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Capítulo 5: Relato 1

Autor: Yina Zabala
last update Fecha de publicación: 2026-03-20 02:47:32

RELATO 1: Un invitado en casa. 

Luego de lo ocurrido en la mañana el día transcurrió con normalidad… o lo más parecido a la normalidad. 

Simón no desaprovechaba ningún momento para poder meter sus dedos dentro de ella, poder hacerla sentir y gemir llena de placer. 

La hora de la cena se estaba aproximando y Camila debía comportarse de nuevo como la perfecta ama de casa. 

La mujer intrépida que solo se dedicaba a cocinar, lavar, planchar y atender a los demás. 

Con la diferencia de que hoy una de sus fantasías se había cumplido.

Simón estaba de pie frente al ventanal del jardín, sin camisa, solo con sus pantalones de lino. Mientras bebía un poco de café. 

La luz de la luna esculpía los músculos de su espalda y el tatuaje que subía por su columna hasta perderse en la nuca. 

Camila se cruzó de brazos mientras lamía sus labios observándolo, había desbloqueado una nueva necesidad: pasar sus manos por aquel tatuaje y que su lengua lo recorriera hasta llegar al final.

Simón dejó el vaso que sostenía y dio un paso hacia ella. El espacio entre ambos se redujo a nada. 

Camila podía sentir el calor que emanaba de su pecho. Él bajó la cabeza, su aliento cálido rozando la oreja de ella.

—¿Quedaste con hambre? —susurró con un tono de voz grueso. 

Ese tono de voz que hizo que la intimidad de Camila palpitara de nuevo.

—Aún tenemos tiempo para poder disfrutar. 

Ella cerró los ojos cuando sintió como él por encima de la ropa pellizcaba sus pezones.

No pudo evitar y soltó un gemido cargado de placer.

 Simón era un depredador paciente. Ella cerró los ojos, inclinándose inconscientemente hacia atrás.

—¿Crees que debería detenerme Camila? —él puso su boca muy cerca de la boca de ella. 

No se habían besado, sus labios no se habían tocado el uno con el otro. 

Pero las ganas estaban latentes allí.

—Dime que me detenga, dime que pare… y te juro Camila que si me dices que me detenga, todo esto será nuestro secreto… y no volverá a pasar. 

—Él es tu primo… —susurró ella, aunque sus manos ya buscaban el borde de los pantalones de él. 

—Y tú eres fuego, Camila. Y hace mucho que nadie se atreve a quemarse contigo. Y yo estoy dispuesto a hacerlo. 

—No deberías interrumpirme. Él es tu primo… pero yo no quiero parar, yo no quiero detenerme. 

Ambos se separaron cuando la puerta principal sonó. Simón le guiñó el ojo y se hizo a pocos metros de distancia de ella. 

Lorenzo lo saludó con entusiasmo, mientras que a Camila como siempre, un beso en su cabeza, para luego sentarse esperando su plato de comida. 

La mañana siguiente trajo mayor claridad en ella. 

Lorenzo estaba en la cabecera de la mesa, revisando correos en su teléfono, con su habitual café negro al lado.

Pero la noche anterior, como raro, no puso un dedo sobre su esposa. 

Simón entró en la cocina descalzo, con una camiseta blanca que se pegaba a sus hombros y el cabello aún húmedo. Se sentó justo frente a Camila, no en el lateral donde solían sentarse los invitados.

Antes de pronunciar alguna palabra observó a su primo y la falta de atención hacia Camila. 

—Buenos días, familia —dijo con una sonrisa perezosa.

—Hay café en la jarra —dijo Lorenzo sin levantar la vista—. Mujer, sírvele a Simón algo de café. 

Simón ignoró la jarra. Estiró el brazo y tomó la taza de Camila, que aún estaba a medio terminar. Sus dedos rozaron los de ella con una lentitud deliberada al quitársela. 

Ella se quedó paralizada, y por primera vez en la vida estaba anhelando que Lorenzo se fuera lo más pronto posible a trabajar. 

Quería tenerlo lejos de la casa. 

—Está un poco frío… afortunadamente me gusta calentar las cosas —comentó Simón, manteniendo la mirada fija en los ojos de Camila. 

Camila sintió que el aire le faltaba. Bajo la mesa, el juego se intensificó.

 Simón estiró sus piernas largas, atrapando los pies de Camila entre los suyos. 

Aprovechó que Camila llevaba un vestido corto y metió sus dedos dentro de ella.

Él ejerció una presión suave, firme, una advertencia de que él controlaba la situación. 

Ella apretó sus muslos sin poder evitarlo.

—¿Qué planes tienes para hoy, Simón? —preguntó Lorenzo, totalmente ajeno a la batalla silenciosa que ocurría a centímetros de su brazo.

—Pensaba quedarme aquí. Ayudar a Camila con algunas cosas de la casa que parecen... descuidadas.

Simón arrastró la última palabra mientras clavaba un dedo más dentro de ella.

—Eres un hombre bastante ocupado primo, debo agradecer de alguna forma la ayuda que me han dado al dejarme quedar en este lugar, adicional… Alguien tiene que ocuparse de que todo vuelva a funcionar, ¿no crees, primo?

Lorenzo finalmente levantó la vista, pero solo para asentir. 

—Me parece bien. Camila te dirá que necesita. Mujer, ayúdalo en todo lo que él pida. 

 Ella por su parte, se obligó a tomar un trozo de fruta, pero sus manos temblaban. Necesitaba pensar en otra cosa que no la fuera a delatar en ese momento. 

Simón lo notó y su sonrisa se ensanchó; él disfrutaba del pánico de ella tanto como de su deseo.

Lorenzo se despidió y salió de allí. 

Camila lo miró de reojo, cada vez más distante, cada vez más frío. 

Cuando por fin salió, cuando por fin estaban solos… completamente solos. 

Simón lamió sus dedos, sus labios gruesos la llamaban. 

—Y bien… ¿Qué quieres que arregle hoy Camila? Estoy dispuesto a cumplir cualquier fantasía que tengas. Solo pídelo, seré tu esclavo hoy.

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