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CAPÍTULO 2

Autor: Naimastran
last update Fecha de publicación: 2026-05-13 05:04:41

En la mansión Montenegro, al parecer, la rutina siempre era levantarse temprano. El protocolo, el entrenamiento, los movimientos de hombres armados entre el jardín y la entrada, hacía difícil poder quedarse en la cama hasta tarde, algo que molestaba a Elena de sobremanera.

Allí no se vivía, se sobrevivía con clase, y Elena lo notó desde el primer día. Todo olía a control, desde los guardias en la entrada, hasta el ama de llaves que rondaba por los pasillos de aquella mansión.

Ella no era el tipo de mujer que se dejaba domesticar, ni mucho menos doblegar, pero por ahora estaba aprendiendo las reglas del juego para poder tener todo a su favor en caso de un prematuro divorcio. No era estúpida, ella sabía y se daba cuenta de las cosas: las puertas cerradas, las miradas que la seguían, las conversaciones que cesaban cuando ella entraba hacían todo más evidente, nadie ahí confiaba en ella, y estaban esperando algún tipo de movimiento de su parte.

Después de todo, era una Morgan entre lobos Montenegro, y el más peligroso era su marido.

Su marido. Gabriel.

Quien entrenaba cada mañana en el gimnasio privado, sin interrupciones, sin pausas. Elena lo observó desde el marco de la puerta un par de veces, y debía admitir que era jodidamente atractivo. El cuerpo de ese hombre era una amenaza viviente: espalda ancha, brazos marcados, fuerza contenida en cada movimiento. Cada gota de sudor parecía parte de una coreografía peligrosa.

No lo miraba por gusto o eso se repetía; sino que, había algo en él que la llamaba a meterse entre sus garras.

Ese día bajó a desayunar con un conjunto negro entallado y el cabello recogido en una trenza alta. No pensaba quedarse encerrada. Si querían una esposa trofeo, iban a tener que lidiar con una muy incómoda.

Gabriel ya estaba sentado a la mesa, leyendo un informe, con una taza de café negro en la mano. Ni un saludo.

—¿Te gusta que la gente te tema o simplemente no te interesa caerle bien a nadie? —preguntó ella, dejando caer la taza con fuerza sobre la mesa. Odiaba ser ignorada, por lo que no permitiría que su esposo hiciera lo mismo.

Gabriel alzó la vista con lentitud.

—No estoy aquí para caer bien, y tú tampoco.

—Qué romántico.

Gabriel cerró el informe y la miró con ese gesto suyo que no era exactamente enojo, pero sí advertencia.

—No me provoques, Elena —murmuró—. No te conviene.

—¿Y qué pasa si lo hago?

Silencio.

Una tensión invisible vibraba entre ellos. Él era de acero templado, mientras que ella era una chispa rebelde. Todo lo que hacían juntos parecía al borde del desastre o del deseo.

♧♧♧

Esa misma tarde, Elena pidió que la llevaran al centro a hacer algunas compras. Quería respirar, y también saber qué tan libre era realmente. Uno de los hombres de Gabriel, Hugo, la escoltó sin abrir la boca. Ella no dijo mucho, pero tomó nota de cada calle, cada cámara de seguridad, cada restricción.

Al volver, ya de noche, encontró a Gabriel en el mismo lugar de siempre: su despacho. Rodeado de documentos, planos, movimientos de dinero. Parecía más un general de guerra que un esposo.

—¿Siempre vas a controlar mis movimientos? —preguntó ella desde el marco de la puerta.

—Si vas a salir, avísame.

—No soy tu prisionera.

—No, solo eres mi esposa, y eso en este mundo significa algo. Deberías saberlo.

Ella entró sin permiso. Se acercó a su escritorio con pasos firmes. Había rabia en su pecho, pero también algo más. Algo que se le metía bajo la piel cada vez que lo veía.

—¿Sabes qué me molesta? Que ni siquiera intentas fingir que esto importa.

Gabriel levantó la mirada. Se apoyó en el respaldo de su silla.

—¿Prefieres que te mienta?

—Preferiría que no me ignores soț.

Un silencio espeso cayó entre los dos. Elena lo sostuvo con la mirada. Por primera vez, él pareció medirla con más detalle. Ya no como una carga, ni como una obligación. Algo había cambiado.

—No niego que eres hermosa, Elena —dijo de pronto—. Pero la belleza no compra respeto, y mucho menos poder.

Ella se cruzó de brazos.

—Y tú eres un idiota si pienas que con músculos y silencio vas a mantenerme bajo control.

Los dos respiraban rápido. El enfrentamiento era real, aun así, estaban peligrosamente cerca. Gabriel se levantó de su silla. La superaba por varios centímetros, pero ella no retrocedió.

—¿Estás buscando que pierda el control?

—¿Qué pasa si lo haces?

Y entonces ocurrió.

Fue como si algo estallara en el aire. Gabriel la tomó por la cintura con una fuerza que no era violenta, pero sí firme. Elena se tensó un segundo, y luego lo desafió con la mirada. Sus bocas quedaron a centímetros. El aire entre ellos era fuego contenido.

—Estás jugando con fuego —susurró él, con la voz grave.

—Tal vez quiero ver si quema —respondió ella, apenas audible.

Los labios se rozaron, apenas. No fue un beso. Fue una amenaza. Un pacto silencioso. Una promesa peligrosa.

Pero Gabriel se apartó primero.

—Todavía no —dijo, sin mirarla—. No te ganaste eso.

Elena sintió un vuelco en el pecho. No por deseo, sino por la rabia de no haber quebrado su control.

Salió del despacho sin decir palabra, pero mientras cerraba la puerta, sus mejillas ardían.

Esa noche, Gabriel no durmió. Afuera llovía de nuevo. La tormenta parecía una extensión de su mente. Elena lo estaba desestabilizando. Su forma de caminar, de desafiar, de provocarlo con cada palabra. Pero él no era un hombre que se dejara arrastrar.

No iba a tocarla. No todavía.

Porque cuando lo hiciera, no habría vuelta atrás.

La lluvia seguía golpeando los ventanales como si el cielo tuviera algo que gritar. Gabriel se quedó en pie junto al bar del despacho, con un vaso de whisky entre los dedos, sin probarlo. Su reflejo en el cristal mostraba a un hombre aparentemente sereno, pero por dentro, hervía.

Elena Morgan era un problema.

Un problema que se movía como si el mundo le debiera algo, como si cada paso suyo fuera un desafío. Esa arrogancia. Esa maldita lengua afilada. Y ese cuerpo que sabía exactamente cómo usar. Lo estaba tentando, y lo estaba empujando al límite.

Pero Gabriel Montenegro no cedía ante los impulsos.

La había visto marcharse sin decir nada, el mentón en alto, como si la conversación no le hubiese afectado, pero él conocía las señales. El brillo en sus ojos. Las mejillas rojas. Los dedos cerrados en un puño disimulado. Ella también había sentido el impacto.

Y eso lo enfurecía.

Porque no quería sentir nada por ella. No todavía, y mucho menos cuando ya tenía a alguien más.

Apuró el whisky y volvió a servirse. El líquido quemó al bajar, pero no tanto como la idea de tenerla tan cerca y no tocarla. Gabriel era un hombre acostumbrado a la obediencia, al respeto, al control absoluto. Elena no seguía ninguna de sus reglas.

Era una trampa disfrazada de promesa.

---

Elena se quitó los tacones apenas cerró la puerta de su habitación. Caminó descalza hasta el ventanal, mirando la ciudad mojada. Sus manos temblaban, aunque su rostro no lo mostrara. Gabriel la había desafiado de una forma que ningún otro hombre se había atrevido.

Y no lo odiaba por eso.

Lo deseaba, pero también quería romperlo, que perdiera ese maldito autocontrol. Que cometiera el error de tocarla primero. Porque eso le daría el poder. Porque sabía que una vez que él cruzara esa línea, no habría forma de que se alejara.

Y entonces sería suyo, para destruirlo, para domarlo, o para perderse con él.

Apoyó la frente contra el vidrio. La lluvia repiqueteaba como si también llevara su guerra dentro.

¿Quién caería primero?

¿Quién se rendiría?

¿Quién iba a romper las reglas?

Sonrió con un dejo de crueldad.

—Todavía no —susurró, repitiendo sus palabras.

Pero muy pronto.

Muy pronto, el fuego iba a consumirlos a los dos.

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Último capítulo

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