INICIAR SESIÓNLa idea me arranca una sonrisa torcida. ¿Acercarme ahora al príncipe Riven y soltarle: "Aliémonos, evitemos que tu enamoradizo hermano y mi resbalosa hermana nos asesinen". Ni en los cuentos más baratos de magia y romance eso funciona así.
No. El tablero necesita tiempo. Cada pieza debe moverse en silencio hasta que llegue el momento.
Hoy es solo un encantador niño de doce años con un libro entre las manos y unos ojos que todos temen mirar. En seis años será distinto: un guerrero endurecido por batallas y el rechazo de quienes debieron amarlo. Un nombre que provoca temblores. Y yo... yo también seré otra. No reina, quizás, pero lista, calculadora, y con una sola certeza: no permitiré que ellos sean felices.
—No se preocupe por mí, alteza —digo con la mejor de mis sonrisas—. Puedo ir sola a la fuente. Así podrá seguir disfrutando de su paseo con... las señoritas.
El gesto de Liam se quiebra por un instante. Parpadea, como si la palabra "sola" fuera en un idioma desconocido. Luego recompone la sonrisa, cortés, con los hoyuelos marcándole el rostro.
—Imposible, Lady Margareth. Mi madre me confió su cuidado. No puedo desobedecer.
Las niñas detrás de él suspiran en coro. Yo casi pongo los ojos en blanco.
Un paso firme a mi lado cambia la escena.
—Dile a la reina que yo la acompaño —la voz de Riven corta el aire—. No está sola.
El calor me sube al rostro antes de poder evitarlo. Él se coloca a mi altura, y los murmullos se esparcen como abejas inquietas.
—¿Está de acuerdo, Lady Margareth? —me pregunta con una seriedad que me deja sin aire.
Solo logro asentir, torpe, mientras la sonrisa de Liam se endurece.
—Como quieran —concede al fin, girándose hacia su séquito. Las niñas lo siguen, arrastradas por un río de risitas y miradas furtivas.
Yo me quedo quieta, aun con el corazón latiendo demasiado rápido.
—¿No te agrada mi hermano? —pregunta cuando empezamos a caminar.
—Es más complicado que eso —respondo, recuperando la compostura—. Podría decirse que fue... el amor de otra vida.
Él me mira, confundido. No agrego nada más. El silencio nos acompaña hasta que la fuente aparece ante nosotros.
—¿Esto era lo que querías ver?
—Sí —digo con una sonrisa que me sale del alma—. Es mucho más hermosa de lo que imaginaba.
El mármol brilla bajo el sol; del cántaro de la estatua mana un hilo cristalino que llena el estanque. Las aves que nos acompañaban levantan vuelo de repente, y sus alas manchan de sombras el reflejo del cielo en el agua.
—Una lástima que se hayan ido —susurro—. Creo que este sería un mejor lugar para leer.
Él no responde. Yo lo miro, demasiado tiempo quizá. Sus ojos rojos parecen encenderse con la luz, como brasas escondidas. Son hermosos. Me sorprendo pensando que, si ya con ese cabello oscuro resulta tan llamativo, cuando llegue el día en que se torne rojo como la sangre y el fuego... será aún más imposible apartar la vista de él.
Mi corazón late con fuerza, y sé que debo hacer algo antes de perderlo por años o quizás para siempre.
—Cuando cumpla quince, ¿puede prometerme que vendrá a mi fiesta? —mi voz apenas tiembla—. Quiero bailar con su alteza.
El color de sus mejillas se intensifica hasta alcanzar casi el de sus ojos.
—Es... una invitación muy anticipada.
—Solo prométalo —digo, aferrando su mano. No aparto la mirada; me hundo en ese rojo como si pudiera grabarlo en mi memoria.
Él gira el rostro, tratando de ocultar la vergüenza.
—Lo prometo.
Cierro los dedos alrededor de su mano un instante más, sintiendo cómo me quema. Entonces la voz de mi abuela rompe el momento:
—Margareth, es hora de irnos.
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—No es justo que solo llevaran a Margareth —la voz de mi madre atraviesa la puerta—. Lizzy tiene el mismo derecho.
—Ya irá cuando aprenda modales —responde mi padre.
Camino de largo. No necesito escuchar más.
Unos días después, mi abuela parte al ducado. Me abrazo a ella con fuerza antes de despedirla. Promete escribirme, y me aferro a esas palabras como a un amuleto.
Los días se me iban entre mapas extendidos sobre la mesa, plumas manchando mis dedos y páginas que olían a tinta fresca. Me descubrí con una memoria insaciable: todo lo que leía se me quedaba grabado, como si mi mente fuera una esponja que no se sacia jamás.
—¿Otra vez leyendo? —Lizzy asomaba la cabeza por la puerta, con esa risita burlona que siempre anuncia travesura—. Vas a quedarte ciega, Margareth.
Rodaba los ojos, pero no soltaba el libro. A veces intentaba arrebatármelo, y yo terminaba refugiándome en un rincón del cuarto, protegiendo mis mapas como si fueran tesoros.
Una noche, mamá me sorprendió estudiando a escondidas, con la vela consumiéndose hasta la mitad.
—¿Qué haces despierta a estas horas? —preguntó, con ese tono que no sabía si era regaño o sorpresa.
Cerré el tomo de cartografía con cuidado.
—Solo estaba... repasando un poco.
Ella suspiró, negó con la cabeza y me quitó la vela, dejándome a oscuras. Pero no importó; al otro día ya había conseguido otra.
Y así seguí, devorando política, historia, etiquetas imposibles de memorizar... hasta que cada página se volvía un ladrillo para la fortaleza que estaba construyendo en silencio.
Una semana tras la visita al palacio, llega la invitación real.
—¿Compromiso? ¿Margareth con uno de los príncipes? —mi madre apenas logra esconder la amargura en su voz.
El rey asiente. Mi padre, reverente, contiene una sonrisa satisfecha.
—¿Y usted, señorita Margareth? —pregunta la reina.
—Será un honor, majestad —respondo, con una reverencia impecable.
Acepto con calma. Con el príncipe equivocado.
Pero no importa...
Aún tengo diez años para cambiar de prometido.
Aquel día no vi ni al príncipe Liam ni al príncipe Riven. La reina, sin embargo, dejó claro mi nuevo lugar: organizó de inmediato otra fiesta de té para presentarme oficialmente.
Ese fue el inicio de un entrenamiento implacable: protocolos infinitos, sonrisas medidas, vestidos que ocultaban hasta el tobillo como si fuera un crimen mostrarlo. Por fortuna, bailar aún no estaba prohibido.
Tiempo después comprendería el efecto de esa educación: la primera Margareth terminó aislada, incapaz de forjar amistades verdaderas. Yo debía aprender de ese error.
—Llevémonos bien —dice el príncipe Liam cuando por fin nos encontramos antes de la fiesta de té. Su tono es ligero, casi travieso, y en sus labios brilla una sonrisa que parece ensayada para desarmar corazones.
—Estoy contento de que seas mi prometida. Sin duda eres muy bonita.
Cuando Liam dijo aquello, mi cuerpo traicionó mi juicio. Los hoyuelos tiraron de mi sonrisa; el calor subió a las mejillas como si alguien encendiera una llama bajo la piel. Por un segundo fui como la primera Margareth: la que se rindió ante esa sonrisa bien puesta.
La voz adulta en mi cabeza pegó un tirón. No inventes, me reprendí. No puedes enamorarte de él.
Él sigue hablando, despreocupado.
Pero la imagen llegó sola, rápida y nítida: Imaginé un futuro hermoso andando de su mano. Soñé con un salón lleno de ojos, la música que no se detiene, su mano acomodándose en la mía mientras todos aplauden nuestra danza con envidia. Yo, distraída en esa hermosa ilusión, poco a poco me perdía. Los mapas se desdibujaban, las palabras aprendidas ya no estaban.
La posibilidad de perderme fue como un vacío en el estómago. Si me dejaba llevar, ¿qué quedaría de mi plan? ¿Me convertiría en una de las chicas del rebaño? ¿O acaso él me ve ahora diferente a como miró a la primera Margareth?
No puedo apostar en ello.
Me sorprendí apretando la taza hasta que los nudillos palidecieron.
El pensamiento me sacude. No sé si me halaga o me incomoda.
Sentí el sabor metálico del miedo en la boca, y me obligué a practicar la sonrisa perfecta en silencio, como una gran actriz de tv. Repetí en voz baja la orden que me funcionaba: espera. Observa. No cedas.
Lo único claro es que, a partir de hoy, seré la envidia —y quizá el blanco del odio— de todas sus admiradoras.
Y así, ese día me convertí en la joven más comentada de la corte... hasta que el escándalo del príncipe Riven estalló y eclipsó todo lo demás.
CAROLINA DE LA TORREAl inicio solo ayudé con cosas pequeñas.Muy pequeñas.La abuela Clara parecía convencida de que yo me rompería como porcelana si cargaba algo demasiado pesado. Así que me asignó tareas "adecuadas para mis manitas delicadas", según sus propias palabras.Y tenía razón.Los primeros días terminé con agujetas hasta en lugares cuyo nombre desconocía.Pero poco a poco encontré mi lugar.La ropa de ambos necesitaba constantes arreglos y, afortunadamente, yo sabía bastante de costura, bordado y modistería. Nunca imaginé que aquello que aprendí para convertirme en una "dama refinada" terminaría siendo útil de verdad.Remendé pantalones. Ajusté vestidos. Incluso comencé a bordar flores sencillas en algunas prendas de Clara para sorprenderla.Con el tiempo, hasta los vecinos terminaron haciéndome encargos debido a mi buen gusto.También ayudaba ocasionalmente en la cocina, aunque la abuela Clara protegía ese territorio como un dragón protegiendo oro.—Si dejas demasiado tiem
CAROLINA DE LA TORREAún siento el ardor en mi mano. Nunca había abofeteado a nadie. Ni siquiera de niña recuerdo haberme peleado con alguien. Pero no pude contenerme.La sensación de humillación fue demasiado grande. Salí huyendo con el rostro ardiendo y el pecho tan apretado que apenas podía respirar. Recuerdo vagamente escuchar a mi madre llamándome detrás de mí, pero no me detuve hasta encerrarme en mi habitación.Y ahí lloré. Lloré hasta quedarme sin fuerzas.No tengo idea de cómo volveré a salir de ahí. Me siento tan humillada.Sé que no soy una mujer especialmente bonita. Tampoco joven. No como la señorita Lizzy Nolan, de quien todos hablan con tanta facilidad. Esa clase de belleza delicada que hace que los hombres sonrían apenas entra en una habitación.Yo no soy así. Nunca lo fui.Pero creí tener derecho a ser feliz. O al menos... a tener algo que se pareciera.No estaba enamorada del conde Luis Renard. Apenas lo conocía realmente. Pero era un compromiso que había acep
ARMANDLa misión era fácil. Tan fácil que casi la consideré un insulto cuando la princesa Eliana la explicó frente a nosotros.Una humana. Sin habilidades especiales. Sin protección real.Seguirla. Esperar. Eliminarla.Eso era todo.Ninguno de nosotros hizo preguntas. No porque fuéramos soldados ciegos, sino porque cuando la princesa hablaba de sus visiones, el aire mismo parecía inclinarse ante ellas. Había tristeza en sus ojos aquella noche. No odio. No crueldad.Temor.Y eso fue suficiente para entender que aquella misión no nacía del capricho.No me agradaba la idea de matar.Eso va contra nuestra naturaleza.Los elfos nacimos para preservar vida, no para extinguirla. Incluso durante la guerra, muchos de los nuestros preferían sanar antes que blandir una espada. La muerte jamás debería convertirse en costumbre.Mucho menos en herramienta.Pero la princesa no hablaba por conveniencia. Hablaba por necesidad.Y las visiones de la princesa Eliana jamás se equivocaban.Si aquella
MORISTodo se sentía ligeramente diferente. El aire, las calles, el mundo en general.Caminé entre la plaza sintiendo que cada paso me alejaba más de la realidad que conocía. El olor seguía siendo el mismo. Pan recién horneado. Hierbas secándose al sol. Estiércol de caballo. Gente negociando a gritos.Y aun así... todo era distinto.Habitantes de Dorial caminaban entre humanos como si aquello fuera normal. Normal.Una palabra absurda.Vi a un espectro menor ayudando a descargar cajas de una carreta mientras un anciano humano le daba instrucciones sin temblar de miedo. Más allá, una mujer con escamas oscuras discutía el precio de unas frutas con un comerciante. Incluso un cambiaformas como yo caminaba tomado de la mano de una humana mientras ambos reían.Nadie los perseguía. Nadie los insultaba. Nadie los miraba como monstruos.Sentí un escalofrío recorrerme completo. Porque eso significaba una sola cosa.Mi señor ganó.Pero... ¿cómo? ¿Y cuándo?El palacio real apareció a la d
MORISAquí todo es silencioso y frío.Al inicio, y durante mucho tiempo, escuchaba una especie de chapoteo. El sonido de algo cayendo de golpe al agua. Una y otra vez.Plaf. Plaf.Plaf.Era irritante... pero también reconfortante. Porque significaba que existía algo más aparte de mí. Luego incluso eso desapareció. Y entonces comprendí lo verdaderamente aterrador que puede ser el silencio cuando no tiene final.No sé cuánto tiempo pasó. Días. Meses. Años quizás.En un lugar como este el tiempo se pudre igual que todo lo demás.Pero un día escuché un llanto. Un llanto femenino.Puede que sea insensible de mi parte, pero aquello me produjo alegría.No específicamente por su sufrimiento. Sino porque ya no estaba solo. Había alguien más conmigo. O algo parecido.Grité. Y el llanto se detuvo de inmediato.Eso me aterró. No quería volver al silencio.No importaba quién estuviera afuera. Humano, bestia o demonio. Necesitaba escuchar otra voz además de la mía.Seguí gritando. M
MARGARETHRiven debía estar a mi lado cuando entrara en labor de parto. No había otra opción.No podía arriesgarme a congelar accidentalmente a la partera o atravesarla con una pared de hielo por culpa del dolor de una contracción. Mucho menos incendiar algo. Porque sí, mi magia había decidido evolucionar junto con mi embarazo y eso era tan hermoso como aterrador.No arriesgaría el bienestar de mi bebé. Riven palideció cuando se lo dije.Literalmente. Fue incluso divertido.No era normal en este mundo que un hombre presenciara un parto. De hecho, la partera casi se desmaya cuando anuncié que mi esposo permanecería dentro de la habitación.Pero él no se negó. Supongo que compartía mi preocupación. O quizás simplemente ya había aceptado que discutir conmigo durante el embarazo era inútil.♦♣♠◘Las contracciones fueron infernales. No existe una palabra más elegante para describirlo.Dolía como si alguien intentara partirme la espalda desde dentro mientras me aplastaban los huesos