Share

4. Tu...

Author: Tiur Writer
last update publish date: 2026-05-25 01:38:09

Capítulo 4. "Tú lo provocaste, pequeña"

Con una lentitud tortuosa, volvió a deslizar su mano derecha hacia el centro de la entrepierna, hacia ese lugar prohibido que ya antes había tocado, pero que ahora quería poseer.

A ese lugar donde supuestamente estaba el deshonor de Sebastián.

Esta vez no metió la mano, su propio cuerpo se lo impedía, pero logró rozar con la palma de ella la fina tela de ese pantalón y de inmediato, un jadeo ahogado escapó de los labios de Sebastian.

No fue un sonido que ella hubiera escuchado antes en un hombre... ni siquiera en su prometido Julián cuando estaban besándose en la intimidad de un salón, o cuando lo vio haciéndole el amor a su mejor amiga... ni siquiera en ese momento Julián reaccionó igual.

Este sonido era una mezcla de agonía y placer puro... salvaje.

Y lo que ella encontró no fue la "ausencia o el deshonor" del que Julián se mofaba con tanta crueldad en los clubes de caballeros y cuando estaba junto a ella.

 Victoria bajó sus dedos, para sentir nuevamente aquella dureza impresionante, aquella presencia viril que crecía y palpitaba ante su toque, desafiando cualquier rumor de impotencia que existiera sobre ese hombre...

Lo que encontró fue una columna de hierro puro, que parecía emanar fuego y querer romper las costuras que lo encerraban dentro de ese pantalón.

La realidad física de aquel hombre era abrumadora, una fuerza de la naturaleza que Julián había intentado menospreciar por pura envidia.

Sebastian no se quería quedar atrás ofreciéndole placer y cuando el corsé se abrió ofreciéndole sus pechos virginales, sus labios se apoderaron de ellos. Victoria ahogó un grito de sorpresa que se transformó en una sonrisa triunfal por parte de él.

Ella estaba ebria sí... pero también estaba llena de deseo, llena de una pasión no correspondida... y feliz al comprobar que el idiota de Julián Sevilla se moriría al corroborar esta verdad.

La satisfacción de la venganza se mezcló con un descubrimiento sensual que la dejó sin aliento cuando uno de sus pezones quedó al descubierto.

- Mentiroso... – jadeó cuando sus labios se separaron.

Apretando ligeramente los dedos para confirmar que lo que sentía era real, que no era una alucinación producto del alcohol.

- Julián es un maldito mentiroso. No hay nada de "inútil" en ti Sebastian – le dijo con una inocencia que estaba lejos de sentir, ya que sus ojos narraban una historia mucho más pecaminosa.

Sebastián echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos con fuerza mientras sus manos se aferraban a los apoyabrazos de cuero con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

El esfuerzo por mantener la compostura le estaba comenzando a pasar factura. En su mente no podía hacer otra cosa que contar hasta cien, antes de lanzarse nuevamente sobre ella y deshonrarla en ese mismísimo lugar.

Podía sentir el rastro de calor que dejaba la mano de Victoria cuando recorría su cuerpo, una caricia que estaba quemando siglos de linaje y autocontrol... pero él la quería en su cama... era algo que había soñado por mucho tiempo.

- Basta, Victoria... – gruñó él, aunque su cuerpo se arqueaba hacia adelante buscando un poco más de contacto, traicionando su propia orden.

- Si sigues así, no podré detenerme. Y te aseguro que no soy el caballero que todos creen que soy cuando pierdo el control –

-  No quiero que seas un caballero conmigo Sebastian – le respondió ella muy cerca del oído, envalentonada por el descubrimiento y el exceso de alcohol.

Victoria arqueo su cuerpo acercándolo aún más... su vagina rosaba su hombría con tal descaró que podían fundirse en uno solo en ese momento. Pero él siguió contando... todavía faltaba mucho para llegar a su hogar.

- Quiero al hombre que Julián más teme Sebastian. Quiero saber ¿por qué mintió sobre ti? ¿Por qué dejar que el mundo piense que eres menos de lo que eres en realidad? Te quiero a ti Sebastian Villagarcia –

- Llévanos a casa ¡ya! – le ordeno él a su chofer.

Victoria se incorporó, quedando a escasos centímetros de los labios de Sebastián, estaban tan hinchados como los suyos, solo que ella no se podía ver.

Sus ojos verdes estaban empañados por la lujuria y el alcohol, una combinación letal que la hacía parecer una sirena en busca de su presa. Ella comenzó a desabotonar con dedos torpes pero decididos la camisa de él, queriendo sentir la piel, el latido, la verdad completa.

El roce de sus uñas contra la camisa de seda de Sebastián lo hacía temblar.

- Él me envidia, Victoria – le confesó Sebastián, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una oscuridad animal que la hizo estremecer de placer.

- Me envidia porque sabe que, si yo pusiera mis manos sobre lo que él considera suyo, nunca querrían volver a sus mediocres brazos – estaba hablando de ella. Y Victoria lo sabía.

- Él sabe que mi silencio no es falta de capacidad, sino un exceso de ella... algo que muy pocos podrían manejar –

- Pon tus manos sobre mí entonces, Sebastian – lo retó ella, tomando la mano de él y guiándola hacia el escote de su vestido, donde su corazón latía desbocado como un pájaro enjaulado.

- Demuéstrame que él tiene razón en temerte –

Sebastián no esperó más.

El hombre se rompió.

Con un movimiento brusco, posesivo y cargado de una fuerza que le quitó el aliento, la tomo por las caderas acercándola más a él. Haciendo que su miembro no solo roce su piel, sino que intente penetrarla... ella gimió de placer. Eso era lo que había estado buscando desde que salió del salón del brazo de Sebastian.

Los volantes de su vestido se amontonaron entre ellos en un caos de tela verde, pero la presión de la erección contra la intimidad de Victoria fue directa y abrasadora, separada solo por le tela de ese pantalón que pronto dejaría de estorbar.

Ella soltó un gemido largo, un sonido gutural de liberación y deseo, echando la cabeza hacia atrás mientras el auto tomaba una curva cerrada. Las manos de Sebastián, grandes y expertas se metieron dentro de su corse, liberando sus pechos ante él, delatando años de secretos y encuentros en la penumbra.

No había torpeza en él, solo una determinación implacable.

- Tú lo provocaste, pequeña – le susurró contra su cuello, su aliento caliente muy cerca del oído le quemaba la piel mientras la colocaba en posición...

Sebastian mordisqueó el lóbulo de su oreja antes de lamer la piel sensible de su hombro, marcándola como suya incluso antes de pensar en poseerla.

- Esto te va a doler Victoria – le susurró. Ella no lo escuchaba, el placer que estaba viviendo era superior.

- Ahora que has despertado a la bestia, no esperes que te devuelva a tu casa como si nada hubiera pasado cariño... No habrá regreso triunfal al baile, ni a casa de tus abuelos por ahora Victoria. Solo tendrás esto por tiempo indefinido – ella solo asintió. Lo quería dentro de ella y lo quería ya.

- Marcus, cambio de rumbo – ordenó con voz ronca, golpeando con el puño el asiento frente a él.

El vehículo dio un giro violento, volcando casi por la velocidad.

- ¡A mi propiedad de campo! ¡Ahora! – le ordenó al chofer con una voz que no admitía réplica, una voz de mando que Victoria nunca había escuchado en la sociedad londinense, pero que le erizo la piel llevándola hasta clímax...

Victoria se aferraba a los hombros de Sebastián, sintiendo cómo el deseo la consumía por dentro... sabía que ese hombre tenía dinero y poder. Pero desconocía que tuviera una propiedad en el campo.

Aunque estaba agradecida con él, pues si terminaban en la casa de la ciudad, lo más seguro después de verla salir a su lado, es que alguien se presentara a recogerla por la mañana.

- Ahí voy cariño – le susurró en el momento que su cuerpo ingresaba dentro de ella. Victoria sintió una fuerte presión, el dolor se fue disipando gracias a las palabras y los besos de él.

- No era lo que quería para ti princesa, pero no pude aguantarme más – se disculpaba entre beso y beso.

Victoria no podía hablar, su cuerpo dejo de pertenecerle... el dolor, la pasión, el deseo se habían convertido en uno. Lo que parecía doler, también le provocaba deseo y placer.

La fricción constante producida por las manos de Sebastian sobre sus pechos la mantenían húmeda, su cuerpo y el movimiento del auto en la carretera de tierra, la enloquecían más y más.

Y mientras más rápido iban, más placer producía ese movimiento al entrar y salir de él... ella estaba excitaba, demasiado. Él trataba de contenerse para no hacerle daño.

Cuando sintió que todo dentro de ella iba a explotar, sus dedos se enterraron en el cabello castaño de Sebastian, mientras buscaba sus labios con una sed desesperada.

El auto ya no era un simple medio de transporte... se había transformado en un santuario del pecado, un refugio oscuro donde las rígidas reglas de la sociedad se quemaban a cada segundo, reducidas a cenizas por la pasión de una mujer traicionada y de un hombre que finalmente había decidido dejar de esconder su verdadera naturaleza.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Insinuaste que no soy un hombre...    3. Valentina...

    Capítulo especial 3. Valentina de Villagarcía y la ecuación de las estrellas.Para la familia de Sebastián de Villagarcía y Victoria De Souza, el cambio de milenio no solo había traído prosperidad en sus empresas navieras y de comercio internacional, sino también el florecimiento pleno de la nueva generación.Alexander, a sus veintitrés años, se había convertido en la viva imagen de su padre: un hombre de porte imponente, carácter sereno e integridad intachable, que tras haber asumido responsabilidades clave en el consejo de la Naviera Real, acababa de oficializar su compromiso con Marianne. La joven, que años atrás cuidaba con devoción los rosales del invernadero parroquial, había conquistado no solo el corazón del heredero del ducado, sino el respeto absoluto de toda la familia, demostrando que la verdadera nobleza reside en la pureza del espíritu.Por su parte, Catalina, a sus veinte años recién cumplidos, encaraba la vida con la misma pasión desbordante que la caracterizaba desde

  • Insinuaste que no soy un hombre...    2. Catalina...

    Capítulo Especial 2: Catalina de Villagarcía y el trazo del destinoEl viento otoñal susurraba con fuerza a través de los ventanales de la gran mansión de los Villagarcía en el corazón de Londres. En el amplio estudio de arte del tercer piso, bañado por la luz tenue del atardecer, Catalina de Villagarcía, a sus dieciséis años, se encontraba de pie frente a un enorme lienzo en blanco.A diferencia de su hermana gemela Valentina, cuya mente observadora y analítica recordaba a la serenidad de su padre Sebastián, Catalina llevaba encendida en la mirada la pasión indomable y el carácter apasionado de su madre, Victoria.Para Catalina, el arte no era un simple pasatiempo aristocrático... era su forma de respirar y comunicarse con el mundo. Con las manos habitualmente manchadas de grafito o carboncillo y un desorden encantador en sus rizos, la joven heredera de los Villagarcia desafiaba la rigidez de la alta sociedad londinense con una sonrisa radiante.Sin embargo, en las últimas semanas, l

  • Insinuaste que no soy un hombre...    1. Alexander...

    Capítulo Especial 1: Alexander de Villagarcía y la promesa de las colinasEl viento fresco del otoño londinense soplaba sobre los terrenos de la finca ducal, levantando una danza de hojas doradas y cobrizas que cubrían los extensos campos de equitación.Alexander de Villagarcía, a sus dieciocho años, avanzaba a lomos de un soberbio caballo de pura sangre con una destreza impecable. Quien lo observara a la distancia no podía dudar de su linaje... había heredado la figura imponente de su padre, los hombros anchos y el porte firme del duque Sebastián, pero en la sutileza de su mirada y en la curva serena de sus labios habitaba la calidez inconfundible de su madre, Victoria.Alexander no era un joven dado a las frivolidades ni a las parrandas con las que los herederos de las familias aristocráticas solían malgastar su juventud. Criado bajo el amparo de unos padres cuyo amor se había templado en el fuego de las adversidades, y formado en la sabiduría cotidiana de su bisabuelo Santiago, el

  • Insinuaste que no soy un hombre...    EPILOGO PARTE II

    EPILOGO PARTE IILos años avanzaron con la misma rapidez del viento corriendo entre los árboles, pero cada época traía consigo una cosecha de momentos inolvidables.Ver crecer a nuestros tres hijos fue el privilegio más grande que la vida pudo concedernos. Alexander se convirtió en el protector natural de sus hermanas. Heredó la nobleza, el juicio firme y la templanza de su padre. Era un niño de conducta intachable y poseía una mente brillante.Mi hijo mayor disfrutaba explorar los jardines con su bisabuelo Santiago y cuando podía acompañaba a su padre a la Naviera Real. Y todo lo hacía sin descuidar nunca los pasos de sus gemelas, como las seguía llamando.Catalina y Valentina, cada día nos sorprendían más.Aunque llevaban puestos los brazaletes con sus iniciales ya habíamos aprendido a distinguirlas... pero ambas pequeñas eran polos opuestos que se complementaban a la perfección.Valentina heredó el porte sereno y refinado de Sebastián. Era observadora, amante de la pintura y la mús

  • Insinuaste que no soy un hombre...    EPILOGO

    EPILOGOEl refugio de las promesas.El dolor de la traición tiene un olor muy específico.No huele a sangre ni a fuego, sino a aire viciado, a perfume barato mezclado con el olor a madera de una mesa y cuero de un sofá en una habitación descanso, y con la certeza absoluta de que el mundo, tal como lo conocías, se puede desmoronar en un solo segundo...Mi nombre es Victoria De Souza, ha pasado mucho tiempo desde que esa traición llegó a mi vida. Aún puedo cerrar los ojos y verme allí, de pie en el umbral de aquella habitación contigua al gran salón de eventos de la mansión de los Villegas. Caminaba buscando a Julián decidida a anunciarle que esa misma noche sería su mujer... que dejaría ser esa mojigata virginal que todos conocían.Recuerdos desgarradores golpean mi memoria... el crujido de la puerta al ceder, la penumbra apenas iluminada por una lámpara de pared y, sobre el sofá de cuero, estaba él, practicándole sexo oral a Sofia.Mi prometido y mi mejor amiga.No era solo un desliz,

  • Insinuaste que no soy un hombre...    128. Parte II del final.

    Capitulo 128. El gran final. Parte IISubieron por la majestuosa escalera de mármol, escoltados por los abuelos. En el segundo piso, la suite infantil contigua a la habitación principal había sido transformada por completo durante los últimos meses. Las paredes estaban tapizadas en tonos crema y verde agua, iluminadas por la luz cálida que entraba por las altas ventanas. Una cuna de madera tallada a mano con el escudo de la familia ocupaba el centro de la estancia, rodeada de juguetes de felpa, mantas de seda y un elegante sillón de lactancia.Sebastián tomó a su hijo en brazos y lo depositó lentamente en el centro de la gran cuna. Al sentir la suavidad del colchón y el aroma a limpio de su nueva habitación, el bebé dejó escapar un largo estirón de brazos y piernas, acomodándose plácidamente mientras soltaba un balbuceo suave.- Eso solo por hoy pequeño... – susurró su mamá. Quien ya había conversado con el duque para tener a su bebé unos meses en la habitación de ellos.- Parece que

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status