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73 Hacerte responsable

Autor: Lizzy Bennet
last update Fecha de publicación: 2026-05-02 09:28:18

Isabel

El trayecto de regreso a la mansión es un ejercicio de supervivencia emocional. El silencio dentro del Range Rover no es tranquilo; es una criatura viva que respira con nosotros, pesada y cargada de una electricidad que hace que el vello de mis brazos se erice. Samuel se ha quedado profundamente dormido, con su cabecita apoyada en mi regazo, ajeno a la tormenta que acaba de estallar entre Dante y yo.

Bajo la mirada hacia mi pierna. Se siente extrañamente ligera sin el peso del yeso, pero
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Último capítulo

  • La Violinista Rota: Prisionera del Coronel   218. Marido y mujer

    Isabel Me giro con brusquedad al escuchar la voz. De las sombras emerge Alexi, vistiendo un traje negro impecable que resalta su porte estricto y militar. Lleva una pequeña flor blanca en la solapa y camina hacia mí con una expresión que mezcla la solemnidad con una ternura que rara vez muestra al mundo. Verlo aquí, tan pulcro y con esa mirada de hermano protector, me genera un nudo inmenso en la garganta.Se detiene a un par de metros de mí, aclarándose la garganta una vez más antes de hablar. Sus ojos oscuros me observan con un respeto infinito.—Sé que no soy tu familia de sangre, Isabel —comienza Alexi, y noto que su voz firme flaquea sutilmente por la emoción—. Y sé perfectamente que, de haber estado aquí, habrías preferido con toda el alma que esto lo hiciera Mateo. Él dio su vida para protegerte porque te amaba como a una hermana, y todos lo extrañamos cada maldito día. Pero para mí… para mí sería un honor absoluto llevarte de la mano por ese pasillo y entregarte a Dante esta

  • La Violinista Rota: Prisionera del Coronel   217. No estás sola

    Isabel Caminar sin ver me agudiza el resto de los sentidos de una forma impresionante. Escucho el crujido suave de mis zapatos sobre los pasillos, el roce de la gasa de mi vestido contra mis piernas y, finalmente, el cambio de eco que me indica que hemos llegado al gran descanso de la escalera principal. Bajamos escalón por escalón. Cecilia me sostiene con una firmeza que me da seguridad, pero el corazón me late a mil revoluciones por minuto en mitad del pecho. La expectación me araña las entrañas.Cuando mis pies pisan finalmente el suelo de mármol del vestíbulo, Cecilia se detiene. El silencio de la planta baja es absoluto, pero percibo una presencia magnética, un calor familiar que acelera mis pulsaciones. Sé que está aquí. Huelo su perfume, siento su mirada clavada en mí incluso a través de la seda.—Hasta aquí la acompaño, niña Isabel —murmura Cecilia, su voz delatando una emoción contenida antes de soltar mi brazo.Siento unos pasos firmes, pausados, acercándose hacia mí. Unas

  • La Violinista Rota: Prisionera del Coronel   216 sorpresas

    Isabel El sol de finales de verano entra a raudales por los inmensos ventanales de nuestra habitación en la mansión, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo de madera. Dejo mi bolso de cuero sobre la butaca y respiro hondo, saboreando el silencio apacible que ahora inunda cada rincón de este lugar. Hace tres meses, este mismo silencio me habría parecido una tregua tensa, el preludio de otra tormenta. Hoy no. Hoy es el sonido de la paz real, de una rutina que finalmente nos pertenece.Las cosas han cambiado tanto en noventa días que a veces me cuesta creer que la mujer que se mira en el espejo sea la misma que estuvo atada a una silla en una bodega del muelle de Nueva York. Las pesadillas no han desaparecido del todo, pero ahora, cuando despierto temblando en mitad de la noche, los brazos de Dante están ahí para rodearme, firmes, recordándome que el horror quedó enterrado con Petrov. Legalmente, el papeleo ha terminado: la adopción de Samuel se llevó a cabo hace un par de seman

  • La Violinista Rota: Prisionera del Coronel   215. Lo hizo por mi

    Dante Abro la compuerta de hierro con un empujón pesado y la tormenta de la noche me recibe con toda su violencia. La lluvia fría me golpea el rostro, lavando la sangre ajena de mis manos y el hollín de la pólvora que me cubre la piel. El viento ruge entre los contenedores del muelle sur, pero mis ojos no buscan las amenazas; buscan la silueta de la camioneta Range Rover negra que parpadea con las luces de posición encendidas a unos cincuenta metros de distancia.La puerta trasera de la blindada se abre de golpe mucho antes de que yo termine de acercarme.Isabel sale del vehículo sin importarle la lluvia torrencial, sin importarle el barro que le empapa los zapatos ni el frío del viento marino. Corre hacia mí con los brazos abiertos, con el rostro iluminado por las luces del muelle y el llanto mezclándose con el agua de la tormenta en sus mejillas. Al verla así, libre, viva y corriendo hacia mí, siento que los pulmones me vuelven a funcionar por primera vez en toda la noche.Acelero

  • La Violinista Rota: Prisionera del Coronel   214. El fantasma se ha ido

    DanteEl silbido de una bala me pasa tan cerca del oído derecho que el aire caliente me quema la piel. No me inmuto. Mi mente ha entrado en ese estado de frialdad absoluta donde el miedo no existe; solo hay espacio para el cálculo de supervivencia, la geometría de los impactos y el rastro de mi enemigo. Detrás de mí, la compuerta de hierro lateral se ha cerrado. Sé que Isabel está fuera. Sé que Carlos la tiene bajo el escudo de la blindada. Ese único pensamiento es el que mantiene mis manos firmes sobre el revólver mientras el humo gris de las granadas tácticas empieza a disiparse bajo la luz blanca y cruda del reflector cenital.—¡Da la cara, Dante! —el grito de Petrov retumba en las láminas de metal del almacén, quebrado, desquiciado—. ¡No te escondas detrás de tus hombres como lo hiciste en la maldita fosa!No respondo. Los soldados de verdad no hablan en mitad del combate; guardan el aire para los pulmones y el impulso de las piernas. Me muevo a paso felino entre dos contenedores

  • La Violinista Rota: Prisionera del Coronel   213 Te tengo

    Dante El muelle sur está envuelto en una cortina de lluvia nocturna, densa y fría, que azota el parabrisas de mi camioneta Range Rover negra. Las luces del tablero están apagadas; solo el brillo tenue de mi reloj militar marca las veintiuna horas con cincuenta y ocho minutos. El limpiaparabrisas arrastra el agua con un ritmo monótono, revelando la silueta masiva e industrial del viejo almacén de carga que se alza al final del muelle, rodeado de contenedores marítimos oxidados y grúas de pórtico que parecen monstruos mecánicos congelados en la niebla.A mi lado, en el asiento del copiloto, descansa el maletín de cuero negro que contiene los diez millones de dólares en efectivo y los documentos de traspaso originales de todas mis rutas corporativas, firmados con mi propia sangre digital. Es el precio que Petrov le puso a la vida de Isabel. Es el cebo perfecto.Acerco la mano al auricular encriptado que llevo oculto en el oído derecho, presionando el botón de transmisión táctica con un

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