Omega Sin Cadenas

Omega Sin Cadenas

last updateLast Updated : 2026-09-14
By:  Renata CaglioniOngoing
Language: Spanish
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Durante seis años, Naya Cross sobrevivió en Blackthorn University fingiendo ser una Omega débil, obediente e invisible. Bajó la mirada, soportó humillaciones públicas y aprendió a sonreír mientras memorizaba las debilidades de todos los que la pisaban. Nadie debía descubrir la verdad: Naya no es una Omega común. Es algo mucho más antiguo, peligroso y codiciado. Caden Blackthorn, el joven Alfa de la manada, comete el error que todos notan: la mira cuando no debería. Su prometida, Sierra Vane, entiende al instante que esa mirada puede destruirlo todo. Cuando Naya es asignada al despacho del Alfa, la tensión entre ambos deja de ser un secreto cómodo y se convierte en amenaza. Caden sabe más de lo que dice. Vio el poder que Naya liberó en el callejón, sabe que el Consejo de Rangos la busca y admite que su cercanía nunca fue casualidad. Entre deseo prohibido, celos, secretos de sangre y una protección que se parece demasiado al control, Naya deberá decidir si el Alfa que representa su jaula puede ser también el único capaz de ayudarla a romperla.

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Chapter 1

1. La Omega que el Alfa no debió oler

El tercer balde de agua sucia me cayó encima antes de las seis de la mañana, y nadie en el laboratorio tuvo la decencia de fingir que había sido un accidente.

Renn Holt sostuvo el asa vacía con una sonrisa demasiado tranquila. Era Beta de segundo año, heredero de un apellido que pronunciaba como si fuera una corona, y tenía esa clase de seguridad que solo nace cuando el mundo lleva demasiado tiempo confirmándote que las consecuencias son para otros.

El agua helada me bajó por la nuca, se metió bajo la tela gris del uniforme y terminó formando un charco alrededor de mis rodillas. Olía a cloro, polvo y la humillación barata que Blackthorn University repartía con tanta naturalidad como los horarios de clase.

Alguien rió detrás de Renn.

—Se te quedó una parte seca —dijo uno de sus amigos.

Conté hasta tres. Respiré. Volví a pasar el trapo por las baldosas.

Los tres se quedaron esperando algo más. Esa era la parte que casi siempre interesaba de la crueldad: no bastaba con hacerte daño. Necesitaban verte entender que podían hacerlo. Una súplica, una mirada equivocada, un temblor. Cualquier cosa que confirmara el lugar que habían decidido para ti.

Yo llevaba seis años aprendiendo a no regalarles nada.

—Limpia el pasillo del fondo también —ordenó Renn—. Hay algo que no huele bien.

No levanté la cabeza.

—Sí.

Una sola sílaba. Plana. Correcta.

Mi rabia, en cambio, no tenía nada de correcta.

Se me instaló detrás de las costillas con una claridad casi agradable. Por un instante imaginé la rodilla defectuosa de Renn doblándose en el ángulo preciso. Sabía que tenía una lesión vieja en el tobillo derecho, que cargaba demasiado peso hacia la izquierda al girar y que necesitaba medio segundo más que un Beta sano para recuperar el equilibrio. También sabía cuál de sus amigos se reía tarde porque primero comprobaba si Renn esperaba que lo hiciera.

Todo el mundo tenía debilidades.

Los Betas solo no habían aprendido que una Omega silenciosa era un lugar excelente para recopilarlas.

Renn dejó caer el balde junto a mí y se marchó con los otros dos. El golpe metálico reverberó por el laboratorio.

Esperé hasta que la puerta se cerró.

Entonces mis dedos se hundieron en el trapo.

La botella de reactivo que estaba sobre la mesa de preparación vibró.

Solo una vez.

La miré.

El vidrio volvió a quedarse inmóvil.

—No —murmuré.

No sabía si se lo decía a la botella, a mi loba o a esa parte de mí que llevaba cada vez peor fingir que no existía.

Solté el trapo despacio.

La botella estalló por dentro.

No hubo fuego. Ni cristales volando. Solo un chasquido seco y una grieta blanca recorriendo el recipiente de arriba abajo.

Me quedé quieta.

Seis años.

Seis años regulando la respiración, bajando los tiempos, perdiendo peleas antes de que empezaran, ocultando fuerza, vista, oído, instinto. Seis años construyendo una versión de Naya Cross que nadie necesitara vigilar.

Y esa mañana una botella había decidido recordarme que la máscara empezaba a quedarme pequeña.

Limpié el vidrio antes de que alguien regresara.

* * *

A las siete cincuenta estaba en el patio central para la convocatoria de inicio de jornada. Blackthorn ordenaba incluso a las personas cuando las reunía: Alfas y Betas cerca del estrado, Gammas y Deltas detrás, Epsilons y Zetas en los laterales, Omegas contra la pared de piedra del fondo.

Yo ocupé mi sitio habitual, entre la tercera y la cuarta columna.

Desde allí podía ver casi todo sin ser vista con facilidad.

Petra Quinn llegó a mi lado con dos vasos de café y me ofreció uno sin mirarme.

—Hueles a piscina municipal.

—Buenos días a ti también.

—Renn.

No era una pregunta.

Tomé el café.

—Tercer balde.

Petra giró la cabeza.

—¿Tercero esta semana?

—Tercero hoy.

—Naya.

—Sigo teniendo un expediente disciplinario limpio. Él no.

—Eso no es consuelo.

—No intentaba consolarte.

Petra hizo el ruido irritado que reservaba para cuando yo tenía razón de una forma que no le gustaba. Después se acercó un poco más y bajó la voz.

—Algún día vas a dejar que alguien te ayude antes de que la ayuda sea recoger pedazos.

No contesté.

Knox Mercer comenzó a leer las asignaciones de servicio desde el podio. Laboratorio norte. Cocina. Archivo menor. Lavandería. Jardines. Cuando dijo mi nombre, recibí exactamente lo que esperaba.

—Naya Cross. Laboratorio norte, segundo turno. Apoyo de archivo los jueves.

Nada cambió en el patio.

Perfecto.

Invisibilidad confirmada por escrito.

Guardé el dato y bebí café.

Entonces el aire cambió.

No necesitaba verlo para saber que un Alfa había entrado al patio. Cientos de cuerpos reaccionaron antes de que nadie pronunciara su nombre: espaldas más rectas, conversaciones cortadas, ojos al frente. Mi propia cabeza quiso inclinarse por reflejo.

La mantuve quieta un segundo más de lo prudente.

Caden Blackthorn cruzó el arco norte acompañado por Knox, que había abandonado el podio para ir a recibirlo. Tenía veintitrés años, tres más que yo, pero el peso del apellido Blackthorn le añadía algo que no era edad. Llevaba ropa oscura sin insignias innecesarias y un anillo negro en la mano derecha, demasiado sobrio para ser decorativo.

No era la primera vez que lo veía.

Sí era la primera vez que estaba tan cerca.

Había pasado junto a él en corredores. Lo había observado desde el fondo de ceremonias. Sabía cómo caminaba, cómo los demás se apartaban antes de que él pidiera espacio, cómo el silencio se acomodaba a su alrededor.

Nada de eso me preparó para el olor.

Me alcanzó cuando todavía estaba a varios metros.

Bosque húmedo. Madera oscura. Algo más cálido debajo, imposible de separar del latido que me golpeó la garganta.

Mi loba se levantó dentro de mí.

No despacio.

No con la cautela que había usado durante seis años.

Se puso de pie de golpe.

El vaso de café tembló entre mis dedos.

Caden se detuvo.

El movimiento fue tan brusco que Knox dio dos pasos antes de darse cuenta de que el Alfa ya no caminaba a su lado.

Yo dejé de respirar.

Caden giró la cabeza.

No barrió el patio. No buscó entre cientos de personas.

Me encontró.

La distancia entre nosotros era demasiado grande para que una mirada pesara de aquella manera. Sus ojos, ámbar oscuro, se clavaron en los míos y algo primitivo empujó desde el fondo de mi pecho con una fuerza que me hizo apretar los dientes.

Mi loba no quería bajar la cabeza.

Quería acercarse.

Eso era peor.

Caden inhaló.

Vi el instante exacto en que perdió el control de su expresión.

Fue mínimo: sus pupilas ensanchándose, los hombros endureciéndose, la mano derecha cerrándose sobre el anillo negro. Pero yo llevaba media vida sobreviviendo gracias a detalles que otros no veían.

Aquello no era curiosidad.

Era reconocimiento.

Knox dijo algo a su lado. Caden no respondió.

El patio seguía existiendo, pero yo apenas lo sentía. El ruido se había hundido bajo el golpe de mi sangre y la presencia de mi loba, despierta como nunca.

Caden dio un paso hacia mí.

Después otro.

Se detuvo antes de cruzar la mitad del patio, como si de pronto hubiera recordado que había doscientas personas alrededor.

Su mandíbula se endureció. La mano del anillo volvió a cerrarse.

Yo debería haber bajado la mirada.

No pude.

Entonces sus labios se movieron.

La palabra salió tan baja que nadie a mi alrededor pareció escucharla.

Yo sí.

—Mate.

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