MasukAl llegar a la clínica, el ambiente era aún más tenso que el día anterior. El doctor Harrison me hizo pasar a su oficina de inmediato. No hubo rodeos.
—Todos sus exámenes salieron correctos, Sra. Emma —explicó, mirándome fijamente—. Como sabe, el protocolo exige aislamiento total. Nadie debe enterarse de que va a prestar su vientre. Estará incomunicada del mundo exterior. ¿Acepta?
—Sí —respondí sin vacilar.
—Bien. Ya que resultó completamente apta, la cifra inicial ha cambiado. Se le ofrecen dos millones de libras por la gestación.
Abrí los ojos de golpe, sintiendo que el aire se me escapaba. Dos millones. Era una cantidad estúpida de dinero, suficiente para comprar una vida nueva diez veces.
Harrison entrelazó sus dedos sobre el escritorio, analizándome.
—En sus registros declaró ser huérfana y no tener a nadie. ¿Es verdad?
—Sí, es verdad. Estoy sola.
—De igual forma la vamos a investigar a fondo —sentenció con frialdad—. Firme acá.
Deslicé el bolígrafo sobre el papel y estampé mi firma. El contrato estaba sellado.
—Nuestro cliente se comunicará con usted y le dará las indicaciones correspondientes —dijo Harrison, guardando los documentos.
—¿Cuándo será el proceso de inseminación? —pregunté, queriendo anticiparme al laboratorio.
—Eso se lo dirá mi cliente.
Fruncí el ceño, desconcertada.
—Pensé que no iba a tener contacto con él.
—Esta vez las cosas serán muy diferentes —concluyó el médico, dándome a entender que la reunión había terminado.
Acepté el silencio, salí de la clínica y regresé a mi apartamento con la cabeza hecha un caos. Pero la sorpresa real me esperaba al abrir la puerta. Sobre mi cama deshecha, destacaba un vestido de una elegancia abrumadora.
El pánico me activó las alarmas. Bajé corriendo al primer piso para encarar a la casera.
—¿Alguien ingresó a mi habitación? —le exigí, conteniendo la respiración.
—Nadie ha subido ahí, muchacha. Deja de molestar —escupió la mujer sin mirarme.
No le creí. Todo era demasiado raro. Volví a subir las escaleras a toda prisa y me acerqué a la cama. Al levantar la prenda, una nota pequeña cayó de los pliegues de la tela. La caligrafía era la misma de la madrugada: «Te espero esta noche a las ocho en el restaurante Obsidian. No me gusta la impuntualidad». Al final del papel, solo había una letra como firma: una T.
No sabía quién era, pero deduje que se trataba del cliente, el hombre detrás de la inseminación. Por eso decidí ir.
Esperé a que cayera la noche. Le di de comer a Astro, asegurándome de dejarle agua suficiente, y fui a arreglarme. Frente al espejo agrietado, contemplé el vestido: era de un color rojo rubí intenso, con una caída impecable y una abertura pronunciada en la pierna que me hacía ver estilizada, casi poderosa. No tenía joyas para complementarlo, así que dejé mi cabello crespo suelto y salvaje, y me apliqué un maquillaje sencillo pero marcado.
Salí a la calle a la hora acordada. Justo cuando iba a intentar buscar un taxi, una limosina negra y blindada se detuvo frente a mi acera. La ventanilla trasera bajó.
—¿Señorita Emma Wilson? —preguntó el conductor, un hombre impecable.
—Sí, soy yo.
—Tengo órdenes de llevarla al sitio indicado. Por favor, suba.
Me subí a la parte trasera, abrumada por el lujo del interior. Mientras avanzábamos, no aguanté la intriga.
—¿Quién lo envió? —le pregunté al chofer.
—No puedo decirle nada, señorita. Cuando llegue al sitio se dará cuenta.
El trayecto terminó en Mayfair, la parte más lujosa e inaccesible de Londres. Jamás en mi vida había pisado un lugar como ese. Las calles brillaban y la opulencia se respiraba en el aire. La limosina paró frente a la entrada privada del restaurante.
Al entrar, un mesero me recibió con una reverencia inclinada.
—Buenas noches. Mi nombre es Emma Wilson, tengo una...
—Sígame por aquí, por favor —me interrumpió amablemente, guiándome hacia el salón principal.
Mientras caminaba, me percaté de algo extraño: el restaurante estaba completamente vacío. No había murmullos, ni música de fondo, ni comensales. Todo el lugar había sido reservado. Al fondo del salón, sentado en la mesa central bajo una luz tenue, había un hombre de espaldas.
A cada paso que daba, una extraña opresión en el pecho se hacía más fuerte. Había algo en la rigidez de sus hombros y en el aura de control que envolvía el espacio que me resultaba inquietantemente familiar. Cuando el mesero me indicó la silla y el hombre se giró para mirarme, el corazón me dio un vuelco.
Tenía las facciones duras, imponentes y unos ojos oscuros que parecían taladrarme la piel. Sentía con absoluta certeza que lo había visto en alguna parte, que su presencia ya había estado cerca de mí, pero el bloqueo del shock no me dejó hilar los cables de inmediato.
Me senté con la espalda recta, obligándome a mantener la compostura de una mujer de negocios, aunque por dentro temblaba.
—Buenas noches, señor —dije, sosteniéndole la mirada con toda la dignidad que pude reunir.
El hombre curvó los labios en una sonrisa de lado, letal y fría.
—Buenas noches, mocosa.
Pasé el cepillo una última vez por mi cabello, dejándolo caer sobre los hombros. Dos años. Parecía mentira que hubieran pasado dos años desde aquella noche en que Thomas cruzó la puerta con olor a sangre para prometerme que todo había terminado. Cumplió.Me miré al espejo. Llevaba uno de los vestidos de punto verde oliva que me mandó traer. Ya no me quedaba holgado; se adaptaba a mi figura, recordándome todo lo que mi cuerpo había atravesado.Desde el jardín llegaban la música y las risas. Celebrábamos el segundo cumpleaños de nuestra Lyra. La manada entera estaba reunida para festejar a la pequeña que trajo luz a nuestras vidas.Unos pasitos rápidos resonaron en el pasillo antes de que la puerta se abriera de par en par.—¡Mami! —gritó Lyra, corriendo hacia mí a toda prisa por el pasillo.Llevaba un vestido crema lleno de pliegues que la hacía parecer una pequeña nube flotando sobre el suelo. Estaba enorme, tan llena de vida que verla me robaba el aliento. Sus rizos dorados saltaban
—¿Me vas a matar como un cobarde entre cuatro? —escupió Archer, apretando los dientes.—No —dije, dando un paso al frente mientras mi voz se volvía sorda por la furia—. Así como ejecuté a tu hija Mayra, te voy a matar a ti. Tú y yo. Solo.Le hice una señal a Gideon, Varek y Valeska para que retrocedieran. Archer soltó una carcajada seca, arrojó su arma al suelo y dejó que las garras le brotaran de las manos. Se lanzó contra mí con un rugido desesperado.El choque fue brutal. Esquivé su primer zarpazo, le encajé un golpe en las costillas y lo estrellé contra la mesa de madera, reventándola en dos. Archer se reincorporó rápido, ciego de odio, y logró clavar sus garras en mi hombro, rasgándome la carne.—¡Voy a descuartizar a tu mujer! —rugió cerca de mi oído, saliva y sangre salpicándome el rostro—. ¡Voy a buscar a Emma y a la bastarda de Lyra cuando termine contigo! ¡Les voy a arrancar las entrañas como hiciste con Mayra!Ese nombre en su boca desató la furia de Llamas.Le agarré la ga
Apoyé ambas manos sobre la mesa de madera rústica, observando los mapas desplegados bajo la luz de la lámpara. El cansancio de una semana metido en esta cabaña en lo alto de la colina, lejos de mis dominios y de la manada como si estuviera huyendo, me pesaba en la espalda, pero la rabia quemaba con más fuerza.Gideon permanecía a mi derecha con los brazos cruzados. Varek revisaba las marcas del mapa y Valeska se mantenía firme, con la espalda recta.Caminé hacia el mueble del fondo, tomé la botella de cristal y serví whisky en cuatro vasos pesados. Le entregué uno a cada uno y me quedé con el mío, dejando que el ardor me quemara la garganta.—Una semana —dije, mirando el fuego que crepitaba en la chimenea—. Siete días haciendo rodar el rumor de que escapé, de que estoy escondido y debilitado en esta colina.—El rumor ya corrió por toda la frontera, Alfa —dijo Varek, dándole un trago a su vaso—. Pero sus hombres aún no se mueven. No hay confirmación de que haya salido a buscarte.—Va a
Le extendí el auricular a Thomas. Él lo tomó, escuchó un par de órdenes cortas de su capitana con el rostro rígido, asintió en silencio y cortó la llamada, devolviendo el teléfono a la base mientras la tranquilidad volvía a asentarse entre las paredes del búnker.La enfermera me trajo una bandeja con caldo vegetal espeso, trozos de pechuga a la plancha y un vaso enorme de agua. Comer fue un proceso lento; cada bocado requería un esfuerzo para vencer las náuseas que los medicamentos me producían, pero sabía que necesitaba las calorías si quería empezar a producir leche. Thomas se mantuvo a mi lado todo el tiempo, sosteniéndome el vaso y asegurándose de que me terminara hasta la última gota antes de ayudarme a recostarme de nuevo.El cansancio volvió a caer sobre mí como una manta pesada. Apenas mi cabeza tocó la almohada, el efecto del analgésico me arrastró a un sueño profundo y reparador, libre de las pesadillas de los meses anteriores.Cuando volví a abrir los ojos.Giré la cabeza c
Era tan pequeña. Su pecho subía y bajaba al ritmo del monitor, con la piel rosada y los puños apretados junto a las mejillas.—Mira cómo respira... —murmuré, rozando el vidrio—. Es tan pequeña, Thomas.—Pero es fuerte —respondió él contra mi sien, sosteniéndome firme—. Fuerte como tú.Aparté la mirada de la bebé para buscar sus ojos dorados.—¿Qué ha dicho exactamente Harrison? —pregunté—. Cuando desperté solo me dijiste que estaba bien, pero necesito saber el diagnóstico completo. Nació en la semana treinta y dos... ¿sus pulmones están maduros? ¿Cuánto tiempo tendrá que estar en esa caja?Thomas ajustó mi peso contra su pecho, cuidando de no rozar la sutura.—Harrison la revisó a fondo en cuanto terminaron la cirugía —me explicó con tono calmado y preciso—. Sus niveles de saturación de oxígeno están por encima del noventa y cinco por ciento sin necesidad de intubación. La incubadora solo le está proporcionando el calor que su cuerpo prematuro todavía no puede regular por sí solo y un
Su primer impulso no fue quejarse, ni mirar la vía que llevaba en la mano. Lo primero que hizo fue buscarme con la mirada desorbitada y apretar los labios.—¿Dónde está...? —susurró preocupada—. Thomas... ¿dónde está mi hija? ¿Cómo está Lyra?—Tranquila, mi vida. Respira —le dije—. Nuestra hija está perfecta. Está en la incubadora de observación a dos metros de aquí, al otro lado del cristal. Es pequeña, pero es fuerte y rosadita. Sus pulmones están respondiendo solos.Un suspiro tembloroso le cruzó el pecho y vi cómo la tensión en sus hombros cedía un poco. Cerró los ojos un segundo, asimilando mis palabras, antes de volver a mirarme.—¿Cuánto... cuánto tiempo estuve dormida? —preguntó, intentando acomodarse sobre la almohada.—Llevas diez horas profundas —respondí, manteniéndole la mano firme para que no hiciera movimientos bruscos—. El efecto de la anestesia y los analgésicos pesados terminó de pasar hace poco. Tu cuerpo necesitaba ese descanso después de la cesárea.Emma intentó m







