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Capítulo 31

Autor: Rina Vega
last update Fecha de publicación: 2026-07-30 16:18:44

Mateo tensó la mandíbula. Aquella inusual valentía de Lucía hacía que su mente divagara. Recordó lo de Bruno Silva, su posición amenazada, y ahora veía a una Lucía que parecía no importarle la carga que él llevaba sobre sus hombros. Su ego de hombre y de futbolista, adorado como un dios por los fans, se sentía herido.

—Al diablo con tus sentimientos —susurró Mateo con frialdad—. Pero si esa sonrisita tuya tiene algo que ver con alguien allá afuera que pueda dañar la reputación de este matrimoni
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    —Despacio, Félix. Esta puerta trasera lleva décadas oxidada, no dejes que chirríe y llame su atención —susurró Lucía Vega con voz temblorosa mientras se aferraba a la chaqueta de Félix.—Tranquila, señorita Lucía. Llevo entrando en tugurios como este desde antes de que supiera siquiera cómo agarrar una cámara profesional —respondió Félix sin detenerse, con sus manos hábiles saltando sobre la verja metálica carcomida en la oscuridad del Muelle Norte.Rafael los seguía de cerca con pasos silenciosos, escaneando cada rincón del muelle envuelto en una espesa niebla. El aire de la noche calaba los huesos, oliendo a marisco y óxido.Frente a ellos, el gigante almacén número nueve se alzaba con sus paredes de cemento descascarado, testigo mudo del plan retorcido que se cocinaba en las altas esferas del Madrid Royale FC.—Estamos dentro —susurró Félix brevemente, indicándole a Lucía y a Rafael que se pegaran detrás de una pila de viejos contenedores de carga rojos, ya oxidados.Desde la estre

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    La segunda bala impactó en el marco de la puerta; astillas de madera y metal volaron como cristales rotos en el aire viciado. Mateo sintió un calor intenso recorriéndole el abdomen: los puntos de su herida se habían abierto, empapando la gasa bajo su bata de hospital. Pero su respiración agitada no era por el dolor, sino por una rabia que le hervía en la sangre.—¡Félix, sácala de aquí! —ordenó Mateo con voz ronca y tajante. Sus ojos se encontraron con los de Lucía, que estaban anegados en lágrimas y puro terror.—¡No, Mateo! ¡Vas a desangrarte! —gritó Lucía, aferrándose a sus hombros para evitar que se levantara.—Escúchame —Mateo le tomó el rostro, limpiando con su pulgar la mancha de sangre en la mejilla de ella—. Si me quedo, me ejecutarán en esta cama sin que sepamos quién está detrás de todo esto. Tengo que ir, Lucía. Al muelle.Sin dejar espacio a más discusiones, Félix lanzó la mesa de noche contra la ventana y soltó un par de disparos al pasillo para distraerlos. El estruendo

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    "Muelle Norte," murmuró Mateo, con la voz ronca por el dolor que le oprimía el pecho. Miraba la foto polaroid con una rabia que mataba. "Este sitio no es solo un campo de entrenamiento a las afueras. Es donde me cortaron los frenos hace dos años".Lucía se quedó de piedra, viendo cómo la mano de Mateo temblaba al sostener la foto. "¿De qué hablas, Mateo? Ese accidente... la policía dijo que los frenos fallaron porque el sistema estaba viejo. El informe técnico está en los archivos del club"."Ese informe es falso, Lucía", soltó Mateo, mirando fijo a Javier. "Sé que me sabotearon los frenos. No dije nada porque no tenía pruebas, pero esto..." Tiró la polaroid sobre la sábana de la cama del hospital. "Esto es la prueba".Javier se quedó boquiabierto, pálido como un muerto. "Espera, si te cortaron los frenos, ¿eso fue un intento de asesinato premeditado? ¿Y esta foto...?""Esta foto lo cambia todo", le cortó Mateo. "Javier, llama a Félix. Ya".Javier salió disparado y gritó por el guarda

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    El humo subía con fuerza, apagando los gritos en el pasillo. Rafael intentó agarrar al atacante por la muñeca, pero el tipo logró saltar por la ventana rota hacia el balcón.—¡Se escapa! —gritó Félix desde la puerta, cubierta por el humo.Lucía presionó el botón de emergencia y el personal de seguridad del hospital empezó a llegar. Mateo estaba jadeando, con el cuerpo temblando sin control.—¿Estás bien? —preguntó Lucía, con las lágrimas rodándole por la cara mientras lo abrazaba fuerte, como si temiera perderlo por segunda vez esa misma noche.Mateo miró a Lucía fijamente, dejando que la calidez del abrazo calmara un poco los latidos de su corazón, que seguían a mil por hora. Pero luego, su mirada se desvió hacia Rafael, que estaba junto a la cama, respirando agitado tras la pelea. Aunque el tipo le acababa de salvar la vida, Mateo sentía unos celos que no podía quitarse de encima, especialmente al ver cómo Rafael miraba a Lucía: con una preocupación que iba mucho más allá de lo que

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    La luz de los neones de la UCI resultaba cegadora para unos ojos acostumbrados a la oscuridad total. Mateo soltó un gemido, sintiendo la garganta seca, como si se la hubieran lijado. Todo su cuerpo pesaba una tonelada, como si lo tuvieran aplastado bajo un bloque de hormigón.—¿Mateo? ¿Me oyes?Esa voz. Suave, temblorosa y tan familiar. Mateo obligó a sus párpados, pegados por el cansancio, a abrirse. La figura frente a él se veía borrosa, hasta que poco a poco se definió: era Lucía, con la cara hinchada y los ojos rojos.—¿Lucía? —su voz salió ronca, como un roce de lija.—Estoy aquí, Mateo. Aquí estoy —Lucía le apretó la mano con fuerza. Unas lágrimas cayeron sobre el dorso de la mano de Mateo.Él intentó enfocar la vista. —¿Qué... qué ha pasado?—No hables todavía. El médico dice que tienes que descansar —Lucía se secó las mejillas bruscamente—. Has vuelto de la muerte, básicamente.Mateo giró la cabeza un poco, respirando con dificultad. —¿Dónde... dónde estoy?—En el hospital. Es

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    En cuestión de segundos, se abrió una carpeta oculta. La pantalla mostraba una lista del historial de llamadas entrantes y salientes, además de un registro de mensajes encriptados. Pero no fue eso lo que dejó a Lucía sin aliento.—Dios mío... —murmuró Lucía, dejando de teclear.Rafael se acercó y se paró justo detrás de ella. Su estatura hizo que su sombra cubriera parte de la pantalla, pero pudo ver claramente qué era lo que había dejado a la mujer helada. —¿Qué pasa? ¿Qué encontraste?—No son solo llamadas —la voz de Lucía temblaba, y la sorpresa empezaba a ser reemplazada por una rabia furiosa—. Mira esto... un rastro de transferencias digitales.En la pantalla del portátil había una captura de una billetera digital anónima que recibía fondos periódicamente, sumas astronómicas, durante los últimos tres meses. La dirección de origen usaba códigos encriptados complejos, pero Lucía, que tenía experiencia en análisis financiero antes de pasarse a la gestión deportiva, reconoció al inst

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