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Capítulo 3

Author: Tohir Edric
last update publish date: 2026-04-23 15:18:26

«No necesito su compasión, señor. Déjeme ir ahora.»

La voz de Elena sonaba ronca, pero firme. Permanecía erguida en medio del amplio despacho de Diego, ignorando el dolor punzante en su vientre bajo. Sus manos temblorosas apretaban con fuerza su falda, ahora sucia y ligeramente rasgada. Sus ojos se clavaban en Diego con cautela, negándose a mostrarse débil ante aquel hombre arrogante.

Diego Alvarez estaba de pie junto a la gran ventana que mostraba la ciudad bajo la lluvia torrencial. Le daba la espalda, con las manos en los bolsillos. Un aura fría y dominante emanaba de su cuerpo. No respondió de inmediato, dejando que un silencio tenso se apoderara del lugar. Para él, la joven detrás suyo no era más que una variable inesperada que llevaba el activo más valioso de la familia Alvarez.

«Tu seguridad ya no es solo asunto tuyo, señorita», dijo Diego lentamente, con voz plana y sin emoción. «Ahora es mi responsabilidad. Al menos hasta que el médico confirme que tu embarazo no ha sufrido ningún daño por el ataque de Monica.»

«Este hijo es asunto mío, no suyo. No me importa quién sea usted», respondió Elena con rapidez. Dio un paso atrás, mirando de reojo la puerta lateral que conducía al ascensor. Su instinto le decía que estar cerca de ese hombre era más peligroso que la tormenta afuera.

En ese momento, el asistente de Diego entró apresuradamente con un montón de documentos. La atención de Diego se desvió por un instante para recibirlos. Elena no dudó. En silencio, caminó rápidamente hacia la puerta lateral y desapareció tras la madera de roble.

«¡Señorita!», exclamó Diego al darse cuenta de que ya no estaba.

Corrió tras ella, pero las puertas del ascensor ya se habían cerrado. No gritó ni maldijo. Permaneció en silencio, observando los números descender con la mandíbula tensa. La irritación hervía en su pecho, no por preocupación hacia Elena, sino porque su activo acababa de escapar.

«Encuéntrenla. Bloqueen todos sus accesos», ordenó a sus guardias a través del intercomunicador, con una calma mortal.

Una hora después, su asistente se encontraba de pie frente al escritorio, con la cabeza inclinada. Colocó una carpeta con los resultados de una investigación rápida.

«Se llama Elena Perez, señor», informó. «Su suposición era correcta. Hubo un error fatal en el hospital hace dos meses. Sus expedientes médicos se intercambiaron con los de Monica cuando chocaron en el pasillo. La señorita Elena fue sometida a la inseminación sin saberlo, mientras que Monica perdió su riñón izquierdo al ser considerada una donante voluntaria.»

Diego guardó silencio unos segundos, regulando su respiración, aunque ya lo sospechaba. Sus dedos tocaron lentamente la fotografía de Elena, donde se veía mucho más saludable que la joven que había visto antes.

«¿Por qué está buscando trabajo en un café de ese nivel?»

«Su vida se derrumbó hace una semana, señor. Su prometido, Sebastian, canceló la boda durante el compromiso al enterarse de que estaba embarazada. Incluso se comprometió con la hermanastra de la señorita Elena, Paula, ese mismo día en que su padre murió de un infarto tras conocer el embarazo», continuó el asistente. «Martha y Sebastian se aseguraron de que ninguna empresa la contratara.»

«¿Dónde está ahora?», preguntó Diego.

«Durante esta semana ha estado viviendo en la vieja casa de su difunta abuela, en un barrio marginal. Ha rechazado la ayuda de sus amigos porque no quiere ser compadecida», añadió.

«Prepara el auto. No permitiré que mi heredero nazca en un basurero», dijo Diego mientras se ponía de pie y ajustaba su traje.

El automóvil de lujo atravesó la oscuridad de la noche hasta una zona suburbana llena de barro. Diego descendió a cierta distancia de la pequeña casa casi en ruinas, dejando a sus guardias vigilando desde lejos. Avanzó en silencio, pero se detuvo al escuchar risas burlonas y palabras hirientes desde el interior.

La puerta estaba entreabierta. Dentro, Sebastian y Paula se encontraban de pie con arrogancia en medio de la estrecha y sucia habitación. Elena estaba sentada en el frío suelo de cemento, abrazando su vientre con fuerza, con lágrimas cayendo por sus mejillas pálidas.

«Mírate ahora, Elena», se burló Paula con una sonrisa venenosa. «Antes te creías la más pura y bondadosa. Ahora no eres más que una mujer barata. Mírate, embarazada de un bastardo en esta casa ruinosa. Es patético.»

«Ja», Sebastian soltó una risa despectiva, mirándola con asco. «Menos mal que no me casé contigo. Mi reputación habría quedado destruida con una esposa como tú. Paula vale mucho más que tú, prostituta barata.»

«Déjenme en paz. Quiero vivir tranquila con este bebé», sollozó Elena con la voz quebrada. Intentó retroceder, alejándose de las dos personas en las que alguna vez confió.

«Claro que nos iremos, Elena. No pensamos quedarnos en este lugar asqueroso», dijo Paula mientras se acercaba y pisaba los dedos de Elena con su tacón. «Solo queríamos asegurarnos de que estés sufriendo. Parece que nuestros deseos se han cumplido.»

«Vámonos, cariño. El aire aquí es demasiado sucio», añadió Sebastian, rodeando la cintura de Paula mientras salían.

Diego permaneció en la oscuridad, observando toda la escena con una mirada helada. Su mandíbula se tensó, no por lástima hacia Elena, sino porque aquellas personas se atrevían a humillar y herir a la mujer que llevaba su sangre. Para él, era una ofensa directa a la familia Alvarez.

Cuando el auto de Sebastian y Paula desapareció en la noche, Diego entró en la casa sin llamar. Se detuvo frente a Elena, que seguía llorando en el suelo.

Elena se sobresaltó y lo miró con miedo. Intentó levantarse, pero su cuerpo no tenía fuerzas.

«¿Qué... qué más quiere?», susurró débilmente.

«No permitiré que mi hijo nazca en un lugar como este.»

«No necesito su ayuda, señor Diego Alvarez. Prefiero morir antes que entregarle este hijo a un hombre sin corazón como usted», gritó Elena con lo poco que le quedaba de energía. Sus ojos brillaban con dignidad.

«Ese bebé es mi sangre. Es un activo de los Alvarez», respondió Diego con frialdad. «No estás en condiciones de protegerlo. Mírate, ni siquiera tienes comida digna sobre esa mesa.»

Elena soltó una risa amarga. «¿Cree que su dinero puede comprarlo todo? Prefiero morir de hambre antes que entregarle a mi hijo.»

Intentó levantarse para expulsarlo, pero un dolor insoportable atravesó su abdomen. Gimió y se aferró al borde de la mesa, su rostro deformado por el sufrimiento.

Diego reaccionó de inmediato, sosteniéndola antes de que cayera. No la abrazó con calidez, solo evitó que se desplomara. Sintió el calor intenso que emanaba de su cuerpo.

«No me toque...», murmuró Elena débilmente, mirándolo con odio antes de perder el conocimiento.

Diego la levantó en brazos. Sintió algo húmedo en su mano. Al mirar, vio manchas de sangre fresca que empapaban la falda de Elena.

«Maldita sea, qué terca», murmuró. Salió de inmediato hacia el auto.

Ya en el asiento trasero, Diego observó el rostro pálido de Elena. Sacó su teléfono y llamó a su asistente.

«Averigua quién es el dueño de la empresa donde trabaja Sebastian. Dile que si no despide a ese hombre mañana por la mañana, compraré la empresa y la cerraré para siempre», ordenó con voz tranquila y mortal.

Diego volvió a mirar a Elena. Incluso inconsciente, sus manos intentaban proteger su vientre. Observó su rostro, el de una luchadora destrozada que aún se negaba a rendirse.

«Vas a sobrevivir, señorita Elena. No porque me importes, sino porque llevas al heredero de los Alvarez», susurró Diego junto a su oído mientras el auto avanzaba bajo la tormenta.

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