تسجيل الدخولBrooklyn Davis, de diecinueve años, trabaja como camarera en un exclusivo restaurante del centro de Chicago. Dos días atrás, su hermano gemelo, Brandon, desapareció dejando solo un mensaje en el que le pedía que no se preocupara por él. Desde entonces, la vida de Brooklyn se convierte en un inquietante dilema cuando comienzan a suceder cosas extrañas en su lugar de trabajo. Un par de ojos color avellana la observa y la acecha todos los días, cada minuto. ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué la mira constantemente? ¿Y cómo podrá Brooklyn librarse de él? A los veintinueve años, Nikolas Ardolf es un hombre duro, arrogante y despiadado que solo cree en dos cosas: los negocios y el dinero. Abandonado en las calles al nacer, tuvo una infancia marcada por la crueldad y la supervivencia. Todo cambió cuando fue recogido por el implacable anciano Daniel Ardolf, soltero y único propietario de Ardolf Winery. Nikolas odia a las mujeres después de haber sido traicionado por su propia madre. Entonces, ¿por qué acecha a la inocente Brooklyn todos los días? ¿Qué es lo que realmente quiere? ¿Y por qué no puede mantenerse alejado de ella? Lee esta apasionante historia de amor, llena de giros inesperados y momentos intensos, para descubrir cómo Nikolas Ardolf persigue a Brooklyn. ¿Conseguirá finalmente lo que desea?
عرض المزيد—Brooks, alguien pregunta por ti en la mesa cincuenta —dijo Carmen, lanzándole a Brooklyn Davis una mirada de pavor.
Ambas trabajaban como camareras en The Chicago Lunchbox, un restaurante ostentoso y de alta categoría situado en una de las zonas más exclusivas del centro de Chicago. Los ojos de Brooklyn se abrieron de par en par, llenos de inquietud. Apenas conocía a nadie en la ciudad. ¿Quién podía estar preguntando por ella?
—¿Quién? ¿Brandon? —preguntó con preocupación.
Brandon Davis era su hermano gemelo y la única persona que conocía allí. Carmen también lo conocía bien, pues solía pasarse a menudo por el restaurante para recoger a Brooklyn tras sus largos turnos nocturnos.
—No, no. Un imbécil grosero y arrogante. ¿Por qué no vas y lo averiguas tú misma? —respondió Carmen antes de alejarse para retomar sus labores.
Brooklyn suspiró. ¡Lo último que quería era ir a comprobarlo! ¿Quién sería ese imbécil grosero y arrogante que preguntaba por ella? Su corazón se encogió ante la perspectiva de acercarse a la mesa cincuenta, pero sabía que no había escapatoria.
Odiaba aquel trabajo, pero era su única fuente de ingresos. A sus diecinueve años, habría preferido mil veces ir a la universidad antes que servir mesas en The Chicago Lunchbox. Sin embargo, la suerte no estaba de su lado, especialmente tras la muerte de su madre, ocurrida un año atrás.
Apenas se había graduado de la escuela secundaria cuando tuvo que buscar empleo para mantener la casa y costear los gastos médicos de su madre. A pesar de haberse esforzado al máximo, no logró salvarla. La leucemia había consumido sus fuerzas durante los dos últimos años de su vida.
No obstante, Brooklyn no estaba sola. Su gemelo, Brandon, se encontraba en la misma situación, aunque él sí había conseguido continuar sus estudios gracias a un trabajo que le permitía asistir a la universidad por las noches. Ella no sabía exactamente dónde trabajaba. De los dos, Brandon siempre había sido el más reservado. De naturaleza esquiva, prefería vivir a su aire y, en ocasiones, pasaba días enteros sin aparecer por casa.
Brooklyn se había acostumbrado a sus silencios y había dejado de hacerle preguntas.
Ninguno de los dos había conocido jamás a su padre. Aquel hombre las había abandonado a ella y a su madre cuando esta aún estaba embarazada de ambos. ¡Un bruto cobarde! Lo odiaban, y nunca le preguntaron nada a su madre sobre él. Para ellos, aquel hombre era inexistente e irrelevante.
—Brooks, atiende la mesa cincuenta. Ese hombre nos va a volver locas —dijo Mia, otra camarera del restaurante.
La voz de su compañera sacó a Brooklyn de su ensimismamiento, y se apresuró a dirigirse hacia la mesa indicada. ¿Qué quería aquel hombre?
Sin embargo, antes atendió la mesa cuarenta, donde una familia numerosa acababa de llegar para almorzar. Cuando por fin se dirigió a la mesa cincuenta, la encontró vacía.
Miró a su alrededor, completamente desconcertada. ¿Adónde se había ido?
Mia se detuvo a su lado al notar su expresión.
—Preguntó por ti, luego te observó, después se bebió tres tazas de café y volvió a preguntar por ti. Te siguió observando hasta que terminó su café y, sin más, se marchó. —Sonrió mientras agitaba un billete en el aire—. Me dejó cien dólares de propina.
Brooklyn la miró boquiabierta, con una expresión de horror. ¿Había estado observándola todo ese tiempo? Aquello empezaba a resultar inquietante.
—Oh, ¿estás bromeando, Mia? ¿Por qué alguien haría algo así? No conozco a nadie —dijo, agitando los brazos con impotencia.
—No bromeo. Hablo muy en serio. ¡Estaba buenísimo! ¡Sus ojos harían perder la cabeza a cualquiera! —exclamó Mia con dramatismo, llevándose la mano al corazón.
Brooklyn la observó en silencio, mientras una sensación de pavor le oprimía el pecho. ¿Por qué un hombre tan atractivo preguntaría por ella, habiendo tantas mujeres espectaculares en el mundo?
Ahora sí estaba realmente preocupada.
—Espero que no le hayas contado nada sobre mí —dijo con voz tensa.
—No hizo falta. Él ya lo sabía todo: tu nombre completo, tu edad, tu hermano, tu dirección… todo —respondió Mia encogiéndose de hombros antes de alejarse para atender otra mesa.
Brooklyn se quedó allí, completamente aturdida. ¿Cómo podía aquel hombre saber tanto sobre ella?
—Brooks, deja de soñar despierta y ponte a trabajar. El señor Foster te tiene echado el ojo —dijo Carmen, sacándola de su trance.
Brooklyn se apresuró a cumplir con sus tareas. No quería ganarse una reprimenda del temible señor Foster, el gerente. El resto del día estuvo tan ocupada que no tuvo tiempo de volver a pensar en el incidente.
—Brooks, ¿podrías cubrirme esta noche, por favor? —le pidió Claudia, una compañera con la que tenía mucha confianza—. Tengo una cita con mi novio y Foster no me da permiso. Me dijo que buscara a alguien que me sustituyera.
Brooklyn asintió de inmediato. Necesitaba el dinero, y cualquier ingreso extra era más que bienvenido.
—Claro que sí. Ve y diviértete, Claudi —respondió con una sonrisa.
Brooklyn era una chica dulce y de trato fácil. A pesar de todas las adversidades que había enfrentado, tenía un gran corazón y siempre ayudaba a los demás. Era la empleada más joven del local, y sus compañeros la querían como si fuera parte de su familia.
—Muchísimas gracias, cielo. Mañana te lo compenso. El almuerzo corre por mi cuenta —dijo Claudia, lanzándole un beso antes de irse a cambiar para su cita.
Brooklyn sonrió ante el gesto y retomó sus labores. Estaba agotada, pero ahora, al cubrir el turno de Claudia, tendría que resistir otras cinco horas más.
Se movía de un lado a otro frenéticamente, exigiéndose al límite. Solo unos minutos más y podría irse a casa. Estaban a punto de dar las once de la noche y no veía la hora de arrastrarse hasta su apartamento y meterse en la cama.
Por fin, quince minutos después, su turno terminó. Se apresuró hacia el baño del personal para quitarse el uniforme. Todos sus compañeros ya se habían marchado, a excepción de Mia y su novio, Seth, quien trabajaba como cajero. Ellos siempre regresaban a casa juntos.
—¿Quieres que te lleve a casa, Brooks? —gritó Seth mientras cerraba la caja registradora.
—No, ya habré llegado para cuando tú termines aquí —respondió Brooklyn.
No podía esperar ni un minuto más. Seth le hizo un saludo militar exagerado y continuó con su trabajo.
Brooklyn salió del restaurante a toda prisa y miró a su alrededor. La calle estaba oscura y casi desierta, aunque el tráfico seguía siendo constante incluso a esa hora. Ajustándose el cárdigan al cuerpo, comenzó a caminar a paso ligero, tan rápido como sus piernas se lo permitían.
Su pequeño apartamento alquilado, de un solo dormitorio, se encontraba a unos veinte minutos a pie. Siempre hacía el trayecto caminando para ahorrar el dinero que tanto le costaba ganar. No era un problema cuando salía temprano, pero los días en que terminaba tarde tenía que correr prácticamente todo el camino.
Esa noche, sin embargo, desde el primer instante en que comenzó a andar, una inquietante sensación se apoderó de ella. Se le erizó el vello de la nuca, y se dio la vuelta de inmediato.
Las calles estaban casi vacías. Solo vio a unas pocas personas regresando a casa, a algún borracho tambaleándose al doblar la esquina y a unos cuantos coches pasando a toda velocidad.
No había nadie.
Nada fuera de lo común.
Así que siguió avanzando, cada vez más deprisa, ansiosa por llegar a casa cuanto antes. Sin embargo, tras dar unos pocos pasos, la extraña sensación regresó con más fuerza. Volvió a mirar por encima del hombro.
Nada.
Suspiró, dispuesta a reanudar la marcha, cuando se quedó completamente paralizada.
¿Era aquel el mismo Porsche negro que había visto al salir del restaurante?
El corazón le dio un vuelco. El pánico se apoderó de ella cuando el Porsche se detuvo a cierta distancia. No lo pensó dos veces y echó a correr por la calle, tan rápido como sus piernas se lo permitieron.
¿Por qué la seguía aquel coche?
Pero, como si la mala suerte nunca la abandonara, en su apresuramiento chocó de lleno contra algo sólido. Al alzar la vista, el horror la inmovilizó.
Aquella “pared” no era otra cosa que un hombre calvo, de aspecto siniestro, con un diente de oro reluciendo en la oscuridad. Él le dedicó una sonrisa maliciosa.
Brooklyn reaccionó al instante y forcejeó para zafarse, pero el hombre le sujetó los brazos con una fuerza brutal.
—¿Adónde vas, perra? Estoy aquí solo por ti —dijo, mostrando sus dientes amarillentos.
El olor a alcohol en su aliento le revolvió el estómago.
—¡Suéltame! —gritó, presa del pánico.
Aquella era la peor noche de su vida.
El hombre se echó a reír; una risa fuerte y siniestra que le heló la sangre. Las lágrimas brotaron de los ojos de Brooklyn mientras intentaba liberarse.
—Por favor… suéltame —suplicó.
Pero él no hizo más que reír, arrastrándola consigo.
—¡No! ¡Déjame! ¡Por favor! —sollozó, con la voz resonando en la noche.
—Confía en mí, perra. Será divertido —rió el hombre.
Brooklyn intentó darle una patada, pero él se enfureció y se la cargó al hombro con facilidad. Ella comenzó a golpearlo, pero a él no pareció afectarle en lo más mínimo. Siguió avanzando con paso firme, como si no pesara nada.
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme! —gritó Brooklyn desesperada.
Su voz se perdió en la oscuridad. El hombre se rió aún más, seguro de que nadie acudiría en su auxilio.
—¡Suelta a la chica! —ordenó de pronto una voz grave y gélida, capaz de provocar escalofríos.
El hombre calvo se giró y dejó a Brooklyn en el suelo. Ella alzó la vista hacia su inesperado salvador.
Incluso desde la distancia, sus ojos se encontraron con el par de ojos color avellana más hermosos que jamás había visto. Él sostuvo su mirada; aquellos ojos brillaban como gemas bajo la tenue luz de la calle.
Nunca antes había visto a aquel hombre, pero su mirada penetrante le recorrió la columna vertebral como un escalofrío.
Entonces lo vio.
El Porsche negro estaba aparcado junto a él.
Mientras el desconocido avanzaba con paso firme, sin apartar los ojos de ella, Brooklyn comprendió quién era.
Su acosador.
El pánico la dominó por completo. Arrancó su mano del agarre del hombre calvo y echó a correr tan rápido como pudo.
No tenía ningún deseo de presenciar una pelea entre su acosador y su secuestrador.
Brooklyn parpadeó, atónita. ¿Había oído bien?—¿Perdón, señor?Nikolas la miró con impaciencia, pues detestaba tener que repetirse.—Llámame Nikolas —ordenó, dando un sorbo a su café mientras la observaba con aire sombrío.Desde que ella le había confesado sus sentimientos la noche anterior, su corazón y su mente se hallaban en pie de guerra. No lograba controlar la agitación interna que lo consumía, lo que lo llevaba a comportarse de manera inusual. Por ello, y por primera vez en su vida, le había preparado café a una mujer —una especie que, en teoría, seguía detestando—. Pero ella no era una mujer cualquiera: era Brooklyn, y era suya.Al pensar esto último, escupió el café que tenía en la boca.¿Era suya? ¿Y de dónde había salido semejante idea?—Lo siento, señor. No puedo —respondió ella.Brooklyn no tenía la menor idea de qué había provocado aquel repentino cambio de actitud en su duro y arrogante jefe. ¿Acaso se sentía tan culpable por el trato que le había dispensado el día ante
Nikolas la vio sentada en su habitación, de espaldas a la puerta, escribiendo un correo electrónico en su teléfono móvil. Estaba a punto de hablarle cuando su mirada se posó en sus pies. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de preocupación, al ver lo rojos e hinchados que estaban. ¿Qué les habría pasado?Entró a zancadas en la habitación y se detuvo junto a la cama. Antes de que ella pudiera reaccionar a su presencia, le levantó el pie para inspeccionarlo.—S-señor… Sr. Ardolf, ¿qué está haciendo? —preguntó ella, con una expresión de absoluto sobresalto, mientras intentaba liberar su pie de su agarre. Él no lo soltó.—¿Cómo te has lastimado, Brooklyn? —preguntó, con los ojos oscurecidos por la preocupación.—Oh, no es nada. Estaré bien —evadió ella, intentando zafarse de su mano.—Te estoy haciendo una pregunta. ¡Respóndeme, maldita sea! —gruñó él.Brooklyn tembló levemente y bajó la mirada, culpable. No quería convertirse en una carga para él en lugar de ayudarlo a recuperar su
Brooklyn lo miró con la mirada perdida, sin comprender por qué se comportaba de tal manera.—No, ¿por qué habría de hacerlo? Solo pregunto si hemos terminado por hoy.—¿Tienes tantas ganas de marcharte? Entonces permíteme recordarte que el horario de oficina aún no ha concluido y que todavía te quedan cuatro horas de servicio —le recordó él mientras seguía conduciendo, con una expresión sombría en el rostro.Brooklyn asintió y desvió la mirada, sin siquiera intentar defenderse. No se estaba quejando de sus obligaciones laborales; simplemente le dolían los pies a causa de los zapatos. Eran nuevos de trinca y parecían ser una talla más pequeña de lo que solía usar habitualmente. Quizás Kathy se los había comprado junto con la ropa. Sin embargo, al ver la reacción de Nikolas, no dijo ni una palabra más y dio el asunto por zanjado.Él detuvo el coche frente a un exclusivo restaurante y centro de cata de vinos, dotado de una hermosa fachada de cristal. Brooklyn leyó el nombre grabado en gr
En una hora, Brooklyn estaba lista, ataviada con una elegante falda lápiz azul marino y un suave top blanco a juego. Tomó un blazer del mismo tono, lo combinó con el conjunto y contempló su reflejo en el espejo. Con el cabello recogido en una coleta, lucía exactamente como esas modelos glamurosas de las revistas de moda.Salió de su habitación, dejó el blazer sobre una silla y se dirigió a la cocina para servir el desayuno que había preparado. No era nada extraordinario: sándwiches de jamón y huevo, acompañados de una ensalada de frutos del bosque variados. Apenas había tenido tiempo para algo más elaborado, ya que Nikolas le había dado poco más de una hora para arreglarse.Nikolas entró en la cocina y se quedó paralizado. Sus tersas piernas quedaban al descubierto bajo la falda que se ceñía a sus caderas a la perfección, realzando sus curvas y haciéndola lucir aún más sensual.Se aclaró la garganta y se acercó a ella. Se situó justo detrás de Brooklyn y la observó mientras servía la





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