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Autor: Aragones
last update Fecha de publicación: 2024-12-07 07:48:38

Salí de la empresa hecha pedazos, con el corazón completamente destrozado. Jamás pensé que algo podría doler tanto, ni siquiera cuando me dijeron que nunca podria tener hijos. Esto era diferente; era como si el aire se hubiera convertido en cristales que cortaban cada vez que intentaba respirar.

Caminé rápidamente hacia el estacionamiento. Quería salir de ahí, dejar atrás ese lugar que ahora olía a traición y falsedad. Todo en mí gritaba huir, alejarme para siempre.

—¡Abigail! —La voz de Pietro rompió el silencio.

No me detuve. Aceleré el paso, transformando mi andar en una carrera desesperada. No quería verlo, no quería escucharlo, no quería estar cerca de alguien tan ruin, tan despiadado.

Pero su mano me alcanzó. Fuerte, fría y firme, se cerró alrededor de mi brazo, deteniéndome de golpe y obligándome a girarme para enfrentarlo.

—Tenemos que hablar ¿Qué escuchaste? Déjame explicarlo—dijo con una calma aterradora.

Sin pensarlo, descargué toda mi rabia contra él, golpeándolo en el pecho con mis puños temblorosos. No tenía fuerza, pero tampoco la necesitaba. Mi odio hablaba por mí.

—¡Suéltame! ¡Eres despreciable! —le grité, con un dolor que me rasgaba el alma.

Pero él solo sonrió. Esa sonrisa, cargada de superioridad, desgarró lo poco que me quedaba entero. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo no vi a este monstruo escondido detrás de su máscara?

—Deja de gritar. Vamos a mi oficina, tenemos mucho de qué hablar —dijo con una calma insultante, como si yo no tuviera derecho a resistirme.

Negué con la cabeza, la indignación llenándome de una fuerza que no sabía que tenía.

—No. Tú y yo no tenemos nada que hablar. Eres un desgraciado, pero te juro que te dejare en la calle, justo de donde viniste.

Mis palabras salieron cargadas de veneno, cada sílaba impregnada de la rabia que había estado acumulando. Pero en lugar de afectarle, su mano se apretó más alrededor de mi brazo. El dolor me hizo soltar un gemido, pero no dejé de mirarlo con el desprecio que se merecía.

—Tarde o temprano, me darás lo que me pertenece —susurró con una frialdad que heló la sangre.

Su agarre se volvió insoportable mientras me arrastraba de regreso hacia el edificio. Por más que me resisti, su fuerza me superaba. Cada paso era una derrota, cada segundo, una humillación más.

De un empujón, me metió en su oficina y cerró la puerta con seguro. Lucrecia ya no estaba. Quizás era mejor así, porque no habría podido contenerme si la hubiera visto.

—Ya que lo sabes todo, creo que es momento de ser sincero contigo antes de que mueras —dijo, su tono desprovisto de cualquier rastro de amor.

Tragué en seco, sintiendo cómo mi cuerpo temblaba. La persona que tenía frente a mí era alguien completamente desconocido. Ese no era el Pietro al que alguna vez amé.

—Te odio —continuó—. Te odio a ti y a todos los tuyos. Tu padre fue un ladrón miserable que le robó todo a mi familia.

Algo dentro de mí se quebró. La imagen de mi padre, un hombre justo y trabajador, ensuciada por su lengua venenosa. No lo soporté. Sin pensarlo, corrí hacia él, golpeándolo con toda la fuerza que mi rabia y mi desesperación podían reunir.

Pero Pietro me empujó con facilidad, como si mis golpes fueran los de una niña indefensa. Mi cuerpo chocó contra el suelo con un golpe seco, el dolor físico mezclándose con el emocional. Lo miré desde abajo, llorando como una niña pequeña, mientras él me observaba con una indiferencia que me mataba.

—Me lo devolverás todo, Abigail. Así tenga que arrancártelo de las manos. —Su voz, cargada de frialdad.

Me quedé ahí, en el suelo, llorando sin control. No había nada más que pudiera hacer. La persona que pensé que era mi refugio resultó ser mi verdugo. Y mientras él se quedaba de pie, imponente y cruel, yo solo podía preguntarme cómo había llegado a este momento, tan rota, tan humillada, tan sola.

—¿Quién eres? —pregunté, mi voz rota, cargada de incredulidad. El hombre que tenía frente a mí no era el Pietro que conocí, que amé. Era un extraño, un monstruo.

Pietro se acercó con lentitud, poniéndose de cuclillas frente a mí. Su rostro, que antes parecía tan sereno, tan lleno de comprensión y amor, ahora era un recordatorio de lo estúpida que había sido en estos años.

—Soy Pietro Alexakis, hijo de Arthur Alexakis, el verdadero fundador de esta empresa. Tu padre se la robó con artimañas sucias, y mientras él prosperaba, yo vivía en la miseria. Vi a mi padre ahogarse en alcohol, destruido por perder lo que con tanto esfuerzo construyó. —Hizo una pausa, sus ojos brillando con un odio que quemaba—. He vuelto para recuperarlo todo.

Sus palabras eran como látigos, cada una desgarrándome un poco más.

—Eso no es cierto —logré decir, mi voz apenas un susurro entre lágrimas—. Mi padre jamás le habría robado nada a nadie. Tú lo conociste, Pietro. Sabías qué clase de hombre era.

Pero él simplemente sonrió, una sonrisa amarga y despectiva, como si mi defensa le resultara patética.

—Sí, lo conocí. Era un bastardo egoísta que solo se preocupaba por su beneficio. Pero te diré algo, Abigail, de él aprendí lo más importante: cómo aplastar a los demás para obtener lo que quiero.

Un temblor recorrió mi cuerpo. Las manos me ardían de rabia. Quería golpearlo, borrar esa sonrisa arrogante de su rostro, pero estaba paralizada por el dolor, por la traición y por el miedo.

—No vas a recuperar nada —dije, mi voz quebrada por el llanto—. Jamás tendrás nada mío.

Pietro se levantó con una calma que me enfureció aún más. Caminó hasta su escritorio, ignorándome, como si yo no fuera más que un objeto desechable. Desde ahí, me miró con una expresión de satisfacción que encendió una chispa de furia dentro de mí.

—¿Recuerdas el documento que firmaste hace un par de años? —preguntó con frialdad.

Sin esperar respuesta, encendió su computadora y comenzó a buscar algo. El sonido de las teclas rompía el silencio de la habitación. Luego, giró la pantalla hacia mí.

Me acerqué con el corazón latiendo frenéticamente, sintiendo el peso de su mirada sobre mí. Lo que vi me dejó paralizada.

Mis ojos recorrieron una y otra vez las líneas de aquel documento que sentenciaba mi destino: si teníamos un hijo y yo desarrollaba una enfermedad mental, él sería el albacea de todo. Pero lo más aterrador era lo siguiente: si llegaba a morir, todos mis bienes le serían transferidos de inmediato, sin condiciones.

Un grito ahogado salió de mi garganta. Sentí un vacío en el pecho, una furia descomunal mezclada con la devastación de darme cuenta de que todo, todo había sido un juego.

Con un movimiento impulsivo, tomé la pantalla entre mis manos y la lancé al suelo con todas mis fuerzas. El ruido del impacto fue ensordecedor, pero no logró silenciar mi rabia.

—¡Eres un maldito! —le grité, temblando, con lágrimas corriendo por mi rostro. Me sentía ridícula, una estúpida por no haber visto todo esto antes.

Pietro se limitó a mirarme, una sonrisa satisfecha en su rostro. Para él, mi sufrimiento era una victoria.

Me quedé ahí, respirando con dificultad, tratando de procesar la magnitud de su traición. Había confiado en él, había creído en su amor. Y ahora estaba frente al hombre que había planeado mi ruina desde el principio.

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Último capítulo

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   91

    El motor se apagó. El silencio que siguió fue brutal.nGiorgio bajó primero. Yo tardé un segundo más. El refugio parecía un templo olvidado entre sombras y árboles. La tensión se cortaba en el aire apenas pusimos un pie dentro. Las miradas se clavaron en Giorgio como cuchillos. Él lo sabía. para todos en ese lugar el era el enemigo.—creo que no soy bienvenido aqui— me dijo en voz baja y en tono de burla como para bajar un poco la tensión.—no hagas que te maten— le dije. Giorgio asintió con la cabeza y miró de un lado a otro.Raffaele apareció entre la multitud y camino hacia nosotros con lentitud. Alto, delgado, con el rostro cruzado por arrugas que no lo debilitaban, sino que lo convertían en algo más temible: experiencia viva.—Raffaele… —murmuró Giorgio, y su voz no ocultó el asombro.— Giorgio. que bueno verte aqui— le dijo él.Giorgio se veía confundido y me miró, ¿pero que le podía decir yo?—¿desde cuándo estás con ellos?— le pregunto. —desde siempre, es injusto todo lo que

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   90

    la velada siguió igual de tensa, todos me miraban por el rabillo del ojo. pero la única mirada que realmente pesaba era la de él, de Giorgio. me hacía sentir tan incomoda.—viene hacia aqui— me dijo Kael.Yo no sabía a lo que se refería y entonces lo entendí, era Giorgio caminando hasta nosotros.—Ven conmigo, por favor.Giorgio me lo susurró cerca del oído, como si el peso de lo que estaba a punto de decir no pudiera ser compartido con el mundo. Había esperado toda la noche para hablarme. —dejame en paz — le dije. pero él no se apartó.—dame cinco minutos por favor — me pidio.Yo miré a Kael y el asintio con la cabeza, así que me levanté y acompañe a Giorgio al jardín. —¿Qué quieres? —le espeté sin rodeos, sintiendo todavía el ardor de su mirada cuando desfilé con Kael entre los lobos del salón. —Quiero salvarte, maldita sea —dijo, y su voz quebrada me tomó por sorpresa. —¿Salvarme? ¿Después de abandonarme? Giorgio se acercó más. En sus ojos había culpa. Rabia. Dolor. Y deseo.

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   89

    Hoy era el día en que me enfrentaría directamente a todos ellos, quería ver sus rostros llenos de rabia y frustración.pero en especial quería ver el rostro de Dunkel, quería ver en sus ojos el odio hacia mi, disfrutar de cada mirada de rencor. quería que todos supieran que no pudieron derrotar a un simple cero.El evento de hoy definitivamente era crucial para nuestros planes, hoy le declararemos la guerra a todo el concejo.El rojo sangre de mi vestido abrazaba cada curva de mi cuerpo como si hubiera sido hecho a medida. Cada paso que daba con los tacones negros resonaba como un golpe en la conciencia de quienes me habían dado por muerta. Estaba viva. Más viva que nunca. Y esa noche… esa noche iban a recordarlo.Entré al salón con la barbilla en alto, el corazón latiendo como un tambor de guerra. Todo estaba bañado en luces doradas y música elegante, pero lo que sentí al cruzar la puerta fue tensión. Un silencio cargado, una pausa incómoda que corté con mi presencia. Era la única ce

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   88

    Gabriele apretaba el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su respiración era densa, cargada de odio, de rabia... y de culpa. Había anotado tres direcciones. Tres lugares donde se harían las próximas subastas. Lugares que él mismo había ayudado a proteger. Ahora, estaba a punto de destruirlos. —Toma nota —murmuró con voz baja. Del otro lado, el silencio fue su única respuesta al principio. Después, la voz de Abigail, suave pero firme, se filtró como veneno dulce. —Dime. Gabriele cerró los ojos. La traición se le anudó en la garganta. Dio las direcciones una por una, como si cada palabra le arrancara parte del alma. Cuando terminó, el silencio volvió. — gracias Gabriele esto significa mucho para mi—La voz de Abigail sonaba burlona. —No lo hago por ti —gruñó él—. Lo hago por ella. Así que más te vale que este bien. Abigail no respondió. Colgó. Él se dejó caer en la silla, sintiendo que cada fibra de su ser se desmoronaba. --- Horas más tarde, los ru

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   87

    Gabriele caminaba de un lado a otro en su despacho, incapaz de encontrar un maldito respiro. El peso de sus decisiones lo aplastaba. Había traicionado al Consejo. Había escupido sobre todo aquello que alguna vez juró proteger. Todo por ella. Por su luna. Por la mujer que era la única razón por la que todavía respiraba. Y ahora... ahora estaba solo con su rabia, su culpa y el sabor amargo del fracaso. El timbre del teléfono retumbó en la casa vacía. Gabriele apretó la mandíbula y respondió de mala gana. —¿Qué? —gruñó. La voz nerviosa de uno de sus hombres atravesó la línea. —Señor... la subasta... fue un desastre. Se llevaron a todos. Humanos, ceros, varios alfas también. No sabemos cómo ocurrió, fue rápido, fue— Gabriele cerró los ojos, sintiendo que la ira le subía como una marea furiosa. Lo sabía. Lo sabía en el fondo de sus huesos que esto pasaría. —Yo me encargaré —dijo en voz baja, amenazante. Colgó antes de escuchar más excusas. Se apoyó en el borde del escritorio,

  • LUNA PROHIBIDA QUIERE VENGANZA   86

    Apenas Giorgio se fue, el silencio volvió a caer en el salón. El eco de sus palabras, de su boca sobre la mía, seguía retumbando en mi mente, haciéndome dudar de lo que estaba haciendo. Me toqué los labios con furia, maldiciéndome por cada fibra de mi cuerpo que aún lo deseaba. —Maldito seas, Giorgio —susurré entre dientes—. No tienes derecho… No tenías derecho a remover lo que había enterrado. No tenías derecho a despertar lo que tanto me había costado silenciar. Yo no era esa mujer. No más. —¿Estás bien?— me preguntó Pietro. Yo lo mire y le di una sonrisa. —muy bien, ahora largo— le dije. El asintio y salió de casa, yo fui escaleras arriba, haata llegar a mi habitación. Entre y me quedé allí, por un momento pensando en lo que había pasado, mi estúpido corazón no dejaba de palpitar. Caminé hacia el enorme ventanal, tratando de calmar mi respiración. El reflejo del cristal me devolvió una imagen que odiaba: mis mejillas encendidas, mi pecho agitado, mi mirada nublada. Ese bes

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