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2. Reglas en el Penthouse

Autor: Némesis
last update Fecha de publicación: 2023-12-20 00:15:26

Despierto y los rayos de sol que se filtran por los enormes ventanales me indican que ya son las diez de la mañana.

¡Dios! No lo puedo creer. Me siento como una vagabunda y detesto la inactividad. Ya llevo una semana refugiada en este lugar y la sensación de ser una mantenida empieza a pesarme en el pecho. Hoy mismo hablaré con Ethan; necesito trabajar, sentirme útil y, sobre todo, contribuir de alguna manera a los gastos de este hogar que me ha abierto las puertas.

La señora Ana, esa mujer de gestos dulces que es a la vez ama de llaves y nana, ya tiene el desayuno listo. Me doy una ducha rápida, sintiendo el agua caliente relajar mis músculos, y bajo al comedor. Este departamento es sencillamente inmenso; solo pensar en que cuenta con tres habitaciones, cada una con su propio baño de mármol, me da dolor de cabeza. Gracias a Dios no soy la única encargada de mantener impecable un lugar de estas dimensiones.

A la hora del almuerzo, el eco del timbre resuena en las paredes altas, seguido de un murmullo de voces. Son las chicas de la limpieza; han llegado tarde y la señora Ana las está reprendiendo con firmeza.

Como me encuentro en la habitación de Ethan, puedo oír todo con total claridad; están justo en la entrada del pasillo y la puerta de la habitación ha quedado ligeramente entreabierta.

—D'Angelo no estará nada feliz de que hayan llegado tarde; ustedes conocen perfectamente a qué hora empieza su jornada laboral —les recrimina Ana con tono severo.

—Bueno, fue él mismo quien nos sugirió venir solo una vez a la semana —responde una de ellas con un deje de insolencia.

—Exactamente, pero eso no justifica la impuntualidad. A ninguno de los señores les agrada que les hagan perder el tiempo.

—Vamos, no creo que te atrevas a ir con el chisme a los jefes —suelta la otra voz con arrogancia.

Me quedo helada tras la puerta. ¿Quiénes se creen estas mujeres para hablarle así a la señora Ana? Por su edad, ella podría ser fácilmente la madre de cualquiera de las dos.

—Si no obedecen las órdenes, me veré obligada a informar sobre su bajo rendimiento laboral —sentencia Ana.

—De acuerdo, de todas maneras, alguna de nosotras puede darle "un poco de cariño" al jefe y seguro que se le olvida la molestia en un segundo.

La indignación me recorre el cuerpo. No las conozco de nada y ya me parecen detestables. ¿Cómo se atreven a insinuarle a Ana que Ethan aceptaría favores sexuales a cambio de no despedirlas? No voy a permitir que le hablen así a la mujer que me cuida con tanto cariño.

Decidida, opto por salir y poner las cosas en su sitio. El roce de mis pies contra el suelo pulido anuncia mi llegada.

—¿Todo bien por aquí, Ana?

—Sí, mi niña —me responde ella con una sonrisa tierna. Es incapaz de dejar de llamarme así; lo hace desde el primer día y ya me he acostumbrado a la calidez de sus palabras.

—Está bien, yo me encargo de esto, gracias —le digo mientras ella se retira hacia la cocina con un gesto de alivio—. Presumo que ustedes son las encargadas del mantenimiento —añado, clavando la vista en las dos chicas. No deben pasar de los veinticinco años, pero su actitud es de una madurez mal encaminada.

—¿Y tú quién eres? ¿También te han contratado? —me espeta una de ellas. Melanie, según reza la plaquita en su pecho. Me escanea de arriba abajo con una mirada cargada de veneno, intentando intimidarme.

—No, y eso no es de su incumbencia —respondo con voz gélida—. Sin embargo, a partir de ahora, seré yo quien les dé las instrucciones: la hora de llegada es a las ocho en punto; el trabajo debe estar terminado para el mediodía, porque no quiero que sigan aquí cuando Ethan llegue a almorzar. Vendrán solo los miércoles, a menos que yo solicite un día distinto, y las habitaciones se limpiarán únicamente bajo mi supervisión o la de Ana. ¿Ha quedado claro?

No pretendo ser una persona insensible, pero me resulta repulsivo verlas comportarse como gatas en celo en su lugar de trabajo, insinuando relaciones con el propietario.

—¿Y qué te da derecho a creerte la señora de esta casa? —me desafía Melanie con una mueca de desprecio—. Eres guapa, sí, pero seguramente solo eres un revolcón más de los señores y ya te crees la dueña de todo.

Tonta. Si supiera...

—¡Mi reina, ya he llegado! —la voz potente y masculina de Ethan resuena en la estancia, cortando la tensión como un cuchillo.

Siento que una sonrisa se me escapa sin querer. En el poco tiempo que llevo aquí, he desarrollado un afecto profundo por este hombre; su presencia me calma y me aterra a partes iguales por lo mucho que me estoy habituando a él.

Lo que no esperaba era que ese par de mujeres salieran disparadas a su encuentro, como si él fuera el esposo de ambas. Qué payasas. Estoy segura de que Ethan o su amigo debieron tener algún desliz con esa tal Melanie en el pasado, y ahora ella se siente con el derecho de actuar como le plazca.

Sintiéndome fuera de lugar, me retiro a mi habitación. Quizás duerma otro poco; no tengo nada que hacer y, en realidad, tampoco tengo derecho a reclamar. Es su hogar y él es libre de acostarse con quien desee; es mi amigo y solo quiero que sea feliz.

Me recuesto en la cama, cerrando los ojos para ignorar el nudo en mi garganta, cuando escucho las voces en el pasillo.

—Buenas tardes, señor Ethan, llegó muy temprano. ¿Gusta que le traiga una copa de vino? —la voz de Melanie suena ahora dulce y servil, casi empalagosa.

—Hola, Melanie. No, gracias. ¿Y la reina de esta casa? ¿Todavía duerme?

La puerta de mi habitación se abre con un suave chirrido. Permanezco de espaldas, fingiendo un descanso que no tengo. Siento cómo el colchón se hunde cuando él se acuesta a mi lado. El calor de su cuerpo me envuelve antes de que me deposite un beso tierno en la mejilla.

—Despierta, dormilona —me susurra al oído.

Me es imposible seguir fingiendo; además, a mí me cuesta muy poco conciliar el sueño y él lo sabe. Me giro lentamente y lo rodeo con mis brazos, escondiendo el rostro en su cuello.

—Hola... No estaba dormida, me acosté hace apenas un momento. Como ya tenías quien te atendiera afuera, no creí que fuera necesario que saliera yo también.

—¿Acaso escucho celos en esa voz? —pregunta él con una chispa de diversión en los ojos.

—Para nada, solo que no quería interrumpir —miento descaradamente.

—Tú nunca podrías molestarme, Diana. Vamos, arriba; tengo un hambre atroz y no pienso comer solo.

Intento protestar diciendo que no quiero levantarme, pero Ethan no acepta un no por respuesta. En un movimiento rápido, me arrebata las cobijas y, antes de que pueda reaccionar, me carga sobre su hombro como si fuera un costal de papas. Suelto un chillido de sorpresa cuando, al entrar en la cocina, me da un pequeño mordisco en la nalga.

—¡Ay, caníbal! ¡No me muerdas!

—Eso no decías anoche... —suelta con una sonrisa ladeada. Siento que la sangre se me sube a las mejillas y que mi cara debe de estar roja como un tomate—. Te ves hermosa cuando te sonrojas.

—¡Estúpido! ¿Qué va a pensar Ana de mí? —susurro avergonzada.

—Yo no pienso nada, mi niña —interviene Ana con una risita, sin dejar de remover lo que hay en los fogones—. Disfruten su juventud, que vuela. Ya está la comida, hijito. La niña Diana quería pasticho y ya está listo; en unos minutos les sirvo la mesa.

Ethan le agradece con un gesto cariñoso, saca una cerveza fría de la nevera y, con una destreza que me sorprende, me prepara un café instantáneo en la máquina. Acepto la taza, agradecida por el aroma que inunda mis sentidos, y nos dirigimos al comedor.

Termino mi café y vuelvo a la cocina para ayudar a Ana. Servimos las porciones de pasticho, humeantes y doradas; tomo la cerveza para Ethan y un jugo de manzana para mí. Mientras Ana empuja el carrito hacia la mesa, noto la escena en el salón: Melanie está hecha un mar de lágrimas y la otra, Susy, mantiene la vista clavada en el suelo con sumisión.

—... Su palabra es ley en esta casa y a la que no le guste, puede irse por donde vino —alcanzo a oír a Ethan, cuya voz ha recuperado ese tono autoritario que usa en los negocios—. ¿Ha quedado claro? Así que, a trabajar.

—Sí, señor —responden ambas al unísono antes de desaparecer de nuestra vista como sombras.

—Al fin —suspira Ethan, relajando los hombros—. Me tomé unas horas libres solo para estar con mis mujeres antes de tener que regresar a la oficina.

Nos sentamos a comer en un silencio confortable. Cuando terminamos, decido que es el momento de abordar el tema.

—Y hablando de trabajo, Ethan... quería decirte que quiero trabajar. Necesito hacerlo, necesito sentir que hago algo productivo.

—No es necesario que trabajes, Diana; ya te dije que aquí no te va a faltar absolutamente nada —me responde con una seriedad que me pone los pelos de punta.

—No quiero ser una mantenida. Te voy a devolver cada centavo que has gastado en mí en cuanto tenga un sueldo, lo prometo. Además, quiero buscar un lugar propio; no quiero que tu amigo llegue y me encuentre aquí como una aprovechada.

Aún no conozco a su socio. Ethan me ha dicho que son como hermanos, pero es muy reservado con su vida personal para evitar escándalos en los medios. Desconozco su verdadera posición social, aunque el lujo de este penthouse habla por sí solo.

—Tú no eres ninguna aprovechada y tu estancia aquí ya está más que hablada con él —dice, suavizando un poco el tono—. Pero está bien, si tantas ganas tienes de trabajar, tengo el puesto ideal para ti.

—¿En serio? ¡Gracias, gracias! —Me lanzo a sus piernas y lo abrazo con entusiasmo—. ¿De qué se trata? Puedo ayudar con el mantenimiento en tu empresa si hay alguna vacante.

—Ni lo sueñes —responde él con una carcajada—. Ninguna amiga mía va a trabajar de obrera mientras yo sea el dueño. Tengo un puesto mucho mejor, pero eso lo discutiremos mañana en una reunión laboral como es debido.

—Está bien, está bien... acepto el trato.

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