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La Violinista Rota: Prisionera del Coronel
La Violinista Rota: Prisionera del Coronel
Autor: Lizzy Bennet

1. Un violín destrozado

Autor: Lizzy Bennet
last update Fecha de publicación: 2026-04-14 08:45:26

Isabel

El frío de Nueva York me cala los huesos al salir del conservatorio de música.

Nuevamente el tiempo se me fue volando mientras ensayaba con el violín. Pero por fin lo he conseguido: una audición con la filarmónica.

Es todo por lo que he trabajado.

Ahora estoy corriendo con el estuche a la espalda hacia la parada donde la última ruta debe estar por pasar.

—¡No voy a llegar!

Acelero mis pasos. Una pequeña llovizna empieza a caer sobre mi.

¡Maldición!

Intento ir más rápido. 

Llevo meses ahorrando para un auto de segunda mano, pero siempre parece salir alguna cosa más importante: deudas, gastos.

El autobús es mi única opción.

Solo me falta una cuadra cuadra. Veo el autobús avanzando. Si no llego, estoy pérdida. 

Mañana debo levantarme muy temprano, tengo una citación en el juzgado para testificar en un caso de agresión. 

De solo recordar la escena que presencié se me ponen los vellos de punta.

Sacudo la cabeza para sacar esas imágenes y corro un poco más rápido, casi puedo ver ya al conductor a través del vidrio panorámico.

Justo cuando voy a cruzar, un sonido brutal me detiene.

Giro la cabeza. Unas luces resplandecientes me ciegan. No hay tiempo para reaccionar. El rugido del motor ya está encima de mí.

Entonces llega el impacto.

El dolor estalla en mi cuerpo como fuegos artificiales

—¡Ahhhhhh!

Un grito de puro dolor sale de mi garganta justo cuando escucho el crujido de mis huesos.

Mi cuerpo sale despedido por los aires antes de aterrizar con un ruido sordo en el pavimento, sintiendo como el estuche en mi espalda se hace trizas.

Pero en lo único que mi cerebro puede pensar es en el dolor desgarrador que me llena el cuerpo, mientras que los ojos se me hacen cada vez más pesados.

A lo lejos, como si estuviera sumergida en agua, consigo escuchar el sonido de un carro alejandose y lo que parecen gritos, pero no puedo concentrarme en eso.

De hecho no puedo concentrarme en nada, porque el dolor parece estar desapareciendo mientras que el sueño me reclama.

—¡Ey, ey, chica. No te duermas! Ya viene la ambulancia.

Siento como alguien me palmea la mejilla con fuerza y con un esfuerzo inhumano consigo abrir los ojos un poco para ver a un hombre adulto viendome con preocupación. Quiero preguntarle qué tan malo es, quiero decir muchas cosas, pero cuando abro la boca algo liquido y espeso sube por mi garganta y me hace toser desesperada.

Los gritos incrementan, el ruido se hace más fuerte y yo finalmente cierro los ojos y dejo que la oscuridad se lo lleve todo.

******

Los ojos me pesan de una manera en que no lo han hecho nunca. 

Es… dolorosa.

Toma todo de mi conseguir abrir los ojos, solo para tener que cerrarlos nuevamente cuando la luz se filtra por mis pestañas y consigue intensificar el dolor.

¿Qué es lo que me pasa?

Me muevo en mi lugar y un jadeo se me escapa cuando un dolor atronador me recorre la parte inferior de mi cuerpo.

Un pitido, acelerado y constante que parece ir en sintonía con los latidos de mi corazón, el mismo que he escuchado antes y que detesto con todas mis fuerzas, porque solo puede significar una cosa: estoy en un hospital.

Me obligo a abrirlos del todo y confirmo mis miedos aún con la vista borrosa, veo la habitación blanca, noto la bata que cubre mi cuerpo y a mi lado la maquina que anuncia que sigo viva. 

Aunque ahora se escucha mucho más rápido.

La puerta de la habitación se abre de golpe y un grupo de médicos y enfermeras entran en tropel. 

Una de las mujeres se me acerca y me da una sonrisa que no coincide para nada con mi estado de ánimo antes de decir:

—¡Me alegra que hayas despertado! Nos tenías muy preocupados a todos.

¿Qué? Pero de qué está hablando esta mujer…. Entonces un muy mal presentimiento se asienta en mi estómago y con la garganta seca como lija, me obligo a preguntar:

—¿Cuan-Cuánto… tiem–tiempo…?

No consigo terminar la frase porque la fragata me duele horrores.

—Tres días, llevabas tres días en coma.

Siento que la camilla en la que estoy da vueltas mientras mi cerebro intenta asimilar lo que acaba de decir. Tres días. He estado en coma…

—¿Qué… Qué fue lo que pasó? Yo….

La mujer me da una mirada que solo puede interpretarse como lástima antes de que el médico, que había permanecido en silencio, me conteste:

—Tuvo un accidente, señorita Castaño.—me dice no entiendo como demonios sabe mi apellido, pero no alcanzo a preguntar porque entonces agrega:—Un auto la arroyó mientras cruzaba la calle. Se ha fracturado dos costillas, tuvo un sangrado interno, una de sus manos se ha fracturado y su pierna…—Lo veo dudar por un instante antes de agregar: —Su pierna se partió en tres partes, hemos tenido que operar de emergencia, sin embargo es muy posible que queden secuelas.

El miedo se abre paso en mi interior y siento como la boca se me seca más de lo que ya estaba cuando pregunto:

—¿Qué tipo de secuelas?

—Es probable que quede con cojera, problemas de equilibrio y dolor agudo por un tiempo.

Siento como mi mundo se tambalea, cojera… equilibrio, dolor constante… esto… esto va a hacer que mi carrera termine incluso antes de empezar.

Sentir dolor es una cosa… pero esto es distinto. Esto es miedo. 

Un miedo frío y punzante que no nace en mi cuerpo, sino en algo mucho más profundo. Bajo la mirada, intentando ignorar el temblor en mis manos, pero no puedo. Mis dedos… mis dedos. 

Son mis herramientas, mi vida entera. Con ellos he construido cada nota, cada sueño, cada parte de quien soy. Y entonces lo veo en mi mente: el violín destrozado contra el pavimento, la madera partida, las cuerdas rotas… como si fuera un reflejo de mí. 

Un sollozo se me escapa antes de poder detenerlo, porque lo entiendo. Aunque nadie lo diga en voz alta… aunque el médico haya usado palabras suaves… yo lo entiendo. 

La música… puede que ya no me pertenezca.

Estoy a punto de hacer más preguntas, pero entonces la puerta de la habitación se abre y mi ceño se frunce cuando veo entrar a Tomás Ríos, el abogado que está llevando el caso en el que tengo que testificar.

—Abogado ¿Qué hace aquí?

El hombre de cabello de color de la miel y ojos usualmente amables, me mira con una determinación y seriedad que consigue ponerme nerviosa.

—¿Cómo te encuentras, Isabel?

Parpadeo dos veces antes de poder contestar, sintiendo un nudo en la garganta.

—No muy bien, aunque agradezco que no haya sido peor.

Porque Dios, algo me dice que pude no haber salido viva de esta.

Veo al abogado asentir antes de acercarse y sentarse en la silla libre a mi lado, sé, sin que nadie me diga, que lo que sea que vaya a salir de su boca ahora no es bueno y lo confirmo cuándo me dice:

—Isabel, me duele mucho decirte esto, pero lo que te ha pasado no ha sido un accidente.

Sus palabras quedan suspendidas por un momento y yo simplemente lo miro tratando de asimilarlas y cuándo las piezas encajan en mi cabeza magullada, siento como un escalofrío me recorre el cuerpo.

—¿Qué…?

Tomás deja salir un suspiro antes de decir:

—Ha sido un atentado, un intento de hacerte callar para que no testifiques.

Lo escucho, pero es como si mi cerebro se negara a asimilar la magnitud de todo. Veo que Tomás sigue hablando y hablando y yo solo puedo pensar en que alguien quiere matarme.

Y aunque me odio por lo que voy a decir no se que otra cosa hacer.

—Voy a retirarme—digo interrumpiendo y consiguiendo que me mire con los ojos muy abiertos—No testificaré.

Tomás aprieta la quijada y niega antes de decir:

—No puedo obligarte a hacerlo, Isabel. Pero sin ti ese hombre quedará libre para seguir lastimando a más personas.

—Lo sé, pero ahora él quiere lastimarme a mi, abogado.

—Esto no va a volver a pasar—me dice y yo lo miro sin entender, antes de que él agregue:—Voy a ponerte la mejor seguridad que hay en todo el país. 

Sus ojos brillan con seriedad.

—La de Dante Volkob.

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