FAZER LOGINNace una nueva pareja, veremos si el amor es mas fuerte que la venganza ♥♥♥
EPÍLOGO ADRIANO BLACKSTONEEl sonido del viento golpeando contra los ventanales de mi despacho era lo único que se oía. Afuera, la tarde caía con ese tono dorado que siempre me recordaba a ella. A Dalia, a mi hermosa flor.El reloj marcaba las siete y veinte. Sobre el escritorio, había un vaso de whisky intacto, unos informes que jamás leería, y un viejo cuaderno de cuero oscuro, con mis iniciales grabadas en oro: A.B.Ese diario había sobrevivido a todo: a mis errores, a las cicatrices, a la guerra… y a la pérdida. Era mi memoria cuando la mía dejó de existir.Pasé la mano sobre la tapa, notando las marcas del tiempo, los dobleces, el olor a papel viejo mezclado con perfume de lavanda. El mismo perfume que ella usaba cuando me conoció.Tomé la pluma, como lo hacía cada noche, y escribí.“Mi nombre es Adriano Blackstone. Durante años fui un hombre frío, preciso y calculador. Un estratega, un líder, un CEO que veía el mundo como un tablero de ajedrez donde todo debía estar baj
La familia que formamosDALIATres años habían pasado desde aquella noche en mi antigua casa.Tres años desde que Jacke, con las manos temblorosas, le pidió matrimonio a Alessandro entre velas y rosas.Tres años desde que Gael volvió a sonreír, con Anastasia en sus brazos.Y tres años desde que mi vida se convirtió en este hermoso caos familiar que me rodeaba ahora.El jardín de la mansión estaba lleno de risas, voces, y el aroma dulce de las flores.Era el primer cumpleaños de las pequeñas María Gracia y María Angélica, las hijas de Enzo y Alessia, y la casa se había transformado en un paraíso de colores, globos y burbujas.Yo estaba sentada bajo una sombrilla, con una pancita de cuatro meses, mientras veía a mis tres diablillos de tres añ
ADRIANOEstaba en el despacho, revisando unos informes, cuando escuché unas risas bajitas, rápidas, de esas que te ponen en alerta sin saber por qué.Levanté la vista y vi pasar un torbellino de cabello negro y uno castaño: Dalia corriendo en puntillas, con esa risa traviesa que siempre anuncia problemas, y detrás de ella, Jacke, igual de cómplice.Sentí cómo se me erizaban los pelos de la nuca.Cuando mi mujer andaba con esa sonrisa y esos pasos de gata sigilosa, nada bueno estaba tramando.Me puse
GAELDespués de toda la tormenta —los celos, la rabia, el deseo, las palabras que nunca creí decir— el silencio volvió a la habitación.Y, por primera vez en mucho tiempo, ese silencio no me pesó.Anna dormía abrazada a mí, tan pegada que podía sentir el ritmo de su corazón mezclándose con el mío.Tenía una mano en mi pecho, como si temiera que si me movía… desapareciera.Su respiración era suave, temblorosa a ratos, y su rostro se veía en paz.Esa paz que yo mismo le había quitado tantas veces.Pasé mis dedos por su cabello, jugando con su mechón blanco, ese que siempre me hipnotizaba.Cuántas veces había querido tocarlo, olerlo, besarla así —sin rabia, sin máscaras— y no pude.Y ahora estaba ahí, dormida, en mis brazos, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para nosotros.Cerré los ojos un segundo y respiré su perfume.Jazmín.Siempre jazmín.Su olor estaba impregnado en mi piel, en las sábanas, en el aire.Y eso me asustó.Porque me di cuenta de que, después de tanto luc
ANASTASIADesperté en medio de la noche con la garganta seca y el cuerpo todavía adolorido.El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por la luna que entraba entre las cortinas abiertas.Tardé unos segundos en ubicarme… y entonces lo vi.Gael.Dormía a mi lado, boca arriba, con el ceño levemente fruncido incluso en sueños.Su pecho subía y bajaba despacio, su respiración era profunda, tranquila.Parecía un guerrero dormido después de una batalla.No pude evitar mirarlo.Pasé mis dedos con cuidado por su cabello, apartando un mechón que caía sobre su frente.Su piel estaba tibia, su aroma seguía envolviéndome.Acariciarlo era como tocar algo que temes perder, algo que sabes que no volverás a tener igual.—Gael… —susurré, casi sin voz.Sus ojos se abrieron lentamente, aún adormilados, pero fijos en mí.La penumbra no ocultó el brillo que tenían; ese marron oscuro que siempre me desarma.—¿Te duele algo? —preguntó, ronco.—No.—¿Necesitas algo?—No.Guardó silencio unos segundos, su
ADRIANOApenas crucé las rejas de la mansión, vi una figura masculina salir por el portón. Alto, rubio, con aire de modelo caro y una bolsa al hombro. Lo reconocí enseguida: Vicente.—Señor Blackstone —me saludó con una sonrisa demasiado tranquila para alguien que acababa de escapar de la furia de Gael.—Vicente —respondí con una media sonrisa, cruzándome de brazos—. ¿Sigue vivo?—Por poco —dijo, alzando las manos en rendición—. Me apuntó con un arma y me echó a patadas, así que prefiero mantenerme a una distancia prudente.—Sabia decisión —reí—. Váyase antes de que cambie de opinión y lo busque.







