INICIAR SESIÓNDurante tres años, Elena esperó. Esperó que Marcos dejara de esconder su relación. Esperó que finalmente la presentara ante sus hijos. Esperó que llegara el día en que él dejara de utilizar su divorcio como excusa y le diera el lugar que le había prometido. Hasta que descubrió la verdad. Marcos nunca había querido construir una vida con ella. Mientras Elena soñaba con convertirse en su esposa, él llevaba años intentando recuperar a la suya. Y Elena era solamente el entretenimiento que utilizaba mientras esperaba que su exesposa regresara. Humillada y decidida a terminar con todo, Elena comete un pequeño error: ahogar sus penas junto a un atractivo desconocido y despertar a la mañana siguiente en la suite presidencial de un hotel. Avergonzada, huye sin siquiera preguntarle su nombre. Está convencida de que jamás volverá a verlo. Hasta que entra en su empresa y descubre que el desconocido de aquella noche es Mateo, el nuevo CEO. Y, por si aquello no fuera suficientemente malo, Marcos decide humillarla delante de todos. —Elena, deja de acosarme. Entre nosotros nunca hubo nada. Elena no alcanza a defenderse. Mateo sí lo escucha. Y cuando Marcos asegura que aquella mujer no significa absolutamente nada para él, su nuevo jefe sonríe. —Perfecto. Entonces no tendrás ningún problema con que a partir de hoy trabaje directamente para mí. Marcos cree que acaba de librarse de Elena. Todavía no sabe que acaba de entregársela al único hombre al que jamás habría querido tener como rival. Porque Mateo no tiene intención de limitarse a convertirla en su asistente. Y cuando el juego entre ellos deje de ser fingido, Marcos descubrirá demasiado tarde que recuperar a una mujer que has destrozado es difícil. Recuperarla cuando se ha enamorado de tu jefe puede ser imposible.
Ver másCapítulo 1. La cita fallida.
El reloj marcaba las 23:47 cuando Elena dejó de contar los minutos.
Había pedido un agua mineral hace una hora. Luego un café solo que ya estaba frío. El camarero, un hombre de sonrisa amable, le había preguntado dos veces si quería algo más, y Elena había negado con la cabeza sin atreverse a hablar, porque temía que su voz se rompiera antes de tiempo. El restaurante francés era pequeño, íntimo, con luces tenues y manteles de lino blanco. Había reservado una mesa en el rincón, la que daba a la calle, porque a Marcos no le gustaba tener visibilidad. "Por si veo a algún conocido, cariño. No quiero que los niños se enteren por terceros." Respiró profundo tratando de calmar su atribulado corazón. Porque aunque no quisiera admitirlo, esa era la excusa que siempre utilizaba, los niños, seguido de una promesa de que todo cambiaría, pero eso nunca llegaba. Elena pasó los dedos por el borde de la copa de vino vacía y sintió el frío del cristal calarle hasta los huesos. Dentro de su bolso, escondido entre la cartera y un pañuelo de encaje, estaba el regalo que había comprado esa misma mañana como obsequio por su ascenso: un llavero de plata con una pequeña inicial M y un lapicero. No era caro. Pero era sincero. Y para ella, que llevaba tres años siendo la novia invisible, cualquier gesto que dijera "existo"*era un tesoro. Había planeado dárselo después de la cena. Había planeado decirle: "Marcos, quiero que seamos oficiales. No pido una boda, solo pido dejar de esconderme." Sin embargo, el reloj seguía avanzando, y la mesa seguía vacía, y el camarero ya había empezado a recoger las velas de las mesas vecinas. Elena respiró hondo. Se repitió el pacto que había hecho consigo misma esa tarde, mientras se arreglaba frente al espejo y se maquillaba con más esmero del habitual. "Si llega, lo intento una vez más. Si no llega, o si llega y pone otra excusa, lo dejo. Esta noche. Para siempre." No era la primera vez que hacía ese pacto. Pero estaba decidida a que fuera la última. 23:52. Justo en ese momento, por fin la puerta del restaurante se abrió con un tintineo de campanillas, y el corazón de Elena dio un vuelco tan brusco que casi le duele. Era Marcos. Llegaba con el traje azul marino que ella le había regalado en su segundo aniversario, el pelo peinado hacia atrás, esa sonrisa de ejecutivo seguro que a ella siempre le había parecido tan atractiva y que ahora, de repente, se le antojaba extraña. Se levantó tan rápido que el borde de la mesa golpeó su rodilla, pero ni siquiera lo sintió. Cruzó el restaurante con pasos cortos, casi infantiles, y cuando llegó a él, lo abrazó. Lo abrazó con fuerza, apretando la mejilla contra su pecho, respirando su colonia de siempre, la misma que conocía desde el primer día. —Llegaste —susurró, y su voz temblaba—. Creí que no vendrías. Marcos la apartó con suavidad. Demasiada suavidad. Como si ella fuera de porcelana y él temiera romperla. —Claro que vendría —dijo, pero su mirada ya estaba recorriendo el restaurante, escaneando mesas, comprobando caras—. ¿Estás sola? Elena parpadeó. —¿Cómo así? Claro que estoy sola. Te estaba esperando. —Bien, bien —asintió él, y entonces hizo algo que a Elena le heló la sangre, se soltó el brazo que ella aún sostenía con ambas manos y dio medio paso atrás. Un solo paso. Pero fue como si hubiera levantado una muralla entre ellos. Elena lo miró, confundida. —Marcos, ¿qué haces? —Nada, cariño. Solo que... aquí hay mucha gente. Podría venir algún conocido de los niños, algún padre del colegio. Elena no pudo evitar reír con amargura. —Son las doce de la noche —dijo Elena, y su voz sonó más aguda de lo que quería—. ¿Qué padre del colegio va a estar en un restaurante a estas horas? Marcos se encogió de hombros. Ese gesto que tanto odiaba ella, y que se asemejaba muy bien a un "ese no es mi problema" y que él disfrazaba de prudencia. —Nunca se sabe. Los niños son muy observadores, Elena. Si se enteran de que tengo novia antes de que yo se lo diga, se van a sentir traicionados. Tú lo entiendes, ¿verdad? Lo entendía. Lo había entendido durante tres años. Durante mil noventa y cinco días. Durante veintiséis mil doscientas ochenta horas. Pero esa noche, algo dentro de ella se rompió. Sintió que no podía seguir conformándose con migajas. No fue un golpe. No fue un grito. Fue como un hijo que se rompe en silencio, como cuando una cuerda de guitarra cede sin avisar. Se quedó quieta, mirándolo, y por primera vez en tres años no vio a un hombre ocupado, no vio a un padre sacrificado, no vio a un divorciado que necesitaba tiempo.Vio a un cobarde. Vio a un hombre que la usaba como pañuelo de lágrimas. Vio a un hombre que la había hecho esperar en la puerta de su casa, en los cines vacíos, en los bares, siempre a escondidas, siempre en las sombras, como si ella apestara.
Vio a un hombre que nunca la había elegido. —Llevamos tres años —dijo Elena, y su voz era tan baja que parecía un susurro roto—. Tres años, Marcos. He cancelado cumpleaños de amigas por ti. He aprendido a hacer puré de zanahoria porque a tus hijos les gusta. He renunciado a conciertos, a viajes, a mi propio cumpleaños, porque tú siempre decías "espérame un poco más". Y yo te esperé. Como una idiota. Marcos frunció el ceño. Ese ceño que él ponía cuando ella empezaba a incómodarlo. —Elena, no empieces. Sabes que estoy en un momento complicado. El divorcio, los niños, el trabajo... —¿Y yo? —preguntó ella, y esta vez sí se le quebró la voz—. ¿Qué soy yo, Marcos? ¿Un pasatiempo? ¿Un consuelo? ¿Algo que guardas en el cajón para cuando te sientes solo? ¿Cuándo estarás para mi? Él no respondió. Solo la miró con esa mezcla de fastidio y lástima que ella conocía demasiado bien. Elena sintió decepción, no dijo nada más. No gritó. No lloró. Con una lentitud que dolía más que cualquier prisa, metió la mano en el bolso, sacó la bolsa con el llavero y la pluma, y lo puso sobre la mesa frente a él- —Esto era para ti. Era un regalo por tu ascenso. Pero creo que ya no hace falta. Marcos abrió la boca. Elena no esperó a que hablara. Se levantó, agarró su bolso con fuerza, y caminó hacia la puerta. Los tacones repiqueteaban en el suelo de madera como un tambor de despedida. El camarero la miró con preocupación. La camarera, que estaba recogiendo velas, se detuvo. Ella no miró atrás. Caminó con lentitud, porque en el fondo tenía la ilusión de que él fuera detrás de ella. La puerta del restaurante se cerró tras ella con un tintineo de campanillas, y esa música alegre, tan fuera de lugar, le pareció el epitafio perfecto para tres años de espera. Afuera, la calle estaba vacía. El frío de la madrugada le mordió las mejillas, y Elena apretó el bolso contra el pecho como si fuera un escudo. Se detuvo. Cinco segundos. Diez. Quizás él reaccionaría. Quizás saldría detrás de ella. Quince segundos. Pero la puerta permaneció cerrada. Elena bajó la mirada hacia su teléfono. Nada. Ni siquiera un mensaje. Guardó el móvil y comenzó a caminar, sin rumbo, sin destino, con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho, y sin poder evitar el sentimiento de decepción que la abarcó y esa sensación de haber perdido el tiempo, por alguien que no daba nada por ella.Capítulo 6. Ahora trabajas para mí.Las palabras de Marcos resonaban en sus oídos como un eco cruel: *"Estás despedida"*. No era solo perder el trabajo. Era la humillación pública. Era la negación de tres años de su vida. Era la forma en que todos la miraban ahora, como si ella fuera la acosadora, la loca, la que no aceptaba un rechazo.Quería gritar. Quería decirles que todo era mentira. Que Marcos le había prometido amor, futuro, familia. Que ella había esperado tres años como una idiota mientras él intentaba recuperar a su exmujer.Pero las palabras no salían. Solo un nudo en la garganta que le impedía respirar.Entonces, una voz grave y firme cortó el murmullo de la recepción.—¿Qué está pasando aquí?Todos se giraron. Mateo estaba allí, con el traje impecable y la mirada de acero. No llevaba la corbata que tenía en el bar; ahora era un ejecutivo. Marcos palideció visiblemente. Había hecho sus averiguaciones sobre el nuevo CEO antes de su llegada. Sabía que Mateo Montenegro era e
Capítulo 5. Despedida sin avisar.Cuando Elena despertó, le dolía la cabeza como si fuera a estallar.Lo primero que vio fue un alto techo abovedado, una lámpara de araña de cristal y el skyline de la ciudad a través de las enormes ventanas del suelo al techo. Era la suite presidencial del hotel más lujoso de toda la ciudad, una que solo había visto en redes sociales.De repente apartó las sábanas y vio que llevaba puesto un camisón de seda limpio. Su rostro se puso completamente rojo al instante. Miró alrededor: la habitación estaba vacía. Los recuerdos de la noche anterior eran fragmentados; solo recordaba haber ido a un pub con un hombre desconocido y luego haberse emborrachado.Pero también recordaba algo más. Un beso. El calor de unos labios contra los suyos. La sensación de ser sostenida.¿O lo había soñado?No tuvo tiempo de pensar con detenimiento, solo tenía una idea en la cabeza: “No puedo pagar esta habitación”. Se cambió rápidamente a su propia ropa, sacó todo el efectivo
Capítulo 4. Una noche con un desconocido.Mateo fue a la empresa durante el fin de semana para prepararse para asumir oficialmente el cargo de CEO la semana siguiente.Era el hijo menor de la familia, pero gracias a sus métodos implacables había logrado rescatar tres filiales al borde de la quiebra, convirtiéndose en el heredero favorito de su padre. Sin embargo, también era un mujeriego. Sus padres llevaban mucho tiempo insistiendo en que se casara cuanto antes y sentara cabeza. Aceptar la dirección de esta empresa también era una forma de mantenerse ocupado y evitar escuchar a sus padres presionarlo para que se casara.Fue entonces cuando vio a una joven en el pasillo, sentada en el suelo, apoyada contra la pared mientras las lágrimas bañaban su rostro.Al principio pensó en acercarse para preguntarle qué ocurría, pero en el instante en que ella se giró, aquellos hermosos ojos enrojecidos y húmedos despertaron de inmediato su interés.—¿Estás bien? —preguntó, reprimiendo la agitaci
Capítulo 3. La cruel verdad.El resto del sábado fue un torbellino. Revolvió todo el armario. Sacó vestidos que no usaba desde hacía años, los probó, los descartó, los volvió a probar. Se puso el collar de diamantes con cada conjunto, girando frente al espejo, imaginando la cara de Marcos cuando la viera."Mamá, ella es Elena. Es mi novia."Ella estaba allí. En la mesa de los padres. Siendo presentada. Siendo parte.Ensayó las frases en voz alta:—Mucho gusto, señora. Marcos me ha hablado mucho de usted.—Sí, trabajo en la misma empresa que él.—Sí, adoro a los niños.Giró frente al espejo; así pasó el día emocionada hasta que el cansancio la venció y se durmió con el collar puesto, como una niña que no quiere perder su tesoro.El domingo, se despertó antes de que sonara el despertador. A las siete de la mañana ya estaba levantada. Se duchó, se secó el pelo con esmero, se maquilló con paciencia de artesana. Cada pestaña perfecta, cada labial bien definido, cada sombra en el lugar ex






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