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Capítulo 2

Autor: Everglory
last update Data de publicação: 2026-02-11 11:55:59

​El hombre se limitó a mirar a Elena. Su mirada permanecía plana, como si ella no fuera más que un objeto inanimado que, por casualidad, bloqueaba su camino. Sus labios se movieron apenas lo suficiente para soltar una sola palabra, rotunda y cortante.

​—No.

​Elena se quedó petrificada. Parpadeó una, dos veces, intentando procesar aquel rechazo tan absoluto. —¿Qué?

​La mandíbula de Elena se tensó. Una sensación de asfixia trepó por su garganta, acortándole la respiración.

​—Espere un momento —replicó ella de inmediato, ahora con un tono más exigente—. Caballero, le he ofrecido diez veces su valor. Eso supera con creces el precio de esta muñeca. Es más que suficiente para...

​—No —repitió él con la misma frialdad. Esta vez, ni siquiera la miró. Su atención ya estaba en la salida, indicando que, para él, la conversación había terminado.

​Elena se movió con agilidad, bloqueando de nuevo el paso del hombre.

​—Al menos deme una razón —dijo con la voz vibrando ligeramente por la ira que empezaba a desbordarse—. ¿Por qué se niega? Necesito desesperadamente esta muñeca. Mi hermana está...

​—No es asunto mío —la interrumpió él, gélido. La observó un instante, apenas unos segundos, antes de volver a apartar la vista—. Con permiso.

​Con un movimiento pausado pero firme, se hizo a un lado para esquivarla y prosiguió su camino.

​Elena se quedó inmóvil. Su pecho subía y bajaba con rapidez, intentando contener el torbellino en su interior. Apretó los puños a los costados hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

​—¿Ni siquiera quiere saber por qué la necesito tanto? —exclamó alzando la voz, ignorando las miradas curiosas de los demás clientes—. He sido educada. Le he ofrecido un precio más que justo. ¡Incluso excesivo!

​El hombre detuvo sus pasos un momento. Por un segundo, Elena albergó la pequeña esperanza de que se daría la vuelta, de que sentiría compasión y le entregaría la Labubu. Sin embargo, esa esperanza se desvaneció cuando él simplemente miró a su asistente.

​—Vámonos.

​—Sí, señor —respondió el asistente con sumisión.

​Se alejaron sin sentir la más mínima necesidad de mirar atrás.

​—Los demonios no tienen empatía —siseó Elena con saña mientras clavaba la mirada en la espalda del hombre que se distanciaba.

​Sentía que lo había intentado todo. Había tragado su orgullo, ofrecido una pequeña fortuna y explicado su situación. Pero él ni siquiera le había concedido la oportunidad de ser escuchada. Elena reaccionó; consumirse en rabia solo le haría perder un tiempo precioso. El cumpleaños de Lucía era en dos días y ella había hecho una promesa que no pensaba romper.

​Con zancadas largas y apresuradas, Elena salió de la tienda hacia el ascensor. Sus dedos se movían frenéticos sobre la pantalla del móvil, buscando cualquier alternativa.

​—Tienda más cercana... ciudad vecina... —murmuró para sí misma. Sus ojos recorrían las direcciones a toda velocidad—. Maldita sea, todo está demasiado lejos. No llegaré a tiempo —susurró llena de frustración.

​Las puertas del ascensor se abrieron. Elena entró y pulsó el botón del sótano repetidamente, impaciente. Sus ojos seguían fijos en la pantalla, esperando que ocurriera un milagro.

​—¡Joder! ¡¿Por qué no hay nada cerca?!

​El ascensor emitió un suave pitido al llegar a su destino. Elena salió hacia el aparcamiento y buscó de inmediato su Ferrari rojo. Sin embargo, se detuvo en seco. Justo al lado de su coche, estaba aparcada una furgoneta ejecutiva negra, de aspecto extremadamente exclusivo. Elena estaba segura de que era el vehículo de aquel hombre.

​Su mente empezó a trabajar a mil por hora. La frustración y el amor por su hermana se mezclaron en una temeridad peligrosa.

​Tal vez me he vuelto loca de remate.

​Observó a su alrededor. El parking estaba desierto; solo había unos pocos coches aparcadaos a lo lejos, en otra esquina. No había ni rastro de nadie. Comprobó la posición de las cámaras de seguridad y sintió que el ángulo del coche la protegía lo suficiente.

​—Si las buenas maneras no funcionan, tendré que hacerlo a mi modo —esbozó una pequeña y afilada sonrisa.

​Elena se apresuró a esconderse tras un enorme pilar de hormigón. Estaba convencida de que los dos hombres aparecerían pronto. Su corazón latía con fuerza, bombeando una adrenalina que nunca antes había experimentado. Menos de cinco minutos después, el eco de unos pasos resonó en el techo del silencioso sótano.

​Elena asomó un poco la cabeza. Allí estaban. El hombre caminaba con paso calmado, mientras el asistente sujetaba la caja de la Labubu con cuidado. La distancia se acortaba. Tres metros... dos metros... un metro...

​Ahora.

​Elena saltó desde detrás del pilar. Con un movimiento felino, rápido y preciso, arrebató la caja de los brazos del asistente.

​—¡¿Pero qué...?! —el asistente se sobresaltó, con los ojos como platos. Intentó retener la caja, pero su agarre flaqueó ante la sorpresa del ataque.

​—¡Lo siento, señor! ¡Pero yo necesito esta muñeca mucho más que usted! —Elena tiró de la caja con todas sus fuerzas hasta que finalmente la soltó.

​—¡Oye!

​Elena ignoró el grito. Saltó dentro de su coche y lanzó la caja al asiento trasero. Giró la llave y el motor del Ferrari rugió con fuerza. Los neumáticos chirriaron sobre el hormigón mientras hundía el pedal del acelerador a fondo.

​Mientras huía a toda velocidad, Elena echó un vistazo al retrovisor. Su corazón pareció detenerse un instante al ver al hombre de pie, impasibe en medio del parking. Él no gritaba, no la perseguía. Solo observaba el coche de Elena con una mirada gélida.

​Sin embargo, lo que le puso los pelos de punta fue ver cómo la comisura de los labios del hombre se elevaba ligeramente. No era una mueca de ira, sino la sutil sonrisa de alguien que acababa de encontrar un enigma fascinante.

​A diferencia de su jefe, el asistente corría intentando alcanzarla mientras soltaba una sarta de juramentos.

​—Seguro que piensa que estoy loca de atar —murmuró Elena.

​No obstante, en plena huida, su orgullo afloró. No quería que la tacharan de vulgar ladrona. Por reflejo, pisó el freno y el coche se detuvo en seco. Apretó el volante un momento y volvió a mirar por el espejo. Tras chasquear la lengua, cogió su bolso, abrió la cartera y sacó todo el fajo de billetes que había dentro.

​Era una suma considerable, mucho más del décuplo del valor original de la muñeca. Para ella, era el precio justo por su audacia.

​Elena bajó la ventanilla, sacó la mano y soltó los billetes. El dinero salió volando, bailando en el aire antes de caer desperdigado sobre el gris asfalto.

​—Una De la Vega no le debe nada a nadie —sentenció en voz baja pero firme.

​Silbando suavemente para ocultar el temblor de sus manos, Elena volvió a acelerar su Ferrari, dejando atrás la oscuridad del sótano.

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