FAZER LOGINCarraspeó antes de hablar.
―Quisiera una cita urgente con la doctora Moran ―indicó sin saludar, ni ser cortes.
Salió del parqueadero como una loca, manejando con más velocidad de la requerida. Sintió una leve gota de sudor caer de su frente, resbalando por su rostro hasta caer en su escote.
Su entrepierna palpitó sin que entendiera qué le pasaba, por qué estaba tan caliente, por qué su cuerpo estaba excitado.
Tragó saliva.
―La doctora Moran está de vacaciones ―indicó la señorita―. Pero puedo agendarle una cita con el doctor Moran.
Lena lo pensó por un rato, no quería que un hombre la tocara, sería vergonzoso, no quería decirle a un tipo que estaba caliente día, tarde y noche.
Sacudió la cabeza, sabiendo que no tenía muchas opciones. ―Está bien, hágame la cita.
―Estupendo, páseme sus datos. Él tiene libre a las ocho y media. ¿Es capaz de llegar? ―consultó la señorita, intrigada, aguardando.
―Sí, llego a esa hora ―exclamó Lena agradecida, para después proceder a dar sus datos y así terminar con la llamada.
Condujo los diez minutos hasta la clínica, llegando con cinco minutos de diferencia.
Ni siquiera cuando iba tarde a una prueba se tardaba tan poco.
Estacionó el vehículo, sonrojada, con una fina capa de sudor cubriendo su rostro y parte del escote.
Suspiró agradecida de estar a las puertas de la clínica, segura de que le harían las pruebas necesarias, le darían algo para acabar con los inconvenientes y salir del apuro en el que se encontraba.
Inspiró hondo y salió del coche agarrando sus cosas, más tranquila que antes, hasta que vio hacia abajo y miró dos círculos mojados en su vestido.
Se paralizó. Eran más grandes todavía que los que tenía en su pijama, además, sentía la imperiosa necesidad de tocarse, de masturbarse enfrente de todos hasta acabar. Sus bragas estaban empapadas con su esencia y podía sentir el olor suave, dulce y almizclado de su excitación. Era un aroma frutal que ella reconocía a la perfección.
Se mordió los labios, afligida por el comportamiento irracional de su cuerpo.
Desesperada, se cubrió los pechos con el cardigán, esperando que la humedad no traspasara la tela.
Con un bufido molesto, y la sensación de que, en cualquier momento, con el mínimo roce, estallaría en un orgasmo espectacular, sabiendo que todo su cuerpo clamaba por ser llenado, por sentir a un hombre corrompiendo su cavidad.
Entró a la clínica y con rapidez se acercó a la señorita de recepción avisándole quién era y la cita que tenía en cuestión de minutos.
―Por supuesto, señorita Hans. El doctor Moran la está esperando ―apuntó la gentil enfermera que procedió a darle indicaciones para llegar al consultorio donde la atenderían.
Con un breve agradecimiento, dejó la recepción y procedió a internarse por el pasillo de la derecha, llegando hasta el último consultorio.
Inspiró hondo y llamó a la puerta con los nudillos, tocando dos veces.
―Adelante ―respondió una voz varonil, grave, profunda, una voz que hizo que su centro se estremeciera y que tuviera que morderse el labio inferior para no gemir.
Se sacudió. Estaba demasiado excitada. Solo esperaba que el doctor Moran fuera un hombre mayor, con el cabello entrecano, con un bigote largo y abundante ―no le gustaban los bigotes―, que fuera pequeño y, sobre todo, que no le importara observarla, que la viera como un paciente más.
Infundiéndose de fuerzas, tomó el pomo y lo giró, abriendo la puerta. Dio un paso dentro del consultorio y la imagen de un hombre alto, fuerte, con la espalda amplia y los hombros anchos, de cabello oscuro, piel clara y mirada celeste, la impactó con fuerza. Su cuerpo entero se estremeció, su corazón se detuvo ante la belleza de ese rostro masculino. El doctor Moran no era un viejo, de hecho, era más joven que la doctora Moran. Quizás era su hijo… un hijo adulto, como de unos treinta y tantos años.
Las bragas se le mojaron del todo, su corazón se agitó con más fuerza, sus pezones se endurecieron y tuvo que relamerse los labios para humectarlos.
Carraspeó.
―Siéntese, señorita Hans ―indicó el doctor, hablando con un tono erótico, repasando el cuerpo curvilíneo, de piernas torneadas, de glúteos respingados y grandes, de cintura pequeña, de senos grandes, turgentes y llenos de leche… El doctor llegó a los ojos grandes y expresivos de Lena, esos ojos con iris del color de la avellana, pestañas largas y oscuras, y la perfecta forma de almendra.
Su nariz respingada y pequeña se movió y el hombre entrevió las pequeñas pecas que coronaban el puente y las mejillas sonrojadas de aquella chica que de inmediato lo hizo sentir atraído, sobre todo, por su boca entreabierta de labios mullidos y rojos. Tenía la piel morena clara, y el cabello oscuro. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron esos senos grandes que se estaba cubriendo con sus manos. Se reacomodó para sentarse mejor en la silla, para que la media erección no fuera notoria y, sobre todo, para que sus pantalones no le molestaren.
La observó sentarse enfrente y su boca salivó al entrever el escote de Lena, imaginando las mil posibilidades con esas tetas carnosas que quería saborear.
Lena se sentó incómoda, los ojos celestes del doctor no dejaban de observar sus senos y temió que en cualquier momento descubriría los grandes círculos mojados de leche sobre sus pezones erguidos.
Además, como si eso no fuera suficiente, tenía las bragas tan mojadas que iban a traspasar la tela del vestido al sentarse.
―¿Qué la trae a consulta, señorita Hans? ―preguntó Moran, sacudiendo ligeramente la cabeza para concentrarse y quitar los ojos de ese par de tetas que quería amasar.
Bajó los ojos al expediente que la enfermera le llevó minutos atrás y lo hojeó.
Lena carraspeó agobiada.
Sacudí la cabeza y saqué la botella para «Dragonston», tiré la leche anterior al fregadero, lavé el recipiente, incómoda por su mirada fija en mi culo. Sequé el recipiente y saqué una bolsa de mi leche que almacenaba para imprevistos como ese, cuando no llenaba las botellas por completo y tenía que hacer uso de algunas estratagemas para cumplir con mi labor.Sus pupilas no me abandonaron en ningún momento, ni cuando calenté la leche para que estuviera a la temperatura correcta, ni cuando rellené el frasco hasta la misma línea que verifiqué antes de tirar la anterior.Me sobró un poco de leche, me acerqué al fregadero para tirarla, pero la mano de Gonzo me detuvo.―Yo me la puedo beber.Me arrebató la leche sobrante y, sin inmutarse ni quitar los ojos de los míos, se bebió el resto. Se relamió al terminar y gimió de placer.―¿Sabes?, hasta ahora he entendido por qué los clientes están tan locos contigo… Eres deliciosa, Lorena.Sonrió, una sonrisa grande, bonita y delicada, nada que ver
―Vamos, vaquita, cabalga a este toro que tiene lechita para ti ―se burló de mí.A horcajadas una vez más, me puse a disposición de su dureza que no dudó en entrarse por mi canal trasero y reventarme con penetraciones potentes que torcieron mis ojos, abrieron mis labios y me hicieron sonreír como una degenerada.Su pene se engrosó y agrandó al sentir mi trasero.―¡Sabía que tu culo sería delicioso!Su expresión se modificó, así como antes, sus ojos se oscurecieron, sus dientes rechinaron, su ceño se frunció, y ante mi horror, se salió y se metió en mi vagina una vez más. La sensibilidad en mis paredes hizo que un grito saliese de lo más hondo de mi ser.Me tomó las tetas, las apretó con furia, enterró sus dedos en mi carne y me instigó para montarlo como una buena vaca.Se lactó de mis pechos, mordisqueó mis pezones y bajó las manos a mi culo para abrirme y meterme dos dedos por detrás, salvaje, con furia, con una clase de perversión que no pude manejar.―¡Mierda, no me canso de tu coñ
Chillé y negué con la cabeza, con un ojo cerrado a causa del dolor y el otro abierto. Sonrió y soltó mi botón moreno para lamerlo y volverlo a meter a su boca para saciarse con mi leche que no dejó de salir y le empapó su níveo cuello y pecho. No pareció importarle, al contrario, su alegría y excitación fueron contagiosas.―¿Me dejarías hacerlo otra vez? ―preguntó con curiosidad, con esa mirada brillante capaz de desarmar una bomba―. ¿Podrías amamantarme hasta que me harte de tus tetas?―¿Qué? ¡No!Jadeé gracias a que volvió al ataque.Sonrió y llevó una mano a mi ubre para apretarla y que saliera más leche, como si necesitara tal estímulo. Un rayo me atravesó cuando me movió más cerca de su cuerpo, cuando su latente erección salió a flote, me abrió los labios vaginales y juntó mis pechos para tratar de succionar ambos pezones.Negué con la cabeza y lo amonesté para que se estuviera tranquilo y me vaciara de una vez en lugar de pasar mis pezones por toda su carita de muñequito.Y sigu
―¡Ya era hora! ―exclamé por lo bajito.Negué con la cabeza. No, no podía enojarme con Gonzo, él no tenía la culpa de nada, mucho menos de la mañanita que llevaba, todo por culpa de un imbécil.Abrí la puerta y lo dejé entrar.―¿Cómo estás, Gonzo? ―pregunté y, descalza, caminé hacia la isla donde dejé el paquete con todo preparado.―Ya sabes ―respondió y encogió los hombros.Asentí.Gonzo… Aun recordaba la forma en la que lo encontré hacía unos meses atrás, cuando todavía me prostituía. Estaba delgadísimo, ojeroso, con la piel cetrina y el cabello deslavado. No quedaba nada de ese chico… por suerte. Mientras a mí me protegía la madame de la «casa de citas», Gonzo vendía su cuerpo por unas monedas. Me rompió el corazón ver al chiquillo, al que más de una vez cuidé, trabajando en complacer a hombres sin prejuicios por tan poco.Y cuando creé el sitio web, no dudé en proponerle convertirse en mi repartidor. No tenía mucho por ofrecerle, pero era mejor tener algo que seguir viviendo en tan
―Quiero correrme para ti. Quiero que veas cuando mi mente se queda en blanco, cuando mi cuerpo es pulverizado con el orgasmo y me convierto en una supernova.Presioné mi pecho, las gotas de leche siguieron saliendo, pero, al apretarme, un chorro de leche se disparó al frente y un estremecimiento capturó mi sexo húmedo.Me solté. Mis manos vibraron al alejarlas de mi cuerpo, pese a que estaba segura de que, si llevaba mis dedos hacia mi clítoris, con solo un ligero roce, acabaría.―Deja que esta maldita vaquita termine. ¡Por favor! Con solo imaginarte, con solo tenerte en mente, me he desequilibrado. ¡Estoy tan mojadita!Separé las rodillas y le mostré mi sexo sonrojado, mis pliegues morenos se abrieron y mis labios violáceos, húmedos e hinchados captaron la atención de mis pupilas.Brillé. Mis muslos escurrieron excitación, mi centro pulsó, mi pequeño agujero se contrajo con ardor y todo mi cuerpo tembló.―¿Ves cómo me tienes? Tengo las ubres llenas, ya no puedo más. Si me toco… ―Y er
Meses después, podía darme el lujo de rechazar algunas peticiones, de manejar mis horarios para ir a la universidad, logré cambiarme del pequeño y mugroso cuartucho donde viví durante demasiado tiempo.Aún tenía problemas con la logística. Ir entre clases con el móvil en la mano para revisar cuántas grabaciones debía hacer en el día, sacar tiempo para volver al departamento y fingir como si no estuviera usando mi hora del almuerzo para grabar un vídeo pornográfico en el que me saco la leche de las tetas mientras me masturbo con los dedos o con algún objeto ingenioso, no es un trabajo sencillo, no en realidad.De cualquier manera, prefería mil veces tener las extrañas peticiones, que me sacaran de quicio, que solo incitaran mis senos sin que pudiera descargarme, en lugar de vivir bajo un puente o tener que prostituirme a cambio de unos pocos billetes.Sí, era mucho mejor cumplir una solicitud estúpida, realizada con el objetivo de sofocarme con el ardor de mi libido.Asentí con decisió







