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CAPITULO 3: UN MAL DIA.

Autor: QUEEN DE VIL
last update Fecha de publicación: 2026-04-01 01:10:14

El jueves en Los Ángeles amaneció con un sol pesado y una humedad que se pegaba a la piel como una sentencia. Maya apenas había logrado dormir tres horas; la imagen de la carpeta negra y el desprecio en los ojos de Alexander Morgan habían orbitado su mente. A las 6:15 a. m., el teléfono personal de su escritorio vibró con la violencia de un trueno.

—Martha.

La voz de Alexander, filtrada por el auricular, sonaba más cortante que de costumbre. No hubo saludo. No hubo cortesía.

—He dejado los contratos de la fusión con el consorcio de Hadmon en mi despacho de la mansión. Los necesito en la cafetería The Glass House, en Beverly Hills, en exactamente dos horas. Ni un minuto más. Si no llegas a tiempo y pierdo esta firma por tu negligencia, no te molestes en volver a la oficina. Considera este tu último aviso por bajo rendimiento.

El clic seco de la llamada finalizada dejó a Maya con el corazón martilleando contra sus costillas. Dos horas. Cruzar el tráfico de Los Ángeles hacia las colinas y luego bajar a Beverly Hills en una hora, era, estadísticamente, un suicidio. Pero Alexander no buscaba eficiencia; buscaba un pretexto.

—Dos horas —susurró, y el pánico la eyectó de la cama.

Corrió hacia el baño. No hubo tiempo para una ducha relajante; se lavó la cara con agua helada, tratando de borrar la hinchazón de sus ojos. Se cepilló los dientes mirando su reflejo en el espejo empañado.

"No eres Martha", se repetía entre espumas de pasta dental, "eres Maya, y no vas a dejar que te destruya".

Salió disparada hacia su clóset. Sus dedos temblaban tanto que le costó abrocharse la blusa de seda clara. Se peleó con una falda de tubo que sentía más ajustada que de costumbre, recordándose las palabras crueles que escuchó tras la puerta del despacho.

—No soy gorda, soy real —masculló, apretando el cierre con un tirón que casi lo rompe.

Agarró sus llaves, su bolso y esos zapatos de tacón medio que tanto odiaba, Cruzó su apartamento como un huracán, tropezando con una alfombra deshilachada, recogiendo papeles que se le caían de las manos. Salió por la puerta mientras terminaba de ponerse un arete, el corazón a mil por hora.

Bajó las escaleras del edificio de dos en dos. El aire de Los Ángeles ya se sentía pesado, anticipando el caos. Entró en su auto, tiró el bolso en el asiento del copiloto y arrancó.

Maya condujo hacia las colinas con las manos apretadas al volante, sus nudillos blancos. Al llegar a la estructura de acero y vidrio de Alexander, la recibió una empleada doméstica de rostro severo.

—El señor Morgan dijo que vendría —dijo la mujer, entregándole un sobre de cuero grueso—. Tenga cuidado, son originales únicos.

Maya asintió, guardó el sobre en su bolso y corrió de vuelta al auto. Llevaba una hora y diez minutos restantes. Pero a mitad del descenso, el destino o la mano de Alexander decidió intervenir. Un sonido metálico y un tirón violento hacia la derecha la obligaron a frenar en seco.

—No, no, no... ¡ahora no! —gritó Maya, golpeando el volante.

Bajó del auto. La llanta delantera derecha estaba destrozada. El calor del asfalto ya empezaba a derretir la suela de sus zapatos. Intentó sacar el gato hidráulico, pero estaba oxidado; intentó llamar, pero las colinas se tragaron la señal. Estaba sola, a kilómetros de la civilización de Beverly Hills, con un contrato de mil millones de dólares y un jefe que contaba cada segundo de su fracaso.

Corrio, no tenia nada mas que hacer, pero los tacones le jugaron una mala pasada y la hicieron caer, cosa que ocasiono que se raspara la rodilla.

Maya no tenía tiempo para la dignidad. Con el tacón roto en una mano y el sobre de cuero apretado contra el pecho como si fuera un escudo, se levantó del borde de la carretera. El sol de Los Ángeles empezaba a castigar el asfalto y el sudor le bajaba por la nuca, arruinando su blusa de seda.

Varios deportivos de lujo pasaron de largo, ignorando a la mujer desaliñada que agitaba los brazos. Finalmente, una camioneta vieja, destartalada y con la parte trasera cargada de ganado, se detuvo levantando una nube de polvo.

—¿A dónde vas con tanta prisa, preciosura? —preguntó el conductor, un hombre de piel curtida y sonrisa amarillenta.

El olor la golpeó de inmediato: una mezcla rancia de estiércol, sudor animal y heno podrido. Maya sintió una náusea violenta, pero miró su reloj. Eran las 7:45. Tenía quince minutos para llegar a la cafetería o Alexander Morgan terminaría con ella.

—A Beverly Hills... a la cafetería The Glass House —logró decir, subiéndose a la cabina antes de que el hombre pudiera arrepentirse.

—Un poco elegante para mi camioneta, ¿no crees? —el hombre arrancó, y el hedor dentro del vehículo era casi sólido. Maya sentía que el olor se le pegaba al cabello, a la ropa, a los poros—. No sé qué te pasa, muchacha, te ves... desesperada.

—Es mi trabajo —respondió ella, mirando fijamente la carretera, tratando de no respirar por la nariz.

El hombre la recorrió con la mirada, deteniéndose en sus piernas, donde la falda se había subido un poco tras la caída.

—Sabes... para estar tan sucia y oler a mis vacas, sigues siendo una chica muy hermosa —dijo él. Su voz bajó de tono, volviéndose viscosa.

Maya no respondió. Solo quería llegar. Pero de repente, sintió una mano callosa y pesada apoyarse con firmeza sobre su muslo, justo por encima de la rodilla ensangrentada.

—Suélteme —dijo Maya, su voz vibrando de asco y furia contenida.

—Vamos, no seas así. Te estoy haciendo un favor, ¿no? Podríamos desviarnos un poco, conocernos mejor...

La mano empezó a apretar, subiendo unos centímetros. El miedo que Maya sentía por Alexander se transformó en una chispa de puro odio hacia el mundo que intentaba pisotearla esa mañana.

—¡He dicho que me suelte, desgraciado! —le gritó, clavándole las uñas en el dorso de la mano con una fuerza que hizo que el hombre soltara un alarido y volanteara—. ¡Pase la siguiente calle y déjeme en la esquina o juro que le clavo este tacón en el ojo!

El hombre, sorprendido por la violencia de la mujer que parecía una ratita asustada, frenó en seco a dos cuadras de la cafetería.

—¡Bájate, loca—le gritó él mientras ella saltaba de la cabina.

Maya cayó sobre el pavimento, pero no le importó. Se puso de pie, ignorando el dolor de sus pies ampollados y el hedor a ganado que ahora emanaba de su ropa. Eran las 7:58. Corrió los últimos metros, con el cabello hecho un desastre y el alma encendida.

El reloj de la pared de The Glass House marcaba las 8:15. Quince minutos de retraso que, en el universo de Alexander Morgan, equivalían a una eternidad.

Cuando Maya cruzó el umbral, el aire acondicionado, saturado de fragancias de jazmín y café de especialidad, chocó contra ella. El hedor a estiércol, sudor animal y desesperación que emanaba de su ropa se expandió por el local como una marea invisible. Los clientes de las mesas cercanas, hombres de negocios y mujeres de la alta sociedad, se detuvieron en seco. El sonido de los cubiertos contra la porcelana cesó. Varias personas se cubrieron la nariz con pañuelos de lino, lanzando miradas de asco a la mujer desaliñada, con las rodillas raspadas y el cabello pegajoso.

Maya caminó por el pasillo central. Cada paso dejaba una marca de polvo y miseria sobre la alfombra impecable.

Alexander estaba solo en la mesa, los clientes se habían ido ya y eso significaba el final de su contrato de trabajo.

Había ganado. Ella le había entregado en bandeja de plata la razón que él necesitaba para ejecutar su plan.

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