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CAPITULO 4: EMMA

Autor: Yeny
last update Data de publicação: 2026-07-03 02:58:47

Al llegar a la clínica, el ambiente era aún más tenso que el día anterior. El doctor Harrison me hizo pasar a su oficina de inmediato. No hubo rodeos.

—Todos sus exámenes salieron correctos, Sra. Emma —explicó, mirándome fijamente—. Como sabe, el protocolo exige aislamiento total. Nadie debe enterarse de que va a prestar su vientre. Estará incomunicada del mundo exterior. ¿Acepta?

—Sí —respondí sin vacilar.

—Bien. Ya que resultó completamente apta, la cifra inicial ha cambiado. Se le ofrecen dos millones de libras por la gestación.

Abrí los ojos de golpe, sintiendo que el aire se me escapaba. Dos millones. Era una cantidad estúpida de dinero, suficiente para comprar una vida nueva diez veces.

Harrison entrelazó sus dedos sobre el escritorio, analizándome.

—En sus registros declaró ser huérfana y no tener a nadie. ¿Es verdad?

—Sí, es verdad. Estoy sola.

—De igual forma la vamos a investigar a fondo —sentenció con frialdad—. Firme acá.

Deslicé el bolígrafo sobre el papel y estampé mi firma. El contrato estaba sellado.

—Nuestro cliente se comunicará con usted y le dará las indicaciones correspondientes —dijo Harrison, guardando los documentos.

—¿Cuándo será el proceso de inseminación? —pregunté, queriendo anticiparme al laboratorio.

—Eso se lo dirá mi cliente.

Fruncí el ceño, desconcertada.

—Pensé que no iba a tener contacto con él.

—Esta vez las cosas serán muy diferentes —concluyó el médico, dándome a entender que la reunión había terminado.

Acepté el silencio, salí de la clínica y regresé a mi apartamento con la cabeza hecha un caos. Pero la sorpresa real me esperaba al abrir la puerta. Sobre mi cama deshecha, destacaba un vestido de una elegancia abrumadora.

El pánico me activó las alarmas. Bajé corriendo al primer piso para encarar a la casera.

—¿Alguien ingresó a mi habitación? —le exigí, conteniendo la respiración.

—Nadie ha subido ahí, muchacha. Deja de molestar —escupió la mujer sin mirarme.

No le creí. Todo era demasiado raro. Volví a subir las escaleras a toda prisa y me acerqué a la cama. Al levantar la prenda, una nota pequeña cayó de los pliegues de la tela. La caligrafía era la misma de la madrugada: «Te espero esta noche a las ocho en el restaurante Obsidian. No me gusta la impuntualidad». Al final del papel, solo había una letra como firma: una T.

No sabía quién era, pero deduje que se trataba del cliente, el hombre detrás de la inseminación. Por eso decidí ir.

Esperé a que cayera la noche. Le di de comer a Astro, asegurándome de dejarle agua suficiente, y fui a arreglarme. Frente al espejo agrietado, contemplé el vestido: era de un color rojo rubí intenso, con una caída impecable y una abertura pronunciada en la pierna que me hacía ver estilizada, casi poderosa. No tenía joyas para complementarlo, así que dejé mi cabello crespo suelto y salvaje, y me apliqué un maquillaje sencillo pero marcado.

Salí a la calle a la hora acordada. Justo cuando iba a intentar buscar un taxi, una limosina negra y blindada se detuvo frente a mi acera. La ventanilla trasera bajó.

—¿Señorita Emma Wilson? —preguntó el conductor, un hombre impecable.

—Sí, soy yo.

—Tengo órdenes de llevarla al sitio indicado. Por favor, suba.

Me subí a la parte trasera, abrumada por el lujo del interior. Mientras avanzábamos, no aguanté la intriga.

—¿Quién lo envió? —le pregunté al chofer.

—No puedo decirle nada, señorita. Cuando llegue al sitio se dará cuenta.

El trayecto terminó en Mayfair, la parte más lujosa e inaccesible de Londres. Jamás en mi vida había pisado un lugar como ese. Las calles brillaban y la opulencia se respiraba en el aire. La limosina paró frente a la entrada privada del restaurante.

Al entrar, un mesero me recibió con una reverencia inclinada.

—Buenas noches. Mi nombre es Emma Wilson, tengo una...

—Sígame por aquí, por favor —me interrumpió amablemente, guiándome hacia el salón principal.

Mientras caminaba, me percaté de algo extraño: el restaurante estaba completamente vacío. No había murmullos, ni música de fondo, ni comensales. Todo el lugar había sido reservado. Al fondo del salón, sentado en la mesa central bajo una luz tenue, había un hombre de espaldas.

A cada paso que daba, una extraña opresión en el pecho se hacía más fuerte. Había algo en la rigidez de sus hombros y en el aura de control que envolvía el espacio que me resultaba inquietantemente familiar. Cuando el mesero me indicó la silla y el hombre se giró para mirarme, el corazón me dio un vuelco.

Tenía las facciones duras, imponentes y unos ojos oscuros que parecían taladrarme la piel. Sentía con absoluta certeza que lo había visto en alguna parte, que su presencia ya había estado cerca de mí, pero el bloqueo del shock no me dejó hilar los cables de inmediato.

Me senté con la espalda recta, obligándome a mantener la compostura de una mujer de negocios, aunque por dentro temblaba.

—Buenas noches, señor —dije, sosteniéndole la mirada con toda la dignidad que pude reunir.

El hombre curvó los labios en una sonrisa de lado, letal y fría.

—Buenas noches, mocosa.

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