ログインBruno cerró la puerta tras de sí y le puso el seguro. El clic sonó definitivo.
—Bonito lugar —dijo con sarcasmo, mirando con asco los muebles modestos—. ¿Lo pagaste con el dinero de mi esposa?
—¿De qué estás hablando?
Bruno sacó el papel bancario del bolsillo interior de su saco y se lo lanzó a la cara. La hoja aleteó antes de caer a los pies de Renata.
—Léelo.
Renata lo recogió, temblando. Vio los números. Vio su nombre.
—Cincuenta mil dólares... —leyó—. Bruno, yo no sé qué es esto. Yo no tengo este dinero.
—¡Deja de mentir! —gritó él, acercándose tanto que Renata pudo ver las venas de su cuello palpitando—. ¡Salió de la cuenta de Lourdes horas antes de morir! ¿La obligaste a transferírtelo? ¿La chantajeaste? ¿O simplemente le robaste las claves mientras yo estaba ocupado rechazándote en la terraza?
—¡Te juro que no sé de qué hablas! —Renata retrocedió hasta chocar con la pared.
Las lágrimas brotaron de nuevo.
—¡Debe ser un error del banco! ¡O una trampa! Alguien más debió hacerlo...
Bruno la acorraló. Puso una mano en su garganta y otra en la pared, justo al lado de la cabeza de ella, atrapándola.
—Nadie tenía sus claves, solo ella. Y tú eras la única muerta de hambre que estaba en esa suite.
Renata intentó empujarlo, pero él era un muro de piedra.
—Si crees que soy una ladrona, llama a la policía. ¡Llámalos! Prefiero estar en la cárcel que aguantar tu odio.
Bruno sonrió. Fue una sonrisa cruel, sin alegría.
—Oh, no, querida. La cárcel es demasiado buena para ti. Si vas a la cárcel, serás solo una presa más. Yo tengo un plan mejor.
Él bajó la voz, convirtiéndola en un susurro letal que le erizó la piel a Renata.
—Vas a pagar cada centavo de ese dinero y con intereses.
—No tengo ese dinero...
—Lo vas a trabajar —sentenció él—. A partir de mañana, eres mi Asistente Ejecutiva Personal. Vas a estar a mi disposición veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Manejarás mi agenda, mis llamadas, mi café y mi mi3rda si yo te lo pido.
Renata lo miró horrorizada.
—¡Estás loco! Yo tengo universidad, tengo mi vida...
—Tu vida se acabó el día que mataste a mi mujer —la cortó él—. Si te niegas, en este mismo momento hago una llamada. No solo irás presa por fraude y homicidio, Renata. Me encargaré de que tu madre pierda su pensión. Me encargaré de que tu hermano no encuentre trabajo ni de barrendero en esta ciudad. Tengo el poder para aplastar a tu familia como a cucarachas. ¿Me estás entendiendo?
Renata sintió que le faltaba el aire. Sabía que él podía hacerlo. Bruno Ávalos no amenazaba en vano.
—¿Por qué? —susurró ella, derrotada—. Si me odias tanto, ¿por qué me quieres cerca?
Bruno se inclinó más. Su nariz rozó la mejilla de ella.
El olor de él la invadió, despertando esa reacción traicionera en su cuerpo, esa electricidad que ni el miedo podía apagar.
—Porque quiero vigilarte —dijo él cerca de su boca—. Quiero ver cómo te quiebras. Quiero tenerte ahí el día que cometas un error y confieses la verdad. Y porque...
Se detuvo. Sus ojos bajaron a los labios de Renata. La tensión cambió de repente. El odio se mezcló con un deseo oscuro, tóxico.
Bruno odiaba desearla, pero su cuerpo no obedecía a su cerebro. Recordaba la piel de ella en Los Cabos. Recordaba sus gemidos.
Renata contuvo el aliento, hipnotizada por la cercanía.
—Y porque me perteneces hasta que yo diga lo contrario —terminó él.
Bruno se apartó bruscamente, como si hubiera tocado fuego. Se arregló el saco con frialdad.
—Mañana a las 7:00 AM en Torre Reforma. Piso 40. No llegues tarde. Y vístete decente, no quiero que parezcas una cualquiera en mi empresa, aunque lo seas.
Se dirigió a la puerta.
—Ah, y una cosa más —dijo sin voltear—. Camila cree que eres una santa que la está apoyando. Sigue fingiendo. Si le dices una palabra de nuestro "acuerdo", destruyo a tu familia. Buenas noches, Renata.
Salió.
Renata se deslizó por la pared hasta caer al suelo, con el papel bancario arrugado en la mano.
Estaba atrapada.
Iba a trabajar para el diablo. Iba a ver todos los días al hombre que amaba y que la odiaba a muerte. Y lo peor de todo: iba a tener que consolar a su mejor amiga mientras dormía o intentaba no dormir con su padre.
Miró el techo, secándose las lágrimas con rabia.
—Muy bien, Bruno —susurró—. Quieres guerra. Tendrás guerra. Voy a demostrarte que soy inocente, aunque me cueste la vida.
Pero Renata no sabía que la trampa bancaria no era lo único que estaba gestándose.
Había algo más, un secreto que, tarde o temprano, haría volar por los aires la Torre Reforma.
Gracias mis lindas, por acompañar en esta historia. Me encantó mucho escribirla.Si quieren conocer más de los Sterling, los invito a leer en La cama del CEO enemigo. Busquenme en mis redes sociales Novelas románticas Jeda Clavo y Jeda Clavo Novelas. Para quienes quieran seguir leyendo mis demás historias, los invito a leer: Prohibido el paso Señor CEO y una historia del Universo Ferrari, llamada Promesas en Blanco. Una vez más, agradecida de todas ustedes. No dejen de dejar comentarios y recomendar la historia. Saludos y bendiciones.
Meses después—¡No me digas que respire! Yo lo hago si me da la gana —rugió molesta. Su voz ronca rebotó en las paredes blancas de la sala de partos. Apretó los dedos. Las uñas se le clavaron en la mano derecha de Arthur. Le rasgó la piel. Le sacó sangre. Arthur no se quejó. No apartó la mano. Apretó el agarre. Llevaba una bata médica azul sobre su camisa. Tenía un tapabocas colgando del cuello. El sudor le empapaba la frente. El hombre que no temblaba ante la junta directiva más despiadada del mundo estaba pálido. Aterrorizado.—Mírame —ordenó Arthur. Se inclinó sobre la camilla. Su rostro quedó a centímetros del de ella—. Mírame, Camila. Concéntrate en mí. Camila giró la cabeza en la almohada. Tenía el cabello oscuro pegado a las mejillas por el sudor. Respiraba por la boca. Agitada. Exhausta. Llevaba doce horas de trabajo de parto. —Me duele —gruñó ella. Apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula—. Duele como el infierno. Arthur le limpió la frente con la mano libre.
El viento cálido de las Maldivas movió las cortinas de lino blanco. La villa flotaba sobre el océano oscuro. El sonido de las olas chocando contra los pilotes de madera era constante. Rítmico. Camila salió a la terraza. Llevaba una bata de seda negra. Estaba descalza. Arthur estaba apoyado contra la barandilla de cristal. Llevaba solo un pantalón de lino blanco. Su torso estaba desnudo. Sostenía un vaso corto con whisky y hielo. Miraba la línea negra del horizonte. La boda había terminado hacía cuarenta y ocho horas. Estaban solos en el paraíso. Aislados del mundo.Camila caminó por la madera de la terraza. Se detuvo a medio metro de su espalda. Miró la tensión en los hombros de Arthur. Había un secreto que le pesaba en el pecho desde hacía tiempo. Un cabo suelto. Y Camila Ávalos no dejaba cabos sueltos. Menos ahora.Dio el último paso. Pasó los brazos por debajo de los de él. Lo abrazó por la cintura. Apoyó la mejilla contra la espalda desnuda y caliente de Arthur. Él suspiró. Se re
Llegó el momento de los votos. Arthur no sacó ningún papel del bolsillo interior de su esmoquin. No había practicado un discurso. No lo necesitaba. Clavó sus ojos azules en los ojos oscuros de Camila. Apretó sus dos manos entre las de él. Sus pulgares acariciaron los nudillos de ella con movimientos lentos. —Me ahogué en el mar —empezó Arthur. Su voz ronca resonó en los micrófonos del salón. No había eco. Solo silencio absoluto entre los invitados. —Sentí el agua helada en los pulmones —continuó él, sin apartar la mirada de Camila—. Sentí el dolor. Sentí la fiebre. Pero me negué a cerrar los ojos. No podía morir. Me negué a dejarte y marcharme sin escuchar el final de la frase que dejaste a medias en esa terraza.Camila sonrió. Sus labios temblaron un poco. Una lágrima caliente y cargada de pura felicidad resbaló por su mejilla. Arthur soltó una de sus manos. Levantó el dedo pulgar y le limpió la lágrima con extrema suavidad. El roce de su piel rasposa contra el rostro de ella fue pu
Un año después.Victoria tiró de las cintas de seda en la espalda de Camila. La tela blanca se ajustó a su cintura. —No lo aprietes mucho, Vic —pidió Camila. Puso sus dos manos sobre su vientre plano y acarició la seda.—Déjalo un poco suelto. Quiero poder respirar bien hoy. Victoria sonrió a través del espejo. Aflojó el lazo de inmediato y ató un moño suave. —Listo. Estás perfecta.Camila se miró en el espejo de cuerpo entero. El vestido de seda blanca caía fluido y elegante hasta el suelo. No llevaba velo. Llevaba el cabello oscuro suelto, lacio y brillante, con una corona de flores. Sus mejillas estaban sonrojadas. El pulso le latía rápido en la base del cuello. No podía dejar de sonreír. Los músculos de la cara le dolían de tanta felicidad. La sangre le cosquilleaba en las venas. La puerta de la suite se abrió. Bruno Ávalos entró. Llevaba un traje negro impecable. Dio dos pasos y se detuvo en seco. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Tragó saliva de forma ruidosa. —
Las puertas de acero del ascensor privado se abrieron de par en par. El penthouse estaba en completo silencio. Camila salió primero. Sus tacones de aguja repiquetearon contra el mármol negro del recibidor. Detrás de ella, los dos guardias de seguridad arrastraron a Arthur. Literalmente lo arrastraron. Le quitó los zapatos en el coche, y las puntas de sus pies descalzos rozaron el piso pulido. Sus rodillas ya no soportaban su propio peso. Su cabeza colgaba hacia adelante. Su barbilla tocaba su pecho vendado. Camila abrió las puertas dobles de cristal de la sala principal de un empujón violento. —¡Victoria! —gritó Camila. Su voz resonó en las paredes inmensas del apartamento. Victoria estaba sentada en el sofá blanco. Tenía una taza de café de porcelana en las manos. Miraba las noticias en la televisión apagada. Levantó la cabeza. Vio a Camila con el traje sastre negro empapado en sangre. Vio a los guardias. Vio al hombre destruido en el medio. La taza de porcelana se le resbaló de







