INICIAR SESIÓNLia es la prometida del Alfa de la manada Luna Oscura. El día de su boda, ella pasa de esposa a viuda en cuestión de unas horas: su esposo ha sido asesinado por un grupo de rebeldes comandados por el hijo del difunto alfa. Bajo la presión social y su propio sentido del deber, tiene que tomar una decisión importante: renunciar a su puesto como Luna, a la posibilidad de ser la Reina Prometida, o puede casarse con el nuevo Alfa Damiano, el sobrino y presunto asesino de su esposo. "Eres libre de irte, Lia. No quiero una esposa. No puedes ser mi esposa" Pero Lia es una mujer de palabra, así que decide que ser la esposa de otro alfa no es nada de otro mundo. Es solo deber, se repite, aunque su corazón la contradiga. Damiano se niega a elegirla, pero el Consejo de Lobos lo presiona a desposarla como una muestra de poder: tomar a la mujer que originalmente le fue prometida. Damiano acepta, pero no le agrada. Lia le propone un trato para hacer las paces. Un bebé para liberarse de sus obligaciones. Es todo lo que el Consejo busca, ¿no? Un bebé que pruebe que ella es la Reina Prometida. Si la profecía no se cumple, ella se irá y lo dejará ser feliz con quien de verdad desea, aunque eso signifique abandonar a su hijo. ¿Pero qué sucedería si la profecía resulta ser cierta? Un bebé de profecía. Un matrimonio por deber. Cuando un muerto resucita, Lia no está segura de a quién dar su lealtad: al hombre que la salvó de la vergüenza o al hombre que fue prometida en primer lugar, quien no se conformó con despreciarla, sino que, además, trajo a su amante.
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Hoy es el día de mi boda. Las rosas blancas desfilan en el largo pasillo hacia el altar, mis tacones hacen eco bajo el silencio casi reverente de nuestros invitados. El vestido que uso es impresionante, digno de una reina, y me han ataviado con joyas delicadas. Una tiara brillante descansa sobre mi cabeza, que pronto será reemplazada por una corona. Es el día de mi boda y todos me miran como si fuera irreal. El gran candelabro sobre nuestras cabezas se ilumina con intensidad y la luna se pone en el cielo para mirarnos. Todo es tan hermoso y mágico... Pero no era así como imaginaba este día. El Alfa Rafael me espera al final del pasillo. Apuesto, frío y temerario, no se ve como un novio feliz, pero la mirada complacida en su rostro es un buen indicador de que todo marcha bien. Bien, no quisiera arruinar este momento. Sé lo mucho que detesta que las cosas no salgan como él espera. Y soy su trofeo, debería verme como uno: intocable, hermosa y envidiable. Mientras avanzo, mantengo el mentón en alto. No se suponía que me casaría con él. La Sacerdotisa Mayor me mira con ojos fríos y gesto prudente. Es casi desolador, pues sé que ella no quiere sellar esta unión. Pero la Madre Luna no se ha opuesto, así que debemos seguir. El deber es más fuerte que nosotras. Sus palabras suenan fuertes y serenas cuando se dirige a los invitados, agradeciendo a la Diosa por permitirnos celebrar este día, que ha corrido sin desperfectos e inconvenientes desde el amanecer, otra señal de que la Madre Luna bendice el matrimonio; nos recuerda a todos los beneficios de esta unión, que es una bendición que la novia prometida, yo, siga aquí, dispuesta a cumplir con mi voto a la manada Luna Oscura. Nadie sabe que en realidad nunca tuve opción. —Señorita Ginebrah, sus votos por favor —dice la Sacerdotisa Mayor, clavando su mirada sin emoción en mí. Esbozo una sonrisa modesta y tomo las manos de mi prometido. Todo acabará pronto. —Alfa Rafael, yo, Lia Ginebrah, hija menor de la Manada de Piedra, me entrego hoy a ti... Hace un año, el hermano mayor de Rafael, el Alfa Bastian, falleció en una cacería. —Para amarte, sin importar la salud, la enfermedad, la dificultad, el hambre y la sed, sin importar la edad y el cambio... El difunto Alfa tenía un hijo, Damiano, el lobo con el que iba a casarme. Había imaginado este día muy diferente porque Rafael no era el lobo al que me prometieron. Yo no debía ser su mujer. Pero Damiano desapareció el mismo día que su padre murió y no se reportó para recuperarme a mí o su manada. Fue entonces que Rafael entró en el escenario y tomó el cargo. —Para serte fiel... todas las noches, cuando la luz se asome por la ventana y la noche vuelva a caer. Cada segundo del día. Te amaré y no te traicionaré. Yo me mudé a la manada Luna Oscura seis meses antes de la caída del difunto Alfa, para conocernos y empezar mi instrucción como Luna. Cuando todo se vino abajo, solo me quedé por Damiano. Después de un año de espera, ahora me caso con su tío. No era la boda que esperaba. Pensé que Damiano vendría por mí. Miro el rostro astuto del que llamaré marido y mi estómago se retuerce. —Hasta que la muerte nos venza. Rafael sonríe por primera vez desde que empezó la ceremonia. La Sacerdotisa, con su firme seriedad, extiende una mano hacia él. —Mi Alfa, sus votos por favor. Trato de mantener mi sonrisa mientras él habla. No es viejo, no para los lobos, pero es mucho mayor que yo y la diferencia de edad es notoria, pues él se ve como un hombre humano de cuarenta y yo apenas cumplí dieciocho hace una semana. No es horrible, solo... no puedo evitar pensar que podría ser mi padre. Su pulgar traza círculos cariñosos en mi muñeca y me aprieta la otra mano. —Yo, Alfa Rafael de la manada Luna Oscura, te tomo a ti, Lia Ginebrah, como mi mujer, mi esposa y mi reina, para amarte todas las noches, desearte y cuidarte como lo haría un macho, cada día hasta que la diosa decida llevarme. Prometo nunca soltarte; eres mía para la eternidad, incluso si la muerte llega. Yo iré por ti, mujer. Es mi promesa para ti. Se acerca un poco más, puedo sentir su aliento contra mi cara y su olor amaderado me marea. —Hasta que la muerte nos venza. Le sostengo la mirada y espero a que la Sacerdotisa nos entregue las copas de agua luna, una bebida especial que solo se recibe una vez en la vida: el día que te casas. Se obtiene de un agua bendecida con la luz de la Diosa Luna, se dice que solo unos novios que cuenten con su aprobación pueden disfrutarla. Bebemos la copa del otro sin pensarlo. El agua se siente fría y picante en mi garganta, pero lo aguanto. No es nada agradable. —Puede besar a la novia —indica la Sacerdotisa. —Esposa —corrige Rafael antes de besarme. Esposa, me repito cuando sus labios se adueñan de mi boca en un beso feroz y animal bajo la mirada de cientos de personas. La lengua de Rafael intenta abrirse paso a mi boca y yo gimo de la impresión. Mi cara se pone roja al instante. Me enseñaron que estas cosas se reservan para la habitación. Me siento humillada. Pero esto hace feliz a mi esposo: hacerle saber a todos que soy suya, que solo él puede provocar esto en mí. La Sacerdotisa carraspea con gesto exasperado. Mi esposo la mira con ojos de cazador. —Será más apropiado reservar estas muestras para la noche de bodas, mi Alfa —La Sacerdotisa no se inmuta —. Felicidades sinceras de mi parte, Luna y Alfa. Confío en que serán una pareja fuerte y su descendencia lo será aún más. Nuestra descendencia. Casi lo olvidaba. —Resérvate las hipocresías, Mirusa —masculla mi marido, solo para que ella lo escuche. Un brazo posesivo rodea mi cintura y me estremezco —. Nunca vuelvas a interrumpirme así. Mirusa se queda callada, mirándolo seriamente. Pero no asiente ni se inclina para disculparse. Ella puede darse ese privilegio. Cuando la boda acaba y la gente deja de bailar para retirarse a la fiesta privada del salón, sé lo que me espera. Mientras ellos beben y celebran, nosotros debemos ir a la habitación. Esta misma noche, Rafael se asegurará de poner un hijo en mi vientre.Lia Las horas corren con una lentitud abrumadora. No he dejado de dar vueltas por la habitación, rezándole a la Diosa por la vida de Leila. No quiero que nada malo le suceda. Quiero creer que Damiano no va hacerle daño, que Leila le dirá toda la verdad, incluso el secreto de los omegas y su relación con los híbridos, y que él va a perdobarla. Necesito confiar en su misericordia. No me casé con un monstruo. Incluso ahora, cuando nuestra relación no está definida y los sentimientos que tenemos por el otro no son más que el resultado de una unión forzada, yo sé que él no es un alfa despiadado. No es una bestia ni un monstruo. Y pase lo que pase, sé que no va a matarla. Él la ama, no importa lo furioso que pueda estar ahora. No tardará en perdonarla porque eso es lo que hace el amor en las personas. —Diosa, líbranos de esta, por favor —suplico, mirando la luna brillante que se asoma por mi ventana —. Madre de todas las cosas... Unos pasos resuenan detrás de la puerta, acercándose.
Damiano A pesar de las palabras de Leila, me obligo a centrarme en lo que acaba de revelar, por más que mi corazón se sienta pesado por las implicaciones en su confesión respecto a los sentimientos de mi esposa. No puedo pasar por alto lo que mencionó. —¿A qué te refieres cuando dices que todos en su vida la han dado la espalda? Leila abre los ojos como si acabara de darse cuenta de lo que dijo. Sin embargo, no trata de evadir la respuesta esta vez. —La madre de Lia la ha menospreciado toda su vida, nunca la he querido como su hija —dice, haciendo que frunza el ceño en confusión —. Su hermana Sienna no es mejor que ella. Se divierte haciéndola sentir menos, ha sido así durante toda su vida debido a que no tiene una loba. Eso explicaría el por qué Lia se mostró poco emocionada cuando mandé a llamar a su familia para celebrar nuestro compromiso. La razón por la cual ni siquiera se acercó a ninguno de ellos en la boda... y también por qué Rafael mantuvo a todos ellos lejos.
Damiano No dejo que su declaración me afecte. O por lo menos, me esfuerzo por ocultarle mis emociones. Le he dado demasiado de mí como para permitirle mantener ese acceso. En estos momentos, Leila no es más que la mujer que me mintió. Y como Alfa, mi deber es juzgarla, exigirle respuestas y luego decretar su destino. —Sí, tienes razón —concluyo —. De acuerdo a las leyes, tendría que matarte. Leila aprieta los párpados con resignación, aceptando esa respuesta como una sentencia. Su silencio me pone más irritable. ¿Cómo es posible que no tenga nada para decir? ¿Incluso cuando tiene una espada en la cabeza? Cualquier otra persona estaría soltándolo todo, lo que sea con tal de conseguir un poco de tiempo, la mínima pizca de piedad y dadivosidad. —Sabiendo que vas a morir, ¿no te parece que es mejor decirme la verdad? Leila levanta la mirada por primera vez. Viéndola así, se parece más a la mujer que arrebaté de las garras de Dajo, su captor, no a la mujer que me salvó, que a
Lia —¿Qué? El rostro de Damiano se contorsiona por la impresión. Leila ni siquiera respira. Siempre he defendido que no tengo derecho a divulgar los secretos de nadie, le prometí a Leila que de mi boca no saldría una palabra. Pero no podemos mentirle a Damiano después de lo que ha escuchado. No hay excusa creíble para esta situación. —Eso es imposible —replica, mirando a Leila como si quisiera sacarle una explicación. —Pero es la verdad —defiendo —. Todos saben que los híbridos están prohibidos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Ese bebé estaba condenado de todos modos —hago una pausa —. Tú no podrías haberlo dejado vivir. Damiano se queda en silencio. Es la realidad. Incluso si se conmoviera por el bebé, nadie apoyaría su existencia. El consejo pediría su ejecución, los eliminarían por representar una amenaza. Cualquier lobo en la región, a pesar de los años, odia a los híbridos. —¿Cómo pasó esto? —dice —. ¿En qué momento...? Deja la pregunta en el aire. Le echo u












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