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capitulo 31

Autor: azly
last update Fecha de publicación: 2026-04-07 22:49:45

El sol de la mañana se sentía como una intrusión innecesaria. Tras los eventos de la noche anterior en la biblioteca, el aire en la habitación principal de la mansión Vane parecía haber cambiado su composición química. Ya no era solo oxígeno y nitrógeno; estaba saturado de una sensualidad residual, de ese tipo que te hace consciente de cada milímetro de tu propia piel y de la distancia exacta que te separa de la otra persona.

Alexander se había marchado antes de que yo abriera los ojos, pero
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  • EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA   capitulo 62 epílogo final

    La luz del amanecer en la ciudad siempre tiene un tono plateado, una claridad que no perdona las sombras pero que, esta vez, se sentía como una bendición sobre las sábanas de seda revueltas. Me quedé inmóvil, escuchando la respiración acompasada de Alexander a mi lado. Durante meses, este despertar fue un ejercicio de contención, un recordatorio de las cláusulas y los silencios impuestos por un **prejuicio** que hoy parecía sacado de otra vida. Ya no había un muro de cristal entre nosotros. Habíamos sobrevivido a la caída de mi familia, al escrutinio del mundo empresarial y, lo más difícil de todo, a la imagen distorsionada que teníamos el uno del otro. Él ya no era el CEO de hielo que me veía como un activo molesto, y yo ya no era la mujer que se escondía tras su propia inseguridad. Alexander se movió, despertando lentamente. Sus ojos se abrieron y, al encontrar los míos, no hubo rastro de esa distancia profesional que solía ser su firma. Había una **sensualidad** tranquila en su

  • EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA   capitulo 60 epílogo

    El sol de la tarde se filtraba a través de los altos ventanales de la mansión, pero ya no se sentía como una luz que ponía en evidencia mis defectos, sino como un manto cálido que celebraba mi victoria. Había un silencio sepulcral en la casa, pero era un silencio habitado, uno que ya no me oprimía el pecho. Los cuadros de los antepasados de Alexander seguían allí, observando desde sus marcos dorados, pero su mirada de prejuicio aristocrático ya no tenía poder sobre mí. Yo no era una invitada, ni una transacción, ni una cláusula de escape. Era la dueña de mi propia vida. Caminé por el pasillo hacia nuestra habitación, sintiendo el roce de mis pies descalzos sobre la alfombra persa. Llevaba puesto un vestido sencillo, de esos que Alexander decía que me hacían ver como una mujer real, "de carne y hueso", lejos de las armaduras de seda y diamantes que mi madre solía imponerme. Al entrar, lo vi. Estaba de pie en el balcón, mirando hacia el horizonte de la ciudad donde su imperio se alzab

  • EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA   capitulo 59

    El eco de los conflictos familiares del día anterior aún vibraba en las paredes de mármol, pero ya no como una amenaza, sino como el recordatorio de una batalla que finalmente habíamos ganado. La derrota de mi padre y el desmantelamiento de sus manipulaciones financieras habían dejado un silencio sepulcral en el ala este, pero en nuestras habitaciones, el aire era espeso, vibrante y cargado de una sensualidad que ya no pedía permiso para existir. Me encontraba frente al gran espejo del vestidor, observando mi reflejo con una extrañeza fascinante. Llevaba una bata de seda negra que Alexander me había regalado, una prenda que antes habría sentido como una cadena de oro, pero que ahora se deslizaba sobre mi piel como una caricia de seda. Ya no buscaba imperfecciones en mis curvas ni me castigaba por no encajar en el canon de la "socialité" perfecta. Mi cuerpo era el templo que había resistido el acoso, el desprecio y el agotamiento de las cocinas profesionales. Era el cuerpo de una gana

  • EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA   capitulo 58

    La oficina de mi padre olía a una mezcla de tabaco caro, cuero viejo y esa desesperación metálica que solo tienen los hombres que sienten cómo su imperio de naipes comienza a tambalearse. Me detuve frente a la puerta de roble, ajustando los puños de mi blazer blanco. Hace un año, este mismo pasillo me hacía sentir como una niña que iba camino al patíbulo. Hoy, el sonido de mis tacones sobre el mármol era una declaración de guerra silenciosa. Entré sin llamar. Mi padre estaba de espaldas, mirando por el ventanal hacia la ciudad que tanto se había empeñado en poseer, incluso a costa de mi propia vida. Cuando se giró, su rostro mostró esa falsa sonrisa de orgullo que tanto me había engañado en el pasado. —Emma, querida. Qué alegría verte. He seguido tu éxito en el concurso, realmente has puesto el apellido en boca de todos. Sabía que casarte con Alexander Vane sacaría lo mejor de ti —dijo, extendiendo los brazos como si esperara un abrazo que no llegaría. —Lo que sacó lo mejor de mí,

  • EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA   capitulo 57

    La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión con una insistencia casi personal. Me encontraba de pie en el centro de la habitación que, durante meses, se había sentido como una celda de lujo decorada con el prejuicio de los Vane. Pero esta noche, el aire era distinto. Ya no olía a cera de muebles cara y a las expectativas asfixiantes de mi suegra; olía a libertad. Alexander estaba apoyado contra el marco de la puerta. Había dejado su chaqueta en algún lugar del pasillo y su camisa blanca, ligeramente arrugada, estaba desabrochada en el cuello. Sus ojos, esos pozos oscuros que antes solo proyectaban cálculos financieros e indiferencia, ahora me seguían con una intensidad que me hacía arder la piel. Habíamos pasado por el fuego. Yo había ganado mi lugar en el mundo culinario por mérito propio, y él... él finalmente había bajado de su torre de marfil para pedir perdón. Pero el amor-odio que nos unía no se borraba con una simple disculpa formal. Era una herida profunda que estaba ci

  • EL CEO NO QUIERE A SU ESPOSA GORDA   capitulo 56

    Alexander narra: El silencio de la mansión solía ser lo más valioso. Un entorno controlado, libre de interferencias, donde las decisiones se tomaban con la frialdad de un algoritmo. Pero hoy, ese mismo silencio se siente como un error de sistema. Camino por el pasillo de la segunda planta y mi mirada se desvía, por puro instinto, hacia la habitación de Emma. La puerta está entornada. No hay rastro de las maletas que solían estorbar en el vestidor, ni del aroma a vainilla y determinación que solía impregnar el aire. Ella no ha vuelto. No del todo. Aunque aceptó mi perdón, Emma ha dejado claro que su hogar es ahora ese local con olor a serrín y esfuerzo. Y lo entiendo. Dios, lo entiendo tanto que me duele. El prejuicio es una venda que te pones para no ver lo que te aterra. Durante años, me convencí de que las personas como Emma —emocionales, apasionadas, "suaves"— eran piezas frágiles que debían ser protegidas o ignoradas. Me burlé de su sensibilidad porque yo había extirpado la mí

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