LOGINEl terror me paralizó en la cama. El frío de la habitación se me clavó en los huesos, pero lo que de verdad me heló la sangre fue ver a Astro. Mi perro, el animal que me había defendido de drogadictos en la calle y que era puro músculo y valentía, estaba encogido en el suelo, temblando a los pies de la sombra como si fuera un cachorro indefenso.
Me encogí contra la cabecera de la cama, subiendo las rodillas hasta el pecho en un intento inútil de protegerme.
—¿Quién... quién eres? —mi voz salió rota, un hilo de aire que apenas rompió el silencio.
La silueta no se movió, pero la presión en el aire aumentó tanto que me costaba respirar. El olor a bosque y tormenta que había sentido en la calle volvió a inundar el lugar, disipando el rastro de mis propias lágrimas.
El hombre caminó hacia mí con una lentitud aterradora. En dos zancadas cortas la distancia y se me vino encima, acorralándome contra la cabecera. El peso de su cuerpo no llegó a aplastarme, pero su imponente figura me dejó sin espacio para respirar. Clavó sus manos con fuerza a los lados de mi cabeza, hundiéndose en el colchón viejo y atrapándome por completo.
—Eres una mocosa muy ágil —soltó, con su aliento rozándome la cara—, pero robaste al hombre equivocado.
El pánico me atenazó la garganta, las lágrimas finalmente desbordándose.
—Perdón... —conseguí articular, temblando bajo su mirada—. Tenía hambre y... yo no quería...
—No quiero tus excusas —me cortó en seco, con una frialdad gélida—. La vas a pagar.
Antes de que pudiera gritar, inclinó el rostro hacia mi cuello. Cerré los ojos, esperando el dolor de un impacto, pero lo que hizo me descolocó por completo. Comenzó a inhalar profundamente, pegando la nariz a mi piel, oliéndome el cuello con una voracidad animal. Su respiración caliente me erizó la piel mientras mantenía sus manos firmes, clavadas a la cama, impidiéndome cualquier intento de escape.
—Solo tomé un poco de dinero, el resto está ahí —rogué, intentando apartar la cara, pero su cercanía era asfixiante—. Por favor, no me haga daño...
El hombre detuvo su escrutinio sobre mi piel, pero no se alejó. Su nariz seguía a milímetros de mi oreja, inhalando de nuevo antes de hablar.
—Tu olor es particular —murmuró, y su voz sonó más baja, casi peligrosa—. Nunca había olido algo similar en una humana.
—No sé de qué hablas —respondí con el pulso acelerado, sintiendo que me faltaba el aire.
—No importa —sentenció, apartando el rostro lo suficiente para clavar sus ojos dorados en los míos—. Con que me devuelvas el resto no basta. Tienes que pagar tu insolencia.
—¿Cómo? —pregunté, tragando saliva.
—Tú dime. ¿Qué me ofreces?
El pánico me nubló el juicio. Varada en mi propia cama, bajo el peso de un desconocido que controlaba a mi perro con la mirada, solo pude pensar en lo peor.
—¿Me vas a violar? —escupí, con la voz rota por el asco y el miedo.
Él arrugó las cejas, ofendido por la insinuación, y sus labios se curvaron en una mueca de desprecio.
—No. No uso esos métodos con las mujeres —respondió con una seguridad aplastante—. Pero puedes entregarte voluntariamente.
—Cerdo —le solté en la cara.
Tomé aire para llenar mis pulmones y abrí la boca para gritar con todas mis fuerzas, pero su mano se estampó contra mis labios antes de que el primer sonido escapara de mi garganta. El peso de su palma me aplastó la mandíbula, sofocando mi voz.
—Cállate —ordenó, con los ojos destellando en la penumbra—. La deuda está ahí, mocosa. Y en cualquier momento la voy a cobrar, porque las acciones malas se deben castigar.
Intenté zafarme, pataleando contra las sábanas, pero mi fuerza era un chiste comparada con la suya. En un movimiento brutalmente rápido y limpio, me tomó por la cintura, me levantó de la cama como si no pesara nada y me obligó a ponerme sobre sus piernas.
—Sin tu castigo no me iré —sentenció.
Me acomodó boca abajo, cruzada sobre sus muslos rígidos como piedras. El pánico me asfixió cuando sentí sus dedos fríos enganchar el borde del pantalón de mi pijama gastada y bajarlo con brusquedad, dejando mi trasero al descubierto.
—Cuenta —mandó, su voz vibrando directamente contra mi espalda—, que voy a darte unas nalgadas por ser una mocosa ladrona.
La primera palmada cruzó el aire con un chasquido seco y brutal. El golpe impactó de lleno en mi carne expuesta, haciéndome arquear el lomo por el dolor punzante que se encendió de inmediato.
—¡Uno! —exigí entre dientes, ahogando un gemido contra la tela de su pantalón.
No hubo respuesta de su parte, solo el peso de su mano enorme alzándose de nuevo en la penumbra. El segundo golpe cayó con más fuerza, justo al lado del primero. La piel me ardió como si me hubieran pegado un hierro ardiente. Un calor súbito y violento comenzó a expandirse por mis glúteos, acelerándome el pulso a niveles frenéticos. Estaba avergonzada, furiosa y aterrada, pero la humillación de estar sometida sobre sus piernas en la oscuridad me dolía más que el castigo físico.
—¡Dos! —grité, apretando los puños, clavando las uñas en mis propias palmas para no rebajarme a suplicar.
—Más te vale que lo recuerdes, mocosa —gruñó su voz desde arriba, pesada, rozando mi espalda con su aliento caliente antes de descargar la tercera nalgada.
El impacto me hizo temblar. El dolor ya no era solo una picadura; era un fuego denso que adormecía la zona y hacía que mi respiración se volviera errática. Astro seguía inmóvil en el suelo, gimiendo bajo el yugo de la sumisión, dejándome completamente sola ante la voluntad de este monstruo. Cada golpe humillante me recordaba mi miseria, la delgadez de mi cuerpo frente a su fuerza de piedra y el error fatal de haber cruzado mi camino con el suyo esa tarde.
—Tres —solté con un hilo de voz, pero el golpe final nunca llegó.
El peso que me aplastaba contra sus muslos desapareció de golpe. Me soltó con brusquedad, dejándome caer de lado sobre el colchón desvencijado. Me subí los pantalones de la pijama por puro instinto de defensa, temblando, con la piel de los glúteos ardiendo como si estuviera en carne viva.
Escuché el roce de sus botas contra el suelo y el chasquido de la cerradura. Para cuando logré incorporarme en la cama, la habitación ya estaba sumida en el silencio absoluto de la madrugada. Se había ido tan rápido como había entrado, dejándome el olor a bosque, tormenta y peligro flotando en el ambiente.
Me arrastré con torpeza hasta el interruptor y encendí la bombilla parpadeante del techo. La luz blanca y cruda me cegó por un segundo. Lo primero que vi fue a Astro, que apenas empezaba a levantarse del suelo, sacudiéndose el miedo y mirándome con ojos culpables.
—¿Por qué no hiciste nada? —le reclamé, con la voz rota y las lágrimas amontonándose otra vez en mis ojos—. ¡Te quedaste ahí tirado! Se supone que me proteges, Astro. Se supone que eres mi perro.
Él bajó la cabeza, soltando un gemido lastimero y arrastrando la cola por el suelo. No era su culpa, lo sabía; lo que sea que emanara de ese hombre no era humano, pero la frustración y la impotencia me hacían querer gritarle al mundo entero.
Caminé a pasos lentos y torpes hacia el baño, sintiendo cada punzada del golpe con cada movimiento. Me planté frente al espejo agrietado sobre el lavabo. Me di la vuelta de espaldas y me bajé el pantalón de la pijama para mirar el daño.
La imagen me cortó la respiración. Dos marcas enormes, rojas y calientes, calcaban a la perfección la forma de sus manos en mi piel pálida. El contraste era brutal; mis glúteos estaban encendidos, hinchados por el castigo, mostrando la fuerza desmedida que ese tipo poseía.
Toqué el borde de una de las huellas con la punta de los dedos y solté un siseo de dolor. Me había dejado marcada. Había entrado a mi casa, me había humillado y se había cobrado mi error dejándome un recordatorio físico en el cuerpo.
Me apoyé contra el lavabo, mirando fijamente las huellas rojas en el espejo.
El frío de la mañana londinense me obligó a abrir los ojos. Me moví en la cama y un pinchazo de dolor en el trasero me recordó de golpe la humillación de la noche anterior. Las huellas de sus manos seguían grabadas en mi piel.
—Buenos días, Astro —susurré con la voz ronca.
Mi perro trotó hacia la cama, pegando su hocico húmedo contra mi mano en señal de disculpa. Ya no estaba asustado, pero mantenía las orejas gachas. Lo acaricié detrás de las orejas para demostrarle que no estaba enfadada con él.
Me impulsé para sentarme, apoyando los pies en el suelo frío. Al girarme hacia la mesa de noche para buscar mi viejo teléfono, me quedé sin aire.
Al lado de la lámpara rota había un fajo grueso de billetes de cien libras perfectamente ordenados, idéntico al que saqué de su cartera. Encima del dinero, una nota escrita con una caligrafía elegante y firme: «Para la comida del perro y tus gastos. Nos vemos pronto, mocosa».
El corazón me dio un vuelco. No solo no se había llevado el dinero que le quedaba, sino que me había dejado una pequeña fortuna en la mesa. El descaro de ese tipo me revolvió el estómago; me había castigado y luego me había pagado por ello como si fuera una especie de juego retorcido.
Antes de que pudiera asimilarlo, el tono de llamada de mi teléfono rompió el silencio de la habitación, haciéndome dar un brinco. Lo tomé de inmediato. Era un número privado.
—¿Diga? —respondí, intentando controlar el temblor de mi voz.
—Sra. Emma, habla el doctor Harrison —la voz del médico sonó nítida y extrañamente tensa a través de la línea—. Acabamos de procesar los resultados de sus análisis de sangre y los escaneos estructurales. Su compatibilidad biológica es perfecta. Es la única candidata apta que hemos tenido en meses.
Me quedé helada, apretando el teléfono contra mi oído. La salida de mi miseria estaba ahí, al alcance de la mano.
—Venga a la clínica de inmediato
Colgó sin esperar respuesta. Miré el dinero en la mesa de noche y luego el teléfono. La trampa estaba lista, pero yo no tenía otra opción que caer en ella.
Ver a los guerreros alimentándose, a Valeska y Freya relajando los hombros por un momento y a Thomas sentado a mi lado, velando por cada uno de nosotros mientras mantenía su mano firme sobre mi muslo por debajo de la mesa, me dio una certeza absoluta.Podían estar escondidos en las sombras del bosque y podían intentar jugar al desgaste, pero mientras esta casa se mantuviera unida, no había una sola amenaza en esa montaña capaz de destruir lo que habíamos construido.El olor a canela, clavo de olor y manzanas horneadas llenó el ambiente de la cocina cuando Vespér se acercó a la gran mesa de roble. Llevaba una bandeja de madera con una fuente profunda de hojaldre recién salido del horno, echando vapor y dorado a la perfección.Con movimientos rápidos y silenciosos, dejó la bandeja en el centro de la mesa, sirvió los platos para cada uno con una destreza impecable y nos dedicó una inclinación de cabeza breve y educada antes de dar media vuelta sin pronunciar una sola palabra. Sus pasos l
—Hork, ¿cómo te sientes? Ese corte en el hombro se veía feo cuando subieron del bosque.Hork me miró y la ferocidad de su rostro se ablandó en un segundo, sustituida por ese respeto afectuoso que siempre me mostraba.—Un par de rasguños de nada, Emma —contestó con soltura, restándole importancia con un gesto de la mano—. Los lobos de Archer tienen muy mala puntería con los morteros. Tu marido llegó a tiempo para evitar que me dieran el tiro de gracia, así que no te preocupes, sanere pronto, mi recuperación no es tan rápida como la de mi hermano pero sigue siendo buena a comparación.. Pero dime tú... ¿cómo estás? La tensión de estar en ese búnker no debe ser nada fácil para el bebé.—El bebé está perfecto —respondí con una sonrisa serena, posando una mano sobre mi vientre—. El doctor Harrison vino antes del ataque y escuchamos su corazón. Está fuertísimo. Y en cuanto al búnker... las chicas me cuidaron bastante bien.—Nadie iba a tocar esa puerta sin pasar por encima de nosotras, Luna
El vapor caliente se filtraba por la rendija de la puerta del baño, inundando el ambiente con el olor a pino silvestre, agua tibia y el matiz metálico de la sangre que Thomas se terminaba de quitar del cuerpo.Estaba sentada en la orilla del mesón de mármol, con las manos entrelazadas sobre mi vientre de dos meses, observando su silueta a través del cristal esmerilado de la ducha. Ver el agua roja correr hacia el desagüe me producía un vuelco en el estómago, pero saber que esa sangre no era suya me devolvía el aliento que había tenido contenido durante horas en la penumbra del búnker.Thomas cerró el grifo. El silencio regresó de golpe, interrumpido únicamente por el goteo constante sobre el azulejo. Deslizó la puerta de cristal, tomándola con esa mano enorme marcada por los nudillos rojos del combate, y salió envuelto en una toalla oscura alrededor de la cintura. Su torso amplo mostraba varios rasguños superficiales y la piel enrojecida por el calor del agua, pero sus ojos dorados, a
Sin perder un solo segundo más, apreté los dientes, dejé que el calor abrasador de mi lobo tomara el control de mi musculatura y me lancé a tumba abierta hacia el bosque, corriendo a una velocidad sobrehumana directo al paso del sur para rescatar a mi hermano.Crucé el bosque a una velocidad brutal. La vegetación se volvía un borrón verde y gris a mis lados mientras mis pies golpeaban la tierra congelada con la fuerza de un mazo. A medida que me acercaba al desfiladero sur, el olor a pólvora, carne quemada y pino incinerado se volvió denso, casi asfixiante.Al romper la línea de los árboles, la escena frente a mí era un verdadero desastre.Los árboles del margen este estaban envueltos en llamas, el suelo mostraba los cráteres oscuros dejados por los morteros y el aire vibraba con el chasquido metálico de ráfagas automáticas y los rugidos guturales de la batalla. Las vanguardias de Archer habían intentado forzar el paso usando la cobertura del fuego pesado, pero la resistencia de Hork
Astro entró primero, trotando directamente hacia la esquina del refugio para tomar posición frente a la puerta secundaria de escape.—Escúchenme con atención —ordené, poniéndome en el centro de la sala subterránea y clavando la mirada en mi guardia de élite—. El sector de Hork está bajo fuego de mortero pesado. Mandé a Varek y a Kaelen a romper las líneas enemigas, pero no voy a dejar a mi hermano peleando solo si la situación se complica. Tengo que subir a coordinar el mando y, si es necesario, voy a bajar a la frontera a aplastar a quien sea que haya cruzado.Valeska dio un paso al frente, cuadrándose con una determinación de hierro.—La Luna no se va a mover de este búnker, Alfa. Nosotras respondemos por su vida con la nuestra.—Si la línea de superficie cae o si detectan que la mansión es comprometida —continué, señalando la escotilla reforzada del fondo—, no pelean aquí adentro. Toman el túnel de escape que sale directo a la cueva ciega detrás de las cascadas. Sacan a Emma de la
—¡Thomas, no vengas! —gritó Hork a través de la estática, con la voz ahogada por las detonaciones y el fuego cruzado—. ¡Es una trampa! ¡Nos están reventando por todos los frentes solo para sacarte de la mansión y dejar desprotegida a Emma! ¡No dejes sola a la Luna!—¡No voy a dejarte solo defendiendo el paso, Hork! —rugí con toda la fuerza de mi voz, apretando el teléfono contra mi oreja mientras la bestia en mi interior arañaba las paredes de mi consciencia para salir.—¡Me las arreglo solo, carajo! ¡Defiende tu casa! —fue lo último que alcanzó a gritar antes de que una nueva serie de explosiones ensordecedoras destrozara la línea, convirtiendo la comunicación en un zumbido de estática insoportable.Corté la llamada de un golpe, arrojando el teléfono sobre la madera del escritorio. Salí del despacho a zancadas, cruzando el pasillo principal con la velocidad de un depredador.—¡Varek! ¡Kaelen! —bramé con una autoridad tan brutal que hizo temblar los cristales de la entrada.Los dos ca







