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Capítulo 3

Autor: Amaya Evans
last update Fecha de publicación: 2022-02-16 05:11:11

Nicole entró a la casa que estaba con la puerta abierta. Miró a todos lados y no vio a nadie, hasta que llegó al balcón donde lo vio admirando el paisaje. Fue hasta allí, y abrió la enorme puerta de vidrio para salir al exterior. Fue allí cuando Bryce se percató de su presencia.

— ¡Nicole! Qué bueno que ya  estés aquí. —Bryce estaba vestido informal; unos jeans y una camisa blanca. No llevaba zapatos elegantes sino unos tenis y ella casi no podía creer lo diferente que se veía, pero sobre todo lo relajado que parecía estar. No tenía ese gesto huraño y la frente arrugada como casi siempre que estaba en la oficina.

—Buenas tardes, señor Powell. Sí, hace un buen rato llegamos, pero estaba instalándome y haciendo un biberón a la bebé.

Ese fue el momento en el que Bryce reparó en Chloe, que lo miraba absorta.

—Hola señorita Chloe, mucho gusto en conocerte.

Chloe seguía observándolo con fascinación—bueno si hay algo que podemos decir de ella, es que es de pocas palabras.

—Oh si—Nicole se echó a reír—apenas está comenzando a balbucear. Pero créame que si lo ve de esa manera, es porque le ha caído bien. A propósito, quería darle las gracias por ser tan considerado conmigo y con Chloe. Todas esas cosas para ella…yo realmente no lo esperaba.

—Bueno, si quieres que sea sincero, yo no tenía idea de que necesitarías todo eso, pero fue Rachel, la que me hizo caer en cuenta. Y me dijo que tu trabajo sería menos pesado con esas cosas. También he puesto un portátil, con su impresora y un intercomunicador para que me pases las llamadas cuando atiendas desde aquí.

—Parece que han acertado en todo, Rachel y usted—confirmó ella.

—Eso es un alivio—dijo él sonriendo — ¿Qué te parece si te muestro la casa?

—Oh sí, claro. Ya quiero conocerla.

—Empecemos por la cocina.

—Desde luego.

Le enseñó la sala con la vista panorámica y el comedor, pues quedaban en el camino hacia la cocina. Ella se imaginó la delicia que sería desayunar allí viendo el sol salir por las montañas. Le mostro la nevera y le dijo cómo funcionaba, porque prácticamente solo le faltaba hablar. Fueron a la enorme despensa y allí le mostró como estaba todo organizado.

— ¿Que le gustaría que le prepara en el desayuno?

—Puede variarlos, un día huevos revueltos y tostadas, otro día cereal, y lo que se le vaya ocurriendo. Pero si tiene alguna duda, me puede preguntar antes. Lo cierto es que no soy para nada complicado con esas cosas, solo me vuelvo exigente si voy a un restaurante, pero en mi casa soy lo más sencillo que puedo. Eso sí, tomo mucho café y bebidas aromáticas de frutas, que me encantan.

—Bien, entonces es como la mayoría, que necesitan un café para aterrizar todas las mañanas a este mundo.

Él sonrió—exacto. Si puede dejar la cafetera puesta la noche anterior para que cuando me levante, tenga lista mi primera taza, sería un gran favor.

—No diga más, así lo haré. Pero de todas formas me gustaría saber su horario normal de trabajo cuando está aquí.

—Suelo empezar muy temprano. A las seis de hecho, ya estoy en mi estudio con mi taza de café, y terminó a la que hora que mi musa me deje. Por lo que puede ser a las ocho, a las diez, o hasta entrada la madrugada.

A ella eso no le pareció nada saludable. Él no podía agotar su cuerpo de esa manera y ya encontraría la forma de hacérselo saber con mucho tacto—Podemos empezar con el desayuno después de las ocho ¿le parece? Así ya habrá tenido dos horas de trabajo en la mañana y podrá hacer un pequeño receso para comer bien.

—No me parece mala idea. No me gusta almorzar temprano, así que las dos de la tarde sería una hora perfecta para mí.

Ella asintió en acuerdo—muy bien. ¿Y la cena?

—Esa prefiero que me la dejes servida, porque habrá días que ni me acuerde y cuando lo haga, será tare. Entonces solo subiré y cenaré lo que me hayas dejado en el horno.

—Está bien, lo tendré muy en cuenta, señor Powell. Ella tenía cargada a la bebita, pero había llevado una pequeña libreta donde iba apuntando todo.

—Créeme Nicole, que si tú cumples con tu parte, y yo puedo trabajar tranquilo, la nuestra será la mejor relación, una muy cordial y respetuosa.

Chloe lo miró y como respondiendo, se echó a reír a carcajadas mirándolo.

Bryce no era muy dado a los niños, pero una sensación de ternura lo inundo y tomó una de las manitos que la bebé le ofrecía—entonces, es un trato—le dijo sonriendo y la pequeña se echó a reír de nuevo.

— ¡Vaya! Ella no es así con todo el mundo—creo que le ha caído bien.

—Que puedo decir…las mujeres me adoran.

Nicole no pido evitar reír ante esa afirmación, pues tenía mucha razón. Pero su pequeña Chloe no era como esas mujeres, ella lo enamoraría completamente.

—En cuanto a la limpieza, no es nada del otro mundo. Esta casa es enorme, lo sé. Pero no tengo invitados todo el tiempo, así que las siete habitaciones que tiene, no se usan todo el tiempo. Las más usadas son la mía y el estudio porque son donde más paso tiempo, de manera que a las otras dependencias solo tendrás que darles una pasada, y no será todos los días. Por lo general una vez cada quince días viene la señora de la limpieza a hacer aseo general a la casa, y allí si se hace una gran limpieza.

—Siempre me he preguntado ¿por qué pudiendo tener gente que venga a hacer todo por usted cuando viene aquí, solo quiere una persona que se ama de llaves?

—Bueno, lo que te dije antes de que la casa no lleva mucho trabajo, porque casi no pasa ocupada, es una de las razones. Soy un hombre con dinero, pero ¿Para qué voy a gastarlo en pagar una limpieza todo los días cundo no hay nadie aquí? Y la otra razón, es por privacidad. Te has dado cuenta de que lo mínimo que hago sale en las revistas. No me gusta tener mucha gente a mi alrededor que sepa todos mis movimientos y las cosas muy personales de mi vida. Incluso cuando hago firmar a todo el mundo un contrato de confidencialidad, eso no me garantiza que no van a incumplirlo, solo por pensar que se van a hacer ricos a costa de mi vida privada.

Sin ir más lejos, hace un tiempo, una vez hubo alguien que dio información muy privada de negocios que teníamos, y campañas a punto de salir. La pasamos mal esos meses tratando de averiguar quién diablos había dado esa información a la competencia, y buscamos e investigamos a cada uno de los empleados de la empresa. Resulta que una empleada en mi casa de la ciudad, se las ingenió para entrar a mi estudio sin que yo me diera cuenta, y fotografió para la competencia proyectos y bocetos de campañas importantes. Te imaginarás la sorpresa cuando me di cuenta de que la persona que buscamos por todo lado, estuvo todo el tiempo en mi propia casa.

— ¡Oh Dios! Ahora entiendo la razón de su desconfianza.

—Ese es el precio a pagar por ser un hombre adinerado—comentó aburrido.

—Ya veo… —a ella le hizo gracias que se describiera como un simple hombre adinerado, cuando su fortuna era una de las más grandes del país y había salido en revistas como uno de los más ricos del mundo. —Bueno, como creo que debe tener hambre, voy a familiarizarme con la cocina y mirare que puedo preparar para la cena.

—No es necesario que lo hagas tan temprano. Además tampoco tienes que hacerlo con la bebe a cuestas. Entre las cosas que están en la cabaña, tienes un monitor de bebé muy potente, y puedes dejarla dormida allí o aquí en uno de los sofás de la sala.

—Tal vez en un sofá no, porque podría moverse y caerse. Pero ella tiene su pequeño corral, que podría traer aquí y allí dormirla mientras trabajo.

—Sí eso funciona para ti, hazlo.  También sé que hay una silla para bebé, en caso de que quieras que coma con nosotros en la mesa. Yo no tengo problema con eso—miró su reloj—Ahora me voy al estudio, te dejo sola para que hagas lo que quieras. —miró a la niña y tomó su manito—nos vemos luego, princesa Chloe. Quedas en tu casa.

—Muchas gracias, señor Powell. Gracias por todo. Es demasiado todo lo que ha comprado para facilitar nuestra estadía aquí.

—No me las des, ambos no estamos ayudando aquí—sus ojos la miraban con apreciación y ella se sintió algo cohibida— Siempre te he visto con ropa de trabajo. Te queda bien ese atuendo informal.

Nicole se quedó muda, y lo vio alejarse todavía sorprendida por sus palabras—Él jamás había reparado en ella o en su ropa. La verdad esperaba que todo siguiera de esa manera, porque a ella tampoco le había pasado desapercibido, su aspecto informal que lo hacía ver mucho más guapo. ¡Ni lo pienses, Nicole! Ese hombre solo te dijo que te ves bien, ni se te ocurra hacerte ideas en la cabeza que solo van a meterte en problemas.

                                                                               

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