INICIAR SESIÓNMe sumergí en mi estudio con la puerta cerrada, y el zumbido de la voz de Félix en italiano en el balcón era ahora el telón de fondo de mi concentración. No entendía las palabras, pero el tono era urgente, autoritario, lleno de órdenes.
El sonido era el de un jefe. De un hombre que controlaba no solo los números, sino también la vida de muchas personas. Era el eco de un mundo que no me pertenecía, invadiendo mi pequeña burbuja de seguridad.
La mezcla de esos murmullos graves con el aroma del risotto, que ahora inundaba por completo el apartamento, me estaba volviendo loca. Mi bloqueo había desaparecido por completo, reemplazado por la necesidad urgente de escribir sobre la mezcla de peligro y confort que él representaba. Escribí un capítulo entero donde mi heroína, Alana, aceptaba su destino.
Agotada, me levanté y fui a la sala. Félix seguía en el balcón, con el torso apoyado en la barandilla, absorto en su llamada. El sol del mediodía le daba un brillo bronceado a su espalda y a sus brazos, el contorno de su cuerpo resaltado contra la luz. Era una imagen tan perfecta que me detuve a observarla, como una artista ante una escultura.
Cuando terminó, guardó su teléfono en el bolsillo. Sus ojos verdes se encontraron con los míos. El silencio entre nosotros era tan fuerte como el estruendo de un trueno.
—¿Terminaste? —pregunté, con la voz sonando ronca, haciendo de cuenta que no me desnudó emocionalmente hace un rato.
—Por ahora. Mis hombres saben que estoy fuera del juego por un día más. Luca está ocupado "estabilizando" el negocio. —Hizo un gesto vago con la mano, restándole importancia a sus operaciones criminales.
—Me alegra que tu palabra valga algo, Romanotti. Porque a este punto, mi cordura está pendiente de un hilo.
Félix sonrió, la promesa de peligro brillando en sus ojos. Volvió a la cocina, se acercó a la mesa y sirvió dos platos del cremoso risotto. Me tendió uno.
—La locura es la mayor musa, escritora. Cómelo. Es de un secreto familiar que solo usamos para celebraciones. No contiene ningún veneno, lo prometo —aclaró.
Acepté el plato y nos sentamos. Comer su comida, tan rica, tan compleja, tan fuera de lugar en mi pequeño y humilde apartamento, fue otro acto de rendición.
—¿Por qué me ayudas, Félix? —pregunté de repente, dejando el tenedor.
Él me miró fijamente. Su expresión era ilegible.
—¿Ayudarte? No te ayudo. Estoy usando tu invisibilidad, pero te diré por qué te veo, Abigail. Porque veo en ti el mismo miedo que me obligó a mí a ponerme un traje. El miedo a ser honesto. Tú te escondes en tu casa. Yo me escondo en mi perfección.
—Entonces, ¿somos prisioneros juntos? —inquirí.
—Somos un motor.
El aire se enrareció de nuevo. La luz de la sala le daba a sus ojos verdes una profundidad hipnótica. Él no vestía traje, pero el peligro estaba allí, envolviéndome como una promesa.
—¿Y tú por qué no eres el líder de la mafia, si eres tan inteligente y pareces más en control? —quise saber.
—Porque no quiero el trono. Luca ama el poder, la sangre, el ruido, la atención. Yo amo el silencio, la eficiencia, los números, y... la tranquilidad. La tranquilidad de tener una vida fuera de las balas. Por eso soy el que se encarga de las finanzas y de los tratos. Y por eso estoy escondido aquí, en el apartamento de una escritora que usa pijamas de ositos.
Nos quedamos en silencio, solo se escuchaban los choques del tenedor sobre los platos, pero sentía su mirada sobre mí, quemando mi piel.
—No me mires así —pedí, con la garganta seca. El calor en mi estómago no era de la pasta.
—¿Cómo te miro, Abigail? —Su voz era baja, profunda, un susurro peligroso que me hizo sentir que mi propia respiración era demasiado ruidosa.
—Como si estuvieras midiendo la distancia de la regla número uno —confesé, sintiendo que mi voluntad se desvanecía.
Él sonrió, un brillo de pura picardía en sus ojos. Se inclinó sobre la mesa, poniendo su rostro peligrosamente cerca del mío.
—Créeme. La distancia ya está medida. Es cero. Solo necesito un pretexto. Un pequeño, dulce pretexto.
Comí el último bocado y me puse de pie, sintiendo el calor subir por mi cuello y mi pecho. Me sentí obligada a alejarme.
—No te lo daré.
—¿Segura? —Félix se levantó y se acercó, atrapándome entre la mesa y su cuerpo.
No me tocó, pero la presión de su cuerpo, la promesa de su cercanía, era peor que cualquier contacto. Sentí su calor, su aroma masculino, su aliento en la coronilla de mi cabeza. Mis ojos viajaron automáticamente a su boca. Sentí mi cuerpo, con todas sus curvas, palpitar por el roce que no llegaba.
Suspiré, un sonido tembloroso y débil. Él se inclinó, oliendo mi cuello, sus labios apenas rozando mi piel.
—Hueles a vainilla, a albahaca y a... pánico delicioso. Tu cuerpo te está traicionando, preciosa.
—Por favor, Félix, aléjate —pedí con toda mi fuerza de voluntad.
—Lo haré, pero no sin dejarte claro algo, escritora. Tu escritura será un éxito por la tensión que creas. Nuestra historia será un éxito por la tensión entre nosotros. Y la tensión no dura para siempre.
—La prohibición… —recordé, mi voz apenas un jadeo.
Félix levantó una mano, rozando mi mejilla con el dorso de sus dedos. El contacto fue breve, pero quemó.
—La prohibición es para los tontos que no saben lo que quieren. Tú quieres ser tocada. Y yo quiero romper una regla.
Se inclinó. Su aliento cálido rozó mis labios, pero no hubo contacto. Se detuvo en el umbral del beso, deteniendo todo el universo con ese acto. Podía sentir el calor que irradiaba, el aroma a menta y cítrico. Era una tortura lenta. Me agarré a su camiseta, mis dedos apretando el algodón, rogándole que cruzara la línea.
—¿Olvidaste que soy un hombre de palabra, preciosa? —susurró, su voz baja y rasposa, cargada de una victoria controlada.
Me quedé sin aliento. Él no había roto la regla. Yo estaba temblando, deseando que lo hiciera, pero él se había detenido justo a tiempo.
Se enderezó, una sonrisa lenta y triunfante curvando sus labios. Era el rostro de la paciencia y el poder.
—Voy a lavar esto —dijo, y se alejó para recoger los platos, con su movimiento casual contradiciendo la tormenta que había dejado en mí.
Me quedé allí, sentada en el sofá, con los labios ardiendo por el contacto que no fue. Mi cordura se había salvado, pero mi deseo estaba en llamas. El gemelo bueno se había ido a la cocina, a pocos metros.
Y la tarde era larga.
El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto, pesado y cortante como el filo de una navaja. Los ruidos de la cocina parecían haberse apagado en el aire; lo único que se escuchaba era el eco resonante de mi propia respiración desbocada rebotando contra mis oídos.—¿Irnos a tu casa? —repitió Félix, con una voz tan baja, tan peligrosamente pausada, que apenas era un susurro rasposo que cargaba con toneladas de plomo y peligro—. ¿Crees de verdad, Abigail, que después de todo lo que ha pasado, después de cruzar la línea que cruzamos y de atar tu vida a la nuestra, te vamos a dejar marchar a un departamento olvidado en los suburbios como si fueras una turista que decide cancelar sus vacaciones en medio de un viaje?Luca soltó una risa seca, sin un solo gramo de humor, y se cruzó de brazos, bloqueando con su cuerpo ancho y tenso la única salida de la cocina. Sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y una posesión tan feroz que asustaba.—Estás delirando por completo, ángel —es
El caos blanco de la cocina se había disipado, dejando paso a una tregua silenciosa y áspera mientras los restos de harina quedaban atrás. Sin embargo, el aire seguía cargado de esa electricidad inconfundible, de esa estática peligrosa que dejaban los gemelos cuando decidían bajar la guardia a medias... o cuando exigían respuestas que yo no estaba lista para dar.Estábamos sentados alrededor de la isla de mármol. El pan había quedado a medio hacer, una masa deforme y estúpida olvidada sobre la mesada como un recordatorio mudo de mi patético intento por escapar de la realidad mediante la cocina. Frente a mí, Félix y Luca compartían una botella de vino tinto que habían abierto apenas terminamos de besarnos entre risas y marcas en la piel, como si la pasión salvaje de hacía unos minutos pudiera borrar el muro invisible que se alzaba entre nosotros. Pero la diversión había quedado suspendida, evaporada bajo el peso de la sospecha.Félix apoyó los codos en la superficie fría del mármol, en
Estaba sola. Absolutamente sola. Los guardias se mantenían a raya en los perímetros exteriores, y el personal de servicio parecía caminar sobre plumas, evaporándose apenas sentían el eco de mis pasos. Y ese fue el problema: la soledad, de repente, se convirtió en una trampa mortal para mi cabeza.Intenté sentarme frente a la computadora en la suite principal. Quise escribir. Quise retomar el hilo de la historia que había dejado pausada la noche en que el mundo se me había venido abajo. Pero el cursor titilaba en la pantalla blanca con una burla rítmica. Nada. Bloqueo absoluto. Mis dedos se negaban a teclear una sola palabra de ficción mientras la realidad me pesaba como una piedra en el pecho. Las palabras de Marco “Eso es lo que sigues queriendo creer”, seguían rebotando en mis sienes, mezclándose con la culpa de saber que estaba durmiendo en la cama de los hijos de la mujer que mi familia había destruido indirectamente.Para colmo, la nueva dinámica de la casa me estaba volviendo lo
El abrazo compartido en la penumbra del despacho privado de Félix se prolongó hasta que los primeros rayos del sol, fríos y neblinosos, empezaron a teñir de un gris ceniza el retrato de Bianca en la pared. Estábamos allí, envueltos en un silencio que se sentía casi sagrado, pero que para mí era una soga que se iba apretando milímetro a milímetro alrededor de mi garganta.Mi llanto había cesado, dejando atrás una estela de espasmos sordos y un vacío helado en el estómago. Félix, con una delicadeza que contrastaba de forma dolorosa con la brutalidad de sus puños ensangrentados horas antes, usó las yemas de sus dedos para secar el rastro húmedo de mi rostro. No dijo nada. No hacían falta palabras. Luca, al notar el temblor errático que sacudía mis hombros, pasó sus brazos por debajo de mis rodillas y mi espalda, levantando mi cuerpo de curvas pronunciadas con la facilidad de quien sostiene un suspiro.Apoyé la cabeza en el hueco de su cuello, aspirando su aroma a tabaco, mientras nos esc
El peso del cuerpo de Luca sobre mi cadera y el brazo de Félix rodeándome la cintura con una posesividad de hierro deberían haberme devuelto la paz tras la tormenta de la noche. La suite principal estaba sumida en una penumbra gélida, apenas iluminada por la luz azulada y neblinosa que se filtraba antes del amanecer por los ventanales del balcón. La cama era un desorden de sábanas revueltas, impregnada con el aroma a sexo, sudor y fluidos que marcaban mi piel como un pacto invisible de pertenencia.Pero en mi cabeza no había paz. Había un nido de víboras que se retorcían con cada uno de mis latidos.“Vas a descubrir lo que realmente quieren de ti y de dónde viene su maldita obsesión”.Las palabras de Marco en el ala norte me golpeaban las sienes con la fuerza de un martillo. Intenté respirar despacio, conteniendo el aire para no alterar el ritmo pausado de los gemelos. Félix respiraba con una regularidad magnética contra mi nuca, su aliento cálido me rozaba la piel del hombro, y la ma
El frío de la noche no se comparaba con la fuerza con la que Félix me aferró del brazo. No hubo delicadeza. Me arrastró fuera de la habitación, obligándome a seguir sus zancadas furiosas por el estrecho pasillo del ala norte. Detrás de nosotros, Luca cerró la puerta de madera con un golpe que resonó como un trueno, dejando a Marco y sus advertencias en la penumbra.—¡Suéltame, Félix! ¡Te dije que me sueltes! —forcejeé, clavando los talones en el suelo, pero era como intentar mover una montaña.Mis curvas se sacudían contra su costado, y la chaqueta de cuero crujía bajo la presión de sus dedos de acero. Luca nos escoltaba desde atrás, con los ojos fijos en mi nuca, respirando como un toro embravecido. No dijeron una sola palabra en todo el trayecto. Cruzamos la mansión en un silencio sepulcral que solo se rompía por mis protestas y el roce de nuestra ropa, hasta que llegamos a la suite principal.Félix me empujó con suavidad hacia el interior de la habitación. Luca entró de inmediato,







