INICIAR SESIÓN*—Max:Max se tensó de inmediato al pensar en la lectura que le dijo esa vidente a su padre.Antes de saltar en conclusiones, Max quería saber más detalles.—Te dijo algo muy específico, ¿verdad? —preguntó Max, sin apartar la vista de su hermano menor, y comenzando a entender las previas acciones de su padre.Bradley sonrió de medio lado, como si hubiera estado esperando esa pregunta.—Si, Serafina fue muy específica con esas grandes mujeres —comenzó con una voz que bajó un tono, casi como si recitara una profecía—. Tres mujeres que marcarán el destino de mi legado…—continuó como si estuviera recitando una profecía o algo así—. La primera —dijo Bradley, girando su copa con elegancia entre los dedos—, es una rosa roja con espinas. Con su belleza hará sangrar al corazón más fuerte, pero enseñará que el dolor puede conducir a la redención.Max sintió un estremecimiento en la nuca. Esa imagen, tan específica, tan simbólica… no podía referirse a otra que no fuera Antonella. Era demasiado ex
*—Max:La ceremonia transcurría con absoluta armonía. Las luces suaves del atardecer acariciaban el jardín decorado con flores blancas y doradas, y el murmullo de las conversaciones alegres llenaba el aire con un ambiente de celebración. Todos parecían felices, pero nadie tanto como Maximilian Bryant.Max no podía dejar de sonreír, literalmente. Su rostro, normalmente serio y reservado, ahora estaba iluminado por una expresión de pura dicha. Se sentía ligero, casi como si caminara entre nubes. El día más feliz de su vida había llegado, y era aún más perfecto de lo que había imaginado.Por instinto, bajó la vista a su mano izquierda. La sortija de casado brillaba bajo la luz natural, y una risa, suave y algo boba, se le escapó de los labios. La giró entre los dedos, como si aún no pudiera creer que era real. Esa argolla no era solo un símbolo. Era promesa, compromiso, destino… Era ella.Alzó la vista y la buscó entre los invitados. La encontró al instante, como si su mirada supi
*—Max:Aún faltaban muchos pasos por dar, muchas cosas que cumplir, desafíos que enfrentar y sueños por construir… Sin embargo, en ese instante, mientras el sol comenzaba a teñir de oro suave el cielo de la tarde, Max se sentía pleno. Como si cada pieza rota en su interior hubiera encontrado su lugar. Como si todo el caos, el dolor y las dudas del pasado lo hubieran conducido exactamente hasta aquí: al primer día del resto de su vida, junto a ella.Max alzó el mentón, el corazón palpitándole con fuerza bajo el chaleco de su traje negro perfectamente entallado. Sus ojos buscaron con ansiedad el final del pasillo, donde la música nupcial comenzó a sonar, suave, solemne, pero cargada de emoción. Entonces la vio.Antonella.Radiante, caminando hacia él como si el mundo se hubiera detenido para enmarcar su belleza. El vestido blanco, etéreo, parecía flotar con cada paso que daba sobre el sendero cubierto de pétalos. La cola se deslizaba con gracia en la alfombra blanca sobre el césp
*—Max:Después de un día perfecto, Max y Antonella regresaron al apartamento, aún con las mejillas sonrojadas por el aire fresco de la colina y los recuerdos que se aferraban a su piel como una segunda ropa. Apenas cerraron la puerta, Max no perdió tiempo. La miró con esa mezcla de deseo y ternura que solo él podía conjurar, y la tomó entre sus brazos como si quisiera sellar, una vez más, todo lo que sentía por ella.La llevó hasta el dormitorio, besándola en el camino, con la urgencia de quien no se cansa de amar. Esta vez, sobre la cama, la adoró con calma y devoción, marcando su piel con caricias que hablaban más fuerte que las palabras. Y aunque Antonella no se quejaba del encuentro anterior en medio del campo, sí le lanzó una sonrisa traviesa entre suspiros cuando murmuró:—Al menos aquí no hay caballos espiandonos…—comentó Antonella divertida.Max rió entre besos, su voz ronca de afecto y deseo.—Creo que uno incluso resopló cuando terminamos.—¡Lo sabía! —respondió ella
*—Antonella:Los ojos de Max estaban fijos en los suyos, brillantes, profundos, decididos. Y aunque ella no dijo ni una palabra, su alma ya lo sabía.—No se supone que debería ser así, pero el momento es el que habla, ¿no? —murmuró Max, tomando una de sus manos—. No planeé decirlo ahora. O sí… no lo sé. Lo pensé tantas veces, pero es que estás aquí, tan tú… tan real. Y no quiero dejar que este momento se me escape otra vez.Antonella soltó una risa nerviosa, incrédula, y se cubrió la boca con la otra mano.—¿Estás... pidiéndome matrimonio?Max asintió con una sonrisa ladeada, vulnerable como pocas veces ella lo había visto.Entonces, con la otra mano, Max la metió dentro de la canasta que tenían a un lado. Antonella lo observó con curiosidad, frunciendo el ceño ligeramente.—Espera… —susurró ella, notando su gesto repentino.Y de pronto todo tuvo sentido.Claro. Así que por eso había impedido que ella abriera la canasta por completo antes. Por eso había insistido en ser él quie
*—Antonella:Finalmente, llegaron a la cima. Max ya la esperaba bajo un árbol corpulento, de ramas extendidas como brazos que los invitaban a refugiarse. Desde allí, la vista era impresionante: a lo lejos, los rascacielos de la ciudad se recortaban contra un cielo amarillo con nubes blancas borrosas. Era un contraste perfecto entre lo salvaje del campo y la frialdad urbana.Antonella rió al ver la manta de cuadros rojos extendida sobre el césped, perfectamente colocada, junto a una canasta de mimbre. La brisa jugaba con los flecos de la manta, y el sol que comenzaba a descender pintaba todo de un dorado suave y nostálgico.—¿Cuándo trajiste todo esto? —preguntó entre risas, con una mezcla de sorpresa y ternura en los ojos—. Esta había sido tu idea desde el principio, ¿verdad?Max se limitó a sonreír mientras ataba su caballo al tronco del árbol, a unos pasos del improvisado pícnic.—Tal vez —respondió sin mirarla directamente, como si no quisiera admitir lo obvio, pero su sonri







