Mag-log inAlejandro sintió cómo la sangre se le helaba en las venas, pero la indignación le ganó al temor. Dio dos pasos al frente, acortando la distancia con Andrea, y la miró con absoluto desprecio. —No te voy a dar ni un solo centavo, Andrea —sentenció Alejandro con voz baja y tajante—. Eres una descarada. Después de abandonar a Diego cuando era un niño, ¿tienes el cinismo de aparecerte a chantajearme con su vida? ¡Lárgate de mi oficina antes de que haga que la seguridad te saque a la fuerza! Andrea soltó una carcajada destemplada que reflejó lo acorralada que estaba. —Hazlo, llama a la seguridad si quieres —respondió ella con la mirada fija y llena de rabia—. Pero ten por seguro que de aquí me voy directo a buscar a Diego. No me voy a ir de esta ciudad con las manos vacías, Alejandro. —¡Dije que te largues! —exigió él, tomándola del brazo para empujarla firmemente hacia la salida del despacho. En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe. —Papá, vine a buscar los docum
Fernando bajó la mirada, derrotado por las palabras de su hijo menor. El silencio se prolongó durante unos segundos eternos en los que apretó los puños, masticando el orgullo que durante años lo había dominado. Cuando finalmente volvió a levantar la cabeza, sus ojos se fijaron en Ana Victoria. —Solo espero que ese chico no te haga sufrir —dijo Fernando con la voz quebrada y la guardia baja—. Es lo único que me importa, hija. Sin agregar una palabra más, se acercó a ella y la envolvió en un abrazo apretado. Ana Victoria cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión acumulada durante días se disolvía en los brazos de su padre. Al separarse, Fernando tomó de los hombros a Fernandito, dándole una leve palmadita de orgullo en la espalda, y caminó hacia la salida. Victoria le dedicó una última mirada cálida a su hija antes de seguir a su esposo junto al menor de la familia rumbo al aeropuerto. Ana Victoria se quedó parada en el pasillo, con una sonrisa que no cabía en su rostro y lágrim
En la cafetería de la clínica, Alejandro y Lorena se sentaron a una mesa pequeña con dos tazas de café sobre la mesa. Lorena lo miró en silencio unos segundos antes de hablar. —Alejandro, la tensión entre Victoria y tú se nota a kilómetros —dijo ella con calma—. ¿Qué fue lo que pasó entre ustedes? Alejandro exhaló despacio y apoyó los codos en la mesa. —Victoria y yo estuvimos casados durante tres años, Lorena —confesó Alejandro en tono bajo—. Fueron años complicados. Yo estaba cegado por el recuerdo de Andrea, la mamá de Diego. Fui ciego y torpe, no supe valorar a la gran mujer que tenía a mi lado y la rechazaba. Incluso llegué al punto de llevar a Andrea a vivir con nosotros. Victoria aguantó hasta que no pudo más y me pidió el divorcio. Fue sólo cuando la vi marcharse que me di cuenta de que realmente la amaba, pero ya era demasiado tarde. Ella rehízo su vida con Fernando, y él siempre me odió por la infelicidad que le causé a Victoria. Lorena lo escuchó con atención, asimilan
Dentro de la habitación de la UCI, los monitores comenzaron a emitir un pitido constante y suave. Fernando abrió los ojos despacio, desorientado por la luz. Al enfocar la mirada y ver a Victoria a su lado, la buscó con la voz débil. —Victoria... ¿dónde está Ana Victoria? —alcanzó a decir con un hilo de voz. —Está afuera, mi amor... preocupada por ti —respondió Victoria con voz suave pero firme, apretándole la mano—. Fernando, ¿por qué viajaste solo estando así de enfermo? Casi no la cuentas. Fernando negó levemente con la cabeza, respirando con dificultad. —No quiero al hijo de Alejandro cerca de mi hija. Ese hombre te hizo mucho daño en el pasado y no quiero que mi hija sufra lo mismo que tú. La amo demasiado para eso. —Mi amor, lo que pasó entre Alejandro y yo, como tú lo acabas de decir, es el pasado —le dijo Victoria con paciencia y ternura—. Eso no quiere decir que ese muchacho va a ser igual que su padre. Son circunstancias muy diferentes. —No, Victoria. No voy a p
Horas más tarde, Victoria y su hijo menor llegaron a la clínica de Nueva York. Ana Victoria los esperaba en la sala de espera de cuidados intensivos junto a Diego, que había ido a acompañarla al enterarse de lo de Fernando. En cuanto se vieron, Ana Victoria corrió a abrazar a su mamá. —¿Cómo está tu papá? —preguntó Victoria con lágrimas en los ojos. —Está en la UCI, mamá. Los doctores dijeron que las próximas horas son críticas —respondió la joven. En ese momento, Alejandro salió del ascensor con unos cafés en la mano. Al levantar la mirada, se topó de frente con Victoria. Ella se giró al sentir sus pasos y también lo vio. Los dos se quedaron mudos, mirándose fijamente a los ojos. Habían pasado muchos años desde la última vez que se vieron la cara, y el encuentro los dejó completamente paralizados en medio del pasillo. Diego y Ana Victoria notaron esa mirada extraña entre sus padres. Era evidente que no se estaban viendo como desconocidos. Diego dio un paso adelante y
Fernando no estaba dispuesto a quedarse con los brazos cruzados en Los Ángeles. A espaldas de Victoria y sin importarle que su salud estuviera prendida de un hilo, compró un boleto de avión y viajó solo a Nueva York. Lo único que tenía en la cabeza era frenar esa relación antes de que fuera demasiado tarde. Esa misma tarde, sin avisar a nadie, Fernando llegó al edificio de las empresas Del Castillo. Pasó por la recepción a la fuerza y caminó a paso firme hasta la oficina de Alejandro. Abrió la puerta de golpe, dejando a Alejandro sorprendido detrás de su escritorio. —¡Tú y yo tenemos cosas pendientes, Alejandro! —exclamó Fernando, entrando con la respiración pesada y la cara roja de la rabia. Alejandro se puso de pie en seguida, mirando a Fernando con preocupación al ver lo mal que se veía físicamente. —¿Fernando? ¿Qué haces aquí? No debiste viajar en ese estado... —¡Cállate! —lo interrumpió Fernando, acercándose al escritorio y dando un golpe sobre la madera—. Vine a dejá







