LOGINLuzette Castillo tiene una sola regla: el padre de Skye nunca debe saber que existe. Pero en una boda, entre copas y música, se topa con unos ojos azul hielo que lleva tres años intentando olvidar. Diego Mendoza, el hombre de una noche imprudente. Hoy, uno de los más temidos de la ciudad. Antes de que ninguno hable, los votos se ahogan entre disparos. El novio cae muerto. La novia, hermana de Diego, desaparece en una furgoneta. Y la única desconocida que estaba donde no debía es Luzette. Diego no cree en las casualidades. La encierra en su mansión y empieza a hacer preguntas. Ella solo necesita una respuesta: cómo volver con su hijo antes de que el Diablo descubra quién es Skye en realidad. Cuando la verdad sale a la luz, Diego quiere a su hijo. Y quiere a Luzette con un hambre que lo aterra, porque lo último que amó le fue arrebatado en sangre. Quemará la ciudad antes de perder a alguien más, aunque aferrarse así sea justo como su padre destruyó todo lo que tocó. Luzette sabe lo que es el miedo: al hombre que cierra las puertas con llave, al matrimonio que ofrece como una fusión empresarial. Y a esos instantes de calma en los que él es tierno con su hijo y ella casi olvida que debe huir. Mientras tanto, Fernando Morales espera años para hacer sangrar a Diego, y Gonzalo Herrera le ofrece una alianza que huele a traición. Diego juró que jamás sería su padre. Ahora tiene un hijo que lo mira como a un héroe. ¿Qué ocurre cuando la mujer a la que no puede dejar de enjaular es la única que puede enseñarle a soltar?
View MoreLUZETTE
—Tienes agallas para presentarte aquí.
La voz áspera me envolvió como el humo. Grave. Familiar. Peligrosa.
Me giré de golpe, y el vino blanco estuvo a punto de derramarse sobre mi vestido. El corazón me golpeó las costillas con tanta fuerza que la sala entera se inclinó.
Ahí estaba.
Más grande de lo que recordaba. Más duro. El traje negro a medida se ceñía a su poderosa figura, y las hebras plateadas entre su cabello oscuro solo afilaban los rasgos brutales de su rostro. Esos ojos azul hielo se clavaron en los míos y me robaron el aire de los pulmones.
Mi aventura de una noche de hacía tres años.
El hombre que me había destrozado tan por completo que ningún otro se le había acercado siquiera.
Se movió antes de que yo pudiera pensar. Un segundo estaba paralizada y al siguiente su brazo me rodeaba la cintura y me pegaba a su cuerpo. Su calor me envolvió. El pulso se me desbocó.
—Cuidado —murmuró, rozándome la oreja con los labios—. No quisiera que volvieras a enamorarte de mí.
No pude hablar. Apenas podía respirar. Olía exactamente igual: whisky, cuero y algo más oscuro que aún habitaba mis sueños. Su mano se deslizó hasta mi brazo, firme y autoritaria, y me guio lejos del salón abarrotado hacia un rincón apartado, oculto tras unos altos rosales.
Debí zafarme. No lo hice.
Al llegar a la pared, me giró y apoyó mi espalda contra ella, acercándose tanto que su cuerpo me encerró. Su mirada recorrió despacio mi figura, posesiva y sin prisa, como si aún tuviera derecho a mirarme. Mi piel ardía allí donde sus ojos la tocaban.
—Qué coincidencia —dijo con suavidad—. Tú, en la boda de mi hermana… cuando soy la única persona que conoces aquí.
Alcé la barbilla, ignorando el temblor de mis piernas.
—¿Coincidencia? ¿O simplemente eres un paranoico?
Su sonrisa fue lenta y afilada como una navaja.
—Si el zapato te queda…
La ira me recorrió.
—¿De verdad crees que vine buscándote? Tuvimos una noche hace tres años. El sexo estuvo bien, sí, pero no tan bien como para andar persiguiéndote.
Mentía descaradamente. Esa noche me había destruido. Y la prueba viviente de ella, nuestro hijo de dos años, estaba a salvo en casa en ese mismo instante, sin saber que su padre era un hombre peligroso al que yo jamás debía volver a ver.
Me observó con esos ojos fríos e indescifrables.
—Entonces, ¿por qué estás aquí, Luzette?
El sonido de mi nombre en su lengua me recorrió la espalda con un escalofrío. Tragué saliva.
—No es asunto tuyo. Suéltame.
No se movió. Lo empujé en el pecho. Era como empujar una roca.
—Sí me importa —dijo en voz baja.
—Por favor —susurré, odiando lo pequeña que sonó mi voz.
Por una fracción de segundo, algo titiló en su expresión. Luego desapareció.
—Una noche hace mucho tiempo —dije, obligando a las palabras a salir—. Ni siquiera te recuerdo.
Se inclinó hasta que su boca quedó suspendida sobre la mía.
—¿En serio? —Su voz bajó, oscura e íntima—. Entonces dime, cariño… ¿por qué estás aquí? ¿Qué quieres? ¿Quién te envió?
Eso fue todo. Estallé.
—Soy una invitada. Soy amiga de Pablo. Lamento decepcionarte, pero no te estoy acosando y nadie me envió. Estoy aquí por el novio. Eso es todo.
Sus ojos se entornaron.
—Hiciste bien tu tarea.
—Invitación de boda —le espeté—. No tarea.
—Mientes fatal.
—Ay, joder. —Lo empujé con fuerza y me escurrí a un lado—. Quítate de mi camino.
Solo logré dar tres pasos.
Su mano se cerró en mi brazo como un torno y me jaló hacia atrás. Mi columna chocó contra la pared con una sacudida.
Antes de que pudiera tomar aire, me encerró por completo, su poderoso cuerpo pegado al mío. Una mano me atrapó la mandíbula y me obligó a mirarlo.
Hizo ademán de tocarme, pero se detuvo al ver la advertencia en mis ojos.
—Sobre todo tú no, mia amata —murmuró, y el viejo apelativo sonó más vulnerable que posesivo.
Su pulgar rozó mi labio inferior, lento y posesivo.
Su mirada cayó a mi boca, pero no cerró la distancia. La decisión quedó suspendida entre nosotros, cargada y exasperante. Odiaba que una parte de mí aún quisiera besarlo; odiaba más que él pareciera saberlo.
Por un estúpido instante, le devolví el beso. Tres años de deseo enterrado estallaron entre nosotros. Hasta que la realidad se estrelló contra mí.
Le mordí el labio con la fuerza suficiente para hacerlo sangrar.
Se apartó con una risa baja y peligrosa, lamiéndose la sangre de la boca, con los ojos brillantes de oscura diversión.
—Corre si quieres, Luzette —dijo, haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Pero no hemos terminado de hablar.
LUZETTELa mansión era tan hermosa como la primera vez, y había más hombres en los terrenos. Esta vez, aunque era Diego quien iba al volante, los guardias dirigieron una linterna hacia el interior del coche, hacia mí, hacia Skye, que dormía.Seguía siendo hermosa, pero para mí había perdido todo el encanto que pudiera haber tenido. Todo, los jardines, los guardias, la mansión entera, me resultaba de algún modo más opresivo que antes.Porque esta vez no creía que fuera a haber una salida.Redujo la velocidad hasta un ritmo normal, el de quien sube por un camino largo hacia una casa enorme asentada sobre unos terrenos aún más enormes. Pero a mí aquella lentitud me parecía exasperante, como si fuera una especie de sádico explorando un nuevo territorio de su pasatiempo favorito… torturarme.Que la parte delantera estuviera despejada de vegetación y los jardines principales quedaran atrás, flanqueados por otras propiedades, algunas con alambres eléctricos en las vallas, me hizo estremecer
LUZETTE—¡Tú no eres su padre!Mi grito desgarró la barata habitación del motel mientras apretaba a Skye aún más contra mi pecho.Diego llenaba el umbral como una tormenta a punto de estallar, con los ojos ardiendo de una furia fría y posesiva.Miró a nuestro hijo, su hijo, y algo peligroso cambió en su expresión. Un depredador que acababa de descubrir que poseía algo precioso.—Soy su padre —dijo, y el impacto en su voz se impuso a su ira—. Pero entiendo por qué no confías en mí. No voy a quitártelo.—Diego…—Tenemos que llevarlos a ti y a Skye a un lugar más seguro —dijo Diego, manteniendo las manos quietas—. Dime qué necesitas llevar. Nos iremos cuando estés lista.—No voy a ir contigo.—Sí tienes opción —dijo tras una pausa tensa—. Pero, por favor, escúchame antes de decidir. Podrían ir tras ustedes por mi culpa.Alargó la mano hacia Skye. Me giré para esquivarlo.—Necesita su sillita y su mantita…Recogió la sillita y la manta y las dejó junto al bolso; luego se agachó a unos pas
DIEGO—¿Qué carajo quieres decir con que se ha ido?Apreté el teléfono con tanta fuerza que creí que la pantalla se rompería. El silencio vacilante de Óscar solo echó gasolina al fuego que rugía en mis venas.Estábamos a pocos minutos de la mansión, con Carmen acurrucada a mi lado, destrozada, y ahora esto: una mujer aterrada se había escurrido entre todo mi equipo de seguridad como si fueran unos malditos aficionados.—Repítemelo otra vez, Óscar. Despacio.—Señor, Marta le llevó comida hace un rato. Cuando volvió, la puerta estaba abierta. Hemos registrado todas las habitaciones y el terreno dos veces. Javier creyó ver movimiento cerca de la propiedad contigua, pero…—Si estás a punto de culpar a Marta, te mostraré exactamente cómo trato a los cobardes que señalan culpables en vez de hacer su puto trabajo. —Mi voz bajó a un gruñido peligroso—. Ella no comete errores así. Lo que significa que una mujer asustada burló a un equipo de hombres armados y entrenados. Explícame eso.Óscar ma
DIEGOMi hermana estaba desaparecida, probablemente aterrada y sangrando en algún rincón de esta maldita ciudad, y todo en lo que yo podía pensar era en inclinar a Luzette sobre mi escritorio y sacarle la verdad a polvos hasta que gritara.El pensamiento me repugnó.También me puso duro como una piedra.Estampé la botella de whisky contra la mesa y obligué a mi mente a volver al portátil. Carmen primero.Siempre.Las señales de rastreo seguían siendo un desastre inútil. Quien se había llevado a Carmen no la quería muerta. La quería a ella. Esto no era una masacre al azar. Era un mensaje.Y quienes envían mensajes tan descarados suelen creer que sobrevivirán a lo que yo les devuelva.La voz de mi padre se rio al fondo de mi cabeza, fría y burlona.Dejaste que se llevaran a mi dulce niña. Inepto.—Que te jodan —murmuré.Abrí los expedientes de todos los cabrones con motivos. La cara engreída de Gabriel Fuentes apareció primero. Nuestra disputa por el territorio llevaba meses pudriéndose






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