MasukEl día de la lectura de la sentencia, Miguel entró a la sala con el uniforme del reclusorio. Estaba flaco y miraba al suelo. Cristina se sentó en la primera fila con Alexander y el abogado Peralta. Llevaba un traje sastre claro y los labios rojos.La fiscalía presentó los análisis químicos del frasco y los mensajes que probaban la compra de la escopolamina. El juez revisó todo, golpeó el mazo y dictó la sentencia: quince años de prisión por intento de homicidio calificado sin derecho a fianza. Cristina miró a Miguel fijamente. Él intentó buscar sus ojos, pero ella solo le sostuvo una mirada fría y vacía hasta que los guardias se lo llevaron.Días después, Cristina regresó a la empresa principal para asumir la dirección general. Los socios la recibieron en la sala de juntas y le entregaron los estados financieros. La compañía estaba casi al borde de la quiebra. Los directivos le explicaron detalladamente los fraudes de Miguel:Desvío de capital: Sacó dinero de las cuentas operativas ha
El día de la audiencia amaneció gris. Cristina llegó al palacio de justicia con un sastre azul oscuro, tacones de punta fina, el cabello recogido con elegancia y labial rojo. Se veía poderosa y segura de sí misma. Alexander caminaba a su lado y el abogado Héctor Peralta al otro. Antes de entrar a la sala, Alexander le dio un breve apretón en el hombro y abrió la puerta.Miguel ya estaba sentado en la mesa de la defensa. Se veía demacrado, el traje le quedaba grande y la soberbia había desaparecido por completo. Intentó buscar la mirada de Cristina, pero ella entró con los ojos fijos en el estrado.El juez tomó asiento y la sesión comenzó. El abogado de Miguel intentó ganar tiempo; argumentó que hacía falta una mediación previa, que su cliente buscaba reconciliarse y que los bienes debían entrar en la sociedad conyugal.El abogado de Cristina no lo dejó avanzar. El licenciado Héctor dejó sobre el escritorio del juez las pruebas de los malos manejos financieros de Miguel, los desvíos de
Los primeros días en la mansión transcurrieron entre el silencio de los pasillos y el papeleo de la mudanza. Ya instalada y con el control de la propiedad, Cristina no quiso perder más tiempo. Llamó a Máximo a su despacho y le dio una orden clara: debía viajar de inmediato a buscar a su madre, Helena, para traerla a vivir con ella. Necesitaba a su familia cerca y la casa era lo suficientemente grande.Dos días después, el automóvil conducido por Máximo cruzó la entrada principal de la mansión y se detuvo frente a la escalinata. Cristina, que esperaba de pie junto a la puerta, bajó de inmediato para recibirla. La puerta trasera del vehículo se abrió y Helena descendió. Al ver a su hija, caminó rápido a su encuentro y ambas se unieron en un abrazo apretado. Helena se separó un poco y le dio un beso cariñoso en la mejilla.—Hija mía, todavía me cuesta creerlo —dijo Helena, recuperando el aliento—. Me alegra que hayas recuperado lo que te pertenece por ley.—Es real, mamá —respondió Crist
Dos días después, la mañana en la casa principal de los Salinas era inusualmente tranquila, hasta que el rugido de un motor interrumpió el silencio. Cristina regresó a ocupar su casa. Cruzó el umbral con paso firme y una mirada que ya no reflejaba la vulnerabilidad del pasado.Lucrecia, quien tomaba el desayuno en el gran comedor, se congeló al verla entrar acompañada por dos hombres de traje que cargaban maletines ejecutivos. Se asombró al notar la transformación de su nuera; la mujer sumisa y golpeada por la traición había desaparecido por completo.—¿Qué significa esto, Cristina? ¿Qué haces aquí? —cuestionó Lucrecia, intentando mantener su habitual tono altivo, aunque la voz le tembló sutilmente.Cristina no se detuvo. Caminó hasta la cabecera de la mesa y la miró fijamente desde arriba.—Esta es mi casa, Lucrecia. Y he venido a recuperar lo que es mío —respondió con una calma que resultaba aterradora—. Voy a hablar con los abogados para darle su parte como esposa de Fernando. Mis
Miguel no se quedó de brazos cruzados. Desesperado por el silencio de Cristina y la frialdad con la que Claudia lo había recibido, salió del departamento lleno de rabia. Necesitaba encarar a Cristina, obligarla a mirarlo a los ojos y exigirle que detuviera la locura de la demanda. Si lograba presionarla o apelar a los años que pasaron juntos, tal vez podría convencerla de resolverlo por fuera del juzgado.Manejó directo a la casa de Helena. Iba por la persona que mejor la conocía: su madre. Helena vivía en un tranquilo barrio humilde. Cuando escuchó el motor del auto y los golpes insistentes en su puerta, abrió con desconfianza. Al ver a Miguel, con la ropa arrugada y el rostro demacrado por el pánico, su expresión se volvió de piedra.—¿Qué hace usted aquí? No eres bienvenido —dijo Helena, sosteniendo el picaporte con firmeza, impidiéndole el paso.—Señora Helena, por favor, necesito que me escuche —suplicó Miguel, dando un paso al frente, intentando ingresar y bajando la voz en un
—Miguel va a intentar dilatar el proceso o presionarte para que firmes un acuerdo desfavorable —le advirtió Alexander—. Pero con estas medidas, él va a tener que defenderse en lugar de atacarte.—No voy a negociar nada por fuera del juzgado —afirmó Cristina con tranquilidad—. Quiero lo que me corresponde por ley y terminar con esto de una vez.Tras la recomendación de Alexander, Cristina se reunió primero con un investigador privado de confianza. Durante dos semanas, el hombre siguió los movimientos de Miguel, registrando sus rutinas, visitas al departamento de Claudia y gastos con las tarjetas de crédito compartidas.Una vez que el investigador le entregó el informe final en una unidad USB y un sobre cerrado, Cristina agendó la cita con el doctor Héctor Peralta, el abogado de familia. El despacho era sobrio y de luz fría. Peralta la recibió con un saludo breve y fue directo al grano.—Alexander me adelantó que estabas reuniendo el material necesario —dijo Peralta mientras se acomodab







