INICIAR SESIÓN—Miguel va a intentar dilatar el proceso o presionarte para que firmes un acuerdo desfavorable —le advirtió Alexander—. Pero con estas medidas, él va a tener que defenderse en lugar de atacarte.—No voy a negociar nada por fuera del juzgado —afirmó Cristina con tranquilidad—. Quiero lo que me corresponde por ley y terminar con esto de una vez.Tras la recomendación de Alexander, Cristina se reunió primero con un investigador privado de confianza. Durante dos semanas, el hombre siguió los movimientos de Miguel, registrando sus rutinas, visitas al departamento de Claudia y gastos con las tarjetas de crédito compartidas.Una vez que el investigador le entregó el informe final en una unidad USB y un sobre cerrado, Cristina agendó la cita con el doctor Héctor Peralta, el abogado de familia. El despacho era sobrio y de luz fría. Peralta la recibió con un saludo breve y fue directo al grano.—Alexander me adelantó que estabas reuniendo el material necesario —dijo Peralta mientras se acomodab
Don Roberto se despidió tras un par de minutos, dándole a Cristina un apretón de manos y prometiéndole a Alexander que lo llamaría esa misma semana. En cuanto el empresario se alejó, Miguel dio un paso al frente y se plantó ante ellos.—¡Cristina! —soltó.Ella giró la cabeza despacio. Lo miró con tranquilidad, sin sorpresa y sin rabia.—¿Se puede saber qué haces acá? He estado preocupado, Cristina. Desapareces de la nada, no sé nada de ti en semanas y de repente entras así... ¿Y este tipo quién es? ¿Qué hace contigo?Alexander no cambió de postura. Dio medio paso al frente para marcar distancia y lo miró desde su altura con calma.—Es mi novia —dijo Alexander con firmeza.Miguel soltó una risa nerviosa y de coraje. Miró a Alexander de arriba abajo, como si intentara convencerse de que lo que oía era un chiste.—¿Tu novia? Estás mal informado —escupió Miguel, mirando a Cristina—. Ella es mi esposa.Cristina dio un paso al frente y sostuvo la mirada de Miguel, quien tensó la mandíbula.
Cristina respiró hondo, memorizando cada indicación. Sentía la adrenalina correr por sus venas, pero la seguridad que Alexander le transmitía le daba el ancla que necesitaba.—Una última cosa —añadió Alexander, levantándose y extendiéndole la mano para ayudarla a ponerse de pie—. Si en algún momento te sientes abrumada o la situación se sale de control, me miras y nos retiramos. Recuerda nuestra regla: tu bienestar está primero. ¿Lista para el debut?Cristina tomó su mano, se levantó con una gracia impecable y le dedicó una sonrisa decidida.—Más que lista. Vamos.El motor del auto de Alexander roncaba con un murmullo suave mientras avanzaban por las avenidas. El ambiente dentro del vehículo era cómodo, impregnado por el perfume de ambos, pero el silencio se había vuelto pesado.Cristina miraba fijamente por la ventana, viendo pasar los reflejos de las luces en el vidrio. Tenía las manos metidas entre las piernas, apretando los dedos con fuerza. Su postura seguía siendo derecha, pero
—Bien—. Dijo Alexander, casualmente. Dentro de una semana hay un evento muy importante de los consorcios americanos y mexicanos. Yo estoy invitado. Y, desde luego, tú me vas a acompañar. Es una reunión de negocios de alto nivel que se celebra cada tres años, y sé de buena fuente que Miguel va a estar ahí. Es la oportunidad perfecta para presentarnos formalmente.Cristina lo meditó un segundo, asimilando la velocidad a la que se estaba moviendo todo. El corazón le dio un vuelco, pero la determinación ganó.—De acuerdo —accedió ella con firmeza—. Hagámoslo ahí.Máximo, quien también estaba cerca y conocía la magnitud del evento, intervino de inmediato, mirando a Cristina con ojo crítico pero constructivo.—Si vamos a jugar este juego, entonces le sugiero que debes prepararte muy bien, señoras —le advirtió Máximo—. Ese ambiente es muy exigente. Buscaré a un asesor de imagen que es conocido mío para que te ayude con todo lo necesario.Cristina, consciente de que necesitaba todas las herra
Soltó un suspiro largo, de esos que se dan cuando por fin te quitas un peso de encima.—Miguel me estuvo engañando —soltó, y la frase le supo a veneno.Alexander no hizo aspavientos ni interrumpió. Solo asintió, manteniéndole la mirada para que continuara.—Con su exnovia —siguió ella, sintiendo cómo la humillación se transformaba en pura rabia—. Y no fue un desliz de una noche. Llevaban meses viéndome la cara a mis espaldas. Se estaban burlando de mí en mi propia casa.La indignación le encendió las mejillas. Las ganas de llorar se habían esfumado; ahora solo quedaba un rencor frío.—Lo descubrí todo. Y lo que más me da ira es darme cuenta de que construí mi vida sobre una mentira absoluta. Todo este tiempo fui una ciega.Alexander esperó unos segundos para asegurarse de que hubiera terminado de desahogarse.—Lo siento muchísimo, Cristina. De verdad. No te merecías algo como eso.—No me compadezcas, Alexander. Odio que me tengan lástima. Para serte franca, creo que ya no siento dolor
Mientras Cristina pasaba los días refugiada en la casa de campo, a Miguel parecía importarle muy poco su ausencia. Al no tener noticias de ella, prefirió seguir con su rutina como si nada hubiera pasado. De hecho, empezó a derrochar dinero con Claudia a un ritmo que ya ni siquiera se molestaba en disimular.Cenas en restaurantes exclusivos, viajes improvisados, fiestas privadas... Lo que antes manejaban con cierta discreción para no levantar sospechas, ahora lo hacían a la vista de todos. Claudia se convirtió en su sombra; lo acompañaba a las reuniones de negocios, a los cócteles y a los eventos sociales, instalándose por completo en el espacio que antes le pertenecía a Cristina como su esposa.Para cualquiera que los viera, la situación era evidente. Claudia caminaba del brazo de Miguel, presumiendo las joyas y los regalos caros que él le compraba, moviéndose con una seguridad que no dejaba lugar a dudas.Fue en una de esas reuniones donde el ambiente empezó a ponerse incómodo. Algun







