INICIAR SESIÓNSe encontraba otra vez allí, en ese maldito estudio; no sabía con certeza la hora, únicamente que no había podido pegar ojo en lo poco que transcurrió de la noche. Estuvo horas intentando recibir alguna palabra, sonido o cualquier signo de vida a través del enlace que compartía con Sirio. Del otro lado nada había emitido palabra. Algo andaba mal; su hermano jamás le haría sentir tal desesperación como la que la embargaba en aquel momento.
—Magnus vendrá enseguida.
Asintió con la cabeza hacia un Bastián adormilado en ropas de dormir; agradeció que este saliera por la puerta dejándola sola con sus pensamientos. Prefería aquello a sumergirse en un sentimiento de incomodidad por la poca tolerancia que sentía hacia todos los habitantes de aquella corte.
Cuando la puerta del estudio se abrió, no le bastó la anticipada preparación ante el aroma de Magnus; la esencia almizclada se adentró por sus fosas nasales volviendo cada nervio a la vida. Quizás, si no estuviera tan preocupada y su corazón manchado de rencor, hubiera sucumbido ante el lazo, confesando su verdadera identidad y la sangre pura que corría por sus venas.
—¿Qué sucede? He venido en cuanto Bastián me ha llamado.
Quizás, si fuera otra chica u otra vida, se hubiese derretido ante la preocupación en su tono. Pero el caso era que jamás podría entregarse a él, o eso es lo que pensaba, ya que el rencor hacia su abandono y el desprecio ante su pueblo la hacían odiarlo con ímpetu.
—He pensado en tu propuesta —Magnus aún seguía a su espalda; en vez de ponerla nerviosa eso la reconfortaba, ya que un solo vistazo a él la hacía sentir emociones que no podía controlar—. Estoy dispuesta a ayudarte, pero tengo una condición antes de continuar con nuestra alianza.
Jamás estaría preparada para la imagen que posó frente a sus ojos: un Alfa adormilado con la cabellera revuelta, descalzo y sin cualquier retazo de tela que cubriera la parte superior de su cuerpo. Todo en él se encontraba en los lugares correctos: cada músculo cincelado, cada vena en los fuertes brazos y manos. Ese tono mantecoso dejado por el cálido beso del sol.
Intentó disimular el fallo que tuvo en su respiración con un fuerte carraspeo. Él la miraba directamente sin siquiera pestañear, sus facciones una mezcla entre confusión y curiosidad. Él jamás podría darle nombre a esa atracción sin precedentes que estaba sintiendo, ya que ella guardaría su secreto siempre.
—¿Cuál es esa condición?
—Quiero que saques a mi pueblo del asentamiento diez, a todos y cada uno de ellos. Cobijo, alimentos y protección.
—El palacio es grande para albergarlos a todos…
Lo cortó en medio de la frase negando con la cabeza, dejando los sentimientos de lado por un segundo.
—No, en el palacio no; quiero un predio grande para todos nosotros. Alejado de todo el glamour y la gente de tu corte. Jamás encajaremos; eso sería una incomodidad para ambos pueblos.
No supo por qué motivo frunció el ceño, quizás por no incluirse dentro de aquella corte que gobernaba al mundo entero, o por separarlos como si fuesen dos especies enemigas.
—Está hecho; en la tarde saldremos a buscarlos.
Volvió a negar con la cabeza; no podía confesarle el motivo de su desesperación. Un omega no posee ninguna cualidad y mucho menos la capacidad de crear enlaces entre personas. Si ella le confesaba sus dones, él sería lo suficientemente inteligente como para atar cabos ante esa inexplicable atracción.
—Al amanecer. En el momento en que mi familia esté a salvo, ahí comenzaremos a hablar sobre nuestro trato —se paró del asiento sin esperar respuesta alguna—. Que tengas buenas noches.
Y se fue dejándolo allí parado en medio del despacho.
Aun sin darle un sí a su petición, a los primeros rayos del alba Némesis fue escoltada por Bastián a las caballerizas, donde un grupo de diez guardias del castillo y un sinfín de carretas aguardaban la marcha. No divisó a Magnus, pero por el tenue aroma de su esencia supo que ya se encontraba allí.
—Ven por aquí.
Bastián la llevó entre el gentío hacia una yegua del puro color del ónix. Némesis la acarició con amor, embelesada con la fuerza del animal y el pelaje suave como la seda que se escurría de entre sus dedos.
—Esta es Laya, era la yegua de mi madre.
Se tensó ante la voz proveniente de su espalda; en lo más hondo de su alma sintió tristeza ante la pérdida y la agonía de su voz al pronunciar a su madre.
Némesis, en algún momento de su vida, anheló recordar; saber lo que se siente el calor de una madre y un padre dándote el más puro de los amores. Con el pasar de los años y de las lunas ese anhelo fue borrado de su interior; tuvo que hacerse fuerte para defender y preservar al pueblo en ruinas que la cobijó con cariño.
No respondió nada ante la confesión de Magnus, tampoco se dio la vuelta para enfrentarlo. Era la primera vez en cuarenta años que tenía miedo de no poder controlarse a sí misma.
—Cuando estés preparada te seguiremos.
Sintió sus pasos alejándose; soltó el aire que no sabía que había contenido. Montó al precioso animal y lo condujo fuera de aquella ciudad que parecía de fantasía.
El camino transcurrió en silencio, uno muy incómodo. Podía sentir la mirada de todos aquellos extraños clavándose en su espalda. Los cuchicheos tampoco pasaban desapercibidos. Algunos la observaban con repulsión ante su vestimenta raída y sucia; otros, los más inteligentes, guardaban su distancia fijando su mirada llena de miedo en ella. Si bien su olor corporal correspondía a un omega, cosa que ella se encargaba de mantener a cada segundo del día, debajo de su piel algo antiguo y poderoso se retorcía luchando por salir. Aquellos, los más astutos, le hacían caso al instinto y no se acercaban sin saber a qué se debía ese sentimiento de alarma hacia ella.
—Estamos cerca.
Habló por lo bajo, aunque no pronunció nombre alguno. Magnus colocó su montura siguiendo el paso de la hermosa Laya.
—Cuéntame de tu pueblo, ¿hay muchos niños?
El rostro de Némesis se ensombreció; en los ojos del Alfa pudo ver el sincero interés, y que aquella pregunta no había sido hecha con malicia; sin embargo, no pudo evitar la ira que la invadió.
—No hay ninguno.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Los adultos hicimos un juramento: nadie traería niños al mundo. No sufrir el hambre y la desolación que vivimos.
—¿Acaso no quieren encontrar a su alma gemela?
Lo miró con la estupefacción tatuada en el rostro. Magnus también la estaba observando con la misma curiosidad que un niño pequeño. Sus orbes brillaban de tal forma que las llamas parecían bailar dentro de estos.
—Somos una manada de omegas, menos que omegas. Una manada con apenas una pizca de sangre licántropa en nuestras venas; sabes que no existe eso de las almas gemelas en personas como nosotros, que ni siquiera somos el último eslabón de la jerarquía. Simplemente no pertenecemos a ella.
Frunció el ceño.
—No se necesita ser descendiente de un andrógino, un Alfa puro, ni tan siquiera un Beta para tener un alma gemela. El amor también existe para aquellos seres que ya vienen completos, y esa es la mejor parte. No hay ningún vínculo, ningún mandato divino que te dicte quién es para ti; es una elección por parte de ambos, elegirse sin tener una atadura por parte del destino que te diga a quién tienes que amar.
Némesis le sonrió con sarcasmo.
—Un gran discurso para alguien que nos abandonó por no ser suficientemente importantes para él.
El dolor cruzó su rostro, deformando aquellas facciones hermosas. Némesis creyó sentir una punzada en su corazón; no tuvo tiempo para analizar lo sucedido cuando la voz de uno de los guardias de la realeza gritó por lo alto:
—Hemos llegado.
Instintivamente la cabeza de Némesis se giró hacia el frente y lo que vieron sus ojos rosas la destrozó completamente: frente a ella no había más que muerte y devastación.
Nemesis.Mientras caminaba por las calles, que poco a poco se iban vaciando, no pudo evitar pensar en la promesa que acababa de hacer.El peso alojado en su alma, un peso que no se iria hasta que cumpliera su palabra.Estaba tan perdida en sus pensamientos, tan presa del dolor, que no sintio la llegada de Magnus hasta que este la abrazo.No se resistio al contacto, por contrario, undio su cara en el pecho masculino, saboreando el aroma que entraba a sus pulmones. No se dio cuenta de que lloraba hasta que las lagrimas empaparon la camisa de su compañero.—Tanto dolor a lo largo de tu existencia, tanta pérdida y tanto misterio. Mi valiente compañera, si hay alguien en este mundo que se merece la felicidad, esa eres tú.Un sollozo lastimero le partió la garganta, esas palabras eran una de las más hermosas que había recibido. Sí se merecía la felicidad o no, no podía cuestionarlo, siquiera pensarlo, su destino ya estaba marcado, con ese mismo destino arrastraba a otros a la miseria.No q
Flor de la Luna.TRIGÉSIMO. Cada paso que daba hacia aquella casa era un pedazo de su corazón haciéndose añicos, al saber que tendría que hacer.Tomo varias respiraciones, intentando llenarse de un valor que realmente no tenia.¿Cómo le explicaría?, como le explicaría a aquella madre que su hijo probablemente no volvería, que jamás lo vería de nuevo, llevado por el deseo de tenerla. Llenándola de una culpa que no le pertenecía.Toco el frío del picaporte con los dedos, dando varias respiraciones antes de entrar.Abrió la puerta, encontrándose con todos aquellos rostros tan queridos. No pudo evitar que los orbes se le llenaran de lagrimas, cada mirada estupefacta estaba dirigida hacia ella, el aroma verdadero de su sangre.—Némesis.Mey fue la primera en hablar, no pudo dirigiré la mirada. No aún, no podía verla romperse frente a todos los espectadores.—¿Encontrarte a Sirio?.Había lagrimas contenidas en los orbes ancianos, Némesis carraspeo.—Hablaremos de eso en un momento. — Dirig
VIGÉSIMO NOVENO. 2Se quedaron unos segundos más allí, sin dirigirse la palabra.Simplemente mirando hacia el fuego, sintiendo lo que el otro atraves de un vínculo a medio completar.—Tenemos que comenzar a actuar, esta tarde recibimos la confirmación necesaria. El vendrá hacia aquí, no podemos defender a nuestra gente.Tenia toda la razón, serian un estorbo en la batalla, un punto débil que solo haría que perdieran. Los civiles no podían quedarse en aquellas tierras que ya no era seguras para ellos.—¿Hacia donde?.Clavó la mirada en Magnus, permitiéndose saborear su aroma. Deleitarse con la perfección de su rostro, todo el hacia que el corazón comenzará a latirle con fuerza.—La corte de los suspiros. Siempre tuvimos una buena relación con ellos, Clara conoce a muchos integrantes.Némesis recordó a la amiga de la susodicha, aquella mujer con orbes de niebla que la miraba como si conociera su secreto. No lo dudaba.—¿Cuándo?Pensó en Clara, en el estado en el que se encontraba. Enloq
VIGÉSIMO NOVENO. Llegaron a la corte de fuego envueltos en un silencio tenso, pensativo.Némesis camino hacia uno de los sofás del salón, sacudiendo una mano para volver a vestirse con normalidad.Dejando aquella ropa extravagante bien guardada.—Némesis…La voz de Magnus fue una caricia tierna que logró derretir parte de su corazón, no el suficiente para hacerla olvidar lo que estaba pasando.La razón por la que Sirio se había entrando al mal. Ella era la culpable por no poder darle lo que el tanto ansiaba.Clavó la mirada en el fuego de la chimenea, negándose a las lágrimas que querían bajar por su rostro. De nada valdrían sus lágrimas a estas alturas.Pensó en Mey, pensó la forma en la que le contaría lo que paso con su hijo, el hecho de que quizás no lo volvería a ver nunca más.El corazón le dio un vuelco adolorido.—No es tu culpa.Magnus se acercó, sentándose a su lado. Brindándole un calor que nadie más podría.Se inclino contra el, buscando que su fuego extinguiera el frío
VIGÉSIMO OCTAVO P2.Mentiría si dijera que no quiso lanzarse encima de la hembra de hielo, hacerla hablar a golpes o con aquel don que no le gustaba usar con nadie.Pero no podia hacerlo, tenia que interpretar un papel. El papel de una reina, la reina de todo.—Que grata sorpresa Magnus. – los orbes de Itaka viajaron a ella con rapidez. — ¿A qué debo el placer?.Mentiras, puras mentiras en sus palabras. Cada alma allí presente podía oler su aroma, saber lo que ella era, saber lo que eran entre sí.La mirada de Nemesis no dejó la de Alya en ningún momento, la penetro mandando una onda de poder para que acariciara aquel cuerpo.Una amenaza, o una demostración, lo que ella quiera ver primero.Sintió placer al ver como la hembra se sacudía estupefacta, clavando aquellos orbes de hielo en ella con el ceño fruncido. Aún en su trono, varios metros por encima de ella, la loba era menos, menos poderosa y con una posición mucho más decreciente que la suya.—He venido por tu hija, Itaka.El aga
VIGÈSIMO OCTAVO | •P1•Nunca se había ido de compras en la vida que recordaba, jamás había paseado por tiendas eligiendo ricas telas para confeccionar un hermoso atuendo, así que no sabia que ponerse, cuales colores combinaban mas con los otros.Se sintió mareada mirando aquella inmensidad de vestidos, zapatos y coronas. Deseo que Clara estuviese allí con ella, guiándola con su fino don en la moda.—Quiero que tu elijas mi atuendo.Luego de cinco minutos sin saber que hacer, Némesis clavo la mirada en Magnus. Amando el brillo que encendía sus orbes de fuego al oír sus palabras.Una sonrisa enorme surco sus labios, no supo si aquello era peligroso.—Estaba deseando que dijeras eso.Magnus sacudió una mano a su alrededor, en unos segundos ya se encontraba vestida, peinada y maquillada.Sintió la sedosidad de la tela que a envolvía, embelesada camino al espejo mirándose.No reconocía a la mujer que le devolvía la mirada, ataviada en un finísimo vestido carmesí donde un sinfín de brillos







