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Capítulo 2

Author: Pretty Darlie
last update publish date: 2026-07-22 04:48:05

—¿Por qué...?

La palabra escapó de los labios de Aria en un susurro quebrado, apenas audible por encima de la suave música que aún flotaba en la sala.

Los pétalos de rosa yacían esparcidos a sus pies como sueños destrozados, mientras las velas en forma de corazón seguían titilando con cruel indiferencia. Su cálida luz ahora le parecía fría, casi acusadora.

No... No... No... Esto no puede ser real. No Jayden. No nosotros.

Las lágrimas empañaban las oscuras letras impresas sobre los documentos del divorcio, pero era incapaz de apartar la vista.

La firma de Jayden.

Firme.

Decidida.

Parecía grabarse a fuego en su memoria.

Tres años de risas.

Tres años de promesas susurradas en la oscuridad.

Tres años refugiada entre sus brazos, convencida de que ella era el único lugar donde él encontraba paz.

¿Todo eso podía desaparecer...

...así de fácil?

Sus manos temblaban con tanta fuerza que las hojas crujían entre sus dedos como hojas secas sacudidas por el viento.

Las apretó con más fuerza, como si así pudiera borrar las palabras impresas sobre el papel.

Él me amaba.

Él me eligió.

Ella era la "Cenicienta" que nadie consideraba digna.

La mujer por la que nadie apostaba.

Y Jayden había sido la única excepción.

El único que la defendía incluso del desprecio helado de su propia familia.

Pero las pruebas estaban allí...

...temblando entre sus manos.

—Jayden...

Su nombre se quebró en su garganta. 

Con los dedos entumecidos tomó el teléfono y marcó su número. 

Buzón de voz. 

Otra vez. 

La voz automática fue como una bofetada. 

Volvió a intentarlo. 

Y otra vez. 

Y otra. 

Hasta que el pulgar le dolió de tanto presionar el botón para volver a llamar. 

—Por favor, amor... contesta. Dime que todo esto es un error. Dime que vienes a casa. 

Solo obtuvo silencio. 

Un silencio capaz de vaciar el alma. 

Un suave golpe en la puerta la arrancó de aquel abismo. 

Stella, la jefa del servicio doméstico, permanecía de pie en la entrada. La preocupación marcaba profundamente su amable rostro. 

—¿Señora? Escuché… 

Sus ojos se abrieron al ver el maquillaje de Aria completamente arruinado por las lágrimas y los documentos arrugados que sostenía como si fueran su último salvavidas. 

—¿Qué ocurrió? 

—Nada... —mintió Aria con la voz quebrada. 

Se secó las mejillas apresuradamente, pero las lágrimas seguían cayendo sin descanso. 

—Solo... dile al chofer que prepare el auto. Necesito ir a Hunt Corporation. Ahora mismo. 

Stella vaciló. Era evidente que quería hacer más preguntas. 

Pero finalmente asintió. 

—Como usted ordene, señora. 

Aria subió corriendo las escaleras. 

Se cambió con el primer vestido presentable que encontró. 

La tela le resultaba extraña sobre la piel.

Demasiado ajustada.

Tan asfixiante como la angustia que le oprimía el pecho.

Cada segundo parecía una eternidad.

¿Dónde estás, Jayden?

¿Qué hice mal?

Durante el trayecto, las luces de la ciudad desfilaban borrosas al otro lado de la ventana.

Pero Aria no veía nada.

Solo el rostro de Jayden.

Su sonrisa.

Esa sonrisa suave y poco frecuente que solo le dedicaba a ella.

La forma en que, al terminar un largo día de trabajo, la sentaba sobre sus piernas mientras le susurraba que ella era su refugio en un mundo despiadado.

¿Había sido todo una mentira?

¿Acaso los tabloides habían tenido razón desde el principio?

¿Era ella solo un adorno temporal en la vida del multimillonario?

Cuando el automóvil se detuvo frente a Hunt Corporation, su corazón latía con tanta fuerza que apenas alcanzó a escuchar al chofer advirtiéndole que tuviera cuidado con el vehículo estacionado junto al suyo.

Por pura suerte logró esquivarlo.

El enorme vestíbulo estaba inusualmente silencioso.

Ya habían pasado las ocho de la noche.

El eco de sus apresurados pasos resonó sobre el brillante piso de mármol.

Detrás del elegante mostrador, una recepcionista levantó la vista.

—Buenas noches —saludó Aria, esforzándose por mantener la voz firme aunque sentía que su mundo se hacía pedazos—. ¿El señor Jayden sigue en su oficina? 

~~~♡♡♡~~ 

Mientras tanto, en el Hospital de Primera Clase, ala de Cuidados Intensivos…

El estéril pasillo olía a antiséptico... y a miedo.

Toda la familia Hunt se había reunido frente a las puertas del quirófano.

El viejo señor Hunt, abuelo de los gemelos, permanecía de pie con el rostro severo e imperturbable. A su lado estaban Austin Hunt, padre de los gemelos, y Audrey Hunt, cuya expresión pálida reflejaba la angustia que la consumía.

Apartado de todos, irradiando una frialdad casi intimidante, estaba Kayden Hunt.

El hermano gemelo de Jayden.

El gemelo maldito.

La oveja negra de la familia.

Kayden había salido de prisión apenas unos días antes.

Sus oscuros ojos recorrieron brevemente a los miembros de su familia, aunque su expresión permanecía completamente indescifrable.

Ellos tampoco le prestaban la menor atención.

Por fin, las puertas del quirófano se abrieron.

El doctor William Murphy salió al pasillo con el agotamiento marcado en el rostro tras cinco largas horas de cirugía.

—El paciente está fuera de peligro —anunció el doctor Murphy—, pero...

Aquella única palabra hizo que el ambiente se congelara.

El suspiro colectivo de alivio murió al instante.

—¿Pero qué? —preguntó Audrey Hunt con la voz temblorosa.

La expresión del doctor se ensombreció.

—El joven señor Jayden sufrió una lesión muy grave en la médula espinal durante el accidente. Presenta tetraplejia... una parálisis completa desde el cuello hacia abajo. No puede mover ni sentir ninguna parte de su cuerpo por debajo de la lesión. Sus brazos, piernas y torso... todos han quedado afectados.

Un jadeo de horror recorrió a la familia.

Audrey Hunt se tambaleó, pero Austin la sostuvo antes de que cayera.

El viejo señor Hunt apretó con tanta fuerza el bastón que los nudillos se le volvieron blancos.

Tetraplejia.

Parálisis completa desde el cuello hacia abajo.

Sin movimiento.

Sin sensibilidad.

Kayden permaneció inmóvil, observándolo todo con aquellos ojos fríos e inescrutables.

Por dentro, sin embargo, una tormenta rugía con fuerza.

Emociones complejas que se negaba incluso a reconocer.

¿Debía considerar aquello como el karma por todo lo que su hermano le había hecho durante todos esos años?

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