INICIAR SESIÓNValentina creía tener la vida perfecta: un matrimonio por amor con Miguel, el hombre por el que estuvo dispuesta a empezar desde cero. Tras años de esfuerzo silencioso y gracias a sus maniobras tras bambalinas, la pequeña empresa de limpieza que construyeron juntos está a un paso de cerrar un contrato millonario con Valente S.A.. Para coronar su dicha, sus padres finalmente han aceptado a Miguel y las puertas de su poderosa familia vuelven a abrirse para ella. Decidida a sorprender a su esposo con la noticia que cambiará sus vidas, Valentina se cruza en el camino con Lucas Santori, el astuto abogado y mejor amigo de su hermano. Fiel a su estilo sagaz y coqueto, Lucas le lanza una advertencia disfrazada de broma: "Deberías dejar a ese esposo tuyo, Valentina... yo puedo ayudarte". Ciega de amor y orgullo, ella defiende su matrimonio con firmeza, convencida de que su lealtad a Miguel es indestructible. Cinco minutos después, la ilusión se desmorona en pedazos. En ese mismo lugar, Valentina descubre la verdad que jamás imaginó: Miguel no solo la engaña con Isabel Perdomo, sino que mantiene una vida paralela donde está a punto de formar la familia que a ella siempre le negó. El dolor de la traición se transforma al instante en una furia helada. Miguel cree que el éxito de la empresa se debe a su encanto, sin sospechar que su abnegada esposa es en realidad Valentina Valente Valenzuela, la heredera del imperio inmobiliario. El amor ha muerto. Con la ayuda de Lucas Santori, comenzará la verdadera pesadilla de Miguel. Porque Valentina no solo le quitará el contrato, la empresa y su estatus... le enseñará el precio exacto de haber jugado con la mujer equivocada. Felicidades, querido ex esposo. Tu ruina acaba de comenzar.
Ver másCAPÍTULO 1: Un amargo giro del destino
VALENTINA
Miro la pantalla de mi teléfono celular. Un nombre conocido aparece en el centro y, suspirando con una mezcla de cariño y resignación, decido contestar.
—Hablo con mi persona favorita en todo este mundo, la más hermosa, la más inteligente… —empieza la voz al otro lado de la línea, con ese tono dramático tan suyo.
Antes de que siga enumerando más virtudes, le corto la inspiración de golpe:
—Para ya y dime lo que me tienes que decir. Ya estoy aquí esperándote, he llegado hace quince minutos.
—Perdón, queridísima hermana, pero no voy a llegar a nuestra cita. ¿Podemos almorzar mañana?
Sentada en el asiento del conductor, aprieto el volante con frustración. Había preparado todo este día para hablar con Germán, para contarle que finalmente estoy lista para presentar a Miguel a mi familia y llevar a la empresa que construimos al siguiente nivel.
—¿Tengo opción? —pregunto, alzando una ceja aunque no pueda verme.
—Te juro que la plantada lo vale, Valen. Surgió una reunión de emergencia en la corporación que no puedo aplazar.
—Está bien, está bien —resoplo, rindiéndome—. Almorzaré sola, eso si la comida la pagas tu.
—Por supuesto, mi preciosa, mi joven…
Cuelgo antes de que siga inventando tonterías. Mi hermano mayor siempre me hace lo mismo; su trabajo en la empresa familiar siempre termina absorbiéndolo por completo. Apago el motor. Ya estoy en el estacionamiento de este restaurante exclusivo, así que decido comer aquí de todas formas. Me ajusto el bolso, me bajo del coche y, antes de que pudiera cerrar la puerta, escucho una voz masculina que pronuncia mi nombre a mis espaldas:
—¡Valentina!
No hace falta que me gire para saber quién es. Reconozco ese tono grave y burlón desde kilómetros. Es Lucas Santori, el mejor amigo de mi hermano. Desde niños solo se ha dedicado a molestarme y sacarme de quicio.
—Lucas —digo, girándome para saludarlo mientras mantengo una postura firme—. Pensé que estabas en el extranjero.
Se acerca a mí con paso firme, vistiendo un traje impecable que resalta su porte. Sonríe con esa arrogancia natural que siempre lo ha caracterizado.
—He vuelto para abrir mi propio bufete en mi país —responde, encogiéndose de hombros con elegancia—. Ya sabes, no es lo mismo estar lejos de los míos. ¿Tú cómo has estado?
—Bien —intento mirar casual, mirando mi reloj para cortar la conversación—. Lo siento, estoy algo apurada, llego tarde a un almuerzo.
—Oh, lo entiendo —dice Lucas, metiendo la mano en el bolsillo interior de su saco para sacar un pequeño rectángulo de cartulina fina—. Ahora que estoy de vuelta, toma mi tarjeta por si necesitas mis servicios.
Tomo la tarjeta y leo en letras doradas: Estudio Jurídico Santori & Asociados — Especializado en Derecho de Familia y Divorcios.
Alzo la mirada, un poco desconcertada por el gesto.
—No creo ocupar de tus servicios, Lucas —intento devolverle la tarjeta, extendiéndosela.
Él da un paso atrás y niega con la cabeza, manteniendo esa sonrisa indescifrable.
—Guárdala, Valentina. Uno nunca lo sabe.
—Sabes que estoy casada, ¿no? —le me recuerdo, remarcando las palabras para que le quede claro que mi matrimonio es sólido.
—Sí, tu hermano lo ha comentado al pasar —responde sin darle mayor importancia, aunque sus ojos oscuros me observan con una atención que me incomoda un poco—. Que te vaya bien en tu cita, que disfrutes el almuerzo.
—Gracias —murmuro.
Guardo la tarjeta en mi bolso sin darle más vueltas y me encamino hacia la entrada del lugar. Entro al restaurante y tengo que admitir que mi hermano sí que tiene buen gusto. El diseño es sofisticado, con techos altos, arañas de cristal y grandes ventanales. Cuando estoy a punto de pedir una mesa en el salón principal, me doy cuenta de que tienen mesas disponibles en la terraza. Hoy el día está precioso, el sol brilla sin quemar y corre una brisa fresca, así que decido que aprovecharé para comer al aire libre.
Avanzo por el pasillo interior y, cuando estoy a punto de atravesar la puerta de cristal que lleva a la terraza, veo una figura de un hombre conocido de espaldas. El cabello rubio, los hombros anchos, el traje que le compré la semana pasada...
¡Es Miguel!
Qué sorpresa. Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios. Creí que estaría ahogado en reuniones de trabajo en la oficina. Decido agarrar el celular para escribirle un mensaje antes de aparecerme de golpe y asustarlo. Tecleo rápidamente: Amor, ¿qué planes tienes para el almuerzo?
Presiono enviar. Desde mi posición, veo cómo el teléfono sobre la mesa de la terraza se ilumina. Miguel lo mira de reojo, pero no lo responde. Simplemente lo deja boca abajo.
Extrañada, guardo el teléfono y me fijo mejor en la escena. Termino de enviar otro mensaje y me percato de que mi esposo Miguel no está solo; en la mesa está una mujer de espaldas a mí, vistiendo un vestido azul marino holgado.
¿Será un almuerzo de trabajo?, me pregunto a mí misma, buscando una explicación lógica. Quizás está negociando un nuevo cliente para la empresa.
Doy un par de pasos hacia la terraza para acercarme a su mesa, pero me freno de golpe.
El aire se me escapa de los pulmones. Miguel no está sosteniendo un folleto ni revisando un contrato. Él la tiene tomada de las manos por encima del mantel, acariciando sus nudillos con el pulgar, y la mira con una ternura que me congela la sangre en las venas. Jamás me ha mirado así. Jamás.
Siento un nudo ciego formarse en mi garganta. Al parecer se están levantando de la mesa. Miguel, con la caballerosidad que siempre lo caracterizó, se pone de pie primero, rodea la mesa y le ayuda con su bolso. La mujer se apoya en él para ponerse de pie y, cuando se gira por completo hacia la luz... lo veo.
Está embarazada. Tiene un vientre abultado de varios meses que resalta bajo el vestido.
El corazón me da un vuelco tan violento que siento mareos. El pánico me domina e instintivamente me escondo tras una gran columna de mármol del pasillo. No quiero ser vista. Siento que me falta el aire, el pecho me quema y mis manos comienzan a temblar sin control.
Apretándome contra la estructura de piedra, contengo la respiración mientras escucho el sonido de sus pasos acercándose a mi. Pasan tan cerca de mi escondite que podría estirar la mano y tocar la espalda de mi esposo.
—Gracias por cumplir con nuestros antojos, cariño —escucho que la mujer le dice con una voz dulce y mimada, acariciando su propia barriga.
—Para ti y para nuestro bebé, lo que sea, mi amor —responde Miguel. Su voz suena suave, llena de una devoción que durante tres años creí que era exclusiva para mí.
Las palabras flotan en el aire como navajazos limpios.
Nuestros antojos. Nuestro bebé. Mi amor.
Cierro los ojos con fuerza, mientras las lágrimas pugnan por salir, las excusas sobre por qué "aún no era el momento" para que nosotros tuviéramos hijos, las noches que llegaba tarde argumentando exceso de trabajo... todo encaja de golpe con una claridad escalofriante y demoledora.
Me quedo inmóvil tras la columna, escuchando cómo sus risas se alejan hacia el interior del restaurante.
Paso la mano por mi bolso tembloroso y mis dedos rozan el borde rígido de una cartulina. Saco la tarjeta que hace apenas diez minutos intenté rechazar: Estudio Jurídico Santori & Asociados — Especializado en Derecho de Familia y Divorcios.
La aprieto entre mis dedos con fuerza hasta doblarla. La mezcla de dolor y furia ciega comienza a transformarse en algo mucho más frío y calculado dentro de mí.
CAPÍTULO 13: Secretos en una caja de cartónLUCAS—¿Por qué volviste realmente, Lucas? —preguntó Germán de la nada, mientras se dejaba caer pesadamente en uno de los sillones sin armar que adornaban la sala de mi nuevo apartamento temporal.Dejé la carpeta de expedientes sobre la mesa ratonera y lo miré con una media sonrisa, intentando esquivar el peso real de su pregunta.—Bueno, ya sabes... Buscaba un cambio de aire —mentí con naturalidad, cruzándome de brazos—. Vivir cinco años saltando de país en país, te agota el alma. Supongo que simplemente estoy cansado de no tener un lugar.Germán me sostuvo la mirada con una mezcla de escepticismo y afecto fraternal. —Dejaste el estudio exitoso de tu padre hace cinco años atrás, de la noche a la mañana, solo para empezar a viajar por el mundo sin rumbo fijo —me recriminó con suavidad, negando con la cabeza—. En realidad, pensándolo bien, lo que no entiendo es por qué te tardaste tanto en regresar, Lucas. Tenías todo aquí: prestigio, dinero
CAPÍTULO 12: La indiferenciaMIGUELDespués de dejar a Isabel en su apartamento y soportar su repertorio de quejas, lágrimas y reproches por casi una hora entera, no tenía la más mínima intención de volver a pisar la oficina. El estrés corporativo me estaba carcomiendo vivo y el problema del bloqueo bancario me nublaba el juicio.Decidí irme directamente a casa. Con toda seguridad, Valentina tendría la comida caliente lista sobre la mesa. Quizás, si jugaba bien mis cartas y adoptaba ese tono de esposo arrepentido pero devoto, lograría que hasta me diera un masaje en las sienes para calmar esta jaqueca insoportable. Al fin y al cabo, se alegraría de verme en casa tan temprano. Durante semanas enteras se la había pasado reclamándome que nunca aparecía a cenar, que me la pasaba metido en reuniones y que el hogar se sentía solitario. Bueno, ahí lo tenía: un marido dispuesto a pasar la tarde con ella.Para mi completa sorpresa, al girar la llave en la cerradura y empujar la puerta principa
CAPÍTULO 11: Radiografía de la estafaVALENTINA—Eso es robar, Valentina —estaba diciéndonos Lucas, con el ceño fruncido y la mirada clavada en los extractos financieros que brillaban sobre la pantalla de su ordenador.—Ya lo sé. Es exactamente lo que es —le respondí con una serenidad gélida, cruzándome de brazos mientras me acomodaba en el sillón de cuero de su despacho—. Es otro motivo fundamental por el cual estoy completamente segura de que no hay vuelta atrás.Estábamos los tres reunidos en la oficina de Lucas. A mi lado, Laura, mi fiel asistente, sostenía una carpeta repleta de documentos impresos que desglosaban mes a mes cada uno de los movimientos turbios de Miguel en los últimos seis meses.Lucas había aceptado el caso de inmediato, y ahora, apenas dos días después de nuestra charla en el restaurante, ya nos encontrábamos diseccionando la anatomía exacta del fraude. Le estamos mostrando los resultados de nuestras investigaciones preliminares, un trabajo de hormiga que Laura
CAPÍTULO 10: Secretos y cicatricesLUCASGermán se fue de la mesa con una excusa improvisada sobre una junta urgente que supuestamente lo esperaba en la corporación, dejándonos a Valentina y a mí completamente solos. Quería decirle que me entristecía que su matrimonio llegara a su fin, pero habría sido la mentira más grande de mi vida. Por dentro, una chispa de esperanza prohibida se encendía con fuerza. Quería consolarla, abrazarla fuerte. Mi nuevo deber profesional para con ella me exigía poner los pies sobre la tierra.Me acomodé en la silla, apoyé los codos sobre la mesa de mármol y la miré a los ojos con absoluta seriedad.—Tengo que hacerte esta pregunta, Valentina, y te pido que me respondas con total honestidad, como tu abogado y como alguien que se preocupa por ti: ¿estás completamente segura de que quieres divorciarte? —le pregunté con voz pausada, midiendo cada palabra—. ¿No hay manera de que puedan arreglar las cosas entre ustedes, o de buscar una tregua antes de desatar












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