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Capítulo 4

Autor: Maria Pulido
last update Fecha de publicación: 2021-05-27 01:52:47

Xavier bajó de su auto y estacionó frente a su casa. Alzó el rostro en saludo al guardia de vigilancia que paseaba su residencia, y luego entró cerrando de un portazo para deleitarse en el silencio que comenzó a llenarlo y satisfacerlo a la vez.

Su comida estaba hecha, la mujer que trabajaba para él, Clara, salía los viernes al medio día tomándose el fin de semana de descanso y volvía el lunes antes de las seis de la mañana para ayudarle en todo lo que debía hacerse en su casa. Él no necesitaba esta casa tan grande, pero para Cox era imposible deshacerse de ella con tantos recuerdos que había compartido allí. “Recuerdos” que lo hacían feliz, pero que a la vez arruinaban su existencia. No estaba seguro del desequilibrio que le causaba estar en esa disyuntiva, pero prefería el dolor a no haber conocido esa felicidad que alguna vez experimentó.

Abrió el horno donde tomó su comida que estaba recién hecha y luego de servirse una cerveza, colocó todo en la mesa y se dispuso a saborear su plato que tanto le gustaba, y que de hecho era el mismo de todos los viernes.

Ensalada de papa, pollo frito y arroz con vegetales cocidos.

“Mecánico”, era la palabra que lo podía describir mejor.

Recibió varias notificaciones en su teléfono, algunos de sus alumnos de último año estaban planeando una fiesta en la avenida octava Maint cerca de la universidad donde él trabajaba. Allí festejarían el inicio de su último año universitario. No era extraño que muchos de ellos quisieran tenerlo de amigo, de hecho, asistió a algunas fiestas que se realizaban en compañía de algunos colegas, era normal hacerlo, pero en esta ocasión tenía cierto fastidio porque Olivia estaba desesperada por “esa” eventualidad.

Ignoró los mensajes y decidió que respondería por la noche, pensaría muy bien que opciones tenía para este fin de semana y si el sábado en la noche no surgía algún plan, asistiría un rato al lugar y luego se devolvería a dormir. Y esto lo hacía más que todo por complacer a algunos estudiantes que de hecho con el tiempo, les tomó cariño.

Fort Lewis College era un escape para él, de hecho, sus estudiantes, el ambiente de la universidad, incluso del hospital de Durango donde también trabajaba, le hacían olvidar por muchos momentos su realidad. En sí se había llenado de trabajo para que cada vez que llegara a casa, él simplemente tuviese un objetivo, “dormir”. Y cuando no estaba haciendo este acto, pues una mujer en algún hotel de la ciudad era otra de las actividades divertidas de la que Xavier solía frecuentar.

Y decía divertidas por ser cínico. Ser Profesor de una de las universidades más importantes de Durango y al mismo tiempo Médico en el hospital central de la misma ciudad, no le daban ciertas libertades que él quisiera tener ahora que era un hombre completamente solo.

Descansó por la tarde y luego decidió ir por algunas compras para tener llena la despensa para la siguiente semana, Clara podía hacerlo, pero esas cosas lo distraían por largo rato. Estacionó en un supermercado cerca y luego se fue directo al almacén. Estaba detallando algunos productos cuando su teléfono sonó. Al principio lo ignoró, pero su insistencia lo hizo exasperarse y contestar.

Olivia.

¡Maldita sea! Pensó, esta mujer lo iba a volver loco.

—Olivia —respondió frío y luego siguió caminando buscando qué cosas colocar en la cesta.

—Hola, no quería molestarte —él rodó los ojos—. Es que los chicos me han estado insistiendo, y dicen que tú aún no les respondes para confirmar… ya sabes, esta fiesta es importante para ellos.

—No he respondido porque he estado ocupado, ellos deben esperar. Y a la larga Olivia, no debes dejarte manipular por ellos. No estoy seguro si iré —respondió Xavier sabiendo que lo que ella le había dicho solo era una excusa.

Había cometido un error y él lo sabía. No quería involucrarse sentimentalmente con nadie. Pero esa mujer se le había metido en su cama, y ella estaba buena. La situación ahora era que, Olivia era… muy exasperante. Aunque Cox le había dicho los términos cuando ellos tuvieron sexo, ella parecía olvidar ese punto importante que tanto le recalcó Xavier.

—Sí, lo sé… bueno. ¿Qué harás hoy por la noche?

Xavier se quitó el celular de su oreja y maldijo para sus adentros. Aparte de sentirse perseguido y ahogado, ya le estaba fastidiando este plan de Olivia por querer ligar con él a toda hora. No quería una mujer en su vida, ya tenía varias que se acostaban con él, y nunca más jodían su existencia.

«Era así de sencillo, ¿Por qué ella no podía hacer lo mismo?», pensó mientras volvió a pegarse el auricular en la oreja.

—Estaré con un amigo que llegó de viaje —mintió.

—¡Ah!, ¡eso es genial!, entonces, posiblemente te vea mañana… en la fiesta de los chicos, parece que muchos colegas se acercaran allá…

—Posiblemente, Olivia…

Él estaba terminando de decir el nombre de su colega cuando un movimiento, ese color de cabello y ese rostro le llamaron la atención.

—¿Xavier? —preguntó la mujer desde la otra parte del auricular, pero él se quedó en silencio por mucho tiempo.

Anaelise estaba de pie con una lista entre sus dedos mientras leía una etiqueta de un tarro de leche. Ella fruncía su ceño mientras con su dedo índice iba persiguiendo en su lectura.

Esta vez ella tenía suelto su cabello. Sus labios y nariz estaban rojos como si hubiese llorado. Sin embargo, ese efecto en su rostro blanco, la hicieron ver muy hermosa a los ojos de Xavier.

La detalló, la miró entera de pies a cabeza, recorriendo como un jean con algunas partes rasgadas se le apretaban a la piel, y en la parte de arriba tenía una franelilla de tiras blanca. Él podía ver la blancura de su piel descubierta, y de hecho en cómo se estremecía con el frío del congelador en donde ella estaba de pie.

Cox pasó un trago y arrugó su ceño. Entonces se dio cuenta de que la llamada todavía estaba activa.

—Te llamo luego… —dijo y colgó de inmediato. Colocó su celular en un bolsillo y caminó lento como si él no supiera que ella estaba allí.

No supo por qué sus pies lo llevaron hasta la chica, no tenía el más mínimo interés en ninguna mujer en el mundo a no ser que sea para satisfacer sus necesidades. Y justo cuando estaba a metros de ella, pasando una despensa de verduras, una voz lo detuvo antes de llegar hacia Ana.

—¿Anaelise? ¡Wow!, ¿haces compras en este supermercado?

Ana saltó de un susto y por poco casi deja caer la botella de leche que tenía en sus manos. No podía creer que Andrew estuviese aquí de nuevo jodiéndole la vida. «¿Acaso no tenía suficiente con el tiempo que pasaba en la universidad?», pensó Anaelise.

Ella miró hacia ambos lados, no quería hablar con nadie en estos momentos, y menos después de esa cita con Oliver tan devastadora.

—¿Hay algún problema que compre aquí? —fue su respuesta y luego se giró dándole la espalda siguiendo con lo que estaba leyendo.

—Bueno… yo vengo aquí seguido y nunca te había visto. Pero me parece genial porque necesitaba hablar contigo.

Ana lo observó de inmediato al tiempo que su rostro se tornó confundido. No había nada que debía hablar con ese chico, no lo conocía, ni siquiera referente a la universidad.

—No creo que haya nada de qué hablar, Andrew —la mención de su nombre solo emocionó más al chico y este tomó aire para esforzarse.

—Sí, hay dos cosas importantes… —dijo llamando la atención de Ana. Ella colocó la leche en el congelador y luego se cruzó de brazos mirándole fijo.

—Adelante —respondió. Aunque su humor era de perros, Andrew de alguna manera no le molestaba, de hecho, le parecía gracioso y en muchas ocasiones entendía que quería solo hacerla sentir bien, aunque eso no era sinónimo de que le permitiera acercarse a ella.

—Gracias —sonrió él, y acomodó su chaqueta frotándose las manos—. ¿No tienes frío? Está helado aquí.

Anaelise seguía mirándole fijo y Andrew entendió que debía ser rápido si no quería que ella desapareciera de su vista.

—Ok. La primera es que quería prestarte las anotaciones que hicimos en clase de Psiquiatría, creo que quieres adelantar y estar preparada para una segunda clase después de lo que te pasó —Andrew quitó la mochila de sus hombros y comenzó a sacar una libreta.

Ana abrió mucho los ojos, deseaba tener esas anotaciones, si algo le desquiciaba era tener incompleta las cosas, sabía que le perturbaba la idea de iniciar sin saber qué hablaron en una primera clase. Era obsesiva con el orden. En el momento quiso tomar la libreta que Andrew le estaba ofreciendo, pero, dudo mucho. No estaba del todo convencida en darle un porcentaje de confianza a ese chico, ella nunca tendría amigos en su vida, y eso se lo había jurado más de una vez.

—¿Qué pides a cambio? —preguntó fría sin quitarle la vista de los ojos.

El chico rubio quedó impactado por su pregunta mientras arrugó el ceño.

—No quiero nada a cambio, solo quiero que te pongas al día. Pero… si no lo quieres… —hizo el intento por guardar la libreta en su mochila cuando escuchó la voz de Anaelise.

—La aceptaré y te la devolveré el lunes.

—Ammm, está bien —respondió Andrew dándole la libreta la cual ella tomó rápidamente—. La segunda situación es…

—Sabía que pedirías algo a cambio —Ana no lo dejó terminar.

—No, no, no es eso, escucha… sé que eres solitaria, y que no quieres amigos. No lo tomes a mal, en nuestra carrera tendremos dificultades que, con la ayuda de alguien más se podrán aligerar las cargas… Anaelise, verás, conozco mucha gente y quería hacerte una invitación…

Ana arrugó su rostro, de solo imaginar la situación que Andrew le exponía, la irritara.

—¿Invitación? —preguntó incómoda.

—Mmmm… si, a… una fiesta.

Por primera vez el chico vio una sonrisa en Anaelise, cínica, pero los labios curvados que eran lindos para él, se abrieron.

—Debes estar bromeando —resopló ella.

Andrew hizo un esfuerzo y se colocó lo más serio posible, y aunque ella le estaba devolviendo su libreta él no la recibió.

—Debo irme, te escribiré mañana para ver qué decisión tomaste…

—¿Estás loco? No iré a ninguna parte, yo no salgo a fiestas, no soy así, te equivocas conmigo, además tú no tienes mi número, ni tampoco te lo daré.

Andrew sonrió sincero.

—Sí, tengo tu número —Dijo girándose para salir del supermercado—. Y Anaelise, si estás tan enojada con tu forma de vivir, deberías aceptar mi propuesta, tal vez esta nueva etapa te alegre la vida.

Luego de estas palabras Andrew salió del supermercado dejando a Ana aturdida con todo lo que le dijo. Ella tenía el escozor en sus ojos aun de la cita de esta tarde, y ahora un completo desconocido le terminaba de restregar que era una aburrida, una amargada y que su vida era una m****a.

Sus labios temblaron cuando la ira quiso dominar su cuerpo y luego su mente comenzó a maquinar su miseria. «¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Acaso ella estaba colocando más amargura después de todo lo que le habían hecho? ¿Por qué la vida se había empecinado en ella?»

Estos fueron sus pensamientos después que se secó varias lágrimas que cayeron por sus mejillas. Tomó una canastilla y colocó los productos de los que ya había leído la etiqueta. No compraba los alimentos específicos por tener una figura espléndida, de hecho, sino fuera por la indicación de Oliver desde el inicio de sus terapias, ella hoy en día sufriría de obesidad.

Su trastorno TEPT, le hacía tener una ansiedad tremenda todo el tiempo con muchas ganas de comer alimentos con grasa y mucho azúcar, esto debido a que estos alimentos de cierta forma le hacían sentir una tranquilidad en el momento. Sin embargo, este descontrol podría llevarla a un punto sin retorno. Por ello Ana seguía las indicaciones en su alimentación, y en su medicación para no agregarle más desgracias a su vida.

Arrojaba las cosas con un poco de rabia a la cesta mientras pensaba qué iba a hacer después de lo que Oliver le dijo. Se sintió desecha, pero este no era el momento ni el lugar para desarmarse. Así que se apresuró, pagó la cuenta y tomó un taxi del supermercado una vez que salió del mismo.

Xavier dio unos pasos desviando la mirada de la puerta por donde Anaelise había salido. Él tenía el ceño pronunciado después de ver toda la escena. La situación le había inquietado y mucho. Primeramente, por las palabras de ese chico llamando Andrew como lo nombró su estudiante impuntual. Él le había dicho que frecuentaba este supermercado, “pero eso no era verdad”, este no era un sitio donde los White compararían, ni mucho menos encargarían a su hijo para que hiciera las compras.

Andrew estaba persiguiendo a Anaelise porque le gustaba, y eso de cierta forma no le hizo gracia. Por otro lado, había analizado muy de cerca las reacciones de la chica; ella no estaba interesada en nada de lo que competía a ese chico, de hecho, parecía que Ana estaba pasando por un mal rato, y si estaba seguro con toda su experiencia, esa chica al final iba a aceptar la oferta que le propuso Andrew con respecto a la fiesta que la invitó.

Xavier llegó hasta el congelador y revisó las etiquetas que Ana había leído, de hecho, revisó todos aquellos víveres y comida que ella había colocado en esa cesta y arrugó su ceño. Respiró profundo y pensó que quizás estaba llevando todo al pensamiento clínico, sin embargo, lo dejó en un rincón de su mente para indagar más tarde.

Colocó algunas cosas para él y pagó. Luego de que subió a su auto y con todo lo que evidenció, sacó su teléfono celular y buscó aquellos mensajes que por la tarde había recibido de sus estudiantes de último año. Sabía a qué fiesta asistiría ese tal Andrew, como también estaba seguro de que esa chica en último momento lo acompañaría en un intento de salir de lo que sea la estaba matando.

Recordó esa mirada y las corrientes que su cuerpo había experimentado. Así que rápidamente tecleó en su móvil y envió el mensaje.

“Estaré ahí chicos, cuenten conmigo”

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Comentarios (1)
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Yasmin Sanchez Rodriguez
Te empiezo a conocer Xavier.
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