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Capítulo 5

Author: Tohir Edric
last update publish date: 2026-04-23 15:22:45

«¿Dónde está? ¿Dónde está esa chica, Brian?»

La voz de Diego estalló en el pasillo del hospital.

Brian bajó la cabeza. «Hemos revisado todos los pisos, señor. No está.»

Diego lo miró con dureza. Su mandíbula se tensó. «¿Perdiste a una mujer embarazada en mi propio hospital? ¿Así de inútil es el desempeño de los guardaespaldas personales de Diego Alvarez?»

«Nosotros...»

«Cállate.» Diego lo fulminó con la mirada, sin piedad. Decenas de guardaespaldas inclinaron la cabeza. Frente a él, Brian palideció al notar cómo Diego metía la mano en el bolsillo. Todos sabían que ahí guardaba su pequeña pistola plateada.

Brian tragó saliva. Esta vez admitía que había sido demasiado incompetente como para decepcionar a su señor.

Detrás de él, Monica estaba de pie con los brazos cruzados. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.

«Ya te lo dije», murmuró con suavidad. «Esa chica no es del tipo que se queda quieta. A esa mendiga debieron haberla esposado.»

Diego se giró con rapidez. «Tu actitud fue la que la hizo escapar.»

Monica soltó una risa baja. «¿Yo tengo la culpa? Diego, estás exagerando.»

Diego avanzó hacia ella. Sin previo aviso. Un estruendo ensordecedor sacudió el lugar cuando una bala impactó contra un banco del jardín. Algunos guardias de seguridad se acercaron desde la distancia, pero se detuvieron al ver a los hombres de Diego alineados con la cabeza gacha.

El cuerpo de Monica fue empujado con fuerza, chocando contra la pared por la mano de Diego. Su respiración se cortó.

Los ojos de Diego eran fríos. No quedaba rastro de paciencia. El arma plateada capaz de arrebatar vidas ahora apuntaba hacia Monica.

«Si algo le pasa a ese niño...», su voz era baja, peligrosa, «me aseguraré de que pierdas más que un riñón.»

Monica lo miró sin poder creerlo. Tembló, sorprendida, luego cerró los ojos conteniendo la opresión en el pecho y la humillación por la actitud de Diego.

Pero no se resistió. Conocía bien a Diego. Este no era el momento para discutir.

Diego se dio la vuelta sin esperar respuesta. «Encuéntrala», ordenó a Brian.

«Revisen todos los accesos. Cámaras. Otros hospitales. Terminales. Aeropuertos. Todo.»

«Si no la encuentran...»

Su mirada helada cayó sobre Brian.

«No hace falta que regreses a trabajar mañana.»

Brian tragó saliva. «Sí, señor.»

Diego se alejó con pasos rápidos. Afuera, la lluvia caía con más fuerza, acompañada de relámpagos constantes.

En otro lado de la ciudad, aunque la lluvia aún no cesaba por completo, el humo y las llamas seguían elevándose sin descanso. Los restos de casas quemadas permanecían de pie entre escombros ennegrecidos.

Elena permanecía inmóvil, observando la casa que había pertenecido a su abuela. Su rostro estaba pálido. Sus ojos vacíos, sin lágrimas que derramar después de tanto dolor y sufrimiento acumulado sin tregua en su vida.

No había nada frente a ella. Solo cenizas y ruinas. Aquella pequeña casa había desaparecido en un instante, reducida a nada.

Avanzó lentamente, tomando entre sus manos los restos ennegrecidos. Sus pies se sentían pesados. Cada paso era como atravesar una herida.

Su mano se alzó, tocando lo que quedaba de una pared frágil.

«Aún tengo a este bebé...», susurró suavemente, acariciando su vientre. No estaba sola. Sintió un leve movimiento. Una sonrisa tenue apareció en su rostro.

A lo lejos, hombres vestidos de negro se dispersaban. Buscaban de manera sistemática, brutal y minuciosa por cada rincón de aquel barrio miserable.

Los ojos de Elena se entrecerraron. Se quedó inmóvil, alerta. Dio un paso atrás con cautela, adentrándose en un callejón estrecho oculto entre los escombros.

Su cuerpo estaba débil, pero no podía rendirse ahora. Giró hacia otro pasaje angosto. No cualquiera conocía el laberinto de aquel barrio.

Agachada, jadeante, conteniendo la respiración. Su pijama de hospital estaba sucia y empapada de sudor.

Unas botas negras pasaron por el extremo del callejón. El sonido de pasos firmes se acercaba a su posición. Elena se pegó contra una pared vieja, ocultando su sombra. No imaginó que aquel laberinto pudiera ser encontrado por los hombres de Diego.

Los segundos parecían eternos. Ni siquiera se atrevía a respirar.

Luego... los pasos se alejaron. Cada vez más lejanos, hasta desaparecer.

Exhaló lentamente. Su corazón latía con fuerza. Pero sus ojos cambiaron. Brillaban, llenos de una sensación de victoria.

«Diego no me encontrará», susurró.

Se dio la vuelta y se alejó, dejando atrás todo lo que pertenecía a su pasado.

La noche dio paso al amanecer. Las noticias que Diego esperaba no llegaban. Él miraba la pantalla de su laptop en su despacho, donde se mostraba el mapa de la ciudad con los puntos de búsqueda de Elena.

La búsqueda no había dado resultados.

«No hay rastro, señor», informó Brian con la cabeza baja.

Diego no respondió. Sus dedos golpeaban suavemente el reposabrazos. Su rostro estaba sombrío.

«Fallaste en encontrarla. ¿Perdiste a Elena Perez?», dijo finalmente.

Brian guardó silencio. No podía sostener su mirada.

«No solo a ella», continuó Diego. «Perdiste al heredero de los Alvarez.»

El silencio se hizo pesado. La respiración de Brian se detuvo.

«Señor, deme tiempo...», suplicó.

«Tienes hasta mañana por la mañana.» Diego miró por la ventana, ignorándolo.

Las gotas de lluvia golpeaban el cristal. La vista se volvía borrosa. El ambiente afuera era frío. Diego detestaba esta situación. Imaginaba a aquella mujer, Elena, temblando de frío, abrazando su vientre en soledad.

De repente, lanzó todo lo que había sobre su escritorio. El sonido del portátil al caer, junto con el cenicero y los bolígrafos, rompió el silencio.

La puerta se abrió. Monica entró sin permiso y se sentó junto a él. Su rostro ya estaba tranquilo.

«¿Aún no la encuentras?», preguntó con calma.

Diego no la miró. «Sal.»

Monica sonrió levemente. «Puedo ayudarte.»

Diego finalmente giró hacia ella. «¿Cómo?»

Monica se acercó un poco más. Sus labios susurraron casi rozando el oído de Diego. Su voz era suave, y sus ojos astutos parpadearon con malicia.

Diego se quedó inmóvil, incrédulo ante lo que acababa de escuchar. Sus ojos cambiaron, sorprendido.

«Eso es una locura», dijo con frialdad.

Monica sonrió. «Te equivocas. Es un método efectivo.»

Diego miró al frente. Respiró hondo y pensó por un momento. Luego habló con calma.

«Bien. Lo haré a tu manera.»

Monica soltó una risa suave. Su rostro mostraba satisfacción.

«Bien», susurró. Sus ojos brillaron. «Esa chica saldrá sola de su escondite. Créeme, Diego.»

Esta vez, el beso de Monica desvió el rostro de Diego.

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