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Estaba sola.
El maldito palito de Word titilaba como si se burlara de mí, mientras mi mente estaba completamente en blanco. Ya había llenado mi segunda copa de vino y todavía no se me ocurría una sola idea.
Necesitaba inspiración y una motivación muy fuerte, aparte del dinero, claro. Escribir y vivir exclusivamente de los bonos que dan las app de escritura online no es una gran idea, debes escribir cosas nuevas, pero al mismo tiempo clichés para que tus lectores sigan enganchados. Es jodidamente difícil, pero es lo único que puedo hacer para sobrevivir, ni siquiera me contratan en tiendas de ropa porque mi talla es el doble de la que tengo que vender y una mujer con curvas no da buena imagen en ese tipo de lugares. O, al menos, eso dicen.
El timbre sonó exactamente a la 1:13 de la madrugada. Fruncí el ceño. Era literalmente imposible que alguien viniera a visitarme a esta hora, y mucho menos sin avisar. Me quedé quieta. Había visto suficientes noticias como para saber que podían hacerme “el cuento del tío” o una entradera y, aunque lo más valioso que tenía en casa era mi gato, Lord Byron, preferí no arriesgarme.
El timbre sonó insistentemente por casi cinco minutos. Me asomé, tratando de ocultarme detrás de las cortinas, y vi parado a un hombre que podría haber caído del cielo. O subido del infierno, quizás.
Sin camiseta, respirando con agitación, de pelo corto y revuelto. Su perfil… santo cielo.
Mandíbula cuadrada, nariz respingada, cuello firme, la nuez de Adán subiendo y bajando con cada trago de aire. ¿Quién demonios era este tipo y qué hacía tocando mi puerta a la madrugada?
—¡Te veo! —exclamó de repente, con una voz tan grave y ronca que me hizo saltar y tirarme al piso para desaparecer de su vista.
—¡No pienso abrirte! —grité en respuesta.
—Por favor, por favor, ábreme. Me está persiguiendo la policía —dijo con desesperación.
Abrí la boca con sorpresa. ¿La policía? Estaba loco si pensaba que iba a abrirle con esa declaración, claramente estaba admitiendo ser un delincuente.
—¡Vete! —chillé—. O llamaré yo misma a la policía.
—¡Por favor, Abigail! Te prometo que no soy un ladrón, ¡no te haré daño! —volvió a insistir.
Mi corazón se paralizó de repente, ¿cómo carajos sabía mi nombre este desconocido?
—¡Ya vienen! ¡Ayúdame! —gritó el tipo con terror en su voz.
—Mierda —murmuré.
Y, sin pensarlo dos veces, me estiré desde donde estaba tirada y abrí la puerta. El tipo entró de un salto y la cerró de un portazo justo cuando dos patrulleros pasaban a toda velocidad por la calle.
Apoyó la frente en la madera, respirando con fuerza. Luego se dejó caer a mi lado.
—Gracias —susurró.
—¿Quién demonios eres? —interrogué, con voz temblorosa.
Mi cuerpo entero se movía como gelatina. No sabía si del miedo o por la belleza obscena de ese hombre.
Ojos verdes. Piel morena con un tono aceitunado. Espalda ancha, brazos fuertes y venosos, abdomen marcado. Definitivamente, si había salido de algún lugar, debía ser de la cárcel. Todo en él gritaba “peligro”.
Y ahí estaba yo, con un pijama de ositos que me quedaba ridículamente ajustado desde la adolescencia, mirando al espécimen humano más impresionante que había visto en mi vida.
—Félix Romanotti —dijo, como si eso explicara algo.
—¿Y se supone que debo conocerte? —cuestioné, arqueando una ceja. Él solo se encogió de hombros—. ¿Cómo sabes mi nombre?
Señaló una factura de luz tirada junto a la puerta. Claro. A mi nombre.
Maldita sea, estaba cayendo en el cuento del tío.
—Bien, si quieres robarme, te digo que no te llevarás mucho, apenas tengo para comprarle latas de atún a mi gato —expresé, con un tono de rendición. Él soltó una carcajada.
—Te dije que no iba a robarte, literalmente salvaste mi vida —comentó, un poco más relajado—. Mira, sé que es tarde y da miedo que un desconocido te esté tocando la puerta a esta hora, pero no tenía opción. Esos policías me estaban siguiendo porque pensaban que era mi hermano gemelo.
Casi me atraganto con mi propia saliva. Debía ser una maldita broma.
—¿Por qué están buscando a tu hermano gemelo? —inquirí, conteniendo las ganas de poner los ojos en blanco.
Quizás no era un delincuente, quizás era algo mucho peor, un psicópata mitómano que escapó de un psiquiátrico y planeaba matarme esta misma noche.
—Es el líder de la mafia —respondió Félix con naturalidad.
Me puse de pie de inmediato, más rápido que un rayo, y corrí a la cocina para agarrar un cuchillo o algo con lo que pudiera defenderme. Él me siguió, y sonrió de una manera deslumbrante mientras alzaba sus manos.
—Abigail, no soy como él… —expresó con tono calmado—. O sea, sí colaboro con él a veces, pero no estoy tan metido en la mafia, y…
—¿¡Colaboras con él… a veces!? —lo interrumpí, chillando. Dio un paso hacia mí, pero estiré la mano que sostenía el cuchillo.
Estaba temblando, muerta de miedo, y este tipo podría agarrarme si quisiera, pero no iba a rendirme. Iba a pelear por mi vida hasta el último segundo.
—Abigail, baja el cuchillo, por favor —pidió, manteniendo su voz tranquila—. Te explicaré todo, pero necesitas mantener la calma. No te haré daño.
Dio un paso y, sin pensarlo, lancé un cuchillazo al aire. Lo esquivó con una rapidez aterradora.
—¡Aléjate de mí! —grité.
—Por un demonio, te dije que mantuvieras la calma —dijo—. Si no quieres hacerlo por las buenas, será por las malas.
Antes de que pudiera reaccionar, me tomó del brazo, lo dobló con fuerza y el cuchillo cayó al piso. Su cuerpo se pegó al mío. Pude sentir su respiración caliente en mi cuello y su piel ardiendo.
—¡Suéltame! —Forcejeé, pero me apretó aún más fuerte, lo que me hizo rendirme y soltar un sollozo—. Está bien, te escucharé, pero no me lastimes, por favor.
—Tranquila, preciosa. No te voy a hacer daño —murmuró, cerca de mi oído—. Pero necesito que me escuches —agregó, luego me soltó—. Siéntate, prepararé un café.
Salí tambaleándome hacia la sala. Me desplomé en el sillón, temblando, con las lágrimas resbalando por mi cara. No entendía nada.
No sabía que acababa de dejar entrar a mi propia perdición.
El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto, pesado y cortante como el filo de una navaja. Los ruidos de la cocina parecían haberse apagado en el aire; lo único que se escuchaba era el eco resonante de mi propia respiración desbocada rebotando contra mis oídos.—¿Irnos a tu casa? —repitió Félix, con una voz tan baja, tan peligrosamente pausada, que apenas era un susurro rasposo que cargaba con toneladas de plomo y peligro—. ¿Crees de verdad, Abigail, que después de todo lo que ha pasado, después de cruzar la línea que cruzamos y de atar tu vida a la nuestra, te vamos a dejar marchar a un departamento olvidado en los suburbios como si fueras una turista que decide cancelar sus vacaciones en medio de un viaje?Luca soltó una risa seca, sin un solo gramo de humor, y se cruzó de brazos, bloqueando con su cuerpo ancho y tenso la única salida de la cocina. Sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y una posesión tan feroz que asustaba.—Estás delirando por completo, ángel —es
El caos blanco de la cocina se había disipado, dejando paso a una tregua silenciosa y áspera mientras los restos de harina quedaban atrás. Sin embargo, el aire seguía cargado de esa electricidad inconfundible, de esa estática peligrosa que dejaban los gemelos cuando decidían bajar la guardia a medias... o cuando exigían respuestas que yo no estaba lista para dar.Estábamos sentados alrededor de la isla de mármol. El pan había quedado a medio hacer, una masa deforme y estúpida olvidada sobre la mesada como un recordatorio mudo de mi patético intento por escapar de la realidad mediante la cocina. Frente a mí, Félix y Luca compartían una botella de vino tinto que habían abierto apenas terminamos de besarnos entre risas y marcas en la piel, como si la pasión salvaje de hacía unos minutos pudiera borrar el muro invisible que se alzaba entre nosotros. Pero la diversión había quedado suspendida, evaporada bajo el peso de la sospecha.Félix apoyó los codos en la superficie fría del mármol, en
Estaba sola. Absolutamente sola. Los guardias se mantenían a raya en los perímetros exteriores, y el personal de servicio parecía caminar sobre plumas, evaporándose apenas sentían el eco de mis pasos. Y ese fue el problema: la soledad, de repente, se convirtió en una trampa mortal para mi cabeza.Intenté sentarme frente a la computadora en la suite principal. Quise escribir. Quise retomar el hilo de la historia que había dejado pausada la noche en que el mundo se me había venido abajo. Pero el cursor titilaba en la pantalla blanca con una burla rítmica. Nada. Bloqueo absoluto. Mis dedos se negaban a teclear una sola palabra de ficción mientras la realidad me pesaba como una piedra en el pecho. Las palabras de Marco “Eso es lo que sigues queriendo creer”, seguían rebotando en mis sienes, mezclándose con la culpa de saber que estaba durmiendo en la cama de los hijos de la mujer que mi familia había destruido indirectamente.Para colmo, la nueva dinámica de la casa me estaba volviendo lo
El abrazo compartido en la penumbra del despacho privado de Félix se prolongó hasta que los primeros rayos del sol, fríos y neblinosos, empezaron a teñir de un gris ceniza el retrato de Bianca en la pared. Estábamos allí, envueltos en un silencio que se sentía casi sagrado, pero que para mí era una soga que se iba apretando milímetro a milímetro alrededor de mi garganta.Mi llanto había cesado, dejando atrás una estela de espasmos sordos y un vacío helado en el estómago. Félix, con una delicadeza que contrastaba de forma dolorosa con la brutalidad de sus puños ensangrentados horas antes, usó las yemas de sus dedos para secar el rastro húmedo de mi rostro. No dijo nada. No hacían falta palabras. Luca, al notar el temblor errático que sacudía mis hombros, pasó sus brazos por debajo de mis rodillas y mi espalda, levantando mi cuerpo de curvas pronunciadas con la facilidad de quien sostiene un suspiro.Apoyé la cabeza en el hueco de su cuello, aspirando su aroma a tabaco, mientras nos esc
El peso del cuerpo de Luca sobre mi cadera y el brazo de Félix rodeándome la cintura con una posesividad de hierro deberían haberme devuelto la paz tras la tormenta de la noche. La suite principal estaba sumida en una penumbra gélida, apenas iluminada por la luz azulada y neblinosa que se filtraba antes del amanecer por los ventanales del balcón. La cama era un desorden de sábanas revueltas, impregnada con el aroma a sexo, sudor y fluidos que marcaban mi piel como un pacto invisible de pertenencia.Pero en mi cabeza no había paz. Había un nido de víboras que se retorcían con cada uno de mis latidos.“Vas a descubrir lo que realmente quieren de ti y de dónde viene su maldita obsesión”.Las palabras de Marco en el ala norte me golpeaban las sienes con la fuerza de un martillo. Intenté respirar despacio, conteniendo el aire para no alterar el ritmo pausado de los gemelos. Félix respiraba con una regularidad magnética contra mi nuca, su aliento cálido me rozaba la piel del hombro, y la ma
El frío de la noche no se comparaba con la fuerza con la que Félix me aferró del brazo. No hubo delicadeza. Me arrastró fuera de la habitación, obligándome a seguir sus zancadas furiosas por el estrecho pasillo del ala norte. Detrás de nosotros, Luca cerró la puerta de madera con un golpe que resonó como un trueno, dejando a Marco y sus advertencias en la penumbra.—¡Suéltame, Félix! ¡Te dije que me sueltes! —forcejeé, clavando los talones en el suelo, pero era como intentar mover una montaña.Mis curvas se sacudían contra su costado, y la chaqueta de cuero crujía bajo la presión de sus dedos de acero. Luca nos escoltaba desde atrás, con los ojos fijos en mi nuca, respirando como un toro embravecido. No dijeron una sola palabra en todo el trayecto. Cruzamos la mansión en un silencio sepulcral que solo se rompía por mis protestas y el roce de nuestra ropa, hasta que llegamos a la suite principal.Félix me empujó con suavidad hacia el interior de la habitación. Luca entró de inmediato,







