FAZER LOGINHabía pasado una nueva semana, una semana más que Paula demostraba su firme decisión de no acceder al chantaje del magnate, algo que estaba enloqueciendo a Arturo.
—No podrás con ella —dijo Diego y el regocijo en su voz no pasó desapercibido para Arturo.
—¿Eres mi amigo? —se atrevió a preguntar.
—Lo soy, pero me alegro de saber que Paula no es tan fácil de doblegar como creías, cuatro semanas, casi cuatro semanas. Me temo que, si insistes, la joven maestra se convertirá en la horma de tus zapatos —dijo con seriedad el abogado—. Basta con ver lo loco que te trae.
Arturo miró a Diego, se puso de pie y salió de la oficina dando un sonoro portazo. Paula había estado resistiéndose, pero no lo haría más.
Mientras tanto, Paula terminó su clase, se despidió de sus alumnos y esperó a que Arturo fuera por Alejandro, pero los minutos corrieron y el hombre brillaba por su ausencia.
—Aparte de arrogante, también es un irresponsable —gruñó Paula mirando la hora en su reloj.
—Con irresponsable, ¿te refieres a mí? —preguntó Arturo detrás de la joven.
Paula se llevó la mano al pecho y ahogó la maldición que amenazó con salir de sus labios al darse cuenta de que no venía solo.
La directora del colegio venía con él.
—Me llevaré a Alejandro por unos minutos, por favor, atienda al señor Montecarlo, me temo que, si sus diferencias no pueden ser resueltas de buena manera, me veré obligada a tomar medidas drásticas —indicó la mujer, dejando a Paula con la incertidumbre de lo que estaba por venir.
—Señor Montecarlo —dijo a modo de saludo, empleando un tono neutral.
—Paula —respondió él.
Arturo rodeó a Paula, la miró en silencio por un largo momento que para la joven fue casi interminable.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó cansada de la atención recibida.
—¿Le han llamado del banco? —soltó deteniéndose muy cerca del rostro de la joven.
—Sí, gracias por el detalle —respondió Paula.
La muchacha sabía que las presiones del banco en la última semana no eran una casualidad. Ella podía decir que estaba rayando el acoso.
—Voy a pagar todo, compraré un piso para su abuela y lo pondré a su nombre. Solamente tiene que decir…
—No —le interrumpió Paula con brusquedad.
La joven se giró y lo enfrentó.
—No me convertiré en su esposa, señor Montecarlo, no insista más. Voy a cuidar de su hijo en mis horarios establecidos y cuando sienta que él está preparado para saber que yo no soy su verdadera madre. Se lo diré, prometo hacerlo bien…
—No me has entendido, Paula, no te quiero como maestra, sino como la madre de mi hijo.
—¿Por qué tanta insistencia? —refutó Paula al borde de la histeria.
La joven había sido paciente, había intentado no prestar atención a las presiones del banco, de hecho, había intentado hacer otro préstamo con otra entidad bancaria para cubrir la que tenía con el banco actual y de esa manera no caer en el chantaje del hombre, solo tenía que soportar un par de minutos más. Hoy tendría una respuesta.
—Es un gran negocio, Paula, solo tiene que firmar un papel, convertirse en mi esposa y ser la madre de mi hijo y tendrá una casa fija para su abuela, cero deudas…
—Y cero vida sexual, ¿espera que me convierta en una monja o utilice juguetitos, supongo que eso no cuenta como una infidelidad? —lo atacó Paula.
Arturo la miró como si le hubiesen salido dos cabezas, de todo, lo que menos imaginó es que ella discutiera el punto de su vida sexual.
—Entonces… ¿Esperas que tengamos relaciones íntimas? —preguntó, él podía ofrecer su cuerpo.
—Es lo que toda mujer espera al casarse, por lo menos que su marido le cumpla dos veces al día, siete días a la semana, los treinta o treinta y un días del mes…
—¡Estás completamente loca! —gritó al darse cuenta de que Paula estaba burlándose de él.
—Es exactamente lo que pienso de usted, señor Montecarlo. Solamente usted puede redactar un documento tan absurdo como el que me ha entregado y el que pretende que firme sin chistar…
—No llegaremos a ningún acuerdo, Paula, y realmente lo lamento, te di tiempo para decidirte, así que no te puedes quejar.
Paula no comprendió las palabras del hombre, hasta que segundos más tarde su móvil sonó.
—Revísalo, puede ser importante —la instó.
Paula arrugó el entrecejo, pero caminó a su escritorio para leer el mensaje entrante. La joven sintió que todo el aire se le escapaba de los pulmones al leer la corta pero contundente respuesta del banco.
No le habían concedido el préstamo solicitado…
—¿Qué pasa, malas noticias?
Paula se giró casi de manera violenta.
—Es usted un hombre cruel y sin sentimientos, supongo que… tiene mucho que ver con la respuesta que el banco me ha dado —reclamó Paula con enojo.
—No tengo idea de lo que me hablas, Paula, de lo que sí soy culpable es de decirle a la directora que fuiste la responsable del accidente de mi hijo, que te comunicas con él sin mi permiso. Una queja de tal magnitud puede dejarte sin trabajo en este colegio y en todos los colegios de Madrid y quizá de España.
—Miserable —gruñó Paula.
Lágrimas de impotencia llenaron los ojos de la joven, se sentía atrapada en las redes de aquel cruel millonario. ¿Por qué ella? De todas las mujeres en Madrid, ¿Por qué ella tenía que parecerse a la esposa muerta de ese demente?
—Seré lo que tú quieras, Paula, pero tú serás mi esposa…
Paula respiró profundamente, no le daría el placer de verla llorar, aunque por dentro se sintiera destrozada y violentada en muchos sentidos.
Caminó hasta coger los documentos en su bolso y volvió para sentarse detrás del escritorio.
—Si voy a acceder a este chantaje, quiero cambiar algunas cosas en tu estúpido acuerdo.
—No es cuestionable…—aseguró Arturo.
Paula lo ignoró.
—Primero revisemos el punto dos: si vas a compartir habitación conmigo, dormirás en el sillón. Punto tres: en vista de que estás comprando una esposa, me pagarás cierta cantidad de dinero por las demostraciones en público y el doble si los besos llegan a ser necesarios.
Arturo apretó los dientes, tan fuerte que pensó iba a romperlos, pero siguió escuchando en silencio.
—Punto cuatro: borra la penalización de cien millones de euros.
—No, ese punto no es discutible, Paula, no voy a borrarlo —dijo.
El tema de la infidelidad era lo más importante del contrato, él no sería burlado dos veces.
—Entonces prepárate para convertirme en una mujer millonaria, no creo que soportes tanto tiempo sin sexo —le retó Paula.
Arturo chasqueó la lengua, en esos cuatro años, no había sido un santo, ¿podría soportar once? Confiaba en él.
—El plazo para el divorcio —continuó Paula—. Vamos a divorciarnos el día que Alejandro cumpla los quince años. Y antes de ese tiempo si me eres infiel.
—Si hago todos los cambios que pides, ¿aceptarás? —preguntó Arturo casi con júbilo.
—¿Tengo otra opción? —preguntó la joven.
—No. No la tienes.
—Entonces no hagas preguntas tontas, Arturo Montecarlo de Mendoza.
Arturo sintió un escalofrío recorrer su columna al escuchar la manera que Paula pronunciaba su nombre completo.
—Nos casaremos el viernes —dijo, luego del silencio sepulcral que se instaló entre ellos.
—¿Este viernes?
—Sí.
Paula asintió, lo único que deseaba en esos momentos era perderlo de vista y no saber nada más de él en toda su existencia. Sin embargo, sabía que no sería posible. Arturo la tenía en sus manos.
Desde aquel primer día la convirtió en su objetivo, Paula llegó a pensar que se había convertido en la obsesión del magnate.
Los siguientes tres días, fueron para Paula como la antesala a su funeral. Fingía cada vez que estaba con su abuela o pasaba tiempo con Alejandro. El niño era tan dulce que ella no podía castigarlo por culpa del desalmado de su padre.
—Mami, ¿Por qué tienes los ojos tristes? —preguntó Alejandro el jueves, cerca de la hora de salida.
—No estoy triste, cariño, estoy durmiendo tarde —explicó, no era una mentira del todo, ella no podía dormir por las noches, pensando en lo que se había metido. Pero era casarse o quedarse sin nada.
Si solo fuera ella, le habría importado tres pepinos, la amenaza del hombre, pero su abuela, por ella, era capaz de todo…
—¿Es mi culpa?
—No, tengo trabajo, y estoy organizándome —dijo con premura.
Alejandro asintió.
—Ven a la casa a comer con nosotros, mi abuela y mi tía no están, se fueron de paseo a Toledo —informó el pequeño.
—No puedo ir a tu casa, Alejandro, no es correcto.
—Pero si eres mi mamá, esa también es tu casa, por favor, por favor —pidió el niño.
Paula cerró los ojos mientras deseaba que la tierra la tragara y la escupiera en el centro del sol, quizá eso fuera mejor a casarse con un hombre que no amaba y que no la amaba.
—Mami, por favor —pidió Alejandro.
—Complace a nuestro hijo —la voz de Arturo hizo temblar a Paula.
Lo odiaba, Paula podía jurar que jamás había conocido ese sentimiento tan ruin, pero Arturo de Montecarlo sacaba lo peor de ella.
Ese jodido hombre era el demonio invocado para convertirse en su infierno personal.
Epílogo Paula miró el nuevo cuadro que adornaba la sala de su casa, había sido un trabajo maravilloso y exquisito de Gerald Petit, uno de los pintores más reconocidos de Francia.—Es hermoso, el cuadro perfecto de una familia feliz —musitó Arturo tomando la cintura de Paula por la espalda.—Lo es —convino Paula mordiéndose el labio.—¿Qué pasa, cariño? —preguntó el magnate al darse cuenta de la tensión en los hombros de su esposa.—¿Qué harás con el cuadro de Pía? —preguntó.Arturo la hizo girar entre sus brazos, sus miradas se encontraron, él apartó el mechón de su rostro y besó sus labios.—¿Qué quieres hacer con él? —le preguntó como respuesta.—¿Qué?—Eres tú quien decide qué hacer con él, Paula —respondió ante la interrogante.—¿Crees…, crees que Domenico apreciaría tenerlo en Italia? —preguntó con duda.—Quizá sería un buen regalo para Paolo —dijo.Paula acarició el rostro de Arturo, le dio un corto beso en la mejilla y le sonrió.—Estoy segura de que lo apreciará mucho, es una
Gracias por existirUn ligero gemido escapó de los labios de Paula aquella mañana, mientras sentía un cosquilleo recorrer su cuerpo, la piel se le erizó al sentir los cálidos labios de Arturo deslizarse por su columna vertebral, sus manos recorriendo cada rincón de su cuerpo, hasta llegar al centro de su placer.—¿Qué haces? —preguntó con voz ligeramente cansada, pero cargada de pasión y deseo.—Quiero hacer hacerte el amor… —susurró bañando con su aliento cálido el oído y rostro de Paula.—¡Lo hemos estado haciendo casi toda la noche! —expresó Paula sin apartarse del toque ni de los labios de su esposo.—No cuenta, apenas el reloj ha marcado la media noche es un nuevo día —refutó Arturo complacido.Paula dejó escapar una ligera carcajada antes sus palabras.—Era audaz, pero no me has convencido —dijo entre risas.—¿Aún no? —preguntó el hombre, dejando suaves besos y mordidas sobre el hombro desnudo de Paula.—No…—¿De verdad? —insistió.Paula asintió, mientras dejaba escapar, un son
¡Eres la mujer perfecta!Paula abrió los ojos horas más tarde. Arturo la había convencido de ir a la cama y ella no pudo negarse, había estado en un avión por más horas de las jamás había estado en toda su vida; pero no sabía que necesitaba estar en la cama hasta que puso su cabeza en la almohada y se quedó profundamente dormida en compañía de Arturo y de sus hijos.—¿Mejor? —preguntó Arturo entrando con una bandeja de frutas y jugos.—Mucho mejor, gracias —dijo un tanto tímida.—¿Qué pasa? —le cuestionó Arturo.—Nada, no pasa nada.—Paula…—Estoy bien, te lo aseguro —dijo mirando a Leticia y Alejandro.—¿Quieres comer algo? —cuestionó sentándose a su lado.—Me encantaría, también quiero visitar a Carolina —dijo.Arturo asintió, él también quería hacerlo, con todo lo ocurrido ni siquiera le dio tiempo de felicitar a Diego por el nacimiento de su hija.—Carolina dio a luz —contó Arturo.—¿Qué? ¿Cómo que dio a luz? —cuestionó Paula sentándose junto a su esposo—. Ella apenas tenía siete
Cuadro familiar«Fui yo, yo secuestré a tu esposa…»«Yo secuestré a tu esposa…»Arturo miró todo rojo al escuchar aquellas palabras, salir de los labios del hombre que tenía la osadía de pararse delante de él y decirle, sin ninguna pena, que era el secuestrador de Paula. La ira se abrió paso por su cuerpo, el dolor y el miedo que sintió ante la desaparición de su esposa, fue un detonante y sin mediar palabra golpeó el rostro de Domenico con rudeza enviándolo al piso.Arturo se lanzó sobre el hombre, quien no se defendió en ningún momento.—¡Arturo! —gritó Paula al darse cuenta de que su marido era muy capaz de matarlo allí mismo—. Escucha lo que tiene que decirte —pidió ella.Arturo la miró con los ojos furiosos.—¿Qué es todo esto? —preguntó.—Hay algo que tienes que saber —le dijo Paula acercándose a él.—¡Te secuestró! ¡No puedes defenderlo! —gritó preso del enojo que corría por cada rincón de su cuerpo.—No estoy defendiendo a nadie y a él menos, pero por favor, escucha —insistió
Fui yo El trayecto de la isla Cos a Atenas fue en un sepulcral silencio, Paula no dejó de pensar en todo lo que había descubierto. La vida de Pía fue peor de lo que ella se hubiese podido imaginar, los Zambrano le habían hecho algo imperdonable. Mentirle sobre su hijo, hacerlo, pasar por muerto, era lo peor que le podían hacer a una madre. A Pía le habían hecho lo mismo que le hicieron a su madre. Mientras a ellas las habían separado y crecido sin saber de su la existencia de la otra, vivieron ajenas a aquella verdad. Paula no podía siquiera llegar a imaginar el dolor que su hermana vivió al enterarse de que su bebé había muerto, no podía imaginar el infierno que debió vivir a tan corta edad, porque si sus cuentas no fallaban, Pía debía tener entre diecisiete y dieciocho años cuando dio a luz a Paolo. Quizá ese era el verdadero motivo que cambió a Pía y la convirtió en la mujer que era al momento de su muerte. Paula dejó de pensar en el momento en que aterrizaron en Atenas, imagi
Te llevaré a casa«Sé mía por una noche…»Paula miró horrorizada al italiano, ¿de verdad le estaba pidiendo una noche con él a cambio de su libertad? ¿Qué clase de hombre pediría tal cosa a una mujer que, ha dicho, no es la mujer que él piensa?—¡Estás completamente loco, Domenico! ¡Primero muerta que caer entre tus brazos! —gritó alejándose de él.Paula sintió una fuerte opresión en el pecho, si tenía que morir y no volver a ver a Arturo y a su familia, estaba dispuesta a hacerlo, pero jamás ¡JAMÁS! Le sería infiel a Arturo. No tendría cara para mirarlo a los ojos y seguir viviendo su vida, sabiendo que se entregó a otro hombre…—Escucha, cara.—No soy cara, no soy Pía. ¡Soy Paula! ¡Paula! —gritó con rabia. La esposa del magnate se mostró fuerte y decidida, si iba a morir no se lo pondría fácil y si podía llevárselo con ella lo haría sin duda.—No te estoy pidiendo sexo —dijo él con el ceño fruncido.Paula lo miró confundida.—¿Qué?—No te estoy pidiendo que te entregues a mí de esa






