FAZER LOGINLa noche lo envolvía.
El bosque susurraba entre sombras y luna, y el aire estaba impregnado de un aroma que despertaba algo salvaje en su interior. Devon corría en silencio, su lobo de manto oscuro como la noche, los músculos tensos, el corazón latiendo al ritmo de la caza. Delante de él, una figura femenina huía descalza. Su cabello blanco brillaba como plata líquida bajo la luz, su piel desnuda relucía entre los árboles, un destello imposible de ignorar. Cada vez que miraba hacia atrás, sus ojos no mostraban miedo, sino un desafío que lo encendía más. El instinto lo dominaba. El deseo se mezclaba con la necesidad de reclamarla. Un gruñido bajo escapó de su garganta. Ella aceleró, pero él era más rápido. En un salto, la acorraló contra un tronco cubierto de musgo. El cambio de forma fue instantáneo: huesos que crujían, músculos reajustándose, piel reemplazando el pelaje. Ahora era hombre… un hombre con la respiración agitada y los ojos ardiendo. Ella temblaba, pero no retrocedía. Devon atrapó su rostro y sus labios se encontraron en un beso hambriento. La presión de su cuerpo contra el de ella, hizo que el estallido de algo primitivo lo envolviera… Tomó sus muslos desnudos, los abrió y sin dilaciones la penetró, ella estaba estrecha y él gruñó de placer mientras la embestía una y otra vez. Sentía las uñas de ella clavadas en sus hombros pero no le importó y mordió su cuello fuerte, hasta que sintió su protesta y los espasmos de su canal íntimo femenino que apretaron su miembro hasta que explotó en un clímax demoledor que lo drenó por completo y lo dejó temblando… Lamentablemente la realidad se impuso, y un ruido insistente lo arrancó de golpe de su sueño. Eran golpes en la puerta. —Alfa —era la voz grave de Carl, su Omega—. Tenemos intrusos en la frontera. El sudor le perlaba la frente. Su respiración aún era acelerada. La imagen de la mujer del sueño se negaba a desaparecer. Pero al abrir la puerta y escuchar el reporte completo, la bestia en él cambió de hambre… a cacería. Los soldados que escoltaban a Alina comenzaron a moverse con nerviosismo. Un escalofrío les recorrió la espalda. El aire se volvió más denso, más silencioso… más letal. —Alto —ordenó uno de los comandantes, mano en la espada. El murmullo de los árboles se extinguió justo antes de que un silbido cortara el aire. Flechas surgieron de la espesura. La emboscada fue rápida, precisa, como si la hubieran ensayado cientos de veces. Los soldados formaron un círculo protector alrededor de Alina y sus sirvientes, escudos y magia al límite. —¡Retrocedan! ¡Formación cerrada! —gritó uno de los guardias. Y entonces, la sombra se hizo presente. Entre las ramas, apareció él. Devon. Su sola presencia helaba la sangre. Alto, de espalda ancha, ojos fríos como hielo afilado. Vestía ropas negras de guerra y parecía que incluso el viento retrocedía para abrirle paso. Alina tragó saliva. Era más joven de lo que imaginaba… y mucho más aterrador. No había piedad en su mirada. Ni curiosidad. Solo juicio. Solo amenaza. Se acercó, acortando la distancia hasta quedar a pocos metros. Alina mantuvo la compostura y sacó un pergamino sellado. —Hola, Rey Alfa —su voz era clara pero controlada—. Soy Alina, princesa heredera de la manada Moonlight. Mi abuelo y el tuyo pactaron un acuerdo hace quince años. Este es el certificado de matrimonio. Devon no miró el papel. —Vete —ordenó, cortante.—No me casaré contigo —añadió—. Mataré a tu abuelo por la traición de hace quince años. Y tu manada… dejará de existir. Alina sintió un vacío en el pecho, pero no retrocedió. —No lo harás. Y no puedes. Él arqueó una ceja. En un parpadeo, ya estaba a su lado. El filo de un cuchillo frío como su mirada se apoyó en su cuello. —¿Quieres ver si puedo? El temblor de su cuerpo fue involuntario, pero levantó el mentón. —Tengo una carta de tu abuela Matilda, para hacer cumplir el pacto de nuestras manadas. Sé que acabaste con el rey Alfa Adriel, y que enfrentas rebelión en territorio Darkfang recién anexado. Yo puedo ayudarte. Un murmullo tenso recorrió a los soldados. Carl, su Omega de confianza, habló: —Está en lo cierto, Alfa… los Darkfang no aceptan la ocupación. Son civiles, no podemos atacar sin romper pactos. Quizás deberíamos escucharla. Devon gruñó. —Pactos de no agresión… que ellos rompieron hace quince años. Sus ojos atravesaron a Alina como cuchillas. Pero entonces, una voz conocida invadió su mente. Su abuela, con un débil pero preciso mensaje telepático. “Cumple el pacto, nieto. Por tu abuelo. Por tu padre. Déjala entrar, por favor, me lo prometiste.” Con la mandíbula tensa, bajó el cuchillo y la tomó del brazo. Su tacto fue firme… y extrañamente familiar, como si ya la hubiese tocado antes. Una chispa ardió en su memoria. No. No podía ser. Ellos no se conocían de antes… —Lo haré —dijo, casi entre dientes con un gruñido—. Pero si me traicionas, princesa Moonlight, no dejaré cuello sin cortar. Incluso ese bonito tuyo que tienes. —Lo entiendo. —Déjenlos entrar. Mientras la escolta avanzaba bajo la atenta mirada de los Blacknight, entre las sombras, una figura femenina los observaba. Sus labios formaban una línea de odio puro. —Esa Moonlight no merece ser reina. Devon será mío… aunque tenga que enterrarla tres metros bajo tierra. El séptimo día en la manada Blacknight amaneció con la misma tensión que lo había marcado todo desde la llegada de Alina. El viento traía el murmullo de los árboles, pero también el de los juicios. Alina caminó entre senderos solitarios, con la cabeza en alto y el corazón agotado. A pesar de las condiciones deplorables en las que la habían obligado a vivir, se mantenía serena. Los sirvientes y seguidores que habían llegado con ella, aislados, hambrientos y vigilados, recibían su fortaleza como única guía en ese lugar alejado donde los habían alojado. Pero no era fácil, sin alimentos casi, aislados y bajo el escrutinio de los miembros de la manada Blacknight que los miraban recelosos. —No bajen la guardia —les había dicho esa mañana—. No sabemos de qué son capaces aún. Lo único claro es que nos odian. Había enviado a tres de los suyos a investigar en secreto las estructuras internas de la manada. Necesitaba un plan. Si quería mantener viva a su gente, debía lograr una única cosa: que el Alfa Devon aceptara casarse con ella. No era amor lo que buscaba. Era supervivencia. Pero no solo para ella, también para los suyos. Ese día salió sola, fingiendo un paseo casual. Caminó por el borde del jardín oeste, cerca del lago, con la sensación constante de estar siendo observada. Agudizó el oído, disimulando. Cuando giró por el sendero cubierto de flores marchitas, detuvo sus pasos de golpe. —¿Piensas seguirme todo el día o vas a decir algo? —preguntó con voz tranquila. De entre los árboles surgió una bella mujer, impecable, con esa sonrisa que no tocaba sus ojos. —Vaya. Tienes buen olfato para una loba traidora —dijo con sarcasmo. —¿Y tú? Buena actriz para alguien tan desesperada —respondió a pesar del miedo Alina pues podía sentir en sus venas las intenciones de la joven mujer, no sabía cómo explicarlo pero ella tenía esa clase de sexto sentido o intuiciones. Podía leer a la gente y esa mujer destilaba odio, podía sentirlo en sus venas. Soriana dio unos pasos al frente, sin perder la compostura. —Deberías marcharte, Moonlight. Este lugar no es para ti. Devon y yo... crecimos juntos. Mis padres murieron por la guerra que tus ancestros no hicieron nada por evitar. Su madre me crió como hija. ¿De verdad crees que él te elegirá por sobre mí? Alina la observó con atención, midiendo cada palabra. Y levantó su barbilla con firmeza a pesar de sentir un escalofrío recorriéndola. —Ya sé quién eres. Eres la que se aferra a Devon todos los días. Pues déjame decirte que si él hubiera querido casarse contigo, ya lo habría hecho hace mucho tiempo. La sonrisa de Soriana se borró en un segundo. En su lugar, apareció una expresión torcida por la furia. Sin previo aviso, sacó un puñal e iba a asestar con fuerza su estocada mortal...El aire de la noche era fresco, impregnado de la humedad del bosque y del murmullo lejano del río. Devon avanzaba lentamente, guiando a Alina de la mano, mientras la luna llena se alzaba majestuosa sobre el cielo despejado. Aquel lugar había sido un testigo mudo de sangre y dolor, pero también del instante en que su vida había cambiado para siempre.Se detuvo, allí donde la hierba aún crecía desigual, como si la tierra guardara memoria de lo sucedido, justo frente a una choza escondida. Durante meses había evitado traerla. No porque no confiara en ella, sino porque no sabía cómo enfrentar el cúmulo de recuerdos que lo asaltaban cada vez que evocaba esa noche. Y, sin embargo, allí estaba, con Alina junto a él, el corazón latiéndole con fuerza como si todo estuviera ocurriendo de nuevo.Ella, percibiendo la tensión en su cuerpo, entrelazó sus dedos con los suyos y apoyó la cabeza en su hombro.—Este es el lugar, ¿verdad? —preguntó con suavidad, sin apartar los ojos de allí.Devon tragó
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del gran salón del castillo, iluminando los corredores con tonos dorados. Devon caminaba junto a Alina, quienes sostenían con cuidado a sus tres hijos recién nacidos. La felicidad que se dibujaba en sus rostros era casi tangible, una calma que contrastaba con la tormenta que habían vivido apenas días atrás. La torre ya no era un recuerdo de peligro, sino del punto donde la familia se inició.Alina miraba a sus hijos, el vientre que había sostenido con tanto esfuerzo ya vacío, y sentía cómo la energía de la maternidad la envolvía, mezclada con la fuerza que Devon le transmitía con cada mirada y cada gesto, pero también a través de su vínculo. Las tres pequeñas criaturas descansaban entre mantas suaves, cálidas y perfumadas, mientras Martha, Matilda y Mya las rodeaban con ternura, cada una contemplando el milagro de la vida y sonriendo ante el vínculo que se estaba creando.—Son perfectos —susurró Alina, apoyando su cabeza en el hombro
La torre aún temblaba con los ecos del enfrentamiento, los susurros de la tensión y el miedo que apenas se disipaban. Devon caminaba con cuidado, sosteniendo a Alina entre sus brazos mientras descendían por los angostos escalones. Su respiración era profunda, controlada, pero sus ojos no perdían detalle: cada sombra, cada piedra suelta, cada sonido distante.—Devon… —jadeó Alina, apoyando la frente en su pecho—. Creo… creo que las contracciones… ya no puedo… no puedo sostenerlas…Devon se detuvo un instante, presionando su frente contra la de ella, sintiendo el temblor de su cuerpo, la fuerza que luchaba contra el dolor. Su corazón se encogió.—Alina… —dijo, con voz firme y suave a la vez—. Voy a llamar a Morgan, que busque al sanador inmediatamente. Quédate conmigo, ¿sí? Respira, confía en mí…Alina se agarró a su pecho con fuerza, jadeando entre contracciones que se hacían cada vez más frecuentes. Su vientre se abultaba con intensidad, y la presión de los hijos que estaban por llega
Devon avanzó por los pasillos oscuros de la torre superior, respirando con fuerza contenida. Marianne se encontraba frente a él, jadeante, tratando de sostenerse firme, pero el brillo en sus ojos mostraba miedo y desafío a partes iguales. Sin mediar palabra, Devon alzó su espada y la apoyó con firmeza contra la garganta de su cuñada.—¡Dime dónde está Alina! —ordenó, su voz gélida, cada palabra impregnada de la furia y el miedo que lo devoraban por dentro—. Si haces un solo movimiento en falso, te juro que esto se acaba aquí mismo.Marianne palideció, pero no soltó la mirada. Sabía que cualquier intento de engaño le costaría caro. Con un suspiro que parecía cargar meses de culpa y desesperación, finalmente habló.—No puedes detenerme, Devon. Pero si quieres verla… —sus labios temblaron apenas, pero su voz no flaqueó—. Sígueme.Con un gesto medido, Marianne condujo a Devon por los corredores de la torre, subiendo escalones que parecían no tener fin. Finalmente, llegaron a la cúspide.
El amanecer se filtraba tímido entre los ventanales del ala este del castillo. Devon avanzaba con pasos largos por el corredor, el ceño fruncido. Algo en su interior le había advertido desde antes de despertar: un presentimiento, un vacío. Cuando empujó las puertas de la habitación de Alina, su respiración se cortó. La cama estaba deshecha, las cobijas caídas al suelo, y ninguna señal de ella.—¡Alina! —llamó, aunque sabía que no obtendría respuesta.Los guardias acudieron de inmediato al escuchar su voz grave. Con un ademán rápido los despachó. —Revisen los alrededores, cada rincón del castillo, las caballerizas, la entrada del bosque. Nadie descansa hasta que la encontremos.Pues por alguna razón, tenía un mal presentimiento.La orden resonó en los pasillos como un trueno. Sin embargo, Devon sabía que no era un descuido común. Sentía la ausencia como una puñalada. Y entonces, en medio de la agitación, sus ojos se encontraron con los de Lyra, la joven sirvienta que siempre estaba ce
La noche había caído sobre el castillo Blacknight, pero el corazón de Alina no lograba hallar descanso. La carta de Marianne ardía contra su pecho como un hierro candente. Se había despertado una y otra vez, su mente repasando las palabras, buscando una señal, una verdad escondida entre los trazos. Al final, tomó la decisión que sabía era peligrosa, pero inevitable: debía verla.Al amanecer, mientras todos se ocupaban de sus tareas y Devon había salido con algunos soldados para inspeccionar los muros, Alina se vistió con una capa oscura y bajó en silencio a los establos.—Mi señora —susurró una voz entre las sombras. Era Lyra, con la expresión ansiosa y los ojos muy abiertos—. ¿A dónde va?Alina se detuvo, sosteniendo con firmeza las riendas de un caballo alazán.—No puedes decirle a nadie —pidió con urgencia, mirándola directo a los ojos—. Debo ver a Marianne.—¡No! —exclamó Lyra, tomando su brazo con fuerza—. ¡No lo haga! No es seguro, está a punto de dar a luz, no puede arriesgarse







