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3. Sin saber a dónde ir.

Autor: Sathara
last update Fecha de publicación: 2022-11-01 03:12:32

—Jimena —Se presentó la chica, le ofreció su mano y recibió a cambio una mano temblorosa y sudada.

—Sofía —se presentó sin dejar de ver los anuncios de afuera, preguntándose si en verdad era una asesina.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Jimena cruzándose de brazos. Parecía la clase de pregunta que se hace dentro de la cárcel.

—Yo… Estoy embarazada…

—Bueno, eso me queda claro, todas aquí lo estamos. —Jimena acarició su vientre abultado con tristeza—, pero no compartimos los mismos motivos.

—Mi… novio ya no me quiere y mi madre me trajo a abortar —dijo Sofía agachando la mirada.

—¿Tu madre te trajo? ¿Qué edad tienes? ¿Cinco? —Jimena soltó una risotada cambiando el ambiente mortecino y deprimente.

—¿Tú por qué estás aquí? —preguntó Sofía.

—Mi pequeño nacerá con problemas muy serios —respondió Jimena triste—. Me duele hacer esto, pero sé que su vida no será fácil, será corta y en extremo dolorosa. Es una decisión difícil, pero creo que es lo mejor. —Volteó hacia Sofía percibiendo que su miedo cedía y cambiaba por empatía—. Ella fue violada… —dijo señalando a la chica del otro lado de la sala— …y ella corre peligro de morir durante el parto junto con su bebé. Cada una tiene motivos para estar aquí y creo que no por eso somos «asesinas» —añadió señalando al grupo extremista de afuera.

—Creo que yo sí lo soy —dijo Sofía colocando una mano en su vientre.

—No te ves como una…

—Yo amo mucho al padre de este bebé, aunque él ya no me quiera a mí, pero mi madre cree que abortar es lo mejor.

—Mmm… Si me preguntas a mí, yo considero que tu mamá no debería de escoger por ti. El bebé es tuyo, será tu responsabilidad y solo tú tienes derecho a decidir.

—¿Es malo no tenerlo?

—Es malo que abortes porque alguien más te lo dice. Es malo que lo tengas porque alguien más te lo exige. Tú eres la única que tiene que decidir… ¿Tú qué quieres?

La pregunta de Jimena se clavó en su cabeza tan profundo que le dio paz, fue como una inyección de tranquilidad. Por un momento su tumultuoso día tenía cinco minutos de calma porque sabía perfectamente que era lo que quería.

—Sofía, ven para que te revisen —dijo Laura estirando su mano hacia su hija—. ¡Anda! El doctor nos espera…

—No —respondió Sofía con ambas manos en su vientre, como si de esa forma pudiera protegerlo de su madre.

—¿Qué dijiste? —preguntó Laura indignada.

—Quiero a mi bebé —dijo Sofía con lágrimas en los ojos, recordando el júbilo que sintió cuando supo la noticia. 

—Creí que ya lo habíamos hablado…

—Perdón, no puedo…

—Sofía, el padre de esa criatura no se hará cargo —dijo Laura acercándose a su hija con cautela y asombro—. ¿Quieres terminar igual que yo? Perdiendo tu sueño de ser doctora, aceptando cualquier trabajo para sobrevivir, viendo a ese bebé como una carga.

—Lamento que tú me vieras de esa forma, mamá —dijo Sofía herida. Ya le había roto el corazón Adam y su mamá había terminado de destrozarlo—. Tendré a mi bebé, si otras mujeres pueden salir adelante, yo también lo haré.

—Sofía, ven aquí de una buena vez —exclamó Laura perdiendo la paciencia.

—Señora, si la paciente no viene por voluntad propia, no se le puede obligar —dijo la enfermera de la recepción, pero Laura decidió ignorarla. No tenía ojos ni oídos para nadie más que no fuera su hija. 

—¡Bien! ¡¿No quieres venir?! ¡Está perfecto!, pero yo no tendré a una madre soltera en casa. No voy a mantener a ese niño y a solapar tu descuido… —dijo iracunda, con el corazón empujando frustración por sus venas—. Yo no me haré responsable de tus errores. ¿No supiste cerrar las piernas? ¡No es mi problema!

Sofía agachó la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas, estas cayeron pesadas por sus mejillas mientras su madre pasaba de largo. En ese punto no podía encontrar diferencia entre Laura e Isabella, ambas habían sido crueles a su peculiar modo. La puerta de la clínica se cerró, dejando sola a Sofía adentro sin un centavo en el bolsillo y sin saber a dónde ir ni a quién acudir. 

Se puso de pie y trató de pensar las opciones, pero no eran muchas. Tragó saliva y aunque no estaba en la fría intemperie, sus articulaciones parecían congeladas, podía imaginar que rechinaban con cada movimiento. 

—¿Ahora qué hago? —se preguntó en voz baja y de nuevo tenía ganas de llorar.

—¿Tienes a dónde ir? —preguntó Jimena claramente preocupada.

—Encontraré a donde ir… Tengo… una amiga —dijo Sofía pensando en la única compañera de la escuela con la que se llevaba bien—. De seguro puede darme asilo por un par de días.

—¿Estás segura? —Jimena insistió viéndola con lástima.

—Muy segura. Gracias —dijo Sofía y comenzó a caminar hacia la puerta.

—¡Oye! ¡Espera! —exclamó Jimena y corrió para alcanzarla—. Si no encuentras donde quedarte o necesitas ayuda, este es mi número —dijo entregándole una tarjeta con su nombre y un número telefónico.

—Gracias —dijo Sofía sonriendo y guardando la tarjeta entre sus ropas.

Ѻ

Adam regresó a su casa. El cielo se había oscurecido y la preocupación de no encontrar su celular se había vuelto insignificante a comparación con la noticia de Sofía. No podía creer que lo había abandonado después de todas esas noches de amor, después de todo ese tiempo juntos y todas las promesas hechas. 

—¿Adam? —preguntó Isabella acercándose a su hijo, tentada a envolverlo entre sus brazos.

—¿Sabes? Al principio creí que solo hacías esto para alejarme de ella. Ambos sabemos que nunca te agradó —dijo con una sonrisa que amenazaba con romperse—, pero tenías razón, ella se fue, me dejó.

—¿Tenía razón? —preguntó Enzo, el padre de Adam, sabiendo las malas intenciones de su esposa y sorprendido de que su plan estuviera funcionando bien.

—Ella me dejó… Me arrancó el corazón y se fue —dijo Adam dejando que su rostro expresara a la perfección su dolor—. Me abandonó.

—Adam… —Isabella, por un fragmento de segundo, se sentía culpable. Ver a su hijo en esa situación le rompía el corazón, pero al mismo tiempo la hacía sentir segura de que las cosas mejorarían para él, para la empresa y para la familia—. Estarás mejor sin ella, ya verás. —Se acercó a su hijo queriendo estrecharlo, pero Adam puso espacio de por medio.

—Iré a mi cuarto —dijo excusándose, sin ganas de ver a sus padres a los ojos y arrastrando sus pasos escaleras arriba, buscando un refugio para lamer sus heridas.

—Mi cielo…Yo… —No alcanzó a terminar Isabella cuando su esposo la detuvo.

—Déjalo, está herido, necesita curarse antes de poder enfrentarse al mundo de nuevo —dijo Enzo sin despegar la mirada del camino que tomó su hijo.

—Me necesita —dijo Isabella ofendida.

—Después de lo que has hecho, sería hipócrita de tu parte querer consolarlo —añadió Enzo viéndola con desaprobación.

—¿De qué estás hablando? ¡Yo no hice nada! —reclamó Isabella volteando hacia su esposo, aparentemente ofendida.

—No sé bien cómo lo hiciste, pero estoy seguro de que tú eres la culpable de que tu hijo tenga el corazón roto…

—No sé de qué hablas.

—¿Segura? Podría jurar que sí.

—Esa chica nunca le convino a Adam, el que esté lejos es un milagro que debemos agradecer.

—Si esa chica le convenía o no, únicamente le competía a Adam decidirlo, ni a ti ni a mí, pero bueno, ya es muy tarde para cambiar las cosas. Espero que estés en paz con tu conciencia.

—Lo estoy, no hice nada malo.

—¿Aceptas que hiciste algo? —preguntó Enzo con media sonrisa, no muy seguro de sentirse orgulloso por descubrirla como la culpable.

—Lo necesario para que mi hijo sea feliz —respondió Isabella indignada, pero con la frente en alto.

—Yo no lo veo muy feliz —añadió Enzo cruzándose de brazos.

—Es cuestión de tiempo…

Ѻ

Sofía tocó un par de veces a la puerta de su amiga Pía, escondiendo después sus manos en su abrigo. Su aliento se condensaba con el ambiente y sabía que no tardaba en comenzar a nevar. De pronto la puerta se abrió y su amiga parecía sorprendida.

—¿Sofía? —preguntó confundida, viéndola de pies a cabeza—. Pasa…

—Gracias por recibirme… Necesitaba hablar contigo —dijo Sofía apenada, sin saber cómo abordar el tema.

—¿Qué ocurre? No te ves bien…

—Necesito un lugar donde quedarme por un tiempo y…

—¡Wow! ¡Espera! ¿Qué ocurre? ¿Por qué? —preguntó Pía invitándola a la sala.

—Estoy embarazada y… mi madre me echó —dijo Sofía con la voz rota y de nuevo la sensación de querer llorar la abordaba.

—¡¿Qué?! ¿Hablas en serio?  —preguntó Pía abriendo los ojos hasta casi desorbitarlos—. Debes de estar bromeando, eso es muy cruel. ¿De quién es el bebé?

—Adam… —respondió Sofía apretando los dientes mientras las lágrimas caían por sus mejillas.

—Ay… Sofía… —dijo Pía viéndola con lástima—. ¿Qué te dijo él?

—No quiere verme… —respondió Sofía y cubrió su rostro con ambas manos mientras sollozaba con el corazón roto—. No quiere saber nada de mí —añadió entre quejidos cargados de dolor—. Yo aún lo amo.

—Sofía, no vale la pena un hombre así… 

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Último capítulo

  • La Doctora del CEO   Capítulo Extra. El club de los corazones rotos.

    La recepción se festejó en un enorme salón, como bien había dicho Eugenia, era una fiesta que no tenía límites, había ostentosidad por donde se volteara. Sofía bailó con Adam toda la noche, entre risas y besos furtivos. Eran una pareja feliz y con un brillante futuro. Enzo había reconocido a Sofía como su hija biológica, dejando su fortuna en sus manos y toda la herencia a su nombre y a nombre de sus nietos. Dejó que Adam continuara mandando en la empresa y se hiciera cargo por completo del negocio. Sabía que el futuro de las empresas Dupont estarían en buenas manos. En una de las mesas más cercanas a la pista de baile, Jimena disfrutaba de verlos bailar, hasta que de pronto se sintió atraída por voltear en otra dirección, como si su mirada estuviera magnetizada hacia la puerta de la entrada. Ahí vio a Bennet, con un traje negro que lo hacía ver elegante, pero también de luto. Su corazón se estrujó y no tenía ánimos de acercarse, pero sus pies la llevaron sin que pudiera ofrecer

  • La Doctora del CEO   Epílogo

    Sofía se acomodaba el vestido frente al espejo, lo alisaba con las manos mientras la pequeña Clara la veía con asombro. El corazón de la pequeña iba a mil por hora, la ilusión de ver a su madre de blanco se apoderaba de su cabeza. —¿Te gusta? —preguntó Sofía viéndola por el reflejo del espejo. —Es muy bonito —dijo Clara llena de emoción. —¿Crees que le guste a tu papá? —preguntó modelando para su hija. —Tiene que amarlo. Después de todo no costó cinco centavos —dijo Eugenia entrando con la caja que guardaba los zapatos—. Las bodas de ricos son tan… —Tan… ¿qué? —preguntó Sofía con media sonrisa y ambas manos en la cintura. —Excesivas… —contestó Eugenia. —¡Son hermosas! Es un día especial y tienen el derecho de despilfarrar el dinero que quieran —dijo Jimena arrullando al pequeño Arno entre sus brazos. Tanto Jimena como Eugenia compartían un mismo modelo de vestido en color azul. Eran las damas de honor y mientras una lo disfrutaba con emoción, la otra se sentía ridícula.

  • La Doctora del CEO   65. Solo un beso. 

    Desconcertada, Sofia retrocedió con los pequeños, alejándolos de ahí. Llegó al auto aparcado a unos metros donde Enzo y Laura la esperaban. Abrieron las puertas y recibieron a los niños. El plan era que Sofía también entrara al auto y se fueran de ahí, pero esta se rehusaba a dejar a Adam solo. Cuando estaba dispuesta a regresar, la mano de Enzo la detuvo tomándola por la muñeca. —¿A dónde crees que vas? Es peligroso —dijo preocupado. —Voy con Adam —respondió Sofia sin quitarle la mirada de encima al hombre que amaba—. No pienso dejarlo solo en esto, no voy a irme de aquí y esperar que todo salga bien. En ese momento Laura entendió perfectamente lo que sentía su hija y tomando del hombro a Enzo, lo persuadió de soltarla. Ѻ

  • La Doctora del CEO   64. Una última flama de vida. 

    —Hay que decirle que te cure. —Ezio se plantó frente a Pía y la tomó de la mano, buscando un poco de piedad.—No creo que quiera —respondió Pía acariciando los cabellos negros de Ezio.—¡Si va a querer! —añadió el pequeño haciendo sus ojos más grandes.—¡Sí! ¡Hay que decirle entre los tres! —dijo Clara emocionada y volteó hacia el pequeño Arno—. Bueno, entre los cuatro. ¿Verdad, hermanito? —le preguntó tomando su manita con ternura.Pía comenzó a llorar desconsolada, sus ojos se nublaron de lágrimas, sintiéndose miserable por lo que había hecho adem&aa

  • La Doctora del CEO   63. Un corazón trastornado.

    —¡Tu madre la trastornó! ¡Ella no era así! —exclamó Sofía enfrentándose a Adam—. Sabes que ella solo fue arcilla en las manos de Isabella… —¡Ya basta, Sofía! ¡Pía tiene a nuestros hijos y tú solo piensas en seguir culpando a Isabella! ¡Ella ya está lejos de nosotros! Solo porque crees a Pía una víctima más, ¿la justificarás? Si los lastima, si los mata… ¿Dirás que fue culpa de Isabella y pedirás clemencia por ella? Adam no había medido sus palabras, la ira lo había cegado. Notó la mirada sorprendida de su amada y supo que la había herido. —Sofía… —No… —respondió con lágrimas en los ojos—. Tienes razón. Creo que la que terminó trastornada, soy yo. —Salió de la casa sin escuchar explicaciones. —Sofía, espera… —dijo A

  • La Doctora del CEO   62. Tuve que escoger y te escogí a ti.

    —No quiero hacerte daño… —dijo Pía mientras el arma temblaba en su mano.—No permitiré que te lo lleves. ¿Dónde están Clara y Ezio? —preguntó Eugenia aterrorizada imaginándose la desesperación y el miedo de los niños.—Los cuidaré bien… Solo… Dame al bebé…—¡No! —exclamó Eugenia.En un arranque de valentía se abalanzó contra Pía, queriendo quitarle la pistola. El forcejeó incesante terminó liberando un disparo que dejó a ambas mujeres sorprendidas, viéndose directamente a los ojos. Eugenia volteó hacia el sillón que resguardaba

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