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Capítulo Dos

last update Fecha de publicación: 2026-05-26 23:09:47

El auto se detuvo en lo profundo de la finca. Claira captó fragmentos a través del cristal tintado mientras avanzaban — un guardia que se apartaba del camino sin que nadie se lo dijera, una cámara montada en lo alto de un poste de concreto girando despacio, una mancha oscura en la gravilla cerca del muro este que nadie había logrado borrar del todo. La clase de detalles que no se anunciaban solos. La clase que solo notabas si entendías lo que significaban.

Ella estaba empezando a entenderlos.

Soren bajó primero, luego metió el brazo y la arrastró del asiento trasero. Ella pateó y se retorció, las uñas arañando su abrigo, pero él se la echó al hombro como si no pesara nada y la cruzó por la gravilla hacia un edificio bajo de concreto escondido al borde de los árboles.

La bodega.

Un aire frío y húmedo le golpeó la cara cuando él empujó la puerta pesada. Adentro olía a aceite, óxido y sangre vieja. Luces tenues zumbaban en el techo. Sin ventanas. Solo paredes desnudas, una silla de metal atornillada al suelo y un desagüe en el centro que le decía suficiente sobre para qué había sido usado ese cuarto.

La soltó bruscamente sobre sus pies. Ella tropezó pero se sostuvo, el hábito rasgado, el velo colgando sucio y torcido.

Soren cerró la puerta pesada. El seguro hizo clic.

No dijo nada.

— ¿Por qué me trajiste aquí? — exigió ella. — ¿Qué quieres conmigo?

Soren sacó una pistola negra de bajo el abrigo, la revisó una vez y la apuntó directo al pecho de ella.

Por un momento el mundo quedó en silencio. Claira miró el cañón. Entonces una risa rota escapó de ella — no de alegría, sino de dolor puro.

— La ironía… — susurró, y volvió a reír, más cortante esta vez.

Levantó los ojos hacia los de él. Desafiante.

— Hazlo — dijo, la voz clara y firme. — Jala el gatillo. Ya me mataste en el segundo que me sacaste de esa iglesia. Mi propio padre me vendió como a una cualquiera para saldar sus deudas. No me queda nada. Así que termina con esto.

Los ojos de Soren se oscurecieron. Dio un paso lento hacia ella. — Tienes fuego para ser una chica que iba a pertenecerle a Dios. — La estudió un momento más. — Sigue hablando así y puede que disfrute más quebrarte que matarte.

Claira avanzó hasta que el cañón frío le presionó entre los senos. Su hábito rasgado se corrió, dejando ver un collar de plata con una pequeña cruz colgando contra su piel.

Soren se paralizó.

Ella siguió mirándolo directo a los ojos, lista para morir. Casi ansiosa por ello.

— ¿Quién te dio eso? — preguntó él, la voz de pronto afilada y baja.

Claira no dijo nada.

— Contéstame, Claira.

— No es asunto tuyo.

Él extendió la mano, le sujetó el mentón con fuerza y estudió su rostro. Su pulgar apartó un mechón de cabello de sus ojos. Ella sintió el sacudón y se odió a sí misma por ello.

— Eres terca — murmuró. Una pausa larga, como si estuviera decidiendo algo que no había planeado decidir. — Eso va a ser un problema.

— ¡Mátame de una vez! — escupió ella.

Algo se movió detrás de sus ojos — no ternura, no rabia, algo más frío que ambas. En cambio presionó el arma contra la pared junto a su cabeza y se inclinó hacia ella, la voz cayendo casi hasta la nada. — No estás reaccionando bien.

— Prefiero morir — susurró ella.

Él se echó hacia atrás. Apuntó de lado. Disparó.

El disparo explotó justo junto a su cabeza. La bala se incrustó en la pared. El sonido ensordecedor la tiró al suelo.

Claira se quedó ahí, los oídos zumbando, las lágrimas corriéndole por la cara. No se estremeció. Simplemente lo miró desde abajo.

Soren bajó el arma. Su pecho subía y bajaba con pesadez. Su expresión no revelaba nada, pero un músculo en su mandíbula se tensó.

— Dejaste de pertenecerte a ti misma en el momento en que tu padre firmó esa deuda — dijo, la voz plana y definitiva. — Que lo aceptes o no no cambia nada.

Se quitó el saco del traje y lo puso sobre sus hombros, cubriéndole el vestido rasgado y el collar que traía de vuelta recuerdos.

Luego se dio la vuelta.

— Para ellos ya estás muerta — murmuró sin mirar atrás. — Les dije que te maté.

Salió. La puerta se cerró de golpe y el seguro se activó.

Claira apretó el saco alrededor de sí misma, todavía de rodillas, llorando en silencio.

Afuera de la bodega, Soren se recostó contra la pared fría, los ojos cerrados, los puños apretados.

Acababa de mentirle a su viejo.

Una jugada imprudente.

Pero no podía matarla.

Todavía no.

No después de que ella lo mirara a los ojos y lo desafiara a hacerlo.

No después de que ella le hiciera sentir algo que creía muerto hace mucho.

Y sobre todo, no hasta descubrir si ella era la que había estado buscando.

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