FAZER LOGIN*—Cassie:
Movía la cabeza al ritmo de una canción especialmente pegajosa cuando, de pronto, sintió una mano posarse sobre su hombro y Cassie dio un salto del susto, haciendo que sus auriculares salieron volando y cayeron al suelo. —¡¿Qué diablos te pasa, Abby?! —exclamó, llevándose una mano al pecho. Frente a ella, el ama de llaves de la familia sonrió con calma. Abby llevaba trabajando con los McKay desde antes de que Cassie naciera. Era prácticamente parte de la casa. —Lo siento, mi niña —dijo con una sonrisa cálida—. Llevo un buen rato tocándote el hombro y no respondías. Entré, te llamé varias veces y luego vi que tenías los audífonos puestos. No sabía qué te iba a asustar tanto. Cassie suspiró y se encogió de hombros, dejando escapar una pequeña sonrisa. No podía enfadarse con Abby, ya que era la única persona de la casa que realmente le agradaba. Bueno… Abby y un poco Brianna. Su segunda hermana no era tan insoportable como Antonella o Shanna, ni como sus padres. —Está bien, pero casi me da un infarto —dijo y ladeo la cabeza—. ¿Necesitas algo? —preguntó finalmente. La sonrisa de Abby se desvaneció ligeramente mientras dirigía una mirada hacia la puerta abierta de la habitación. —Tu padre quiere que bajes ahora mismo —informó con suavidad. Cassie frunció el ceño de inmediato. ¿Su padre… quería verla? ¿A ella? —Tal vez escuchaste mal —dijo, confundida—. ¿Estás segura de que soy yo? —Sí —confirmó Abby con una pequeña sonrisa—. Es a ti a quien quiere ver. Sin embargo, Cassie no estaba muy convencida. Jefferson McKay, su padre, no solía mostrar demasiado interés por su hija menor. Siempre decía que era una chica rebelde y complicada, una pérdida de tiempo que no servía para nada, algo que Cassadee, siendo completamente honesta consigo misma, tampoco podía negar del todo. Entre ambos existía una distancia palpable, un vacío incómodo que se había formado con los años y que ninguno parecía dispuesto a cruzar. No era sólo falta de cariño, era algo más frío que eso: indiferencia. Cassie había crecido sintiendo que para su padre simplemente… estaba allí, ocupando espacio. —No voy a bajar, lo sabes, ¿verdad? —dijo finalmente, encogiéndose de hombros mientras esbozaba una sonrisa resignada, como si aquello fuera lo más lógico del mundo. El ama de llaves soltó un suspiro cansado y la miró con una tristeza suave, esa clase de tristeza silenciosa que solo aparece cuando uno ha visto crecer a alguien desde niño y sabe que merece algo mejor. —Cassadee, sé que últimamente la tensión en casa está siendo difícil. El señor McKay parece vivir siempre al borde de perder la paciencia —explicó con voz tranquila—, pero aun así deberías intentar aligerar un poco la carga. Haz tú el esfuerzo. Cassie no pudo evitar poner los ojos en blanco. Todo siempre estaba tenso en esa casa. No era algo nuevo ni algo que hubiera comenzado recientemente; en realidad, la tensión llevaba años viviendo entre esas paredes, como si fuera otro miembro invisible de la familia. Estar allí le producía una sensación constante de opresión, como si el aire fuera más pesado dentro de esa mansión. Su habitación era prácticamente su único santuario, el único lugar donde podía respirar con libertad, rodeada de sus cosas, de su música, de sus productos de maquillaje perfectamente ordenados, pero incluso ese pequeño refugio era invadido de vez en cuando por los problemas familiares. En más de una ocasión había terminado pasando la noche en casa de alguna amiga para escapar del ambiente sofocante, organizando pijamadas improvisadas, viendo películas y riéndose de tonterías hasta la madrugada. El problema era que sus amigas ahora estaban ocupadas preparándose para sus vidas universitarias, comprando materiales, hablando de carreras, de dormitorios y de nuevas ciudades mientras que Cassie no tenía ningún plan parecido ni otro lugar al cual escapar. Además, si alguien generaba la tensión en esa casa, era su propio padre. Jefferson McKay parecía vivir permanentemente irritado, como si el mundo entero estuviera conspirando para arruinarle el día, y cualquier cosa, por pequeña que fuera, bastaba para que perdiera los estribos. Hace apenas dos semanas había terminado dándole una bofetada frente a todos simplemente porque Cassie se quejó de que no iba a cenar hígado encebollado, un plato que Abby había preparado para la familia y que a ella siempre le revolvía el estómago. No había gritado ni hecho una escena, sólo había dicho que no quería comerlo y aun así su padre reaccionó como si lo hubiera insultado. Y ese no era el único problema. Todo lo que sucedía en su trabajo terminaba descargándolo sobre la familia. Bueno, sobre ella, principalmente. Antonella se había casado hacía tres años y apenas venía a casa en ocasiones especiales. Brianna pasaba la mayor parte de su tiempo fuera, ayudando en refugios, albergues o alguna causa benéfica que la mantenía ocupada todo el día. Shanna, por su parte, prácticamente vivía entre cafeterías elegantes, restaurantes y centros comerciales, tomándose fotos para su página de I*******m, ella era una especie de influencer y, a diferencia de Cassie, sí tenía miles de seguidores pendientes de cada publicación. Ninguna de sus hermanas representaba un problema para su padre. Ellas encajaban perfectamente en el tipo de hijas que Jefferson McKay podía presumir frente al mundo. Cassie, en cambio, era la que no parecía servir para nada. —Aun así, no voy a bajar para que papá vuelva a gritarme por absolutamente nada —murmuró finalmente mientras se inclinaba para recoger sus auriculares del suelo. Los examinó con cuidado, los sacudió un poco y se los colocó nuevamente para comprobar si seguían funcionando. La música volvió a escucharse con claridad y Cassie dejó escapar un pequeño suspiro de alivio. Gracias a Dios seguían vivos, porque ya se había gastado toda su mesada del mes en productos de belleza y no estaba en posición de comprar otros nuevos. Detuvo la música de nuevo y los dejó sobre la cómoda. —Si él no da el primer paso, ¿por qué no intentas tú? —sugirió Abby con tono conciliador—. Podrías decirle que no te gusta cómo te está tratando y… Cassie soltó una risa seca, incrédula ante la simple idea. —Abby, por favor —dijo negando con la cabeza—. Ya sabes cómo funcionan las cosas en esta casa. Lo mejor para todos es que simplemente nos ignoremos. Abby no insistió, pero su mirada reflejaba decepción. La mujer se limitó a asentir y se retiró, cerrando suavemente la puerta tras de sí. Cassadee volvió a sentarse, colocándose nuevamente los audífonos, segura de que su decisión no tardaría en traer consecuencias. Y, como esperaba, no pasaron ni cinco minutos cuando la puerta volvió a abrirse, esta vez de forma brusca. —He requerido tu presencia —anunció la voz grave de su padre. Jefferson entró a la habitación con esa presencia imponente que siempre parecía llenar cualquier espacio en el que se encontrara. Vestía, como casi siempre, un traje oscuro perfectamente ajustado que acentuaba la autoridad natural que proyectaba. Su cabello castaño oscuro, ya moteado de canas en las sienes, estaba peinado hacia atrás con pulcritud, dejando al descubierto un rostro duro y anguloso. Sus ojos azules, fríos como el hielo, se posaron sobre ella con una severidad que hacía evidente que no había entrado allí para una conversación amable. —¿Qué deseas, padre? —preguntó Cassie, esta vez adoptando un tono más comedido, pues recordó brevemente las palabras de Abby: “Haz tú el esfuerzo”. —Te pedí que bajaras —replicó Jefferson, sin perder la compostura. —Y Abby me lo comunicó, pero si estabas tan cerca, ¿por qué no viniste tú mismo a decírmelo? —respondió Cassie con sarcasmo, una chispa de desafío en su mirada. Su padre entrecerró los ojos, claramente irritado. —Eres tan insolente. —Soy tu hija —contestó ella, encogiéndose de hombros. El silencio que siguió fue tenso. Finalmente, Jefferson esbozó una sonrisa gélida, más un gesto de advertencia que de humor. —Hay alguien que quiere verte y te sugiero que bajes antes de que te arrepientas —le lanzó su padre mientras giraba sobre sus talones. —¿Y si no lo hago? —inquirió Cassadee, cruzándose de brazos. —¿Disculpa? —preguntó su progenitor, deteniéndose ante su desafío y volviendo el rostro hacia ella. —No pienso bajar si lo que me espera es otro de tus “amigos” que no pueden dejar de babear por cualquier chica menor de veinte —espetó Cassie aburrida. De vez en cuando los “amigos” de su padre venían a la casa y siempre querían verlas, como si fueran maniquíes que necesitaban ser apreciados. La tensión en el aire se hizo palpable. Jefferson dio un paso hacia ella, y Cassadee retrocedió instintivamente. Sabía que estaba cruzando la línea, pero la ira hacia su padre era más fuerte que el miedo.*—Chris:Cuando finalmente se separaron y Cassie permaneció mirándolo con evidente anhelo, respirando un poco más rápido que antes.—¿Y si me quedo contigo esta noche? —preguntó de repente.Chris se quedó petrificado.Durante un segundo, su mente traicionera recordó lo ocurrido entre ellos en la oficina y todas las veces que habían estado peligrosamente cerca de cruzar límites que todavía intentaban mantener. La imaginación hizo el resto, ofreciéndole demasiadas posibilidades de lo que podría suceder si realmente se la llevaba a su apartamento aquella noche.Chris negó ligeramente con la cabeza para expulsar aquellos pensamientos, echándole la culpa al vino que tomaron, al deseo que sentía y claro, a la intensidad de una noche que había salido demasiado bien.—No estás preparada para el hombre en el que me convierto en la cama, Cassie —murmuró, recurriendo a la provocación para quitarle seriedad a la situación.Quizá sería mejor asustarla un poco y recordarle que jugar con él podía te
*—Chris:Se sentía bastante orgulloso de los avances que había conseguido y, sobre todo, de cómo había resultado la velada. Todo había salido exactamente como esperaba.Clarence se merecía un extra por aquello. Desde la reserva del restaurante hasta las flores, la comida, el cuarteto, el fotógrafo y cada pequeño detalle que Chris había exigido, todo había sido ejecutado a la perfección. Él solamente había tenido que dar las órdenes y explicar lo que quería; Clarence se había encargado de convertir sus indicaciones en realidad.Chris desvió la mirada hacia Cassie, sentada a su lado en el vehículo y completamente cautivada por el anillo que ahora adornaba su dedo. Lo movía de vez en cuando bajo las luces que atravesaban las ventanillas, observando cómo los diamantes destellaban, y una pequeña sonrisa aparecía en sus labios cada vez que lo hacía.No había esperado semejante reacción de su parte, aunque, pensándolo mejor, debería haber imaginado que todos aquellos detalles afectarían a Ca
*—Cassie:Estaba anonadada, sin creer lo que sus ojos veían ni lo que sus oídos escuchaban.Movida por la impresión, Cassie miró hacia el restaurante y entonces descubrió a varios miembros del personal observándolos discretamente desde cierta distancia. Entre ellos había un hombre con una cámara profesional tomando fotografías y otra persona grabando el momento.¿Cuándo habían salido todos ellos? ¿De dónde demonios había aparecido aquel fotógrafo?Volvió rápidamente la mirada hacia Chris. Él continuaba allí, sobre una rodilla, esperando pacientemente su respuesta, aunque ahora que Cassie prestaba verdadera atención podía notar la tensión en su mandíbula y la forma en que sostenía la caja con demasiada firmeza.Estaba nervioso, así como se escuchaba, Christopher Bryant estaba nervioso esperando que ella aceptara casarse con él.Durante años, las pocas veces que Cassie se había permitido imaginar cómo sería recibir una propuesta de matrimonio, todo había sido mucho más sencillo. No exis
*—Cassie:Los platos de la cena comenzaron a llegar poco después y, para sorpresa de Cassie, no se trataba de ninguna de esas preparaciones extravagantes que habría tenido que mirar durante varios minutos antes de decidir si se atrevía a probarlas. Chris había elegido un menú italiano elegante, pero bastante familiar: después de los crostini de burrata llegaron unos ravioli rellenos de ricotta y espinaca bañados en mantequilla de salvia y parmesano, luego, como plato principal, un filete de res acompañado de papas pequeñas asadas al romero y vegetales glaseados. Incluso había pequeños detalles que coincidían sospechosamente con algunos de sus gustos favoritos.Cassie miró a Chris con curiosidad varias veces, preguntándose de dónde demonios había sacado tanta información.¿Se lo habría preguntado a su madre? ¿A su padre? ¿Tal vez había contactado con Hayley? Su amiga era una bocazas cuando quería, pero dudaba que hubiera sido ella. Fuera quien fuera el responsable de proporcionarle la
*—Cassie:Gracias a Dios, alguien se acercó a interrumpirlos antes de que la conversación pudiera seguir por caminos peligrosos. Un camarero apareció con las entradas y colocó frente a ellos unos platos, comenzando a describir cada cosa. Un plato de entrada era de crostini de burrata con tomates cherry confitados, albahaca fresca y un ligero toque de reducción balsámica.Cassie tomó uno y le dio un pequeño mordisco. El pan estaba crujiente, todavía tibio, y contrastaba deliciosamente con la cremosidad de la burrata y el dulzor de los tomates. Definitivamente, si toda la comida era así, Chris había elegido muy bien.—Entonces, háblame de tus planes —dijo Chris, acomodándose nuevamente en su asiento.—¿Planes? —preguntó Cassie, confundida.—Ya sabes, estudios, carrera, cosas que quieras hacer en el futuro —explicó Chris, encogiéndose de hombros—. Recuerda que durante la cena con mis padres di mi visto bueno para apoyarte en lo que quisieras hacer, pero primero tendría que saber qué dese
*—Cassie:Al llegar a la mesa, Chris, siendo el caballero que siempre demostraba ser con ella, apartó la silla para que Cassie pudiera sentarse. Ella se lo agradeció con una sonrisa y tomó asiento, acomodando su pequeño bolso sobre el regazo antes de cubrirlo con la servilleta de tela para evitar cualquier accidente que pudiera ensuciar su vestido.Chris ya había tomado asiento frente a ella y se encontraba colocando su propia servilleta sobre el regazo. Cuando terminó, levantó la mirada y le dedicó una sonrisa.Cassie sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco y, de repente, los nervios regresaron con más fuerza. Se humedeció los labios y respiró lentamente, intentando controlar aquel extraño revoloteo que sentía en el estómago.Era absurdo. Habían estado juntos otras veces, se habían besado e incluso habían compartido momentos mucho más íntimos, pero aquello era diferente, era una cita de verdad.Chris extendió una mano sobre la mesa y Cassie, después de mirarla durante un segu







