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Capítulo 4

Autor: Tohir Edric
last update Fecha de publicación: 2026-04-23 15:19:46

«La hemorragia ya ha sido controlada», explicó la voz del médico.

Elena lo escuchó vagamente. Su conciencia parecía hundirse bajo el agua. Su cuerpo se sentía ligero, pero su vientre dolía, palpitando suavemente como una herida que aún no cicatriza.

«Está bajo un fuerte estrés. Incluye una hemorragia leve. Debemos observarla de cerca para ver su evolución.»

«Denle lo mejor a la señorita Perez.»

«Por supuesto, señor Diego. Nos aseguraremos de que la señorita Perez se recupere pronto.»

Elena intentó abrir los ojos. Una luz blanca la cegó. Parpadeó lentamente. El techo con lámparas brillantes. El olor a antiséptico y medicamentos.

Todo le resultaba extraño, y sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Su mano se movió por reflejo hacia su vientre. El bebé seguía ahí. Su respiración se entrecortó. Un largo suspiro logró contener el llanto.

La puerta se abrió de golpe. «¡Levántate, Elena Perez!»

La voz golpeó sus oídos con dureza. Elena se sobresaltó. Una mujer estaba de pie en la entrada. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos ardían de furia.

Monica Fernandez.

Entró sin permiso.

La enfermera de guardia se sorprendió. «Disculpe, señorita, no puede entrar.»

«¡Fuera!», espetó Monica con la mirada encendida.

La enfermera dudó. La expresión de Monica se volvió fría.

«Ahora, o tu carta de despido llegará en cinco segundos.»

La enfermera retrocedió. La puerta se cerró.

Monica sonrió y avanzó lentamente. Su mirada desnudaba a Elena con desprecio. «¡Me robaste mi lugar!», gritó mientras le tiraba del cabello.

Elena intentó soltarse. «No hice nada. Te equivocas.»

Una bofetada fuerte hizo que sus oídos zumbaran.

«Enfermera... por favor...», murmuró Elena mientras presionaba el botón de emergencia para llamar al médico.

La mano de Monica se alzó, lista para golpear de nuevo. Pero antes de que lo hiciera, alguien sujetó su muñeca.

«Te has pasado. Sal de aquí.» La voz de Diego era baja, pero cortante.

Monica giró con brusquedad. «¡Suéltame!»

Diego no se movió. Su mirada era penetrante. La arrastró fuera de la habitación.

Elena dejó escapar un suspiro de alivio. Cubrió su rostro, tratando de calmar el caos en su pecho.

Afuera, Monica soltó una risa amarga, pero su emoción estalló. «¡Ella arruinó mi vida!» Se liberó del agarre de Diego.

«Basta.» Una sola palabra, sin rastro de amabilidad.

«¿La estás protegiendo? Por su culpa perdí un riñón y también te perdí a ti, Diego. Yo... ¡yo te he amado desde siempre!», su voz se elevó.

Diego la miró fijamente. «Eres una tonta.»

Monica se quedó inmóvil. «¿Qué?»

«Los documentos se intercambiaron por tu descuido», continuó Diego. «Estabas demasiado ocupada gritándole y humillándola cuando chocaron.»

El rostro de Monica se tensó. «¡No fue mi culpa! Ella lo planeó. Tenía miedo de perderte, Diego.» Su voz tembló.

«Fuiste tú quien la arrastró a nuestro juego.» El tono de Diego permanecía plano.

Monica apretó los dientes. «Ella no es nadie, Diego. ¡Reacciona!»

«Ahora lleva en su vientre al heredero de los Alvarez, Monica.»

Silencio. Los ojos de Monica se llenaron de lágrimas. Había algo más que ira en ellos. Celos.

«¿Desde cuándo te importa una mendiga?», siseó.

Diego no respondió, solo la miró con frialdad. «No vuelvas a tocarla», dijo en voz baja. La amenaza era clara.

Monica soltó una risa amarga. «Has cambiado.»

Diego se dio la vuelta. «No.» Se alejó. Monica permaneció en su lugar, con los puños apretados y la mirada encendida observando su partida.

Diego regresó a la habitación de Elena. Ella miraba fijamente por la ventana, sin querer girarse hacia él.

Había escuchado cada insulto que había salido de la boca de Monica. Nunca quiso este embarazo. Mucho menos quitarle el riñón a Monica.

Su mano se cerró lentamente sobre la sábana. Su vida estaba completamente destruida. No tenía hogar. No tenía trabajo. No tenía madre porque llegó tarde para donarle su riñón. No tenía padre porque él murió de un ataque al corazón al enterarse de su embarazo. Y ahora... ni siquiera tenía control sobre su propio cuerpo. La puerta se abrió.

«¿Qué más quiere?», su voz era débil, pero firme.

Diego se colocó junto a la cama. «No tienes a dónde volver. Acabo de enterarme de que hubo un incendio en el barrio donde vivías.»

Elena soltó una risa incrédula. «¿Qué? ¿Un incendio? ¡Es imposible!»

Diego le mostró una tableta. En las noticias en vivo se veía el incendio aún activo en su barrio. No mentía. Elena tembló y cerró los ojos, tratando de controlar su respiración.

«Tampoco tienes dinero, y estás embarazada.»

Esas palabras la hundieron más. Elena cerró los ojos y las lágrimas cayeron sin control. Odiaba su propia situación.

«¿Qué quiere de mí?», preguntó en voz baja.

Diego colocó un documento sobre la mesa. «Acepta firmar un contrato de matrimonio conmigo. Te pagaré un millón de dólares.»

Elena abrió los ojos. Su mirada se endureció. Dólares, no pesos. Eso significaba una fortuna. Debería sentirse agradecida. Era una cantidad enorme, suficiente para vivir tranquila.

«¿Un matrimonio por contrato?»

Pero no sentía interés alguno. La imagen del pequeño bebé que llevaba en su vientre era más valiosa que cualquier cifra.

Su respiración se aceleró. «No.» Su respuesta fue firme.

Diego no reaccionó. «Vivirás en mi casa», continuó. «Todas tus necesidades estarán cubiertas. Tu embarazo estará seguro. Pero cuando el bebé nazca, tendrás que olvidarlo. Ese niño es el heredero de los Alvarez.»

«¡No soy un objeto que pueda controlar!», alzó la voz Elena.

«No estás en posición de negarte.»

Elena mordió su labio. «Puedo sobrevivir sola.»

«Anoche casi mueres. Tu embarazo ni siquiera es lo suficientemente estable para mantenerte en pie.»

Sus palabras la golpearon. Elena quedó en silencio. Diego continuó. «Si vuelves a caer, ese bebé no sobrevivirá.»

Diego le dio tiempo para pensar.

La mano de Elena se movió lentamente hacia su vientre. Un gesto instintivo de protección. Cerró los ojos. Las lágrimas cayeron.

Y entonces...

Elena sollozó, pensando en el bebé que llevaba dentro. «Está bien... acepto casarme contigo bajo contrato.»

Alguien entró. El asistente de Diego. Le entregó los documentos y le dio una pluma.

Con manos temblorosas, Elena se incorporó y, con plena conciencia, firmó el contrato de matrimonio.

La puerta se abrió de golpe. Monica entró, mirando a Diego con furia.

«Lo escuché todo, Diego. ¡No puedes hacerme esto!» Su mirada era afilada. «¿Vas a casarte con ella? ¿Y no conmigo?»

«Sí.»

La respuesta de Diego fue breve, sin vacilar.

Monica soltó una risa incrédula. «¿Para qué, Diego?»

«Para el heredero de los Alvarez.»

Monica se acercó, tocó el pecho de Diego y lo guió con una mirada seductora hacia afuera. Diego sonrió y la rodeó con el brazo.

Elena se quedó paralizada al verlos salir.

Diego la miró con calma. Se soltó del abrazo, como si no hubiera sido tentado por Monica, y habló como si explicara una estrategia de negocios.

«Después de que el niño nazca, todo seguirá según el plan original.»

Monica frunció el ceño. «¿Qué quieres decir?»

Diego habló con calma, pero con claridad. «Ese niño será tu hijo. Será el heredero de los Alvarez y nuestro hijo.»

«Nos casaremos», añadió.

«¿De verdad, Diego? ¿Lo prometes?» La sonrisa de Monica se amplió.

Diego asintió. «La señorita Perez volverá a su lugar. El origen de Monica Fernandez es perfecto para ser la compañera de Diego Alvarez.»

Monica se lanzó a sus brazos y besó sus labios sin permiso. «Te amo, Diego.»

Elena quedó paralizada en la puerta de su habitación, que había abierto. Se cubrió la boca, conteniendo la respiración. Sus ojos se abrieron con incredulidad.

La soledad la atravesó con fuerza. Su vida estaba destrozada. Una vez más.

Con pasos débiles, se arrancó la vía intravenosa y se envolvió la mano con la sábana. La sangre comenzó a caer rápidamente. Sus piernas temblorosas avanzaron hacia la puerta, alejándose.

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