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Capítulo 3

Autor: Luna Roja
Lo repetí con frialdad. En ese momento la sonrisa en los rostros de mis padres se congelaron al instante.

Mi madre reaccionó primero. Dio un paso apresurado hacia mí, intentando tomarme de la mano, pero me aparté girando el cuerpo para esquivarla.

—Adrián, ¿cómo has llegado? —Su voz temblaba.— Ven, rápido, voy a presentarte. Este es…

—El señor Gabriel, su tesoro, ¿verdad?

La interrumpí, clavándole la mirada a ese chico vestido con un traje de príncipe.

La sonrisa en el rostro de Gabriel también desapareció. Me miró confundido; en sus ojos pasó un destello de incomodidad… incluso de compasión. Luego buscó ayuda con la mirada hacia mis padres.

—¿Quién es él? —preguntó un invitado, desconcertado.

El rostro de mi padre parecía incómodo, se notaba que estaba molesto. Conteniendo la voz, me reprendió:

—¡Adrián! ¡Deja de armar un escándalo y vuelve a casa ahora mismo!

—¿Un escándalo?

Solté una risa burlona.

—Mamá, ¿olvidaste qué día es hoy?

Hablé despacio, marcando claramente palabra por palabra:

—Hoy… también es el cumpleaños de tu propio hijo. Mi cumpleaños.

El salón entero estalló en murmullos. Todas las miradas iban y venían entre mis padres y yo, cargadas de curiosidad chismosa.

—Entonces… ¿él es el verdadero hijo?

—Vaya situación… ¿ignoran el cumpleaños de su propio hijo para organizarle una fiesta así a un extraño?

—¿Qué está haciendo el señor Suárez? De verdad que no se entiende…

Los comentarios llegaron claramente a los oídos de mis padres, y sus expresiones se volvieron cada vez más tensas. Los labios de mi madre temblaban y, la mirada de mi padre pasó del desconcierto a una furia absoluta.

—¡Basta!

Golpeó la mesa con fuerza.

—¿Tenías que venir justo hoy a arruinarlo todo?

—¿Arruinarlo?

Levanté el teléfono y abrí el video.

—Mamá, ¿quién está arruinando las cosas realmente? ¿Quién prepara una sorpresa para mí mientras al mismo tiempo le pone una corona y le regala un reloj a otro?

En la pantalla apareció con claridad la imagen de mi madre colocando con ternura una corona sobre la cabeza de Gabriel.

—Nuestro Gabriel… hoy es el joven más apuesto.

La frase resonó desde el altavoz del teléfono en aquel silencioso salón. El rostro de mi madre palideció.

—Y esto también.

Cambié a la foto grupal.

—El supuesto hijo de un cliente importante… ¿cómo terminó convirtiéndose en “su tesoro”?

Giré el teléfono hacia los invitados para que todos pudieran ver la imagen y los comentarios debajo de la misma.

Los presentes empezaron a mostrar en sus rostro una ligera tensión e incomodidad. Mi padre temblaba de tanta rabia. Me señaló, intentó hablarme pero era incapaz de pronunciar una sola frase completa.

—Adrián, tú… tú…

—¿Yo qué?

Sostuve su mirada. Mis ojos ardían, pero mi voz seguía igual de fría e indiferente.

—Solo quiero preguntarles algo cara a cara, ¿criar a un hijo nuevo se siente mejor que criar al viejo? ¡Solo quiero saber qué hice mal para que me pisotearan y me abandonaran de esta manera!

Mi voz fue elevándose, sacando aquellos diez años de injusticia y resentimiento, e iba resonando por todo el salón. El rostro de Gabriel estaba pálido, mientras tiraba suavemente de la manga de mi madre.

—Tía, esto…

Ella apartó su mano de un tirón y, me miró con los ojos llenos de arrepentimiento.

—Adri, no es lo que piensas. Las cosas no son así.

—¿Entonces cómo son? —La presioné.— ¡Dilo!

En ese momento, las puertas del salón se abrieron de golpe. Mi hermana entró corriendo. Al ver la escena tensa frente a ella, su rostro se volvió completamente pálido.

Corrió hacia mí y me sujetó el brazo con fuerza, mientras su voz temblaba al hablarme.

—¡Hermano, déjame explicarte!

—¡Basta! ¡No quiero escuchar ninguna explicación más!

Intenté zafarme.

Mi objetivo ya estaba cumplido. Quería que todos vieran el verdadero rostro de mis supuestos padres ejemplares. Quería que la imagen perfecta que habían construido con tanto cuidado se hiciera añicos… hoy mismo.

Levanté el teléfono en alto, dispuesto a proyectar en la pantalla gigante las capturas del chat grupal.

—Mamá, papá… este teatro ya llegó a su final.

Justo cuando estaba a punto de presionar el botón de proyección, Lucía me arrebató el teléfono de repente y lo protegió contra su pecho.

—¡Hermano! ¡Te lo suplico! ¡Espera cinco minutos! ¡Solo cinco minutos!

Sus ojos estaban rojos mientras me suplicaba.
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Último capítulo

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