MasukEl olor a café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el leve aroma salado del sudor de Félix. Estaba sentada, temblando en mi propio sofá, sintiendo el frío del piso de madera, mientras él se movía en mi diminuta cocina con la confianza y la facilidad de un depredador que ha marcado su territorio. Él no se veía ni remotamente asustado. Yo me sentía como un ratón en la jaula de un león.
—¿Café solo o con leche? —preguntó, con esa voz grave y rasposa que me recordaba al caramelo quemado, dulce y peligroso, como si no acabara de inmovilizarme y confesar que su hermano es un líder de la mafia. —¿No vas a usar ese cuchillo contra mí? —repliqué. Intenté levantarme, pero mis piernas seguían débiles. Él soltó una risa seca, poniendo sus ojos verdes en blanco. Parecía aburrido de mi pánico. —No. Y por favor, deja de temblar, me pones nervioso —dijo, volviendo con dos tazas humeantes—. Sentémonos y hablemos como personas civilizadas. No te haré daño, ya te lo prometí. Acepté la taza con manos firmes, sujetando la porcelana caliente para estabilizarme. El terror seguía ahí, pero se estaba transformando en una curiosidad enfermiza y una adrenalina muy peligrosa. La parte de mi cerebro que escribe clichés gritaba: ¡Anótalo! ¡Anótalo todo! —Empieza a explicarte, y que sea rápido. ¿Mafia? ¿Gemelo? ¿Y por qué demonios la policía te confunde con él si, supuestamente, tu hermano es el capo? —pregunté, tratando de sonar firme. Félix bebió un trago largo, observándome por encima del borde de la taza. Su mirada me desnudaba más rápido que cualquier caricia. Suspiró, como si explicar su vida criminal fuera una tediosa obligación. —Mi nombre es Félix Romanotti, como acabo de presentarme. Mi hermano gemelo, idéntico a mí hasta el último lunar, es Luca Romanotti. Él es... más ambicioso que yo. Digamos que heredó el negocio familiar. Y el negocio familiar, en nuestro caso, es la mafia más grande de la costa. Manejamos todo, desde el puerto hasta la construcción. —¿Y tú colaboras... a veces? —inquirí. —Sí. Soy el chico de los recados, el que limpia los desastres, el que negocia los tratos y, sobre todo, el que maneja las finanzas. Luca es el rostro intimidante; yo soy el rostro... conveniente. Pero esta noche, él tenía que encontrarse con un contacto y la reunión salió mal. Hubo un tiroteo. —Hizo una pausa—. La policía lo vio huir en la dirección equivocada, pero... él es el doble de rápido. Yo, en cambio, estaba cerca, en un punto de vigilancia, y me confundieron con él. Nuestros hombres lo van a cubrir, pero yo necesito desaparecer un par de días hasta que la búsqueda se enfríe. —¡Me estás pidiendo que oculte a un criminal en mi casa! —exclamé, poniéndome de pie y volviendo a sentir el pánico. Mi voz sonaba aguda. —No a un criminal. A un hombre de negocios un poco... alternativo —replicó, con una calma que me sacaba de quicio—. Y no por mucho. Solo necesito tres días, Abigail. Tres días. Mi hermano me sacará de este lío. ¿Crees que la policía buscaría al gemelo de Luca Romanotti en la casa de una escritora curvy y solitaria que vive en un barrio de clase media y usa pijamas de ositos? El término "curvy y solitaria" me dolió más de lo que debería, pero la verdad de su argumento me paralizó. Era invisible. Nadie me buscaría jamás. Me crucé de brazos, sintiéndome estúpida e imponente a la vez. —Un momento. ¿Cómo diablos sabes que soy escritora? Félix sonrió de nuevo, esa sonrisa devastadora que me hacía sentir que el oxígeno era innecesario y mi pijama, una ofensa a su exquisito gusto. Se puso de pie, y el cambio en la atmósfera fue instantáneo. La gravedad de su presencia era abrumadora. —Tengo un doctorado en leer personas, Abigail. Soy un mafioso, no un banquero —dijo, dando un paso hacia mí. Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual—. Yo no reviso documentos para ver quién vive dónde. Sé leer la vida de alguien en un vistazo. Su mirada se detuvo justo encima del arco que separaba la sala de mi diminuto estudio, cuyas paredes estaban literalmente cubiertas con mi mente desordenada. —Post-its. Cientos de ellos. Tienen nombres de personajes, ideas de tramas, notas sobre cuándo debe haber un quiebre en la trama... —continuó, su tono volviéndose ligeramente seductor mientras detallaba mis neurosis—. Tienes esquemas de historias en servilletas viejas. La mitad de los libros de esta estantería están marcados con pestañas de colores en los capítulos de diálogo. Y luego está esto... Se acercó a mí, y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Él no me tocó, pero se detuvo lo suficientemente cerca como para que el aire entre nosotros se calentara. Con un movimiento rápido, tomó mi mano izquierda. —Tienes tinta negra en el nudillo de tu dedo índice. Una mujer que vive rodeada de notas, que huele a vainilla y a tinta barata de la librería de la esquina, y que tiene el descaro de estar tomando vino sola a las casi dos de la mañana... es una escritora. Y a juzgar por la cantidad de vino que bebiste, una que está muy, muy bloqueada. Me quedé helada. Tenía razón en todo. Estaba completamente desnuda emocionalmente ante él. —Bien. Supongo que esto será... investigación de campo —murmuré, sintiendo un rubor que me ardía en las mejillas. La parte creativa de mi cerebro ya estaba vibrando con un potencial argumento. Félix sonrió de oreja a oreja. La expresión era pura travesura, desarmante y encantadora. —Tenemos un trato —dijo, extendiendo la mano para sellarlo. Lo miré, dudando. Aceptar ese trato era firmar un contrato con el diablo. Acepté. El roce de su piel cálida contra la mía fue una descarga eléctrica. Sentí un hormigueo que bajó por mi brazo y se ancló en mi estómago, una sensación que me hizo soltar la mano como si quemara. Rápidamente, recuperé la compostura. —Reglas —dije con firmeza, tratando de sonar profesional—. Necesitamos poner límites. Primera regla: No me tocas. No más. Nunca. —Una lástima. Me gustan las mujeres con curvas y con carácter. Y me encantan los pijamas de ositos —susurró, haciendo un puchero con sus labios y con un brillo divertido en esos ojos verdes que prometían ardor. —Segunda regla: Mi estudio es zona sagrada. Necesito escribir, así que prohibido entrar. Si me distraes, pierdes tu refugio —continué. —Entendido. El santuario de la musa es intocable. —Tercera regla: Pagarás tu parte. Las latas de atún de mi gato no son gratis, y yo no vivo de la caridad. Félix soltó una carcajada fuerte. Sacó un fajo de billetes doblados del bolsillo trasero de su pantalón. Era una cantidad obscena de dinero, diez veces lo que ganaba en un mes. Lo lanzó sobre la mesa de café, despreocupadamente. —¿Suficiente para el atún del gato? Y para redecorar el apartamento. Y para que no tengas que preocuparte por un maldito año. Lo tomé con mi mente dando vueltas. Esto era libertad financiera a cambio de un peligro inminente. Miré el dinero, luego a él, luego a mi pijama de ositos. —Bienvenido a tu escondite, Félix Romanotti, pero si tocas a Lord Byron, te juro que llamaré a la policía.El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto, pesado y cortante como el filo de una navaja. Los ruidos de la cocina parecían haberse apagado en el aire; lo único que se escuchaba era el eco resonante de mi propia respiración desbocada rebotando contra mis oídos.—¿Irnos a tu casa? —repitió Félix, con una voz tan baja, tan peligrosamente pausada, que apenas era un susurro rasposo que cargaba con toneladas de plomo y peligro—. ¿Crees de verdad, Abigail, que después de todo lo que ha pasado, después de cruzar la línea que cruzamos y de atar tu vida a la nuestra, te vamos a dejar marchar a un departamento olvidado en los suburbios como si fueras una turista que decide cancelar sus vacaciones en medio de un viaje?Luca soltó una risa seca, sin un solo gramo de humor, y se cruzó de brazos, bloqueando con su cuerpo ancho y tenso la única salida de la cocina. Sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y una posesión tan feroz que asustaba.—Estás delirando por completo, ángel —es
El caos blanco de la cocina se había disipado, dejando paso a una tregua silenciosa y áspera mientras los restos de harina quedaban atrás. Sin embargo, el aire seguía cargado de esa electricidad inconfundible, de esa estática peligrosa que dejaban los gemelos cuando decidían bajar la guardia a medias... o cuando exigían respuestas que yo no estaba lista para dar.Estábamos sentados alrededor de la isla de mármol. El pan había quedado a medio hacer, una masa deforme y estúpida olvidada sobre la mesada como un recordatorio mudo de mi patético intento por escapar de la realidad mediante la cocina. Frente a mí, Félix y Luca compartían una botella de vino tinto que habían abierto apenas terminamos de besarnos entre risas y marcas en la piel, como si la pasión salvaje de hacía unos minutos pudiera borrar el muro invisible que se alzaba entre nosotros. Pero la diversión había quedado suspendida, evaporada bajo el peso de la sospecha.Félix apoyó los codos en la superficie fría del mármol, en
Estaba sola. Absolutamente sola. Los guardias se mantenían a raya en los perímetros exteriores, y el personal de servicio parecía caminar sobre plumas, evaporándose apenas sentían el eco de mis pasos. Y ese fue el problema: la soledad, de repente, se convirtió en una trampa mortal para mi cabeza.Intenté sentarme frente a la computadora en la suite principal. Quise escribir. Quise retomar el hilo de la historia que había dejado pausada la noche en que el mundo se me había venido abajo. Pero el cursor titilaba en la pantalla blanca con una burla rítmica. Nada. Bloqueo absoluto. Mis dedos se negaban a teclear una sola palabra de ficción mientras la realidad me pesaba como una piedra en el pecho. Las palabras de Marco “Eso es lo que sigues queriendo creer”, seguían rebotando en mis sienes, mezclándose con la culpa de saber que estaba durmiendo en la cama de los hijos de la mujer que mi familia había destruido indirectamente.Para colmo, la nueva dinámica de la casa me estaba volviendo lo
El abrazo compartido en la penumbra del despacho privado de Félix se prolongó hasta que los primeros rayos del sol, fríos y neblinosos, empezaron a teñir de un gris ceniza el retrato de Bianca en la pared. Estábamos allí, envueltos en un silencio que se sentía casi sagrado, pero que para mí era una soga que se iba apretando milímetro a milímetro alrededor de mi garganta.Mi llanto había cesado, dejando atrás una estela de espasmos sordos y un vacío helado en el estómago. Félix, con una delicadeza que contrastaba de forma dolorosa con la brutalidad de sus puños ensangrentados horas antes, usó las yemas de sus dedos para secar el rastro húmedo de mi rostro. No dijo nada. No hacían falta palabras. Luca, al notar el temblor errático que sacudía mis hombros, pasó sus brazos por debajo de mis rodillas y mi espalda, levantando mi cuerpo de curvas pronunciadas con la facilidad de quien sostiene un suspiro.Apoyé la cabeza en el hueco de su cuello, aspirando su aroma a tabaco, mientras nos esc
El peso del cuerpo de Luca sobre mi cadera y el brazo de Félix rodeándome la cintura con una posesividad de hierro deberían haberme devuelto la paz tras la tormenta de la noche. La suite principal estaba sumida en una penumbra gélida, apenas iluminada por la luz azulada y neblinosa que se filtraba antes del amanecer por los ventanales del balcón. La cama era un desorden de sábanas revueltas, impregnada con el aroma a sexo, sudor y fluidos que marcaban mi piel como un pacto invisible de pertenencia.Pero en mi cabeza no había paz. Había un nido de víboras que se retorcían con cada uno de mis latidos.“Vas a descubrir lo que realmente quieren de ti y de dónde viene su maldita obsesión”.Las palabras de Marco en el ala norte me golpeaban las sienes con la fuerza de un martillo. Intenté respirar despacio, conteniendo el aire para no alterar el ritmo pausado de los gemelos. Félix respiraba con una regularidad magnética contra mi nuca, su aliento cálido me rozaba la piel del hombro, y la ma
El frío de la noche no se comparaba con la fuerza con la que Félix me aferró del brazo. No hubo delicadeza. Me arrastró fuera de la habitación, obligándome a seguir sus zancadas furiosas por el estrecho pasillo del ala norte. Detrás de nosotros, Luca cerró la puerta de madera con un golpe que resonó como un trueno, dejando a Marco y sus advertencias en la penumbra.—¡Suéltame, Félix! ¡Te dije que me sueltes! —forcejeé, clavando los talones en el suelo, pero era como intentar mover una montaña.Mis curvas se sacudían contra su costado, y la chaqueta de cuero crujía bajo la presión de sus dedos de acero. Luca nos escoltaba desde atrás, con los ojos fijos en mi nuca, respirando como un toro embravecido. No dijeron una sola palabra en todo el trayecto. Cruzamos la mansión en un silencio sepulcral que solo se rompía por mis protestas y el roce de nuestra ropa, hasta que llegamos a la suite principal.Félix me empujó con suavidad hacia el interior de la habitación. Luca entró de inmediato,







