las chicas fuera del cubículo sonaba clara y fuerte:—Diablos, los hermanos de esta familia son una delicia.Me detuve de nuevo, disfrutando de la ironía del momento. Otra voz respondió, divertida:—Adrián es como un dulce pastelito, pero ya se casó, ¿vieron cómo miraba a Elena?—Sí, qué tierno... Pero yo prefiero a Damián —continuó la primera chica, y pude imaginar su sonrisa descarada—. ¡Dios mío, ese hombre es una belleza! Tiene un algo... peligroso.Camila clavó su mirada en la mía.Sus ojos, nublados por el placer, ahora ardían con una furia posesiva. Me lanzó una mirada que habría matado a cualquier otro, pero que a mí solo me encendi
Pov DamianEl día de la boda llegó con un clima perfecto. La ceremonia se celebraba en una acogedora finca a las afueras de la ciudad, decorada con tonos neutros y arreglos florales elegantes.Darián y Valentina se veían adorables con sus trajes de pajecitos. Valentina llevaba un vestido blanco con un lazo salmón en la cintura y sostenía una canastilla con pétalos, mientras que Darián lucía un pequeño esmoquin idéntico al mío, sosteniendo el cojín con los anillos con suma seriedad y orgullo.—No te muevas tanto, Darián —le dijo Camila mientras le ajustaba el corbatín antes de entrar—. Te ves como un verdadero caballero.Me quedé observando a Camila un instante. Llevaba un vestido ajustado color vino que resaltaba cada una de sus curvas, con la espalda semiabierta. La elegancia y el poder que proyectaba llamaban la atención de cualquiera en el lugar.—Te ves espectacular, exesposa —murmuré a su oído, posicionándome detrás de ella y rozando suavemente su cintura.Camila me dirigió una m
Pov Damian El jardín de la residencia Montenegro estaba lleno de vida. Globos, risas de niños y el murmullo cálido de la familia reunida creaban un ambiente que, seis meses atrás, habría parecido completamente imposible. Darián corría junto a Valentina persiguiendo un balón por el césped, riendo a carcajadas. Mi padre los observaba desde la terraza con una copa en la mano, mientras mi madre conversaba animadamente con Camila cerca de la mesa de postres. Me acerqué a ellas despacio, ajustándome el reloj. Camila vestía un conjunto impecable, con esa elegancia natural que dominaba cualquier espacio. No había rastro en su rostro del encuentro salvaje que habíamos tenido en la sala de juntas apenas unas horas antes. —Míralos —murmuró Camila en voz baja cuando mi madre se alejó un momento para atender a los invitados—. Darián ni siquiera se acuerda del caos. Se siente seguro. —Gracias a ti —dije, situándome a su lado, lo suficientemente cerca para sentir el calor de su cuerpo pero
Pov DamianSeis meses después.Estaba arrodillado sobre el piso del baño privado de la oficina de Camila. Mis manos sujetaban con firmeza sus muslos abiertos, mientras mi boca trabajaba entre sus piernas sin darle un solo segundo de tregua.El ritmo era feroz, implacable. Usaba la lengua con movimientos profundos y precisos, combinándola con dos dedos entrando y saliendo de ella a una velocidad que la tenía al borde del abismo. Camila tenía los dedos enredados en mi cabello, tirando con fuerza mientras sus gemidos ahogados rebotaban contra las paredes de cristal y azulejo.Sentí cómo su cuerpo se tensaba al máximo. La vibración de sus muslos se intensificó hasta que se arqueó por completo, soltando un grito sofocado contra su propia mano mientras su clímax la sacudía en oleadas violentas sobre mi rostro.Me quedé allí un par de segundos, disfrutando del sabor de su placer y de los espasmos de su cuerpo entregado por completo a mi lengua. Me limpié los labios con el dorso de la mano, a
Pov DamianBajé la mirada a la mesa de cristal. Sentí como si el aire de la oficina se evaporara de golpe, dejándome los pulmones completamente secos.Mi nombre y el de Camila encabezaban el primer folio, seguidos de la palabra que había estado temiendo desde que todo este caos empezó: Divorcio.Levanté los ojos despacio hacia ella, sintiendo un nudo amargo atascado en la garganta.—Pero... pensé que... —murmuré, con la voz quebrada. Las palabras se me rompieron en la boca antes de poder completar la frase. Pensé que lo de anoche, que sus palabras frente a Celeste, que haber hecho un frente unido para salvar a Darián significaban que teníamos una oportunidad.Camila no pestañeó. Se giró apenas hacia el abogado y le dedicó una leve inclinación de cabeza.—Déjenos solos, por favor —pidió ella con un tono sereno pero inapelable.El abogado recogió sus pertenencias en silencio, hizo una breve reverencia y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí..Nos quedamos frente a frente.Ha







