MasukDurante varios segundos, nadie se atreve a hablar. La fotografía de mi madre permanece en la pantalla, acompañada por un nombre que no debería existir y una hora de registro que demuestra que alguien utilizó el sistema después de que Gabriel cancelara la transferencia. Sigo abrazada a Adrián, intentando ordenar las preguntas que se agolpan en mi cabeza, pero hay una que se impone sobre todas las demás: si Elena murió cuando tenía seis años, ¿por qué el sistema acaba de reconocerla como la operadora principal?—Eso es imposible —murmura mi padre.Gabriel se acerca al monitor y revisa los datos. Su rostro ha perdido el color, y cuando intenta acceder al registro, la pantalla le exige una autorización que ya no reconoce.—Elena no tenía acceso a esta sección —dice—. Nadie podía modificar estos archivos sin mi contraseña.—Acabás de cancelar el procedimiento —le recuerda Mateo—. El sistema debería estar desconectado.—La transferencia se detuvo, pero el respaldo siguió activo. Alguien lo
La voz de mi madre vuelve a sonar por los altavoces, repitiendo el anuncio de la recuperación de la memoria original, y por primera vez desde que entramos en la clínica veo a Gabriel perder la seguridad que lo acompañó durante todos estos años. Se queda frente al panel, mirando los indicadores rojos, con una mano apoyada en el borde de la mesa. Mateo corre hacia los controles, pero una descarga lo obliga a apartarse antes de que pueda desconectar el sistema.—¡Apagalo! —le grita Gabriel.—¡Vos lo activaste! —responde Mateo, sujetándose la muñeca—. ¡Yo te dije que no iba a funcionar!—La secuencia estaba incompleta. Alguien modificó el archivo original.Mi padre empieza a forcejear con las ataduras, desesperado por liberarse, y yo me acerco para ayudarlo. Adrián me acompaña, aunque no deja de observar a Gabriel, que ahora introduce códigos a toda velocidad en la consola.—¿Qué está pasando? —pregunto mientras intento desatar las manos de mi padre.—La máquina está buscando una memoria
La frase de mi hermano se queda suspendida entre nosotros, y durante unos segundos soy incapaz de comprenderla. Lo tengo delante, vivo, con los ojos abiertos y la mirada fija en mí, pero hay algo que no encaja. El hombre que me ayudó a buscar a nuestro padre está conectado a una máquina, mientras que el que tengo enfrente asegura que no debo confiar en Adrián.Mi primera reacción es buscar una explicación que no implique aceptar ninguna de las dos posibilidades.—¿Qué acabás de decir? —pregunto.Mi hermano intenta incorporarse, pero los cables sujetos a su pecho se tensan y lo obligan a recostarse de nuevo. Una alarma empieza a sonar en uno de los monitores. Gabriel se acerca para revisar los indicadores, aunque mi hermano lo aparta con un movimiento brusco del brazo.—No lo dejes acercarse a vos —insiste—. Él sabe lo que te hizo.Adrián me toma de la mano y se coloca a mi lado. Su expresión ha cambiado, pero no intenta interrumpir la conversación ni responder por mí. Espera a que sea
Durante un segundo, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Ver a mi padre sentado en esa silla, con las manos atadas y una herida en la frente, me provoca un impulso tan fuerte de correr hacia él que apenas consigo mantener los pies en el mismo lugar. Adrián me aprieta la mano, y ese contacto me recuerda que Gabriel está esperando precisamente eso: que deje de pensar, que me olvide de todo lo que planeamos y que me acerque a él sin medir las consecuencias.Mi tío permanece junto a una cámara montada sobre un trípode. Lleva una camisa oscura con las mangas arremangadas y tiene el aspecto de alguien que lleva horas trabajando sin preocuparse por descansar. No parece sorprendido de vernos. Su sonrisa, en cambio, me produce una inquietud que no consigo explicar, porque hay algo demasiado personal en la manera en que me observa, como si llevara años esperando este momento y supiera exactamente qué voy a hacer después.—Soltalo —ordeno, señalando a mi padre.Gabriel mira al hombre atado a
A las cuatro de la mañana, empiezo a entender que el miedo puede adoptar formas muy distintas, y que la peor de todas es aquella que se parece demasiado a una decisión propia. Llevo casi una hora revisando los archivos que mi hermano logró recuperar del sistema de Gabriel, buscando alguna pista que explique por qué Mateo nos citó en la clínica y qué relación tiene ese encuentro con la visión que tuve de mi tío muerto. Cada documento parece abrir una pregunta nueva, y cuanto más leo, más difícil me resulta distinguir los recuerdos que me pertenecen de aquellos que alguien colocó en mi cabeza.Adrián permanece a mi lado, sentado frente a la computadora, con una mano apoyada sobre mi rodilla. Hace un rato dejó de fingir que estaba concentrado en los archivos y empezó a observarme cada vez que cree que no me doy cuenta. Conozco esa mirada. La he visto cuando estoy a punto de hacer algo peligroso, cuando intento ocultarle que estoy asustada y cuando él quiere preguntarme algo que probablem
La imagen de Gabriel muerto sigue apareciendo detrás de mis ojos cada vez que intento concentrarme en otra cosa. Recuerdo sus manos cubiertas de sangre, el suelo blanco bajo su cuerpo y la expresión de Adrián cuando me rodea desde atrás. Hay algo en ese recuerdo que me resulta insoportable, una sensación de pérdida que no consigo relacionar con lo que vi, porque en ningún momento aparece el rostro de la persona que yace en el suelo con la claridad suficiente para reconocerla.Me aferro a la camisa de Adrián y escondo el rostro contra su pecho.—Necesito salir de acá.Él me acaricia la espalda.—Vamos a salir.—No quiero volver a ver esa imagen.—Entonces no tenés que hacerlo ahora.Levanto la cabeza para mirarlo.—¿Y si vuelve?—Me lo decís.—¿Y si no puedo distinguir un recuerdo real de algo que todavía no pasó?Adrián guarda silencio unos segundos antes de responder.—Vamos a aprender a distinguirlos.—¿Y si no podemos?—Entonces vamos a buscar otra manera.Su seguridad me hace sonr







