INICIAR SESIÓNEmma Valmont, crítica literaria implacable, se burló del cliché de una novela romántica… hasta que despertó atrapada en su historia como Violeta Lancaster, la villana destinada a morir. ¿Podrá reescribir su final antes de que la sentencia del libro caiga sobre ella? Entre intrigas de palacio, un compromiso político y un príncipe que empieza a mirarla diferente, Emma tendrá que demostrar que incluso la villana puede ser la protagonista.
Ver másLeonard no pudo contener la emoción y, al ver a su madre acercarse, corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, sintiendo que por fin estaba en casa.—¡Madre! Te extrañé tanto… —susurró, con la voz quebrada por la mezcla de alivio y felicidad.Isolde, con lágrimas asomando en sus ojos, lo rodeó con sus brazos y lo sostuvo cerca, como si no quisiera dejarlo escapar nunca más. Su corazón latía acelerado, y la preocupación de los últimos días se desvanecía ante la certeza de que su hijo estaba a salvo.—¡Leonard! ¡Mi niño! —exclamó la reina, con la voz temblorosa y cargada de emoción—. ¡Estuve tan preocupada! ¿Dónde estabas metido todo este tiempo? —sus manos recorrían suavemente su rostro, buscando en cada rasgo confirmar que realmente era él.Leonard le tomó las manos y, con una sonrisa cargada de ternura, respondió:—Madre, te prometo que nunca más quiero preocuparla… y hay algo más que debo contarte. Ella… —dijo señalando a Emma con un gesto suave— es Emma Valmont. Ha estado a mi lado
El aire de Theros los recibió con su majestuosidad habitual, pero el brillo de sus paisajes y la calma que Emma y Leonard esperaban se vieron interrumpidos por la presencia de los guardias del reino. Dos hombres de armadura reluciente, con gestos rígidos y miradas duras, se acercaron inmediatamente, bloqueando el camino de la pareja.—¡Alto! —ordenó uno de los guardias con voz firme y autoritaria—. ¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí?Leonard dio un paso al frente, levantando la cabeza con orgullo.—Soy Leonard, príncipe heredero de Theros —declaró con voz clara, esperando que su rango fuera suficiente para que lo respetaran.Los guardias se miraron entre sí, conteniendo apenas una risa irónica.—¿Leonard? —preguntó uno, esbozando una mueca burlona—. ¿Ese nombrecito? Con esa vestimenta no parece ni un príncipe, y mucho menos alguien que deba entrar en palacio. Esa… —su mirada se posó en Emma, que llevaba shorts y ropa casual de Nueva York—, esa mujer descarada, mal vestida y atrevid
El resplandor del libro creció de manera vertiginosa, iluminando cada rincón del apartamento de Emma con una intensidad casi cegadora. La luz no era sólo brillante: parecía viva, como un corazón latiendo con fuerza y reclamando su derecho a abrir un camino entre mundos. Leonard y Emma se miraron, sus manos entrelazadas, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo un cosquilleo recorrió cada fibra de su ser, como si sus cuerpos fueran parte del flujo de energía que emanaba del libro.Primero fue un leve viento que agitó las cortinas. Luego, las páginas del libro comenzaron a pasar solas, doblándose y vibrando, y un murmullo profundo resonó como un eco de voces lejanas que sólo ellos podían escuchar. Los objetos del apartamento empezaron a temblar: los vasos en la mesa tintineaban, las sillas crujían, y algunos libros de las estanterías cayeron suavemente al suelo, como si la gravedad misma estuviera siendo alterada por aquella fuerza desconocida.—Leonard… —susurró Emma, aferrá
Cuando Leonard finalmente llegó frente a la puerta, la encontró entreabierta, y Emma estaba allí, apoyada ligeramente en el marco, con los ojos fijos en él. La ansiedad en su mirada era evidente; podía percibir que había pasado toda la mañana pensando en él, preocupada y esperando su llegada.—¿Estás seguro de que esto va a funcionar? —preguntó ella, con la voz cargada de incertidumbre—. Leonard, si hacemos esto… ¿realmente crees que vas a volver a Theros?Leonard la miró, tomando un profundo respiro. Sus ojos reflejaban la mezcla de miedo y determinación que sentía. Sabía que este era el momento crítico, y que cualquier duda podía arruinarlo todo.—No —dijo finalmente, con un tono firme, aunque no exento de emoción—. No es solo regresar yo. Esta vez… vamos los dos. Tú y yo. Si vamos a atravesar ese portal, será juntos.Emma parpadeó, sorprendida. Una oleada de emoción se mezcló con un dejo de miedo. Lo había entendido, pero el peligro era innegable. Se llevó una mano al pecho, tratan
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