INICIAR SESIÓNGema
—Todos, cálmense —grita Kevin, levantando los brazos para detener a los cambiaformas que avanzan hacia mí.—Ella no es culpable de lo que se le acusa. Los centinelas apostados en el puerto, me informaron que entró en la ciudad ayer mismo…Es imposible que conociera a esos vampiros…
Kevin se vuelve hacía mí y me pregunta directamente.
—Si no me equivoco, vienes a pedir que te dejemos quedarte en la manada.¿no?
—Sí… —respondo con un atisbo de esperanza—Tengo habilidades de combate y creo que…
—Alfa, es una prófuga… ¡Una traidora! —me interrumpe un hombre lobo, gritando—. Por su culpa, muchos cambiaformas murieron en el ataque a Sombra Nocturna.
No se ni porqué lo intento, la verdad. Está más que claro que nadie aquí me quiere.
—Por ese crimen fue absuelta. No mató a nadie—me defiende Kevin.
—Queremos que se vaya. Aquí, no es bienvenida—dice un anciano de ojos grises que mira a los ojos.
—No sabía que tú fueras quien decidía eso… —la voz de Kevin suena áspera mientras su expresión se endurece y deja ver los colmillos.
—Yo… yo hablo por todos cuando digo que no podemos confiar en ella. —La voz del anciano tiembla y evita levantar la vista hacia su líder pero todos los cambiaformas alrededor del anciano dejan claro que lo respaldan.
Aquí nadie me conoce y lo primero que hacen es juzgar…
—Deberíamos echarla. Pertenezca o no a la manada, si la dejamos establecerse en el territorio, se aliará con los vampiros y eso puede ser fatal...¿Qué imagen daremos entonces?—dice una mujer loba.
—Alfa, fue la puta del vampiro, es innaceptable que...
No lo dejo terminar la frase. Mi mirada se clava en el cambiaformas que habló y avanzo hacia él, encendida de furia. Pero antes de llegar, un empujón brutal me lanza hacia un costado; caigo al suelo como una ficha derribada de ajedrez, impotente por tener aún las manos atadas.
Eso me enfada aún más.
Otro cambiaformas, aprovecha la oportunidad y se acerca a mí rápidamente. Levanta el pie para aplastarme la cabeza pero yo soy más rápida; ruedo hacía un lado y, con un salto desde las rodillas, me pongo en pie.
El fuego de la ira me consume mientras retrocedo un paso y le lanzo una patada. Un crack resuena en la sala y eso es música para mis oidos. Su nariz sangra, pero sus ojos arden de rabia, preparándose para devolverme el golpe.
—¡Basta! —ruge el Alfa.
Su voz retumba como un trueno, y el aura de mando se expande con una fuerza descomunal. Todos los presentes se inclinan bajo aquel poder implacable, todos menos Elisabeth. El silencio que sigue es pesado, como un filo que corta el aire, y el odio latente de la multitud late a mi alrededor como un tambor.
—¡Kain! —exclama Kevin, frustrado—. Llévala a otra sala. El Alfa, la Luna y tú hablaremos con ella en privado.
Siento cada mirada clavarse en mi piel como si fueran cuchillos mientras Kain me guía hacía una sala contigua. Camino con la mandíbula apretada, y noto como me hierve la sangre de rabia.
Podrán despreciarme todo lo que quieran, pero no pienso agachar la cabeza.
***
—En serio, ¿no podías esperar a liarla hasta que te hubiéramos admitido en la manada? O, al menos, hasta después de reunirte conmigo… Ahora te odian —dice Kevin, claramente frustrado.
—Ya me odiaban antes…
—Eso no te lo discuto, pero ahora les diste una excusa perfecta para rechazarte.
Mi loba ni se inmuta ante esas declaraciobes.
—Lo de los vampiros fue casualidad… Vieron mi marca, o la sintieron… No lo sé con certeza. Intentaron pasar una noche conmigo y, como no acepté, me atacaron.
—¿Esa marca…la tenías antes? No recuerdo haberla visto cuando estabas en Sombra Nocturna—pregunta Elisabeth.
—Sí y no. Después de la muerte de Cornelio, los síntomas desaparecieron… Ya no tengo pesadillas ni alucinaciones, pero… —respiro hondo, con fastidio— la marca se oscureció un poco. A veces, me la maquillo, otras veces no.
—Ya veo… —dice Kevin, clavando los ojos en mí. Y, por primera vez, percibo en él una expresión de pena.
Detesto esa mirada. Prefiero que me odien antes que me miren con lástima.
—No te voy a mentir —dice Kevin—. Quería hacerle un favor a Aria. Me pidió que, si venías, te aceptáramos. Pero nadie aquí te va a aceptarte…Ni siquiera vale la pena llevarlo a votación… Y si me atrevo a aceptarte en la manada, todos te harán la vida imposible, y yo arriesgaré mi posición por nada.
Me pongo de pie de golpe, con el orgullo en alto aunque la garganta me arda.
—Encantada de veros… adiós.Debería de descartar la idea de vivir en sociedad, pero no puedo...lo intento una y otra vez porque mi especie necesita esta en manada. Asi somos más fuertes, más felices...Los solitarios terminan volviendose locos y pueden conventirse en salvajes. Hace un tiempo que noto a mi loba demasiado quieta, demasiado cansada...
—Espera… —Kevin me interrumpe con un gesto—. No podemos aceptarte en la manada, pero hay un modo de que te quedes en la ciudad y formes parte de un grupo...
Elisabeth arquea una ceja, mirando a su pareja con una expresión de sorpresa.
—¿Cómo?.—digo prácticamente sin esperanzas.—Tengo una idea…
—Tus ideas nunca son buenas —resopla Elisabeth, llevándose una mano a la frente y haciendo un gesto de “a ver qué se le ha ocurrido ahora”.
—¿Te acuerdas de los hombres que te trajeron aquí? —dice Kevin—. Pertenecen a la Orden de Cazadores. Antiguamente, solo familias distinguidas de magos y brujas, y algunos nigromantes, con poderes especiales podían ser cazadores… Pero llevan unos años de años admitiendo miembros mediante una prueba. Actualmente, sus filas se encuentran diezmadas y la Orden atraviesa un momento crítico que amenaza su propia existencia.
—¿Pero ellos no son los que cazan a los seres sobrenaturales que se portan mal? —pregunto.
—Sí.
—Yo soy un ser sobrenatural… y bueno, no es que tenga un historial intachable…
—Fuiste perdonada. Eso te absuelve de culpa.
—Pero… ¿hoy en día hay algún ser sobrenatural en esa Orden?
—De momento no —responde Kevin—. Serías la primera si logras entrar. Si te conviertes en miembro, nadie podría cuestionar tu presencia en la ciudad ni en el territorio de Sangre Carmesí… Sería tu oportunidad de demostrar que mereces quedarte, que tu trabajo tiene valor y, tal vez, hasta termines disfrutándo el trabajo.
—Es demasiado optimista Alfa…—dice Kain.
Un atisbo de esperanza crece dentro de mí ante la idea que plantea Kevin.
—Kevin, no va a ser fácil —responde Elisabeth.
—Nadie ha dicho que lo sea.
—No hay ninguna ley que prohíba su candidatura e incluso podrías pasar la prueba—Elisabeth suspira— Pero los miembros de la Orden son demasiado clasistas, por decirlo de alguna manera. Le harán la vida imposible, supongo.
Kevin se encoge de hombros.
—No era más que una idea…—Kevin se acerca a mí y me toca el brazo—Gema, piénsatelo. Si te atreves, contarás con mi apoyo. Es lo único que puedo ofrecerte, dadas las circunstancias...BELEste hombre lobo va a volverme loca. Su cuerpo es espectacular…Es musculoso y fuerte. Sus hombros anchos caen en un triángulo perfecto hacia su cintura estrecha, y siento un calor que me sube por el pecho, atravesando cada fibra de mi cuerpo. Dios… quiero tocarlo, recorrer cada centímetro de su piel con la lengua, sentirlo dentro de mí…—Podemos hacerlo ahora… —susurra, con la voz ronca, clavando sus ojos en los mios mientras me presiona aún más con sus caderas.j*der, qué dura está…—Sí… —susurro, apenas un hilo de voz.Pero basta con eso. Kain se abalanza sobre mí y sus labios se estrellan contra los míos en un beso brutal, como un tren de mercancías descarrilado, arrollador, intenso, que me deja sin aire y me hace temblar hasta la médula.Su beso es tan intenso, tan demandante, que siento cómo me duelen las comisuras de los labios… y, aun así, me encanta. Gimo contra su boca, y eso solo lo enciende más: sus manos me aprietan el trasero con fuerza, dejándome sin aliento, antes de
Kain—¡Has despertado! —exclama, con la voz cargada de alivio.Mi madre y mi hermana la saludan con una sonrisa que lo dice todo… y, sin necesidad de palabras, se retiran casi de inmediato, dejándonos espacio. Antes de salir, eso sí, me lanzan un par de miradas cargadas de intención que no me pasan desapercibidas.Bel se lanza hacia mí con la misma energía con la que ellas antes lo hicieron, casi chocando contra mi cuerpo, y me clava sus ojos negros en los míos. Por un instante aparto la mirada, atrapado entre el vértigo y la tensión que provoca su cercanía. Pero no puedo mantenerme distante por mucho tiempo; vuelvo a mirarla, directo a esos ojos profundos, oscuros… pozos sin fondo que me atraen de una manera que no puedo ni quiero explicar.Ella suelta una risa burlona, juguetona, y poco a poco se endereza. Finalmente, se sienta a mi lado en la cama, con esa mezcla de desafío y complicidad que me hace latir el corazón con fuerza.—Hembra…—Hola, Kain…¿Cómo te encuentras?.—Bel me mira
KainEl aire entra en mis pulmones a golpes, áspero, como si aún llevara dentro el olor a sangre y tierra húmeda. Me cuesta abrir los ojos; pesan, arden… pero cuando lo consigo, todo es confuso, sombras y luz difusa que no logro reconocer. Un gruñido bajo escapa de mi garganta al intentar moverme, y el dolor estalla en cada músculo.Sigo vivo, contra todo pronóstico. —¡Kain!—gritan casi al unísono mi madre y mi hermana.Se abalanzan sobre mí sin contenerse, sus manos recorren mi rostro, mis brazos, mis hombros con urgencia, como si necesitaran comprobar, por sí mismas, que sigo entero… que sigo vivo.Me remuevo con dificultad y, tras reunir fuerzas, logro incorporarme un poco en la cama. Todo me duele. Aun así, les dedico una sonrisa débil, apenas un gesto… pero es suficiente.El suspiro que sueltan me golpea casi con la misma intensidad que el dolor; lo siento vibrar contra mi pecho desnudo. Y entonces empiezan a llorar. No es tristeza… es alivio puro, desbordado.—¿Qué ocurrió? —pr
GEMA—Traigo noticias… —dice Carlisle nada más cruzar la puerta, con el rostro serio.—¿Qué pasa, maestro? —pregunta Leonardo, girándose hacia él de inmediato, con la preocupación marcada en sus ojos.—Darius ha muerto… —la voz de Carlisle suena grave, pesada.—¿Cómo… quién? —digo, un nudo formándose en la garganta, la inquietud creciendo.—Parece que estaba peleando con alguien… o eso creen los cazadores —Carlisle hace una pausa, buscando las palabras correctas—. Y después… se inmola con su magia.—¿Se suicidó? —pregunto, incrédula.—Sí, eso creen… —asiente Carlisle lentamente, evitando mirarnos demasiado tiempo.—¿Y encontraron algún otro cuerpo? ¿La persona con la que estaba luchando? —pregunta Leonardo, con el ceño fruncido.—No —responde Carlisle—. Escapó de la explosión por los pelos. No se hallaron restos de nadie más que no sea Darius.—¿Quién era esa persona? —mi voz baja, cargada de tensión.—Los rastreadores hombre lobo solo dicen que era un vampiro… —su respuesta suena insu
NARRADORLa noche olía a tormenta, densa y cargada, como si el cielo mismo contuviera el aliento antes de quebrarse. Pero a Darius esas señales le resultaban insignificantes comparado con todo lo que ha pasado.Había ocurrido lo que más temía: su caída.Todo aquello que había tejido con paciencia casi infinita —alianzas, secretos, poder— se había derrumbado ante sus ojos como un castillo de naipes azotado por un viento traicionero. Y en el centro de ese derrumbe… ella.La mujer loba.Desde el instante en que puso un pie en la Orden de cazadores, el equilibrio empezó a resquebrajarse. Darius lo había visto venir. Lo había sentido. Y aun así… no fue lo bastante rápido.Apretó la mandíbula, recordando el primer intento de asesinato fallido.Eugenio…Un peón prescindible. Una herramienta que debía haber cumplido su cometido sin hacer preguntas. Y, sin embargo, había fallado.—Inútil… —murmuró Darius entre dientes, con un desprecio helado que apenas rozaba la superficie de su verdadera ir
GEMASolo existimos él y yo, unidos por una emoción tan fuerte que es capaz de llevarme al cielo y después al infierno.Me toca la nuca con dedos juguetones y reclama mi cuello con avidez, lamiendo y mordiendo como si hubiera perdido la cordura, sus manos llegan a mis pechos y los aprieta haciendo que suelto un gemido y después otro.Leonardo suelta un improperio y despues dice contra mi cuello:—J*der…tus tetas ahora son…Después lleva una mano a mi cadera y la otra a mi clítoris frotando tal y como sabe que me gusta, con el ritmo perfecto. Después de unos minutos dandome placer, justo cuando voy a llegar al clímax se detiene.—Sigue…—Dime que me quieres…—No me digas que lo dudas…—No me lo has dicho nunca—dice tocándose la nuca y pellizcandome en el punto más sensible para una mujer loba y eso hace que me estremezca y gima su nombre.Eso lo hace sonreír.—Preciosa…voy a marcarte…así que dime que me quieres…Balbuceo un poco y me pongo roja como un tomate de nuevo.Nunca he dicho e







